CAPÍTULO 1: El Aroma de la Creación y las Sombras
La mañana en la ciudad era un estrépito ensordecedor de trenes y murmullos constantes, pero para Ren, el mundo se sentía sumergido en un silencio extraño y pesado. Caminaba hacia su nueva escuela, vistiendo el uniforme con una elegancia natural que cortaba el aire y atraía las miradas curiosas de los transeúntes. Su cabello azul vibraba bajo la luz del sol, y su rostro andrógino, de una belleza casi irreal, lo hacía parecer un ser etéreo, alguien que no pertenecía del todo a la suciedad del asfalto.
—Hay algo en este lugar... —susurró Ren para sí mismo al cruzar el umbral de la entrada.
Un escalofrío le recorrió la espina dorsal, erizando el vello de sus brazos. El aire de la academia no era limpio; olía a algo antiguo, metálico y rancio. Era una presión invisible, una vibración en la frecuencia de su propia esencia que solo él parecía notar, como si las paredes mismas estuvieran observándolo.
Al entrar al aula, el murmullo de los estudiantes se detuvo en seco, como si alguien hubiera cortado el sonido de golpe. Ren avanzó hacia el frente y se presentó con una voz calmada, pero que marcaba una distancia insalvable.
—Soy Ren. Espero que nos llevemos bien.
Los susurros no tardaron en aparecer, propagándose como un incendio por el salón.
—¿Es un chico o una chica? —preguntó uno sin disimulo.
—No importa, es simplemente hermoso... —respondió otro con un suspiro.
Ren se sentó en su lugar, sintiendo el peso de las miradas clavándose en su espalda, hasta que un chico con una energía desbordante se plantó frente a su pupitre, rompiendo la tensión.
—¡Hola! —dijo el chico con una sonrisa genuina—. Soy Daiki. Tienes cara de estar perdido en un laberinto mental, ¡así que yo seré tu guía oficial por este manicomio!
Ren aceptó la oferta con un leve movimiento de cabeza. Al haber estado solo tanto tiempo, la calidez despreocupada de Daiki se sintió como un refugio momentáneo. Durante el descanso, Daiki le mostró cada rincón, pero la tensión de Ren no disminuyó. Especialmente cuando se cruzaban con los estudiantes de 3er año.
Eran las figuras de autoridad, los "populares", pero Ren veía algo más allá de sus uniformes. Sus movimientos eran demasiado fluidos para ser humanos, sus miradas demasiado intensas, como si estuvieran analizando su alma. Al doblar una esquina, el desastre ocurrió.
Ren chocó contra lo que parecía ser un muro de carne y hueso. El impacto fue seco y le quitó el aliento. Frente a él estaba Barak, un estudiante de tercer año con una mirada de depredador que helaba la sangre. A su espalda, un chico de ojos profundos llamado Kaito lo observaba todo en absoluto silencio.
Kaito sintió un vuelco violento en el corazón. En su interior, el Rey de los Demonios rugió con una intensidad que casi lo hizo perder el control, pero no era un rugido de odio. Era una fascinación profunda y oscura por la esencia de la bruja que residía en el interior de Ren. Kaito se quedó hipnotizado, incapaz de apartar la vista de la belleza andrógina del chico nuevo.
Barak, sin embargo, era pura agresividad contenida. Aprovechando un descuido de Daiki, empujó a Ren contra una esquina, asfixiándolo con su presencia física y espiritual.
—Hueles a algo que debería estar muerto hace mucho tiempo... —le siseó Barak al oído, con un brillo aterrador en sus ojos—. Hueles a magia podrida.
Antes de que Barak pudiera actuar, Kaito dio un paso al frente. Su voz fue baja, pero cargada de una amenaza absoluta que hizo vibrar el aire del pasillo.
—Si quieres matarlo a él, tendrás que matarme a mí primero, Barak. Suéltalo. Ahora.
Barak soltó a Ren de inmediato, fingiendo una sonrisa falsa mientras retrocedía.
—Perdón, perdón... me confundí de persona —dijo con una risa nerviosa, sabiendo que no tenía oportunidad contra Kaito. Pero al alejarse, su mirada sobre Ren prometía una masacre inminente.
—Ese tipo es un animal —susurró Daiki, acercándose a Ren una vez que estuvieron solos—. Dicen que ha matado personas en peleas calleerinas. No te le acerques, Ren.
Al terminar las clases, mientras el cielo se teñía de un naranja sangriento y las sombras se alargaban, Ren caminaba solo hacia su casa. El silencio de la tarde fue interrumpido por una silueta que se proyectaba sobre el asfalto bajo la luz parpadeante de un poste de luz. Al girar la cabeza, Barak estaba allí, esperándolo con los puños cerrados.
La cacería no había hecho más que empezar.


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