Erencias de sandalo.
Siete de la mañana. El estruendo del despertador rompió la paz del amanecer, pero algo se sentía fuera de lugar. No olía a café recién hecho ni escuchaba el canturreo habitual de mi abuela en la cocina. El silencio en casa era tan espeso que se podía cortar con un cuchillo.
Me levanté con un bostezo, arrastrando los pies hasta el baño. Mientras me cepillaba los dientes, el vapor del agua caliente que alguien había dejado abierta comenzó a empañar el espejo. Me extrañó; mi abuela siempre era cuidadosa con el gas.
—¿Abuela? —llamé con la boca llena de espuma. Nadie respondió.
Escupí y me enjuagué rápido, sintiendo un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura. Caminé hacia la bañera y aparté la cortina de un tirón.
El grito murió en mi garganta. Mi abuela no estaba tomando un baño; estaba sumergida en un rojo denso, casi negro, que rebosaba por los bordes. El olor metálico me golpeó, provocándome ganas de vomitar que apenas pude contener. Apretada contra su pecho, sus dedos ya pálidos sujetaban una caja de madera de sándalo.
Arranqué la nota clavada en la tapa. Mis dedos se mancharon de esa viscosidad tibia que antes fue vida.
«Ya quité el primer estorbo. Entrégame lo que quiero y no te pasará nada».
Un crujido en la madera del pasillo me heló la sangre. No estaba sola. El pánico, que hasta hace un segundo me paralizaba, se transformó en una descarga de adrenalina pura. No hubo tiempo para lágrimas ni para aseos lentos. Metí la caja y la nota en mi mochila, sintiendo cómo el peso del sándalo golpeaba mi espalda mientras corría hacia la salida. Al abrir la puerta principal, el aire húmedo de Miami no me dio alivio; sentí mil ojos sobre mí desde los edificios vecinos.
Caminé a paso ciego hacia la avenida, girando la cabeza cada tres segundos. Cualquier motor de coche me parecía una amenaza. Cuando el autobús frenó con un chillido, subí de un salto, pagando con manos tan temblorosas que las monedas casi caen al suelo. Me hundí en el último asiento, ocultando mi rostro tras el cabello desordenado.
Solo entonces, el silencio del autobús me permitió escuchar mi propio corazón: era un tambor desquiciado. Intenté ponerme los audífonos para bloquear la realidad, pero antes de que sonara la primera nota de Reik, él apareció.
Entró justo antes de que las puertas se cerraran. Un chico de mirada intensa y cabello castaño. En cualquier otra circunstancia, su presencia me habría parecido magnética, pero ahora, mientras se sentaba a escasos centímetros de mí, solo podía pensar en una cosa: ¿Es él? ¿Es este el "dueño" de lo que hay en mi mochila?
La lluvia empezó a azotar el cristal. Mi agotamiento era tal que, por un segundo, la realidad se volvió borrosa y mi cabeza cayó sobre su hombro. Fue un error, una debilidad de mi cuerpo exhausto. Sentí su movimiento: cerró la ventana con una delicadeza que me resultó aterradora y, con un pañuelo blanco, secó las gotas de lluvia de mi mejilla. Por un instante, sus ojos se clavaron en mis labios con una fijeza que me cortó la respiración. ¿Era deseo o me estaba estudiando como a una presa?
El autobús se detuvo bruscamente. Él se levantó sin decir palabra, pero antes de irse, acomodó mi cabeza contra el respaldo con una suavidad profesional, casi clínica. Se perdió en la tormenta, dejando tras de sí un objeto que brillaba sobre el asiento.
Mis dedos atraparon el metal frío: una cadena con una placa.
—Noah —susurré, leyendo el nombre grabado.
Un escalofrío me recorrió la espalda mientras veía su silueta desaparecer bajo la lluvia. Me aferré a la mochila, sintiendo los bordes de la caja de sándalo contra mis costillas. Si él era el dueño de la cadena... ¿y si es él? ¿Y si es el asesino? ¿Y si se sentó a mi lado no por amabilidad, sino para vigilar su trofeo? ¿Para saborear mi miedo de cerca antes de terminar el trabajo?
La duda me quemaba. No podía ir a la universidad, no podía actuar como si nada hubiera pasado mientras cargaba con el secreto de mi abuela y el posible rastro de su ejecutor. Con el nombre de un extraño ardiendo en mi palma y el corazón martilleando contra mi garganta, caminé directamente hacia la comisaría.
Al cruzar las puertas de cristal, el olor a café rancio y papel viejo me mareó. Me acerqué al mostrador de recepción con las manos temblorosas, ocultando los restos de sangre seca bajo mis uñas.
—Mi abuela... ella fue atacada —logré decir, y mi voz sonó como un cristal rompiéndose—. No fue un accidente. Alguien entró en la casa, alguien que buscaba algo... algo que ella protegía.
