PROLOGO
El libro de tapas negras reposó durante décadas sobre la piedra, ignorado por bestias, aberraciones y supervivientes. Hasta que un día, un hombre de cabello castaño, mandíbula apretada y un trapo oscuro asomando del bolsillo tropezó con él.
Se arrodilló, tomó el diario y lo abrió por la primera página.
Leyó su nombre.
-Vergil-
Y sintió el latigazo detrás de los ojos. Solo un eco, porque el diario no era una persona: no tenía hilo. Pero las palabras estaban escritas con filamentos de Lígamen, y cada letra vibraba con la misma frecuencia que los finales. Supo, sin necesidad de leer más, que aquel libro contenía miles de muertes ajenas. Miles de hilos que, tarde o temprano, tendría que leer.
Se llevó la mano a la boca. Los dedos le salieron manchados de rojo. Escupió a un lado, limpiándose con el trapo, y sonrió con una resignación amarga.
—De acuerdo —murmuró—. Veamos qué muertes merecen ser recordadas.
Cerró el diario contra su pecho y echó a andar, con el sabor a hierro en la lengua y el peso de todas las páginas en blanco que aún quedaban por escribirse.








