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Summary

Noah lleva toda su vida escapando de su destino, ahora deberá decidir si aceptarlo o condenar a la humanidad.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capitulo 1: Aquel que deseaba ser común

Todos los niños a medida que maduran empiezan a prestar atención a las historias, cuentos y leyendas, que a veces, los propios padres se las cuentan, o a veces simplemente las escuchan de amigos o del gentío de los pueblos y ciudades; historias fantasiosas sobre un gran héroe, capaz de dar todo de si para vencer al mal reprochable.

A cierta edad esos mismos niños suelen tener algo en común, desean ser héroes, ser protagonistas de su propia historia. Salvar vidas, ser reconocidos, quedar tallados en piedra que se convertirán en monumentos; que creen historias, fabulas o leyendas de sus valientes aventuras donde buscaron derrotar el mal implacable. Que canten canciones de sus épicas aventuras para salvar el mundo; que el mismo mundo los vitoreen por tan arriesgada y temeraria aventura.

Siempre ven el lado hermoso de la moneda: fama, reconocimiento, gloria, aventuras, acción.

Pues, son niños inocentes, juguetones, y saben tan poco del mundo, de la realidad del mundo.

Por lo mismo nunca ven el otro lado; el de la muerte, y que con ella viene la tristeza, el dolor y el sufrimiento. Los enemigos que haz de ganar por ser justo y hacer lo justo.

Cada persona diría: Claro soy capaz de dar mi vida por el mundo.

Incluso un niño lo diría sin titubear: Papá, mamá, yo daría todo por salvar al mundo.

Pero, esos niños al crecer, y saber la realidad de lo que conlleva ¿serian realmente capaces?

¿Tendrían el valor de hacerlo?

Muchas historias narran el camino de un héroe que da todo por salvar al mundo, está es la de uno que no eligió serlo, que odia serlo, y que hasta su ultimo aliento tratará de huir del destino que el universo impuso sobre él.

Cuanto deseaba ser como los demás, sin cargas, sin preocupaciones, simplemente ser alguien común y corriente, no obstante, el no era así, no porque no quisiera, sino, porque el destino cruel le había impuesto sobre sus hombros una carga pesada.

Noah, era un chico no muy alto, pero tampoco bajo, tal vez un poco más alto que el promedio, pero no tanto como para decir que lo superaba con creces, tal vez solo por unos cuatro o cinco centímetros.

Era un chico de actitud algo despreocupada, o al menos, lo intentaba ser. Cada mañana, al amanecer, camina por las calles rocosas de la ciudad capital donde vive, justo antes que cualquier tendero, comerciante o ciudadano despierte, antes que el mismo sol empiece a alumbrar por el horizonte, cuando el viento helado de la noche aun recorre las calles.

¿La razón?

Porque le encanta la paz que le trasmite, caminar, sin escuchar voces a sus espaldas, voces que le recuerdan el destino que se supone debe cumplir.

- Monstruo, regresa a tu casa, ¿no ves que atraes la mala suerte para mi tienda?

El silencio del amanecer poco a poco se iba sofocando por el ruido de las personas que empezaban a levantarse y salir.

Los tenderos comenzaban a abrir sus locales, las personas salían a comprar pan para el desayuno, e incluso los comerciantes de otras ciudades capitales y pueblos empezaban a llegar.

Y con ellos, las voces que tanto detestaba Noah.

- Yo le di una manzana el otro día – mencionó susurrando un hombre –. Creí que era un muchacho de bien.

- ¿Cómo pudiste ser tan estúpido como para ofrecerle algo a la peste? – le contestaba otro hombre enfurruñado.

- Lo sé, lo sé – respondía con tristeza el primer hombre –. Ahora la desgracia rondará entre mi familia – suspiró –. Que estúpido que fui.

Noah se había autoengañado ya hace mucho tiempo de que todos esos comentarios no le afectaban, se hacia pensar que no escuchaba aquellos que hablaban de él, cuando muy en el fondo su corazón triste lloraba y sangraba con cada palabra que ha recibido desde niño.

- ¿Por qué no se larga? Solo traerá desastres a Qüill

- Según escuché el otro día, los ancianos le dejaron quedarse hasta que cumpliese la mayoría de edad.

- ¡Que! ¿Por qué decidieron aquello los ancianos sin cuestionar antes al pueblo.

- ¡Porque obviamente todo se hubieran negado, idiotas! – una voz áspera y algo imponente apareció atrás de aquellos que hablan de Noah –. Váyanse de aquí antes que los patee – amenazó y aquellos hombres salieron corriendo mientras agarraban sus sobreros para que no se cayeran.