Intenté articular las palabras, describir el caos en la sala y el vacío gélido que dejó su ausencia, pero el nudo en mi garganta me lo impedía. Le entregué mi identificación con dedos torpes, sintiendo que cada segundo de silencio era una traición a su memoria. Una oficial de rostro cansado y pocos amigos me indicó que la siguiera hacia una pequeña sala de interrogatorios al fondo del pasillo.
—Acompáñame. Entra en la sala de interrogatorios —ordenó con una voz carente de toda empatía.
La habitación era pequeña y asfixiante; la mesa negra contrastaba con la frialdad de las paredes blancas, creando una atmósfera de juicio que me hizo sentir culpable sin haber hecho nada. Me senté frente a ella y la oficial, llamada Victoria, cerró la puerta tras de nosotras con un golpe seco que retumbó en las paredes. Se sentó frente a mí, dejando caer una carpeta amarillenta sobre la mesa negra.
—Nombre y edad —soltó, sin mirarme, mientras destapaba un bolígrafo.
—Blake... dieciocho —mi voz sonó como un hilo de seda a punto de romperse.
Victoria arqueó una ceja y clavó sus ojos grisáceos en los míos. Eran ojos que habían visto demasiados cadáveres y pocas verdades.
—Dices que entraste a la ducha y la encontraste así. ¿Por qué no llamaste a emergencias desde ahí, Blake? —preguntó, subrayando mi nombre con una sospecha que me hizo encoger los hombros—.En lugar de eso, saliste a la calle. ¿Por qué?, y tomaste un autobús y paseaste por la ciudad con... —señaló con la barbilla mi mochila— ...lo que sea que lleves ahí dentro.
Apreté la mochila contra mis piernas. El calor de la caja de sándalo parecía quemarme a través de la tela.
—Tenía miedo —logré articular, aunque mis dedos empezaron a juguetear nerviosos con la cadena de Noah oculta en mi bolsillo—. Había una nota. Él dijo que quería algo.
Victoria se inclinó hacia adelante, invadiendo mi espacio personal. El olor a café rancio y cigarrillo de su aliento me mareó.
—En este negocio, el miedo y la culpa se ven exactamente iguales —sentenció con voz gélida—. Así que vamos a hacer esto rápido: pon la mochila sobre la mesa y ábrela. Ahora.
Mi corazón dio un vuelco. Si le entregaba la caja, ¿estaría entregando el secreto que mi abuela murió protegiendo? Mis dedos se quedaron congelados en la cremallera. La mirada de Victoria era una hoja de afeitar. En mi bolsillo, el metal de la cadena me recordaba a aquel chico del autobús.
—¿Y bien? —presionó Victoria—. ¿Vas a mostrarme qué es tan importante como para no llamar al 911 desde la escena del crimen, o tengo que llamar a un oficial para que te registre por la fuerza?
Tragué saliva.
—Había una nota... —repetí, mi voz apenas un susurro—. Estaba clavada sobre esto.
Finalmente, abrí la mochila y saqué la caja de madera de sándalo. El aroma a madera antigua inundó la pequeña sala. Victoria no se movió; sus ojos se fijaron en los grabados de flores de loto.
—Esa caja parece cara —comentó la oficial, su voz perdiendo un poco de dureza por la curiosidad—. ¿Qué hay dentro?
—No lo sé —respondí con sinceridad—. Mi abuela murió protegiéndola. El hombre que la mató... él la quería.
Victoria se puso unos guantes de látex con un chasquido profesional. Se inclinó sobre la caja, pero antes de tocarla, me miró de nuevo.
—¿Y qué hay de la cadena que estás apretando en tu bolsillo desde que entraste aquí, Blake? No creas que no me he dado cuenta.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¡Ya basta, Victoria! —la voz del comisario retumbó al abrirse la puerta—. Sal de aquí. Tu agresividad no nos sirve hoy.
Tras la salida de la oficial, el jefe se volvió hacia mí con un suspiro de pesadumbre.
—Perdone, señorita. Hemos revisado las cámaras de su calle; vimos a un sospechoso salir minutos antes que usted. Sabemos que no fue usted, pero está en peligro.
Me entregó el teléfono de mi abuela. Al encender la pantalla, el último mensaje me dejó sin aliento:
«La quiero de vuelta. Ya estoy lista para asumir mi responsabilidad. No puedes apartarla de mí para siempre; es mi pequeña».
—Su abuela la protegía de algo grande —continuó el comisario—. No tiene más familia en el registro, pero estas fotos indican lo contrario. La enviaremos a una zona segura, una isla cercana, bajo custodia. Su barco sale mañana.
Miré la foto: una mujer joven, idéntica a mí, el número del contacto en el teléfono era el que yo creía que solo existía en las lápidas.








