Capitulo 1- el peso del agua
Klaus cae.
No hay grito. Nunca lo hay.
El agua lo recibe como una boca abierta: fría, oscura, infinita. El mar no ruge; el mar observa. Y él desciende, lento, como si el mundo tuviera todo el tiempo del mundo para verlo rendirse.
Abajo no hay suelo. Solo azul. Un azul tan profundo que deja de ser color y se convierte en idea. En recuerdo.
Sus pulmones arden, pero aún no se ahoga. Ese es el castigo: aguantar. Sentir cómo el pecho se tensa, cómo el corazón golpea pidiendo aire, cómo el cuerpo recuerda algo que la mente intenta olvidar.
Entonces lo ve.
El niño está allí, de pie —o flotando— frente a él. Pequeño. Descalzo. La piel pálida ondula como si el agua la estuviera borrando poco a poco. No tiene rostro. Nunca lo tiene. Pero Klaus sabe exactamente quién es.
El niño no habla.
Solo extiende la mano.
Klaus intenta acercarse, pero algo tira de sus tobillos. Algo invisible. Algo que pesa más que el agua. Baja la mirada y entiende: no son algas, ni cadenas. Son recuerdos. Son manos. Son noches. Son silencios obligados.
Quiere nadar hacia arriba. Siempre lo intenta.
Pero el mar no lo deja.
El niño inclina la cabeza, como si esperara. Como si preguntara sin palabras:
¿Vas a seguir cayendo o vas a mirarme de una vez?
Klaus abre la boca para responder…
y el agua entra.
Se despierta de golpe.
El techo de su habitación lo mira como si no lo conociera. Klaus jadea, se incorpora bruscamente y se lleva una mano al pecho. El corazón le va demasiado rápido. Siempre demasiado rápido.
Está empapado en sudor.
—Joder… —murmura, con la voz rota.
Se levanta sin encender la luz. No la necesita. Conoce cada grieta de esas paredes, cada sombra. Va directo a la ventana y la abre aunque haga frío. Necesita aire. Siempre necesita aire después de soñar.
Se apoya en el alféizar y enciende un cigarro. Da una calada larga. El humo le raspa la garganta, y por un segundo, solo por un segundo, vuelve a sentir algo que no es agua.
Mira su muñeca derecha. La marca de nacimiento sigue ahí. Inofensiva. Miente mejor que él.
Luego baja la vista a las cicatrices del bíceps. Viejas. Nuevas. Algunas todavía rosadas.
—No fue real —se dice, sin convencerse—. No fue real.
Pero el anillo negro en su dedo medio está frío. Pesado. Como el mar.
El móvil vibra sobre la cama. Klaus tarda en mirarlo, como si temiera que al hacerlo vuelva a caer. Finalmente lo toma.
Noah: Hoy vienes, ¿no? Quiero presentarte a alguien.
Klaus frunce el ceño. No le gustan las sorpresas. No le gusta la gente nueva. La gente nueva hace preguntas.
Teclea una respuesta corta.
Klaus: Supongo.
Deja el móvil y se deja caer en la cama. Mira el techo otra vez. El sueño sigue ahí, pegado a los párpados. El niño sin rostro. La mano extendida.
—Solo fue un sueño —susurra.
Pero en el fondo, muy en el fondo, Klaus lo sabe:
no todos los sueños quieren despertar.
Algunos solo quieren que dejes de huir.
Y el mar…
el mar siempre espera.








