Create New List
Share with your friends
Customize readability

El arte de equivocarse

All Rights Reserved ©

Summary

A los dieciocho años, Sheryl lo tenía todo: un romance de ensueño con el magnético líder de una banda de rock, y una gira inolvidable recorriendo escenarios a su lado. Pero bastó una puerta entreabierta, un malentendido cargado de rabia y una venganza impulsiva —inmortalizada en una maldita fotografía— para que ella misma hiciera saltar su relación por los aires. Sheryl carga con el peso insoportable de su propio error. Decidida a recuperar aunque sea una pizca de su perdón, entra a la misma universidad que él, solo para toparse con un muro de hielo y rencor absoluto. Lo que no entraba en sus planes era que su vecino de mirada tormentosa irrumpiera en su vida. Él es arte, caos y el único capaz de hacerla reír en medio del desastre. Entre cafés, secretos de madrugada y una complicidad peligrosa, se convierte en su mejor amigo… y en el hombre que empieza a amarla en silencio. Atrapada entre el exnovio al que destrozó, el mejor amigo por el que empieza a caer sin darse cuenta y la llegada de alguien dispuesto a ofrecerle la estabilidad que nunca tuvo, Sheryl está a punto de descubrir que el corazón nunca se equivoca una sola vez.

Status
2h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

¿Cuántas noches más voy a pagar por un solo error?, pensó Sheryl al incorporarse de golpe, con un sudor frío pegándole el cabello a la nuca.

El calendario en la mesita de noche le devolvió la realidad sin anestesia: su primer día de universidad. También el octavo mes sin Luca. El octavo mes sin su perdón.

Cerró los ojos, pero el pasado seguía proyectándose detrás de sus párpados como una película de la que no podía escapar. Bastaba un segundo de silencio para volver a aquella noche: la puerta del camarín apenas entreabierta, el murmullo de risas ajenas, la silueta de otra chica sentada sobre las piernas de Luca. El olor rancio a vodka mezclado con su colonia. La rabia cegadora quemándole el pecho.

Y la foto. La maldita foto.

Fui una estúpida, se recriminó, igual que cada mañana desde hacía doscientos cuarenta días. Recordó la sonrisa triunfal con la que había cobrado venganza, sintiéndose ganadora por un instante, convencida de haberlo destruido antes de que él la destruyera a ella. Qué fácil había sido apretar el gatillo, pero qué insoportable era ahora vivir con el eco del disparo.

Se obligó a salir de la cama, se vistió con lo primero que encontró en el armario y tomó las llaves del auto. Para cuando se detuvo en el último semáforo antes del campus, el calor del verano ya era asfixiante. Encendió un cigarrillo con dedos inquietos y dejó escapar el humo por la ventanilla.

El rugido de un motor la sacó de sus pensamientos. Una motocicleta negra acababa de detenerse justo a su lado. Quien conducía llevaba una camisa blanca impecable, una larga falda escocesa roja que ondeaba con la brisa del asfalto y un casco de visera oscura. ¿Chico o chica? Daba igual, su estilo era innegable.

Avanzaron por la misma avenida hasta cruzar los portones de la universidad. Sheryl siguió a la moto negra hacia la zona de estacionamiento, pero antes de apagar el motor, sus ojos tropezaron con otra motocicleta aparcada junto al edificio principal. Una que habría reconocido incluso a oscuras.

Sintió un vuelco violento en el estómago y el aire se le atascó en la garganta.

—Luca... Dios mío, Luca —susurró contra el volante.

Allí estaba él. Apoyado con desgana contra el muro de ladrillos, sosteniendo un cigarrillo entre el índice y el cordial, exhalando el humo hacia arriba con esa exacta inclinación de cabeza que había aprendido de ella.

Bajó del auto casi sin sentir las piernas. En cuanto Luca alzó la vista y la reconoció, su expresión se volvió de piedra. Arrojó el cigarro a medio consumir contra el cemento, lo aplastó con la bota y se dio media vuelta para marcharse.

—Luca, espera, por favor —suplicó Sheryl, acortando la distancia con la voz quebrada—. Al menos intentemos convivir en paz aquí...

Él se detuvo en seco, pero ni siquiera se dignó a mirarla por encima del hombro.

—Vete a la mierda —soltó. Su voz sonó más fría y firme que nunca—. No vuelvas a dirigirme la palabra en tu vida.

