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Variante Delta 28

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Summary

Monterrey, 2028. El estado ha caído bajo el control de los carteles y un gobierno que prefiere mirar hacia otro lado. Pero el verdadero peligro no viene de las armas del bando contrario, sino de la frontera norte. Estados Unidos ha liberado un arma biológica bajo la fachada de una nueva variante viral, asegurando sus propios intereses con una vacuna exclusiva mientras México se hunde en un caos caníbal. En medio de este apocalipsis de "zombies rápidos", un convoy de sicarios liderado por el veterano Jesús y los impulsivos Saúl y Caín, transporta a un rehén que vale millones. Atrapados en las orillas de Nuevo León, con un novato al borde del colapso, una prostituta que se ríe del fin del mundo y un rehén que es su único boleto de salida, el cartel deberá entender que en este nuevo mundo, el plomo ya no es la ley... y los muertos no aceptan sobornos.

Status
6mo ago
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo: Soberanía 0

El calor de la madrugada en la carretera a Colombia era denso.

Eleazar soltó una carcajada, ignorando la mirada de asco de Jesús, mientras le decía algo al oído a la mujer que iba con ellos. En la caja de la camioneta líder, Santiago trataba de limpiar el sudor de sus manos, apretando su fusil con nerviosismo.

—Ya cállate al chino, Santiago, o te bajo a patadas —ladró Saúl desde el asiento del copiloto.

El rehén coreano sollozaba, atado de pies y manos, su traje de diseñador ahora cubierto de polvo. Pero el llanto no era lo que preocupaba a Jesús. Él miraba por el retrovisor hacia la oscuridad del desierto.

Hacía kilómetros que no se cruzaban con un retén militar, y las luces de Monterrey en el horizonte parecían estar parpadeando, hundiéndose en una penumbra inusual.

De pronto, el convoy frenó en seco.

Santiago casi sale volando. Al frente, un camión de la Sedena estaba volcado, bloqueando el paso. No había soldados a la vista, solo uniformes desgarrados y un silencio sepulcral.

El convoy de tres camionetas se detuvo justo enfrente.

El motor de la Cheyenne de Eleazar ronroneaba, vibrando con un poder que ahora se sentía ridículo frente al silencio del desierto.

Eleazar le dio una calada a su cigarro y soltó el humo en la cara de la mujer que estaba sentada en sus piernas. Ella, a quien todos llamaban "La Yareli", soltó una risita chillona y le arrebató el cigarro.

—¡Ay, Eleazar! Ya te dije que no me avientes el humo, me pican los ojos, niño —dijo ella, con un puchero exagerado mientras jugueteaba con su collar de cuentas brillantes—. Aparte, ¿por qué nos paramos? Yo quiero llegar al hotel, aquí afuera hay muchos mosquitos y este señor ya me está llenando de mocos el vestido.

Señaló al coreano, que estaba encogido en el suelo de la cabina, con los ojos hinchados.

—¡Calen! ¡Calen! —gritó el coreano con la voz rota—. Mi familia paga. ¡Mucho dinelo! ¡Ustedes suelten, yo dal más!

—Cállese, pinche Jackie Chan —gruñó Saúl desde el asiento del copiloto, dándole un golpe seco en la nuca—. Entre más chille, menos vale.

Jesús se bajó de la otra unidad y caminó hacia ellos, con el rostro serio. Sus botas crujían en el pavimento caliente.

—Eleazar, apaga esa madre —dijo Jesús, señalando la Cheyenne—. Y dile a tu vieja que se calle. Algo no cuadra. El retén del kilómetro 40 no contestó, y este camión de los guachos está vacío. No hay casquillos, no cuerpos... solo está tirado.

—Ay, señor don Jesús, qué amargado me salió —intervino Yareli, asomando la cabeza por la ventana con una sonrisa infantil—. Seguro los soldados se fueron a echar unos tacos.

—Bájate a ver, Santiago —ordenó Caín, ignorando a la mujer—. Muévele, pinche escuincle, no tenemos toda la noche. Revisa si dejaron algo de valor en el camión.

Santiago tragó saliva y saltó de la caja. Caminó hacia el camión volcado, sintiendo la mirada burlona de Saúl y Caín sobre su espalda.

—¡Eso, Santi! ¡Si ves un fantasma le pides su autógrafo! —gritó Eleazar, provocando las risas de los demás.

Santiago llegó a la cabina del camión militar.

Estaba oscura.

Metió la cabeza y la luz de su linterna iluminó algo que le heló la sangre: un radio de onda corta destrozado y un fajo de hojas con el sello de la Secretaría de Salud que decía "PROTOCOLO DE CONTENCIÓN: VARIANTE DELTA-28".

—Señor... aquí hay algo raro —susurró Santiago.

—¡Habla fuerte, puñetas! —le gritó Saúl.

De pronto, un sonido seco vino de la maleza. Clack. Clack. Como si alguien estuviera golpeando dos piedras.

El coreano se puso rígido.

—¡Escuchal! ¡Escuchal! —gritó, señalando hacia la oscuridad del monte—. ¡Viene... el diablo viene!

—¡Ya cállenlo! —bramó Eleazar—. ¡Santiago, muévele el culo!

Pero Santiago no se movió. Desde la oscuridad, a unos cincuenta metros, una figura salió disparada a una velocidad que no era humana. No corría como un hombre; corría como un animal herido pero hambriento. Sus pies golpeaban el asfalto con una frecuencia aterradora: tac-tac-tac-tac.

—¿Qué es eso? —preguntó Caín, perdiendo la sonrisa y alcanzando su arma.

—¡Es un guacho! —dijo Saúl, apuntando con su rifle—. ¡Eh, pendejo! ¡Párate ahí o te quebramos!

La figura no se detuvo. Al acercarse a la luz de los faros, vieron que era un soldado. Pero su uniforme estaba hecho jirones, su mandíbula colgaba de un tendón y sus ojos eran dos canicas blancas que reflejaban el xenón de las camionetas.

—¡Qué es eso!—exclamó Yareli, tapándose los ojos pero dejando un espacio entre los dedos—. Eleazar, ese señor tiene la cara rota...

—¡Fuego! —gritó Jesús.

El desierto estalló en estruendo. Las ráfagas de los fusiles iluminaron la noche. El soldado recibió tres impactos en el pecho que lo sacudieron, pero no cayó. Solo tropezó, emitió un graznido seco y volvió a lanzarse con más furia hacia Santiago.

—¡No se muere, jefe! ¡No se muere! —chilló Santiago, disparando a ciegas mientras retrocedía.

—¡A la cabeza, pendejos! ¡Denle en la cabeza! —rugió Jesús, desenfundando su escuadra con la calma de quien ha matado a mil hombres, pero sabiendo en el fondo que a estos... a estos nunca los había visto.

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