- Acaba de perder dos clientes, señor – el joven se acercó a aquel que había hablado.

- Me da igual – gruñó –. Deja de escuchar a esos idiotas y ayúdame – ordenó mientras tomaba unas cajas que había frente a una humilde tienda.

- Si – el joven se acercó a la puerta de la tienda y la abrió –. Veo que llegó temprano el comerciante – veía la pila de cajas –. Y veo también que llegó completa la carga.

- Hay que dar gracias a los cuatro fundadores por eso – aquel hombre salió por el umbral de la tienda suspirando a la par que se secaba una gota de sudor con un trapo viejo y maltrecho. Era alto, bastante alto, al punto que se tenia que agachar para pasar por la puerta; tenia una barba algo larga, pero bastante tupida, no se podía ver su quijada, y boca apenas se veía, tenia el rostro rosado por el leve esfuerzo de llevar las cajas, de tez blanca y cabello recogido en una pequeña coleta agarrada en la coronilla. Tanto barbas y cabellos eran color nieve y sus ojos eran color miel. Era bien corpulento, pese a tener edad parecía un joven adulto fornido que podía romperte las costillas si quisiera.

- Siempre me pregunté, esa historia, de los cuatro fundadores – el joven miro como el hombre corpulento seguía entrando cajas –. Hasta qué punto…es real. Siempre me pareció un cuento para que los niños se durmieran temprano.

- Si los ancianos de la ciudad te escucharan – el hombre reía mientras volvía a salir por el umbral de la tienda –. Te acusarían de herejía sin dudarlo.

- ¿De que no se me ha acusado por parte de esos vejestorios? – el joven frunció el ceño mientras veía a la lejanía una gran torre en medio de la ciudad, tenia un escudo raro en lo mas alto, era una bascula rodeada de cadenas.

- Bueno, prefiero que las decisiones las tomen ellos que el estúpido rey – mascullo el hombre viendo hacia la misma torre –. Ese inepto ya hace mucho no se preocupa de su pueblo, los atracos en las carreteras abundan y él no sale a dar la cara.

- Y ahora a usted lo encarcelarían por rebelión, señor Bernal – ahora ambos reían mientras entraban a la tienda, el hombre de barba tupida empezó a reponer las frutas y verduras de su tienda con ayuda de Noah –. Hablando del rey… ¿alguna vez fue lo que dicen que fue?

- Aquellos tiempos fueron oscuros Noah, muy oscuros – empezó a hablar el señor –. Bandidos hacían de las suyas como quería, se llevaban mujeres y las profanaban, mataban hombres y niños por diversión, robaban a sus anchas – detuvo su labor suspirando –. Hasta que el Rey apareció, bueno, en ese tiempo no era Rey todavía – volvía a su labor –. Yo mismo vi cuando llegó a mi pueblo, deshizo a todos los bandidos, unifico las ciudades, trajo una era de paz.

- Pero ahora… - el joven dejó su trabajo y se asomó por el ventanal inmenso de la tienda –.Nadie lo ha visto en años.

- Muchos dicen que murió – el hombre movió unas cuantas cajas y luego fue a sentarse detrás del mostrador de madera de pino –. Y que los ancianos no saben como dar la noticia pues temen que esta era de paz termine.

- Pues con la horda de criminalidad que está aumentando parecería que los bandidos también sospechan aquello – recostó su cabeza en el ventanal –. Aunque he de decir que siempre me pareció raro que el rey de todo Neodazzle viviera aquí, en el país de Balance.

- Bueno, el rey nació aquí, por eso decidió quedarse aquí – respondía mientras daba un largo bostezo –. Por eso en cada país existe un gobernador, incluso aquí, en Balance.

La puerta de la tienda se abrió, detrás de ellas unas personas entraron, unas mujeres ya de edad, con sus hijos e hijas –. Señor, véndame…ugh – se asqueó como si hubiera visto defecar a una vaca o a alguna mula -. el alma pura está aquí – el resto de las mujeres se apartaron para ni siquiera estar cerca de Noah.

- No se preocupe por mí, señora – Noah agachó la cabeza –. Yo ya me iba.

- Noah, espera – pese a la voz del señor Bernal de fondo, el joven simplemente le devolvió una sonrisa antes de salir de la tienda.

Empezó a caminar sin dirección alguna mientras sacaba un viejo harapo para empezar a tapar su cabello, como si de un turbante se tratase.