Sheryl dio un paso al frente, empujada por el impulso desesperado de alcanzarlo, pero el sonido de una risa a sus espaldas la dejó clavada en el sitio. Con el orgullo hecho pedazos, se giró.

—¿De qué mierda te estás riendo? —espetó descargando en un desconocido toda la rabia que no había podido gritarle a Luca.

El conductor de la moto negra seguía apoyado sobre el asiento de cuero, pero acababa de quitarse el casco. Al sacudir la cabeza, unas facciones angulosas y una mueca cargada de cinismo le sonrieron. Hombre, al final. Y, para colmo de males, irritantemente guapo en toda su extravagancia.

Él se limitó a recorrerla con la mirada de arriba abajo antes de detenerse, con descarada lentitud, a la altura de su cadera.

Sheryl frunció el ceño y siguió la dirección de sus ojos. El aire volvió a escapársele del pecho: el costado de su vestido ligero tenía un tajo limpio de varios centímetros. Al bajar del auto a toda prisa para perseguir a Luca, la tela debía de haberse enganchado con el pestillo de la puerta sin que la adrenalina la dejara notarlo. Ahora, la abertura dejaba al descubierto mucha más piel —y encaje— de lo que jamás habría querido mostrar en su primer día de clases.

—Bonitos calzones —comentó el desconocido, arrastrando las sílabas con una chispa lasciva en los ojos.

Sheryl apretó las muelas hasta que le dolió la mandíbula. Tenía ganas de ponerse a llorar ahí mismo, pero antes muerta que darle a otro imbécil el gusto de verla derrotada esa mañana. Sujetó los bordes de la tela con una mano y curvó los labios en una sonrisa glacial.

—Bonita falda —contraatacó con dulzura venenosa—. ¿No quedaba ropa de tu talla en la sección de hombres o le asaltaste el clóset a tu novia antes de salir?

Él soltó una carcajada corta y ronca, inclinándose un poco hacia adelante sobre el manillar.

—Oh, no tengo novia —replicó guiñándole un ojo—. Pero si tanto te interesa el puesto, puedo abrir las audiciones ahora mismo.

Sheryl alzó la mano libre en el aire, exasperada, y giró sobre sus talones antes de perder el poco control que le quedaba. Imbécil, masculló para sus adentros mientras se alejaba a paso vivo, sintiendo en la nuca la mirada divertida de aquel idiota que, sin duda, acababa de adjudicarse la victoria del primer asalto.

Cruzó el patio sujetándose el costado del vestido como podía, con la cara ardiendo por la doble humillación. Entró casi a ciegas en el primer edificio que encontró y se refugió en el baño de mujeres. Recién cuando la puerta se cerró tras ella y apoyó las manos en el lavamanos para tomar aire, notó en el espejo que no estaba sola.

Dos chicas que habían presenciado el espectáculo en el estacionamiento habían entrado justo detrás de ella.

—¿Querida? Tu vestido... —dijo una rubia de aspecto encantador, acercándose con expresión comprensiva—. No te preocupes, Kayce puede dejarlo como nuevo.

A su lado, una pelinegra bajita y preciosa ya estaba rebuscando en su bolso. En cuestión de segundos, sacó un pequeño estuche con aguja e hilo con la destreza de una cirujana lista para entrar a quirófano, dedicándole una sonrisa de oreja a oreja.

—Gracias, chicas, de verdad no sé ni qué decir —suspiró Sheryl, sintiendo que los hombros se le relajaban por primera vez en toda la mañana ante tanta amabilidad—. Salí demasiado rápido de casa hoy y parece que me descuidé en todo.

Kayce se arrodilló a su costado y empezó a dar puntadas rápidas y precisas para unir la costura rota.

—Tranquila, a todas nos pasa —dijo la pelinegra sin dejar de trabajar, aunque alzó la mirada un instante con un destello de curiosidad—. Oye, linda, no quiero pecar de entrometida, pero... no pude evitar ver que afuera estabas discutiendo con el punky. El chico de la falda escocesa.

—Oh, sí. Ni siquiera sé quién es —bufó Sheryl, poniendo los ojos en blanco—. Es mi primer día aquí y ya encontró la forma de amargarme la mañana. Aunque salta a la vista que le encanta llamar la atención, ¿no? Por cierto, me llamo Sheryl.

