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Destino de un brujo

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Summary

La magia no es un don de nacimiento; es el resultado del conocimiento y la voluntad. Cuando la vida de Neil colapsa, un místico pueblo le ofrece una segunda oportunidad, aquí aprenderá a como debe iniciar en el mundo de la brujería, sin darse cuenta tendrá aventuras que lo llevarán por el correcto aprendizaje del mundo del esoterismo y las energías invisibles.

Genre
Fantasy
Author
BryhanKid
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El aula de computación olía a una mezcla sofocante de ozono, plástico caliente y el sudor frío de 30 estudiantes al borde del colapso. En el centro de esa marea de ansiedad estaba Neil Aquiz, un joven de complexión delgada y hombros cargados por un peso que no se veía, pero que lo estaba asfixiando. Su cabello ondulado, usualmente rebelde, caía sobre su frente empapada de sudor mientras sus dedos largos y pálidos se movían con un tic nervioso sobre el teclado.

No era solo el examen final de Algoritmos avanzados lo que lo atormentaba. Era el ardor. Una dermatitis roja y escamosa se extendía por el dorso de sus manos causado por el estrés acumulado de meses. Cada vez que se rascaba, el dolor le recordaba su fracaso más reciente: el despido de la tienda de artefactos eléctricos. Neil recordaba con una claridad punzante el rostro del cliente que le entregó aquel billete falso, y su propia torpeza al no detectarlo. "Vendedor mediocre, estudiante mediocre", se decía a sí mismo mientras el cursor parpadeaba en la pantalla.

—¿Qué pasa, Aquiz? ¿El código tiene un virus o el virus lo tienes tú en las manos? —susurró una voz detrás de él, seguida de una risita ahogada que se extendió por la fila.

Neil apretó los dientes. Sus compañeros no veían al joven elegante que intentaba ser, aquel que incluso en el peor día vestía una camisa celeste impecable y pantalones de vestir negros, buscando en la ropa la estructura que su vida ya no tenía. Solo veían a un blanco fácil.

—Todos ustedes… —murmuró Neil, sin despegar la vista del monitor—, todos ustedes hacen que pase de amar la programación a odiarla.

El examen terminó siendo un desastre. Al salir del edificio, el aire fresco de la tarde no le trajo alivio. Sus manos seguían picando y su mente estaba en un bucle de autodesprecio. Pero tenía una esperanza: Eli.

Se habían quedado de ver en la entrada de la universidad. A lo lejos, la vio. Eli era un contraste absoluto con el entorno académico: vestía ropas oscuras de estética gótica que resaltaban su palidez y su cabello negro, largo y lacio, que caía como una cascada hasta su cintura. En su cuello, brillaba un dije de plata con el nudo de bruja, un símbolo que Neil siempre había considerado un accesorio más de su estilo.

Neil se acercó, forzando una sonrisa que no llegó a sus ojos. Intentó inclinarse para besarla, pero ella giró el rostro con una sutileza que dolió más que un golpe. El saludo fue apenas un roce de mejillas, frío y distante.

—Hola, Neil —dijo ella, con una voz suave.

—Hola, Eli. Necesitaba verte… me echaron del trabajo, el examen fue un desastre y mi piel no deja de…

—Caminemos hacia el bus —lo interrumpió ella, sin mirarlo a los ojos.

El trayecto a la parada fue un silencio cargado de electricidad estática. Neil sentía que el mundo se desmoronaba y ella era el único pilar que quedaba en pie. Sin embargo, al subir al bus y sentarse al fondo, Eli finalmente habló.

—Neil, no puedo seguir con esto. Yo... ya no me siento enamorada de ti.

El motor del bus rugió, pero para Neil el sonido fue como el estallido de una bomba. Se sintió pequeño y ridículo. La depresión que iba apareciendo, se transformó en un egoísmo desesperado.

—¿Ahora? —preguntó él, con la voz quebrada—. ¿Me dejas ahora que no tengo nada? No puedes hacerme esto, Eli. Eres lo único que tengo.

Ella lo miró con una mezcla de lástima y frialdad.

— Lo siento pero... No puedo obligarme a estar con alguien de quien ya no siento amor. Tienes que entenderlo.

El bus se detuvo en su parada. Eli se puso de pie, ajustando su mochila. Antes de bajar, se giró y le dijo unas palabras que quedarían clavadas en su pecho.

— Tienes que dejar de vibrar bajo, Neil. Tu mente está tan llena de cosas negativas que tu energía se apagó y ahora solo atraes malas energías.