- Aunque tapes tus cabellos la maldición ya cayó sobre esta ciudad – una voz cansada, la de un anciano, logró escuchar mientras caminaba –. O eso dicen esos tontos que hablan de ti muchacho.

- Señor Fredd – Noah se giro al verlo de reojo, era un anciano calvo y de estatura baja, pues iba encorvado, llevaba una gran túnica morada con decoración floral, unos lentes de forma oval sobre su nariz redonda, se apoyaba al caminar sobre un báculo viejo de madera –. ¿Sigue vivo?

- Oh, muchacho, viviré mucho más que tú y eso que ya estoy viejo – ambos rieron, el anciano al reírse hacia su barba larga se meneara –. Esos ancianos estúpidos de la torre no tardaran en exigirte que cumplas con lo acordado hace tiempo atrás – miro de reojo al chico -. Lamento mucho eso.

-No se preocupe – suspiró mientras veía la torre a lo lejos, mientras que el tumulto de personas pasaba alrededor de ellos, muchos, obviamente, lo volteaban a ver con asco, otros murmuran al pasar –.Pienso irme al caer la noche.

- He de suponer que el viejo Bernal ni siquiera ha tocado el tema todavía – reía por lo bajo, pero era una riza forzada, una risa amarga –. Ni tu hermana.

- Le pedí al señor Bernal que nunca le dijera a Lebe sobre el acuerdo – Lebe era la hermana de Noah, no era sangre de su sangre, pero el tiempo la había convertido en su hermana.

- ¿Crees que eso fue lo correcto? – cuestionó –. Si tomaste esa decisión…debes estar consciente que tal vez te odie porque no se lo dijeron, ¿podrías vivir con eso?

- Mi día a día es vivir con el odio de la gente.

- Pero esa gente no te conoce, no ha estado a tu lado estos años, tu hermana si – Noah tragó saliva pesadamente, de repente sintió como si su garganta ardiera en resequedad y como su estómago se encogía –. Pero…al fin y al cabo, yo no tengo derecho de reprocharte nada.

- Señor, ¿por qué me rechazan tanto? – la vista del chico se poso sobre el anciano levemente encorvado –. Sé que hay leyendas…supersticiones sobre la gente que lleva mi color de cabello y ojos…pero ¿no he demostrado que no soy lo que esas supersticiones y leyendas dicen?

- Noah, por lo general, a las personas les asusta lo desconocido…por eso – quiso seguir hablando pero Noah lo interrumpió.

- ¿Acaso no tengo dos orejas, dos ojos, una nariz y una boca como todos los demás? – estaba frustrado, de todo lo que tenía que vivir día a día –. ¿Acaso no tengo dos brazos y dos piernas? Yo también necesito beber agua, dormir, comer… ¿en qué se supone que soy diferente?

- Déjame decirte algo, Noah – habló con calma –. El miedo arraigado en la población por ese color de ojos – apuntó al color de su iris, azul-celeste igual que el cielo mismo –. Y ese cabello…, –apuntó a los pequeños mechones de cabello azabache enredado que salían del turbante apenas.–. es muy fuerte.

- Lo sé, pero aun así es injusto, yo solo quiero ser una persona normal, alguien común, ¿es tanto pedir? – miraba fijamente al anciano –. Es feo ¿sabe? Escuchar todos los días las cosas que dicen de mí, por eso en cierta medida me hace feliz dejar la ciudad capital, pero por otro lado, me entristece dejar al señor Bernal y a Lebe.

- Perdóname, Noah, aquella noche…cuando el consejo acepto este acuerdo…no pude hacer mucho por ti – el anciano se entristeció, hasta parecía que lagrimas bandidas querían asomar a saludar.

- Señor Fredd – caminó, acercándose al anciano, para después colocar con suavidad su mano en el hombro del longevo hombre –. Cuando llegué aquí, hace años atrás, y este acuerdo se firmó…yo realmente no recuerdo mucho, tengo imágenes borrosas de aquel día, pero si recuerdo claramente algo – sonrió –. Que usted, cuando me miró, no lo hizo con asco, lo hizo con compasión, me vio como lo que era, un niño que necesitaba refugio y siempre recordaré eso.

El anciano jadeo de tristeza mientras su barbilla temblaba ligeramente, pequeñas lagrimas bandidas cumplieron su objetivo y salieron a saludar –. Muchacho, ojalá muchos vieran lo que yo veo – coloco su mano encima de la de Noah –. Un muchacho de bien y amable – sonrió levemente –. Cuídate mucho Noah, no te olvides de este anciano, y hazme un favor, cuando llegue mi muerte, ve a visitarme.