—Un gusto, Sher —respondió Kayce, dando una última puntada firme antes de cortar el hilo con un pequeño tirón y ponerse de pie—. Pero hazme caso: mantente lejos de él. Nosotras vamos en su mismo año y compartimos carrera, así que sé muy bien de lo que hablo. Ese tipo es un imán para los problemas.

—Totalmente —intervino la rubia desde el espejo, retocándose el brillo labial—. Es descortés, arrogante y, cuando se le cruzan los cables, hasta agresivo. Aquí ningún profesor lo soporta, y mucho menos el decano. No te conviene que te asocien con alguien así en tu primera semana. Ten cuidado.

Sheryl alisó la tela recién cosida sobre su cadera. La costura había quedado casi invisible. No se consideraba una chica prejuiciosa que juzgara a nadie por un par de rumores de pasillo, pero la advertencia de aquellas dos desconocidas sonaba genuina, sin rastro de malicia. Además, tampoco era como si el imbécil de la moto se hubiera esforzado por dejar una buena primera impresión.

Después de agradecerles el rescate un par de veces más e intercambiar números de teléfono con la promesa de tomar un café pronto, Sheryl salió casi corriendo hacia el edificio de Humanidades. Su primera clase era Introducción a la Literatura, la materia que con más ilusión había esperado todo el verano.

Sin embargo, cuando se sentó a mitad del auditorio y abrió su cuaderno, su mente estaba a kilómetros de allí.

El rostro endurecido de Luca seguía clavado detrás de sus ojos. Y sus palabras, todavía más.

Sabía perfectamente que él entraría a esta universidad, admitió para sí misma mientras hacía girar el bolígrafo entre los dedos sin escuchar el murmullo de los demás alumnos. Pero haberlo seguido hasta aquí no significa que por arte de magia vaya a querer escucharme. Fui demasiado ingenua, demasiado egoísta al pensar que me daría una oportunidad.

El peso del remordimiento volvió a cerrarle la garganta, pero su burbuja de autocompasión estalló de golpe cuando alguien se dejó caer con total confianza en el asiento vacío a su derecha.

—«Mi mente ruge palabras de amor, pero las curvas de tu cuerpo me hacen arder como el sol» —declamó una voz grave y demasiado familiar.

Unos dedos largos depositaron una pequeña margarita blanca, recién arrancada de los jardines del campus, justo sobre la hoja en blanco de su cuaderno.

Sheryl giró el rostro con lentitud, parpadeando con absoluta incredulidad. Era el motociclista de la falda escocesa. Un par de filas más atrás, un chico le gritó un «¡Milagro que pisas un salón de clases, Valentino!», a lo que él apenas respondió alzando dos dedos con desgana sin apartar los ojos de Sheryl.

¿Valentino? ¿Pero quién demonios se cree que es?, pensó ella, sintiendo que la sangre volvía a calentarle las mejillas.

—¿Qué haces aquí? —siseó en voz baja para no llamar la atención de todo el salón—. ¿No tienes clases de tu propio año? ¿O es que directamente no tienes vida?

—Tengo prioridades —repuso Valentino con una calma exasperante, recostándose en el respaldo y cruzando los brazos detrás de la nuca—. Y hoy, mi prioridad absoluta es apreciar el arte.

La forma descarada en que la recorrió con la mirada al pronunciar la última palabra no dejaba lugar a dudas de que no se refería precisamente al temario de la asignatura. Sheryl tensó la espalda, negándose a caer en su juego.

—Claro —soltó con ironía, apartando la margarita a un costado del pupitre—. Aunque dudo mucho que tengas la capacidad neuronal para disfrutar de la literatura clásica. En cualquier caso, hazme un favor y vete a sentar a otro lado. Me distraes.

No entendía qué demonios le pasaba a ese sujeto ni por qué la había tomado con ella, pero su presencia empezaba a sacarla de quicio. Si lo ignoro por completo se aburrirá y se irá, se dijo, fijando la vista en la pizarra. Solo es un exhibicionista desesperado por un poco de atención.

Pero Valentino no se movió ni un milímetro. Al contrario, se inclinó hacia su pupitre, invadiendo su espacio personal hasta que a Sheryl le llegó una ráfaga de aroma a tabaco, cuero y menta.

—Oh, créeme, te sorprenderías de todas mis capacidades —murmuró cerca de su oído, antes de estirar el índice y dar un golpecito suave sobre el título que ella acababa de anotar en la esquina de la hoja—. Aunque, para ser una amante de las letras, aquí te falta una tilde. Las chicas bonitas pueden darse ciertos gustos con las reglas, pero tampoco abuses.

