Recuerdos que vuelven
El celular se deslizó de entre las manos de Cecilia y cayó al suelo con un golpe seco, resonando en el silencio de la habitación. La pantalla se apagó al instante, como si también ella hubiera querido esconder aquel mensaje que acababan de leer, esas palabras que les helaron la sangre: “El próximo año podrás quedarte aquí conmigo”. Cecilia se quedó unos segundos inmóvil, mirando el aparato tirado en el suelo, sintiendo cómo el corazón le latía con tanta fuerza que parecía querer salírsele del pecho. Lili, sentada al borde de la cama, no se movió tampoco; tenía la mirada fija en el suelo, los ojos muy abiertos, la respiración contenida, como si temiera que si hacía el menor movimiento, oía la menor palabra, todo lo que acababan de ver se hiciera todavía más real y aterrador.
Se agachó despacio, casi con miedo, y recogió el celular. Lo miró, lo volvió a encender, pero el mensaje ya no estaba, se había borrado como si nunca hubiera existido. Sin embargo, ambas sabían que no era una alucinación, ni un error, ni algo que hubieran imaginado. Lo habían leído, lo habían sentido, lo habían reconocido. Era la voz de Jonathan, o al menos, sus palabras, pero dichas con un tono que no era suyo, algo más antiguo, más lejano, que venía de un lugar que ellas no podían comprender.
Ninguna de las dos dijo nada. Se metieron en sus camas, se cubrieron hasta el cuello, cerraron los ojos… pero ninguna pudo dormir en toda la noche. Las horas pasaron lentas, pesadas, interminables. En la oscuridad, sus mentes no paraban de dar vueltas, de repasar, de preguntarse qué significaba todo aquello, qué pasaba realmente, dónde estaba su hermano, qué era lo que les esperaba. Sentían una mezcla extraña de miedo y de certeza: miedo por lo que no entendían, pero certeza de que algo estaba cambiando, algo se estaba moviendo, algo que había estado escondido durante mucho tiempo estaba saliendo a la luz.
Cuando por fin empezó a clarear el día, la luz grisácea de la mañana entró por las ventanas, iluminando la habitación con una claridad suave y fría. Ambas se levantaron al mismo tiempo, cansadas, con los ojos pesados, la mente llena de pensamientos que no habían logrado ordenar en toda la noche. Se vistieron en silencio, se arreglaron mecánicamente, sin ganas, como si todo lo que las rodeaba fuera algo lejano y sin importancia.
Bajaron las escaleras hacia la cocina. La casa estaba tranquila, solo se escuchaba el sonido de sus propios pasos. Prepararon el desayuno, se sentaron frente a frente, comieron casi sin darse cuenta de lo que llevaban a la boca. No se dijeron nada. No hacía falta. Ambas sabían exactamente lo que la otra estaba pensando, lo que sentía, lo que les pasaba. Habían compartido tanto dolor, tantas búsquedas, tantas noches sin dormir, que ya no necesitaban palabras para entenderse. Solo el silencio, ese silencio que se había vuelto su compañero más fiel durante todo este tiempo.
Cuando terminaron, dejaron todo ordenado sobre la mesa y salieron al patio trasero. Era una mañana tibia al principio, de esa calma suave que a veces se da al amanecer, pero que ya se notaba que a medida que el sol se fuera bajando y retirándose, empezaría a helar bastante. El cielo estaba despejado, de un azul pálido, sin una sola nube, y todo estaba en silencio, solo se escuchaba el canto de algunos pájaros y el viento moviendo despacio las hojas de los árboles del jardín.
Y ahí fue donde la vieron. Allí, justo debajo del árbol grande que daba sombra casi toda la mañana, estaba su madre, Mariel. Estaba sentada en su reposera de lona, esa que siempre usaba cuando hacía buen tiempo, erguida pero relajada, con las manos juntas sobre el regazo, mirando fijamente hacia el cielo. Tenía la cara tensa, marcada por una angustia profunda, y sus ojos estaban vacíos, muy abiertos, como si no estuviera viendo las nubes ni el cielo, sino mirando algo que estaba muy lejos, algo que solo ella podía ver, algo que venía de hace mucho tiempo.
Caminaron despacio hacia ella, sin hacer ruido, y cuando estuvieron cerca, le dieron los buenos días con voz suave.
—Buenos días, mamá.
Mariel parpadeó de golpe, como si despertara de un sueño muy profundo, y bajó la mirada hacia ellas. Trató de sonreír, pero esa sonrisa fue débil, no le llegó a los ojos, y se borró casi enseguida.
—Buenos días, hijas —respondió ella, con una voz tranquila pero cargada de una emoción que no solía mostrar—. Qué mañana tan linda, ¿verdad? Aunque ya se nota que más tarde, cuando el sol se vaya bajando y se retire, va a refrescar mucho. El aire ya se siente distinto.
Cecilia y Lili se quedaron de pie frente a ella, mirándola con curiosidad y preocupación. Conocían bien a su madre, sabían cuándo estaba bien, cuándo estaba cansada, cuándo solo tenía cosas en la cabeza. Pero esa mañana había algo distinto, algo que venía de mucho más adentro, algo que hacía tiempo que estaba guardado y que ahora, de repente, había salido.