Neil sintió que la rabia le quemaba el pecho. La humillación se transformó en un grito contenido.

—¿No vibre bajo? —le gritó desde su asiento, mientras ella bajaba los escalones—. ¡Eres una ridícula aprendiz de bruja! ¡Esas tonterías no existen, Eli! ¡Te inventas mundos mágicos porque no puedes soportar la realidad!

Ella no volteó. El bus arrancó y Neil se quedó solo, viendo cómo la figura gótica de la chica que amaba desaparecía entre la multitud. En ese momento, se rompió por dentro. Las lágrimas, que había intentado contener por puro orgullo masculino, comenzaron a empapar su camisa celeste. No tenía trabajo, le estaba yendo mal en sus estudios, no tenía pareja. Todo iba mal.

Llegó a su pequeño cuarto alquilado, un espacio que olía a soledad. Necesitaba una voz, aunque fuera una voz de mando. Llamó a su padre.

—Papá… —comenzó, pero no pudo seguir. El sollozo lo traicionó.

—¿Qué pasa ahora, Neil? —la voz al otro lado era seca.

—Nada está yendo bien por aquí, me está yendo fatal en la universidad creo que lo dejaré, además que me despidieron del trabajo. No sé qué hacer con mi vida, papá. No tengo sentido, no tengo fuerzas.

Hubo un silencio largo, uno de esos silencios que juzgan.

—Siempre fuiste débil —dijo su padre finalmente. No hubo gritos, solo una sentencia— No me llames para lamentarte. Haz lo que quieras con tu vida.

La llamada terminó. Neil dejó caer el teléfono sobre el colchón desinflado. Se sentó en el suelo, mirando sus manos irritadas. ¿Estaría embrujado? Aquella idea, que antes le parecía una estupidez de Eli, ahora cobraba un sentido oscuro. Nada podía salir tan mal por simple azar. Quizás necesitaba ir con un brujo real, alguien que pudiera ver lo invisible.

Recordó una frase que leyó en un libro: “Ningún soldado gana batallas si se está desangrando de cansancio. El descanso es tu primera medicina. Duerme. Repón tus fuerzas hoy, porque un cuerpo bien descansado puede vencer a la depresión con total facilidad al día siguiente. No te rindas, solo retírate al cuartel a sanar"

—Debo recuperarme… —susurró Neil—. Mi cuerpo está podrido de estrés. No puedo pensar así. Lo dejaré para el Neil de mañana, él si tendrá las fuerzas para saber que hacer.

Cortó de golpe los pensamientos de ansiedad que amenazaban con arrastrarlo, se deslizó bajo las cobijas y obligó a su cerebro a ponerse en pausa. Esa noche, Neil no resolvió ningún problema; simplemente le dio a su cuerpo el combustible que necesitaba para levantarse a luchar al amanecer.

Esa noche, el sueño fue distinto. No fueron las pesadillas habituales de exámenes fallidos. Neil se vio caminando por un valle envuelto en una niebla plateada. Al fondo, una casa de adobe y madera lo esperaba. En la puerta, una figura borrosa, un anciano con manos grandes y una voz que vibraba como el trueno en la distancia, lo llamaba por su nombre.

—Neil… Aquiz… Vuelve a tu raíz.

Neil despertó mas tranquilo. Sus manos ya no le picaban tanto. La imagen del anciano seguía grabada en su retina. No recordaba su rostro, pero su corazón, le dio un vuelco de reconocimiento. Era su abuelo.

Con una claridad que nunca había experimentado, Neil se levantó y sin pensarlo mucho empacó su mochila con lo necesario: sus ahorros de meses, algo de ropa y su dignidad herida. Sabía a dónde ir. Iría al Valle de las Almas, el lugar prohibido por su padre, el lugar donde el pasado de su familia permanecía enterrado bajo el polvo de la magia olvidada.

El viaje hacia el Valle de las Almas no fue solo un trayecto de kilómetros, sino un descenso hacia una realidad que Neil apenas recordaba de sus brumosos años de infancia. El autobús, una reliquia de metal oxidado que crujía con cada bache de la carretera de tierra, lo dejó en la entrada de un pueblo que parecía haber sido olvidado por el tiempo y la cartografía.