Sheryl dejó el bolígrafo quieto sobre el papel y volvió a mirarlo, esta vez con una ceja arqueada y una media sonrisa asomando apenas en la comisura de los labios.

—¿Conque las bonitas, eh?

—Shhh, baja la voz, que el profesor está hablando —la cortó él con fingida solemnidad, sacando de su mochila una libreta de dibujo de tapas gastadas y un carboncillo.

¿Este tipo va en serio? ¿Acaba de mandarme a callar después de interrumpirme él a mí?, se preguntó sintiendo que le hervía la sangre. Estuvo a punto de soltarle cuatro verdades, pero el catedrático ya había empezado a explicar el programa de la materia frente a la pizarra. Decidida a no arruinar la clase que tanto había esperado, respiró hondo, clavó la vista al frente y optó por ignorar su existencia.

O, al menos, eso intentó durante los primeros tres minutos.

Resultaba físicamente imposible fingir que aquel chico no estaba ahí, sobre todo cuando la mitad del auditorio no paraba de lanzarle miradas furtivas. Por el rabillo del ojo, Sheryl empezó a reparar en los detalles que la furia del estacionamiento no le había dejado ver. Llevaba el cabello peinado en pequeñas puntas rebeldes y desordenadas, de un rubio tan pálido que rozaba el blanco platino. ¿Habrá nacido con ese color o será teñido?, se preguntó sin querer.

Giró apenas el rostro, atrapada por una curiosidad traicionera. Sus pestañas eran larguísimas, espesas y muy definidas, y enmarcaban unos ojos de un gris tormentoso bastante extraño... ¿o acaso tenían destellos verdes?

Valentino mantenía la vista fija en su bloc de dibujo, deslizando el lápiz sobre el papel con trazos rápidos, pero la leve curvatura en la comisura de su boca lo delataba: sabía perfectamente que ella lo estaba escudriñando milímetro a milímetro. Y no solo le divertía, sino que forzaba aquella pose de concentración absoluta solo para picarla un poco más.

Pero Sheryl ya había pasado de la rabia al análisis. Su mirada descendió hasta la boca de él. ¿Esos labios son así de rosados por naturaleza? No, tiene que ser algún tipo de maquillaje, ¿verdad?, pensó, tan absorta en el enigma como si estuviera frente a una pintura rara.

Sin meditarlo un solo segundo, llevada por un impulso absurdo y una total falta de filtro, alzó la mano y rozó el labio inferior de Valentino con la yema de los dedos para comprobar si desteñía.

La reacción fue instantánea. Valentino echó la cabeza hacia atrás de golpe, con los ojos muy abiertos por la sorpresa, antes de fruncir el ceño con genuina molestia. El lápiz se detuvo en seco sobre el papel.

—Sin tocar, Sher —advirtió en voz baja, acortando con total confianza el nombre que acababa de leer en la esquina del cuaderno de ella.

Sheryl retiró la mano despacio, recuperando el terreno perdido con una sonrisa burlona.

—¿Ah, sí? ¿Ahora resulta que tú sí sabes poner límites personales?

—¿Y tú no? —retrucó él, entrecerrando aquellos ojos grises y verdes mientras se pasaba el dorso de la mano por la boca—. ¿Acaso dejas que cualquier desconocido te toque así de fácil?

—Ouch —susurró ella, llevándose una mano al pecho con fingido dramatismo—. Y yo que pensé que ya teníamos algo especial. ¿No era que tu mente rugía palabras de amor por mí?

Valentino recuperó su media sonrisa peligrosa y volvió a inclinarse hacia ella.

—Bueno, eso depende —murmuró, ya sin preocuparse por disimular el volumen de su voz—. ¿Quieres que así sea?

Sheryl abrió la boca para devolverle el golpe, pero el silencio sepulcral que de pronto había caído sobre el auditorio la dejó helada. El murmullo del catedrático se había detenido. Antes de que pudiera girar la cabeza hacia el pizarrón, sintió el peso firme de una mano apoyándose sobre su hombro.

—¡Fuera de mi aula los dos! —tronó la voz del profesor justo encima de ellos—. Esta ni siquiera es su clase ni su curso, señor Valentino. Y usted, señorita, le aseguro que mi asignatura no es un club social para sus coqueteos. ¡Afuera!