—¿En qué estabas pensando, mamá? —le preguntó Lili, que siempre era la primera en hablar cuando sentía que algo pasaba—. Te veíamos tan fija mirando el cielo… parecías como perdida en otra parte.
Mariel suspiró, un suspiro largo, profundo, que salió desde el fondo de su pecho. Volvió a mirar hacia arriba, hacia las ramas que se movían suavemente con el viento, y tardó unos segundos en contestar, como si estuviera buscando las palabras exactas, o como si estuviera ordenando recuerdos que hacía muchísimo que no aparecían.
—No estaba pensando realmente, hija —dijo ella despacio, con voz baja, como si hablara consigo misma también—. Era más bien… recordando. De la nada, de repente, me vinieron a la mente un montón de cosas, imágenes, palabras, historias que hace muchísimo tiempo que no recordaba. Cosas que creía que tenía olvidadas para siempre, y hoy, sin saber por qué, aparecieron todas juntas, claras como si hubiera sido ayer.
Se quedó callada un momento, apretando un poco más las manos juntas sobre el regazo, y luego las miró a las dos, una a una, con mucha calma.
—Son historias que me contaron a mí, cuando yo era pequeña —continuó Mariel—. Historias que siempre me dijeron que eran cosas del pasado, cosas que ya no importaban, que eran solo cuentos para que los niños escucharan. Pero yo… yo nunca me las pude sacar de la cabeza. Siempre que pasaba algo, siempre que veía algo raro, siempre que sentía dolor, me acordaba de ellas.
—¿Qué historias, mamá? —preguntó Cecilia, con suavidad—. ¿De quiénes son?
Mariel se acomodó mejor en su reposera, y empezó a hablar, despacio, tal cual como ella la había escuchado de niña, sin agregar nada, sin entender nada, solo contando lo que le habían contado:
—Todo esto me lo contaba mi propia abuela, ¿se entiende? O sea, la mamá de mi abuela… esa mujer era su tatarabuela de ustedes. Vivía hace muchísimos años, en esta misma zona, cerca del mismo pueblo donde está el lago Steoul, el que ustedes conocen.
»Me contaba que ella era una mujer muy trabajadora, muy hábil con las manos. Se dedicaba a crear muñecas de trapo. Las cosía, las armaba toditas ella sola, como se hacía antiguamente, con telas de retazos, rellenos de lana o de hierbas, les pintaba las caritas con mucho cuidado. Y las hacía para venderlas en la feria del pueblo. Dicen que eran las muñecas más lindas que se veían por ahí, y que todo el mundo se las compraba, que era muy querida y respetada por todos.
»Pero un día… de un momento a otro, todo cambió. Empezó a comportarse muy raro. Se le notaba en la mirada, en cómo hablaba. De repente se ponía a delirar, a decir cosas sin sentido, palabras que nadie entendía, o cosas que no venían a cuento. Y lo peor era lo que hacía: se la pasaba días enteros y también las noches, metida adentro de su taller de costura, sin salir para nada, sin comer apenas, sin hablar con nadie. Allí adentro se la pasaba haciendo y deshaciendo sus muñecos de trapo. Cosía, armaba, y al rato los descosía, los desarmaba, y volvía a empezar otra vez.
»Y lo que más miedo daba, me decía mi abuela, es que mientras hacía todo eso, ella siempre repetía lo mismo, una y otra vez, con una voz muy seria, muy firme, como si le estuviera hablando a alguien que tenía enfrente, o al mismo muñeco que estaba armando. Siempre decía: “De esta forma no lo quieres… pues lo reharé para que te guste. Lo reharé hasta que te guste”. Una y otra vez, sin parar.
Mariel hizo una pausa, se le llenaron los ojos de lágrimas, y bajó la cabeza un momento antes de seguir contando.
—Estuvo así mucho tiempo, nadie sabía qué le pasaba, ni qué tenía, ni por qué hacía todo eso. Hasta que una mañana… simplemente no estaba. Desapareció. Se fue de la nada, sin dejar rastro, sin decirle nada a nadie. Lo único que se sabe, porque así me lo contaron a mí, es que se fue hacia el lado del lago, y que nunca más volvió a saberse nada de ella. Nunca más se la vio, nunca más se supo dónde estaba, ni qué fue de su vida. Se perdió para siempre.
Se quedó callada, mirando al vacío, apretándose las manos contra el pecho, y con la voz quebrada por el dolor, terminó de decirles:
—Y por eso… por eso es que me duele tanto todo esto, y por eso siempre recuerdo esa historia que me contaba mi abuela. Siempre, cada vez que pasa algo, cada vez que pienso en lo que nos falta… me acuerdo de esas palabras, de lo que hacía, y de cómo desapareció de la nada, igual que… igual que…
No pudo seguir. Se quedó callada, con la mirada perdida, dejando que ellas entendieran lo que ella no se atrevía a decir en voz alta: que todo se parecía demasiado a lo que les estaba pasando ahora, con la desaparición de Jonathan.
El viento sopló un poco más fuerte, moviendo las hojas, y se empezó a notar ese frío que llegaba a medida que el sol se iba retirando, tal como Mariel había dicho al principio. Pero ninguna de las dos se movió, ni sintió frío. Solo sentían que esa historia antigua, contada tantos años atrás, tenía un peso enorme, y que todo lo que estaban viviendo estaba ligado de alguna forma que todavía no alcanzaban a comprender