- No diga esas cosas señor Fredd, ¿no acaba de decir que vivirá mucho más que yo? – el veterano miembro del consejo reía levemente mientras palmeaba la mano de Noah en su hombro.

- Eso es lo que uno quiere, pero la vida dispone de nosotros cuando quiere y como quiere, solo nos toca esperar – suspiró –. El acto más valiente y estúpido del ser humano es nacer, Noah. – palmeó la mano del joven azabache para luego alejarse lentamente.

Noah se quedó pensado en aquello.

¿En verdad solo nos toca esperar?

¿En verdad, no podemos decidir más allá de lo que nuestros ojos pueden ver?

A él realmente no le importaba eso, porque sin importar que, no estaba dispuesto a cumplir el destino que lo perseguía, y si tenia que huir toda la vida, entonces lo haría; se despidió del anciano para luego salir de la ciudad capital, caminó unos cuantos metros hasta llegar al bosque, allí busco un viejo árbol de roble, subió a una de sus ramas y se sentó, desdeahí se podía ver con claridad la entrada de la ciudad capital, las hojas del árbol daban sombra y la altura le daba frescor por el viento que corría. Noah pasó toda el medio día y la tarde, simplemente viendo, contemplando la tranquilidad de aquellos de cabellos castaños, verdosos, rubios e incluso una especie de morado algo oscuro.

Al caer la noche, volvió a entrar a la ciudad capital, se dirigió a la casa donde había vivido los últimos años de su vida, cenó con su familia, el señor Bernal y con Lebe, cuando llegó la hora de acostarse y ya los demás yacían dormidos tomó sus cosas, su ropa, y la colocó en unos sacos, en total fueron tres, se colocó dos al hombro y uno amarrado a la cintura. Con mucha finura y cautela de hacer ruido, salió de la casa, caminó unos pasos, dio un largo suspiró y se dio la vuelta, mirando la casa, y en la puerta estaba aquel hombre que lo había criado los últimos años.

- Desde que llegamos a esta ciudad capital…y aquellos ancianos nos obligaron a hacer aquel acuerdo…y mientras te miraba crecer, como me dolía verte crecer – se acercó a Noah, pero este decidió darle la espalda –. Porque con cada año, mes, semana y día que tu crecías…significaba que el día en el cual te tuvieras que ir se acercaba – aquel hombre que se caracterizaba por ser tosco, a veces gruñón y en definitiva, de los que no muestran señal de sus verdaderos sentimientos, estaba llorando, su voz gruesa e imponente estaba quebrada en mil pedazos –. Noah, perdóname, no pude hacer nada.

- Señor Bernal, usted es lo más cercano a un padre que he tenido en mi vida – el azabache no volteaba a mirarlo, porque sabia que si lo veía, no podría irse, sus puños dolían de la fuerza que había en ellos, su voz tambaleaba en quebrarse, su pecho pesaba, y a la vez estaba oprimido, queriendo explotar, pero sin poder hacerlo –. Todos los años que he pasado con usted y con Lebe…me han hecho sentirme en familia y siempre se lo agradeceré.

- Noah, no te vayas solo, ahora mismo despertaré a Lebe, iremos juntos, como familia – el de cabellos color nieve por la vejez trató de volver a la casa con apremió, pero la voz de Noah lo detuvo en seco.

- No, señor Bernal, su vida y la de Lebe están aquí, en Neodazzle, en cambio, la mía, no está en ningún lado, y no voy a arrastrarlos a eso.

- Pero Noah…

- Gracias por todo, señor Bernal, espero que tenga una vida plena, ah, y dígale a Lebe que siempre será mi hermanita amada.

El chico con cada pasó que dio, con cada maldito paso, sentía como una parte de su vida moría, porque seguramente nunca más los iba a ver.

Y así, a paso lento, mientras apenas los rayos del sol alumbraban por encima de la gran muralla de la ciudad capital, caminó hacia la salida, siempre mirando el suelo, siempre sin mirar atrás.

Su caminata era lenta, su respiración era lenta, su mente estaba detenida en el pensamiento de que tal vez sea un mal sueño; poco a poco sus pasos aumentaban de velocidad, al igual que su respiración, la que en un principio era calma, por la nariz, como una suave brisa, se convirtió en un poderoso tifón, a veces respirando por la nariz, a veces por la boca. Sin darse cuenta cuando, empezó a correr, siempre mirando al suelo, siempre sin mirar atrás.

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