Sheryl sintió que la sangre le abandonaba la cara mientras las decenas de pares de ojos se clavaban en su nuca.

—¡Sí, señor! A la orden —respondió Valentino con una alegría desbordante, guardando su libreta de un manotazo. Se puso de pie de un salto y tomó a Sheryl de la muñeca mientras con la otra mano barraba el cuaderno y el bolígrafo de ella—. Vamos, mi amor, está claro que aquí no nos quieren.

—¿Qué...? ¡Espere, profesor, yo no...! —intentó explicarse Sheryl, pero fue inútil.

Para cuando su cerebro terminó de procesar lo que acababa de ocurrir, Valentino ya la había arrastrado fuera del salón y la puerta de madera se cerraba de golpe a sus espaldas.

Sheryl se zafó del agarre de un tirón, con la respiración agitada y las mejillas encendidas de furia. Estaba tomando aire para gritarle que acababa de arruinarle su primera clase cuando vio que él, con absoluta indiferencia, se apoyaba contra los casilleros del pasillo y se llevaba un cigarrillo industrial a los labios.

—¿En serio vas a ponerte a fumar aquí adentro? —lo increpó incrédula al escuchar el chasquido metálico del encendedor.

Valentino detuvo la llama a medio camino y arqueó una ceja divertida, dejando el cigarro colgando de la comisura de su boca.

—¿Te impresiona? Porque si romper las reglas te impresiona, puedo encender dos al mismo tiempo —se burló, tendiéndole la mano libre con una reverencia exagerada—. Soy Valentino. Para ti, Val.

Sheryl ni siquiera miró su mano, se cruzó de brazos apretando su cuaderno contra el pecho.

—Soy Sher. Para ti, Sheryl —replicó con el mismo tono mordaz—. Y ahórrate el repertorio: no busco sexo casual ni relaciones, y salta a la vista que tú no eres la clase de persona con la que algo así funcionaría.

Lejos de ofenderse, Valentino aprovechó un descuido para tomarle la punta de los dedos, inclinarse con teatralidad y depositar un beso fugaz sobre sus nudillos.

—Oh, Sher, recién nos conocemos y ya quieres coger conmigo —ronroneó él, mirándola desde abajo con una sonrisa descarada—. ¿Qué pasa? ¿Acaso un chico no puede querer simplemente ser tu amigo? Sería un excelente amigo, de hecho. El mejor que hayas tenido.

Era tan ridículo, tan descaradamente encantador y tan insistente en su papel que toda la rabia acumulada de la mañana terminó por desinflarse. A Sheryl se le escapó un suspiro que, contra toda su voluntad, se transformó en una risa corta.

—Bien, está bien, tú ganas —cedió, poniendo los ojos en blanco mientras sacudía la cabeza—. Pero salgamos de este pasillo antes de que nos expulsen. Y ni se te ocurra encender esa porquería comercial, afuera te convidaré de mi tabaco de liar, que al menos es natural y más sano. Si te vuelvo a ver con uno de esos cigarrillos baratos en la boca, te quedas sin tu nueva amiga. ¿Trato?

Sin pensarlo dos veces, con esa calidez espontánea que le salía cuando bajaba la guardia, Sheryl pasó su mano por debajo del brazo de Valentino para tirar de él hacia la salida.

Valentino se quedó completamente paralizado en el sitio.

Todo su cuerpo se tensó como una cuerda a punto de romperse ante el contacto inesperado. Por puro reflejo estuvo a punto de apartarse de un salto... pero se detuvo. Parpadeó, desconcertado, mirando la mano de ella apoyada sobre su manga.

Con ella no quemaba. Con ella no le dolía.

Sin decir una palabra, relajó los hombros a medias y dejó que fuera ella quien lo guiara fuera del edificio hacia los jardines soleados del campus. A medida que caminaban bajo la sombra de los árboles y empezaban a charlar sobre cómo habían coincidido en el semáforo esa mañana, el calor de la piel de Sheryl contra su antebrazo se fue sintiendo cada vez más soportable. Mejor a cada segundo, en realidad. Con esta chica ni siquiera puedo ocultar la sonrisa, su confianza es excesiva, admitió para sus adentros.

—Espera un segundo... ¿entonces de verdad eres mi vecino? —exclamó Sheryl de pronto, deteniéndose un instante al atar cabos sobre la calle por la que ambos habían salido—. No puedo creerlo. ¿Cómo es posible que nunca antes te haya visto por el barrio? Es decir, tu extravagancia no se puede ignorar.

