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Recluta 333

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Summary

Recluta 333 "La guerra le robó la infancia y la hizo cargarla como un cadáver en la espalda" Lisa Freyr tenía trece años cuando la guerra reclamó su libertad. No fue una elección. No la tuvo. Una camioneta militar, y un destino que no pidió. Acompañaba a su padre, Angus, entre risas y charcos, cuando los soldados los atraparon. Él, un obrero. Ella, una niña. Ambos convertidos en soldados por obligación. Ambos con la misma condena: Luchar para vivir. En cuestión de semanas, Lisa cambió sus muñecas de trapo por una bayoneta. Cambió las risas por gritos, y el silencio por disparos. Su uniforme le quedaba algo grande. Su casco, más todavía. Pero la guerra no espera a que crezcas. Te arrastra tal y como estás. Era la única niña en un pelotón de ochenta hombres. Una flor maldita, marchando entre ruinas. La ternura de su rostro desentonaba con el barro, pero nadie tenía tiempo de cuestionarlo. Solo de avanzar y disparar. De ese grupo, no todos volvieron. Ella sí. Pero no intacta. Y así comienza la historia de Lisa Freyr: el número 333 en una lista que nunca distinguió nombres, solo eso... Números.

Status
5mo ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: El frente

"La guerra envejece a los hombres. A los niños los entierra en vida"


Los pájaros todavía podían cantar aquella mañana en Elfheim...

Sus voces delataban que todavía había algo vivo... incluso ahí.

Sobre ellos, las nubes apagaban el cielo, cubriéndolo con una neblina tan densa que deltaba que el propio cielo se negaba todavía a ver que había allá abajo.

A lo lejos, las bombas cantaban un himno agrio. Llevaban más de un año repitiéndolo, día y noche, el suelo gritaba de cansancio.

El frente, una herida.

Y sobre esa herida: carne desgarrada, humo, y los lamentos del acero.

Las balas no silbaban, rugían. Chocaban contra cuerpos sin nombre, desgarraban intenciones, despedazaban futuros.

Desde las trincheras, los hombres seguían disparando. Una y otra vez, hasta que el dedo se adormeciera, o hasta que

ya no pudieran sentir culpa.

Y entonces...silencio.

No un silencio pacífico. Uno espeso. El tipo de silencio que te aplasta el pecho.

Ese silencio regresó, y como una orden tácita, los soldados comenzaron a retirarse.

Entre ellos, una figura desentonaba.

Pequeña. Apenas trece años.

El casco le quedaba grande y colgaba sobre su frente como una burla. Cargaba más peso en la espalda que en el corazón, y eso era decir mucho.

Una mano áspera y grande descendió sobre su cabeza.

No era un gesto militar, era un recuerdo de humanidad.

Lisa Freyr alzó la vista. Y sonrió. Una sonrisa real. Inocente. Imposible.

Acababa de salir del infierno, pero aún podía sonreír.

Incluso con el sonido de las balas clavado en su piel.

Esa sonrisa era un error en la ecuación de la guerra.

Un error que respiraba.

Cuando llegaron al refugio, ella fue la primera en dejarse caer.

El suelo era duro, pero después del barro, casi le parecía cama.

A su lado, su padre, Angus Freyr, se sentó pesadamente. Era una figura imponente, desgastada, cubierta de barro seco, sudor y recuerdos.

A su lado, Lisa era pequeña. No solo por la edad. Pequeña como lo es una flor en medio de un campo minado.

Se quitó el casco con un suspiro y soltó sus trenzas. Las desenredó con sus propios dedos, con una destreza mecánica que sólo tienen los que repiten rutinas para no pensar.

Entonces, su padre se acercó y tocó su cabello.

No hicieron falta palabras.

Ella le cedió las trenzas, y él comenzó a peinarlas.

Con manos que sabían más de armas que de caricias.

Con dedos torpes, pero cargados de ternura.

-Papá... más cuidado... Me estás arrancando la piel -susurró Lisa entre risas quebradas.

-Tch...Lo siento, Schatz. Ya sabes que nunca fui bueno con estas cosas -murmuró, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos.

Arriba, la luna se asomó entre nubes.

El tiempo corría como un río sucio, y lo único que podían hacer era dejarse arrastrar.

Un año de guerra.

Un año de muerte por error de alguien más.

No había gloria aquí. Solo barro, fuego, y la lenta desaparición del alma.

Lisa observó el refugio. Heridos gimoteaban desde la enfermería, algunos reían con desesperación. Reían porque llorar ya no servía. Porque había emociones que el cuerpo dejaba de emitir cuando se sobrecarga.

Ella, en cambio, estaba tranquila. Su serenidad era inquietante.

Era como si alguien tirara de los hilos de una marioneta rota.

Y ella era la marioneta.

-Papá... ¿cuándo va a terminar esta guerra? -preguntó, sin emoción.

Angus tardó. No porque dudara. Sino porque había cosas que dolía demasiado decir.

-No lo sé. Quizá cuando el mundo se quede sin niños que enviar al frente.

-Va a acabar pronto, ¿cierto? Ya no vas a tener que luchar -dijo ella con una sonrisa rota -Cabo Freyr.

-¿Ya me toca la medicina para la presión? -gruñó él, desviando el tema con ese humor que huele más a resignación que a chiste, y tabaco, claro que a tabaco.

-Sí, enseguida vuelvo -respondió Lisa con un dejo juguetón, ese intercambio era lo más cercano a una rutina familiar que les quedaba.

Corrió entre los corredores del campamento. El viento golpeaba su rostro, arrastrando el olor a pólvora, sudor y descomposición.

Sus trenzas volaban. Parecían querer huir de ella.

Pasó junto a cuerpos que no volverían a levantarse.

Soldados que partieron sin despedirse.

Niños que nunca llegaron a ser hombres.

Valark estaba ahí. Su Valark estaba ahí.

Apenas tenía once.

Frente a él, el cuerpo de su padre, rígido y frío, sostenía aún el acta de defunción entre los dedos muertos.

Valark rezaba.

Pero no por salvación.

Rezaba para que Dios le sacara de ese infierno.

Incluso morir sería una bendición.

El dolor ya era demasiado.

Ya ni quería estar ahí, solo quería irse con su papá.

Lisa no se detuvo.

No porque no le doliera.

Sino porque si se detenía no podría seguir caminando.

Sabía que debía dejarlo solo ahora si no quería herirlo más.

Entró a la enfermería.

Las paredes eran blancas, pero no limpias. El tiempo y la sangre las habían amarillado.

Un enfermero, sin decir palabra, le entregó el sobre con las pastillas.

Ya sabía para quién eran.


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