00.| Prólogo.
«Hace muchos años, incluso antes de que al tiempo lo conocieran como tal, no había nada. Aunque posteriormente, muchos filósofos lo debatirán, en esta leyenda, no había nada. Solo un vacío. Un vacío sin emociones, sin nombre, sin voz ni nada. Un vacío que tenía todo y no tenía nada…
Hasta que ocurrió.
De aquel vacío, se creó algo. Una fuerza que causó una gran explosión que creó todo lo existente: el universo.
Aquella explosión no solo creó estrellas, planetas y todo aquello que conocemos, sino que su explosión creó también unas fuerzas conocidas como bien y mal, el equilibrio, la balanza, el yin y yang, o al menos, así se le ocurrió al vacío nombrarlos. Esas fuerzas, con el paso del tiempo, se desarrollaron mejor que otras, evolucionando hasta ser dos criaturas autollamadas . ¿Por qué dioses? ¿En qué eran divinos?
La respuesta era simple: eran dioses porque habían nacido de nada. Y eso, para aquel vacío solitario era impensable. No había habido nada más que él, así que la idea de que dos energías vírgenes y novatas existieran por él era algo divino. Eran energías que dictaban todo lo nuevo de aquel universo, lo bueno y lo malo. Éstos, sin embargo, tenían un poco de la energía del contrario, creando en ellos mismos también aquella balanza, aquel equilibrio necesario. El bien se autodenominó Adoné y el mal, por su parte, se llamó a sí mismo Belihar. Ambos crearon un planeta para vivir, al cual llamaron Chthomega, “El Crisol del Destino”.
Sin embargo, Adoné se dió cuenta un día de que él mismo tenía aquel pequeño porcentaje de maldad. Atormentado por la idea de no ser alabado como quería, trató de deshacerse de aquella maldad, de aquella pizca de lo malo. Sin evitarlo, esta lo consumió, volviéndole un tirano.
A diferencia de su hermano, Belihar aceptó aquella bondad como suya, refugiándola y apartándola de su propia maldad para que ésta no consumiera lo único bueno que ahora quedaba en esa realidad.
Mientras que Adoné, en Chthomega, decidió vivir en el cielo, Belihar se quedó con lo que posteriormente fue llamado Infierno. Ambas entidades crearon diferentes especies para Chthomega, desde elefantes a hormigas. Querían un sitio con vida. Sin embargo, una especie en concreto fue evolucionando durante muchos años hasta convertirse en lo que es hoy, el hombre. Esta evolución mágica tomó forma en criaturas que a lo largo del tiempo fueron llamados Ermonis, los primeros hombres o seres humanos que Chthomega dio a luz.
Eran diferentes, no solo caminaban erguidos, sino que desarrollaron la capacidad del habla, la razón y sobre todo de decidir entre el bien y el mal por voluntad propia. A estos dos primeros verdaderos humanos, Adoné los bautizó como A’daniel y Evaia, como símbolo de su nuevo proyecto de control. Belihar, por su parte, los vio con respeto, sabiendo que su libertad les daría grandeza, pero también sufrimiento.
Adoné trató de modelarlos a su imagen y semejanza, guiándolos y exigiendo obediencia y culto. Belihar, en cambio, los tentó, no con pecados, sino con preguntas. El pecado original no fue desobedecer a Adoné, sino atreverse a pensar por ellos mismos y poner en duda las órdenes de su “dios”.
Aquellos dos Ermonis fueron una minoría elegida por los dos seres. No eran solo dos más de la especie, eran los hijos despiertos. Cuando su vida llegó a su fin, Adoné no los quiso en el cielo. No habían hecho lo que él les había ordenado. No habían sido como él quiso que fueran. Para Él eran defectuosos.
Por su parte, Belihar no los condenó a vivir entre fuegos y desdichas porque consideraba que no habían hecho nada malo, solo cuestionaron su realidad, su existencia y todo lo que conocían. Así que les ofreció el Purgatorio, pero no como castigo, sino como un lugar de espera consciente.
A’daniel y Evaia son los únicos seres humanos que no viven bajo un juicio de dioses, a pesar de que el Purgatorio sea una zona custodiada por Belihar, no tiene poder sobre él, o sobre los dos Ermonis.
Chthomega por su parte siguió creciendo, olvidando aquello que habían sufrido sus dos primeros habitantes. Debieron de pasar siglos hasta que a Adoné se le ocurrió una idea horrible pero que le ayudaría a conseguir aquello que quería: adoración.
Y lo planificó todo: un hijo suyo, ermoni, que tuviera el poder de hacerles creer en Él.
De ahí, nació Yéshé. Un hombre como cualquier otro con el único título de “el Hijo de Adoné”. Un Hijo que decía saber cuál era la Palabra de Adoné.
Pero Yéshé no era más que una marioneta. Una marioneta que Adoné se encargaba de controlar, de mover sus hilos. Un manipulador.
“Amad a Adoné y os entregará el cielo”, decía. “Queredle porque solo así obtendréis el descanso divino.” Esas eran sus palabras, alentando a sus oyentes que actuasen obrando el bien, o si no, tendrían un castigo en el Infierno.
Según Adoné, éstas palabras servían para que todo fuera “bueno”, justo como él quería. Pero Belihar siempre le preguntaba: “¿qué sentido tiene darles libre albedrío si luego les dices que para entrar al Cielo deben seguir tus órdenes? ¿No los estás condicionando? ¿Dónde está la libertad?”, sin embargo, Adoné nunca respondía. Solo esperaba que Su Hijo les lavara el cerebro a esos ermonis.
Y hasta el día de hoy… su plan sigue funcionando.»
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