Valentino se detuvo frente a ella, metiendo la mano libre en el bolsillo de su falda escocesa mientras el sol del mediodía se filtraba entre las ramas.

—Voy a tomar eso como un cumplido —murmuró él, aunque su atención acababa de desviarse hacia la luz que caía sobre la cabeza de ella—. Por cierto, no sé si alguien te lo ha dicho hoy, pero tu cabello al sol se ve increíble. Parecen hilos de oro... pero de oro blanco.

Sheryl entrecerró los ojos, sintiendo un ligero cosquilleo en el estómago que se apresuró a ignorar.

—No me cambies el tema —exigió ella, dándole un pequeño empujón en el hombro.

Caminaron hasta encontrar una banca de madera apartada, con una vista privilegiada hacia el estanque de la universidad. El viento tibio mecía las copas de los árboles, proyectando sombras fugaces sobre el césped, mientras las hojas de los cerezos se desprendían con una lentitud casi deliberada antes de rozar el agua. El bullicio del primer día de clases parecía quedar a kilómetros de allí. Sin darse cuenta, una calma extraña empezó a envolverlos a medida que Sheryl sacaba su bolsa de tabaco para armar dos cigarrillos.

—Está bien, está bien, te contaré algo interesante —cedió Valentino, recostándose contra el respaldo y estirando las piernas sobre el sendero—. Todo empezó una noche en que llegué bastante tarde al edificio. Hace un par de meses... no sé si lo recuerdas, pero tenías la música a todo volumen a las tres de la mañana. A ningún vecino le importó demasiado el escándalo, después de todo, era la madrugada de Año Nuevo.

Sheryl detuvo sus dedos sobre el papel de liar y abrió los ojos con sorpresa.

—¡Oye, claro que lo recuerdo! —exclamó, girándose hacia él—. Fue una noche rarísima. Cuando abrí la puerta por la mañana para salir, casi tropiezo con un idiota que estaba profundamente dormido en el pasillo, apoyado contra mi pared. Supuse que era algún vecino que había llegado demasiado borracho como para atinarle a su propio departamento. Nunca supe quién era, iba vestido completamente de negro y tenía la capucha puesta hasta las cejas, así que me fue imposible verle la cara.

Valentino soltó una risa suave y se llevó dos dedos a la sien a modo de saludo militar.

—Bueno, aquí tienes al idiota reportándose en persona —admitió sin rastro de vergüenza—. Y antes de que salgas corriendo, no, no soy un acosador obsesionado. Digamos que esa noche yo tampoco me encontraba en mi mejor momento. Cuando subí las escaleras del edificio, escuché una lista de canciones muy, muy buena saliendo detrás de tu puerta. Esa música me trajo demasiados recuerdos y... simplemente me senté en el suelo a escucharla. Al rato me venció el sueño.

Su sonrisa burlona se apagó apenas una fracción de segundo y su mirada gris se perdió en el reflejo del estanque.

—Esa noche no tenía ganas de entrar a mi departamento y ver... cosas que había dejado sin hacer —murmuró con la voz algo más grave, antes de sacudir la cabeza y volver a mirarla—. Como sea, desde esa madrugada me quedé con las ganas de hablar contigo. Sobre todo, cuando por fin te vi de frente días después. Eres una mujer hermosa, Sher, aunque seguro eso ya te lo dicen hasta el cansancio. Pero solo nos cruzamos un par de veces en la entrada y, siendo sinceros, nunca llevabas cara de querer hacer amigos.

Sheryl bajó la mirada un instante, sabiendo perfectamente qué fantasmas le nublaban la cara cada vez que salía de casa, pero decidió refugiarse en el humor.

—Entonces, ¿tu plan maestro siempre fue seducirme, eh? Tengo un fanático secreto en el edificio, quién lo diría —bromeó, dándole un suave codazo en las costillas.

Sin embargo, por dentro la confesión la había desarmado. Aunque nunca había reparado en él, saber que aquel desconocido la había acompañado en silencio durante su noche más solitaria cambiaba las reglas del juego. Aquellas canciones de Año Nuevo habían sido el eco de su propio corazón roto, si Valentino las había escuchado todas, sentía como si él ya conociera una parte íntima de su vida sin necesidad de explicaciones.