Neil bajó del vehículo ajustándose la mochila. A pesar de las horas de viaje, su camisa celeste seguía abotonada hasta el cuello, un hábito de orden que intentaba compensar el caos que sentía en las vísceras. Sus manos, aún marcadas por la dermatitis roja, ardían con el contacto del aire seco y frío del valle. Miró a su alrededor: montañas imponentes rodeaban el pueblo como gigantes de piedra vigilando un secreto, y un silencio sepulcral solo era interrumpido por el ladrido lejano de un perro y el susurro del viento entre los eucaliptos.

Caminó por las calles empedradas, El Valle de las Almas era pequeño, un pueblo verde lleno de vegetación y casas de adobe. No había señales de modernización, ni el ruido eléctrico que había definido su vida hasta ese momento.

—Busco la casa de los Aquiz —le dijo a un anciano que tallaba madera sentado en un portal.

El hombre no levantó la vista, pero su mano se detuvo un segundo.

—Sigue el camino que sube hacia la loma, donde los árboles se vuelven oscuros. Pero ahí ya no vive nadie, joven. Los viejos Aquiz entregaron el aliento hace mucho, y la casa… la casa ya no quiere visitas.

Neil no respondió. Un escalofrío que no tenía nada que ver con el clima le recorrió la espalda. Siguió las indicaciones y a medida que subía, la niebla empezaba a lamer sus tobillos. Finalmente, la vio.

La propiedad de sus abuelos se alzaba como un monumento al abandono. La cerca de madera estaba caída y la maleza había reclamado el jardín, enredándose en las columnas de la entrada como dedos hambrientos. Lo que más le dolió a Neil no fue el deterioro natural, sino el rastro del hombre. Las puertas estaban desencajadas, y al entrar, el corazón se le encogió: la casa había sido saqueada.

Alguien había entrado buscando tesoros, rompiendo paredes de barro. El suelo estaba cubierto de vidrios rotos y restos de lo que alguna vez fue un hogar. Neil caminó por todas las habitaciones, sintiendo que su propia vida se reflejaba en esas ruinas.

Llegó a la habitación del fondo, era el estudio del abuelo. Las estanterías estaban vacías; los libros claramente habían desaparecido. Seguramente los ladrones pensaron que podrían venderlos a algún coleccionista de lo oculto en la ciudad.

Neil se dejó caer en el suelo. Estaba solo en una casa muerta, en un valle que apenas conocía. De pronto, su mano rozó algo debajo de una tabla suelta que los saqueadores habían pasado por alto en su prisa. Era un bulto envuelto en una tela de lino negro.

Lo desenvolvió con dedos temblorosos. No era un libro elegante de cuero, sino un cuaderno de apuntes personales, de esos baratos, con el espiral oxidado y las tapas de cartón manchadas por el tiempo. Parecía basura, un objeto sin valor comercial. Pero cuando Neil lo abrió, el aroma a sándalo y tierra mojada emanó de las páginas, golpeando sus sentidos.

Era el grimorio personal de su abuelo. En la primera página, escrita con una tinta negra espesa que parecía brillar bajo la luz mortecina de la tarde, encontró una dedicatoria:

Neil leyó en voz alta, y su voz resonó en la habitación vacía como si las sombras estuvieran escuchando:

“La brujería es real. No es el truco de feria. Es una fuerza primordial, un hilo invisible que conecta el deseo con la materia. Es algo que la mayoría no puede ver porque sus ojos están cegados por el ruido del mundo, pero que todos pueden sentir en el vacío del pecho cuando algo no anda bien.”

Neil tragó saliva. Sus dedos recorrieron las letras, sintiendo un calor inusual emanar del papel. La dermatitis de sus manos pareció calmarse por un instante. Siguió leyendo:

“Cuando logres despertar tu intuición, dejarás de ser una hoja arrastrada por el viento de la desgracia y te convertirás en el viento mismo. La magia no es un don de nacimiento, es el resultado del conocimiento y la voluntad. Mientras más comprendas las leyes que rigen lo invisible, mejor serán tus rituales y más poder tendrás para moldear tu vida a tu antojo. Podrás obtener lo que deseas y, lo más importante, tendrás la fuerza para librarte de todo aquello que odias y te encadena.”

Neil cerró el cuaderno y miró hacia la ventana. La noche había caído sobre el Valle de las Almas pero él no tenia miedo.

—Maldición… —susurró Neil, apretando el cuaderno contra su pecho—. Están pasando tantas cosas...

Esa noche descansó en la antigua habitación de su padre que estaba casi vacía. Acompañado de unas velas logró quedarse dormido.

La aventura de Neil Aquiz no había hecho más que empezar. La programación había quedado atrás; ahora, le tocaba aprender a hackear la realidad misma.

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