—Oye... —murmuró Sheryl, mirándolo con una media sonrisa genuina—. ¿Es muy extraño que ahora mismo sienta como si ya nos conociéramos de toda la vida?

—Es gracioso que lo digas, porque es exactamente lo mismo que pensé la primera vez que te vi —confesó, pasando un brazo por encima de los hombros de ella con desparpajo juguetón para atraerla hacia su costado—. Está claro que somos almas gemelas, ¿no crees? Por cierto, siempre quise casarme en abril. Nos queda apenas un mes para organizar la boda si te decides ahora.

Sheryl no pudo evitar soltar una carcajada. Con Valentino resultaba casi imposible adivinar dónde terminaba la broma y dónde empezaba la verdad. Siempre tenía esa media sonrisa colgada de los labios y ese tono descaradamente coqueto que la obligaba a mantenerse alerta. Y esos labios... por no hablar de esos ojos, pensó, atrapándose a sí misma mirándolo más de la cuenta. Es guapísimo, eso no hay quien lo niegue.

—Eres muy guapo, Val, te doy ese punto —admitió ella, encendiendo por fin el cigarrillo armado y dándole una calada suave—. Pero cuando te dije en el pasillo que no buscaba nada con nadie, hablaba completamente en serio.

Valentino la observó en silencio un par de segundos, dejando que la brisa del estanque jugara con las puntas platino de su cabello.

—Y aun así aceptaste venir conmigo sin conocerme de nada —observó él, con un matiz repentinamente serio detrás de la burla—. ¿No crees que confías demasiado rápido en la gente, Sher? Las chicas como tú deberían andar con más cuidado. Nunca sabes con qué clase de enfermo te puedes topar, sobre todo en un lugar como este.

Sheryl arqueó una ceja, intrigada por aquella advertencia que parecía hablar más de él mismo que de la universidad.

—¿A qué se debe tanta preocupación de repente? ¿Acaso quieres que me levante y me vaya?

—Todo lo contrario —repuso Valentino, recuperando su chispa habitual—. Me encantaría que te quedaras. El año empezó mortalmente aburrido para mí, y tengo el presentimiento de que tú vas a hacerlo mucho más divertido.

—Bueno, eso dependerá de cómo te portes... —le advirtió ella, apuntándolo con el cigarro antes de suavizar el gesto—. Hablo en serio, Val. Ahora mismo me vendría muy bien un amigo. Ya no me queda ninguno.

Él dejó escapar un suspiro dramático y se llevó una mano al pecho, como si acabara de recibir una estocada mortal.

—Uff, me lo pones realmente difícil —se quejó, aunque sus ojos grises brillaban de diversión—. Está bien, intentaré ser solo tu amigo. Intentaré.

Sheryl volvió a reír, y en un impulso de ternura espontánea, se inclinó hacia él y le dejó un beso fugaz en la mejilla antes de recostarse en la banca.

Aquella tarde se quedaron conversando junto al agua hasta que el sol empezó a caer.

Y así, sin que ninguno de los dos lo planeara, el primer mes de universidad se les esfumó entre las manos. Sin darse cuenta, Valentino se convirtió en una constante en su rutina: seguía colándose en sus clases solo para pasarle notas absurdas o dibujos en los márgenes de sus cuadernos, compartían cafés cargados entre horas libres y regresaban juntos al edificio casi todas las tardes. Eran vecinos, compañeros de escape y, a esas alturas, casi cómplices.

El vínculo que habían tejido tenía una naturaleza extraña para ambos. Aunque Valentino no perdía la costumbre de lanzarle algún comentario coqueto cada tanto por puro deporte, ya no había barreras ni tensión entre ellos, al contrario, la paz que sentían al estar juntos parecía blindada contra el resto del mundo.

O, al menos, lo estuvo hasta que empezó el segundo mes.

Aquella mañana, habían salido del edificio de Humanidades entre risas. Valentino iba caminando de espaldas frente a ella, gesticulando exageradamente mientras imitaba al profesor de Literatura, y se detuvo junto a las escaleras para inclinarse sobre Sheryl y apartarle un mechón de cabello rubio que se le había quedado atrapado en las pestañas. Ella le dio un manotazo juguetón en el pecho, riendo a carcajadas.

Fue entonces cuando, por puro instinto, Sheryl miró por encima del hombro de Valentino.

La risa se le murió en la garganta.

Luca.

Estaba detenido apenas a unos metros de distancia, con la correa de su bolso cruzada sobre el pecho. Los miraba a ellos. La miraba a ella. Sus ojos oscuros estaban clavados en la distancia mínima que separaba los cuerpos de Sheryl y Valentino, cargados de un desprecio tan crudo y ardiente que parecía capaz de reducirla a cenizas en el acto.

En cuanto sus miradas chocaron, Luca apretó la mandíbula con violencia, giró sobre sus talones y empezó a alejarse a paso rápido.

—No... no es lo que crees... —susurró Sheryl sin voz. Un frío helado le recorrió las venas y las manos empezaron a temblarle sin control.

Valentino borró su sonrisa al instante y se giró a medias, desconcertado, antes de volver a mirarla a la cara.

—¿Qué pasa? ¿Sher? —preguntó, frunciendo el ceño al ver que toda la sangre había abandonado las mejillas de ella—. Oye, te pusiste pálida de golpe. ¿Tienes un ataque de pánico?

Pero ella ni siquiera lo escuchaba, solo veía la espalda de Luca perdiéndose entre la gente.

—¡Luca, espera! —gritó, desesperada, lanzándose hacia adelante con los ojos inundados de lágrimas.

Antes de que pudiera dar el segundo paso, los brazos de Valentino la rodearon con rapidez por la cintura y la retuvieron contra su pecho, impidiéndole avanzar.

—Sher, no. No vayas así —ordenó en su oído—. Primero respira. Si ese tipo quiere escucharte, te escuchará después. Pero no así. No vayas detrás de nadie cuando te estás rompiendo en pedazos.

—¡Suéltame, Val! ¡No lo entiendes, él tiene que saberlo! —sollozó Sheryl, forcejeando contra el agarre de sus antebrazos con una angustia que le desgarraba la garganta—. ¡Lo está malinterpretando todo! ¡Déjame ir!

Se revolvió con todas sus fuerzas, clavando las uñas en las mangas de él, pero Valentino no cedió ni un centímetro. La mantuvo sujeta contra sí, protegiéndola del espectáculo frente al resto de los alumnos mientras Luca desaparecía al doblar la esquina del pasillo.

—Se lo explicarás todo cuando él te lo pida —murmuró Valentino contra su sien, manteniendo la calma por los dos—. Primero cálmate, por favor, ahora mismo no estás pensando con claridad. Vamos a un lugar tranquilo a que tomes aire. Te prometo que en cuanto dejes de temblar serás libre de ir a hacer lo que te plazca.

Sheryl dejó caer los brazos, vencida, sintiendo que su propio corazón se hacía añicos y le perforaba el pecho desde adentro.

Sin embargo, en medio de su propio torbellino de dolor, no notó lo que ocurría justo detrás de ella.

Las manos de Valentino, aún aferradas con fuerza a su cintura, habían empezado a temblar ligeramente sobre la tela de su blusa. Tenía la vista clavada en la esquina por donde aquel desconocido acababa de marcharse.

Y por primera vez en su vida... Valentino sintió celos. Crudos. Inevitables. Peligrosos.

Let Mebahiah know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Married by Fate

Bargara4670: This is a real feel-good love story. I enjoyed it very much. I'll certainly read more by this author.

Read Now
The Grumpy Next Door

ceruleandecay: Great book! couldn't peel my eyes of it... finished it in one go!! Amazing!!

Read Now
Rebuilding After Betrayal

Caspian Gray: Hello everyone!I'm Caspian Gray, a writer who focuses on deep, character-driven emotional dramas. I'm currently looking for trial readers for my new short drama, "Love of the Introvert."It's a story of...

Read Now
My Blacksmith Savior

Carla Little: This is a great book! I like the story so much I don’t want it to end! I will definitely read it again.

Read Now
To Catch a Ghost, Part 1

Denver: Superb story, can't wait for the other two parts to this. Strong characterisation and story telling.

Read Now
Ruthless Lord

NeenaJ: Well written and captivating

Read Now
Shattered Steel

Jkind12: Good read. Short and sweet!

Read Now
The Luna He Threw Away

Asm272: This has been a delight to read. Such a well crafted story. Not a single word wasted, while it might be shorter than some, it does not lack emotion, excitement, romance, or humor. I am looking forward to reading the others in this series.

Read Now
Exile in Flames

Dorota: I can not put this book down, it consumes my attention. The plot and characters feels real, and it is easy for my brain to put me into the world in the book, while I am reading it.

Read Now