Capitulo 1
El aroma a vino siempre me había parecido demasiado fuerte.
Amargo. Elegante. Pretencioso.
Exactamente como los hombres que llenaban el último piso de “Volkov Estates", con sus relojes caros, trajes perfectamente planchados y sonrisas vacías que desaparecían apenas conseguían lo que querían.
Aún así, despues de cuatro años trabajando ahí, termine acostumbrándome.
Al olor constante de madera envejecida mezclándose con perfume caro. Al sonido de los tacones de aguja resonando sobre el mármol negro de los pasillos. A las conversaciones en Ruso dichas en voz baja cuando creían que yo no entendía nada. Y sobre todo, termine acostumbrándome a pasar desapercibido.
Porque nadie presta demasiada atención al secretario.
No importa cuánto trabajes o cuántas veces evites que una negociación millonaria se venga abajo a último minuto. Para ellos, yo solo era la persona que llevaba documentos de una oficina a otra, el Omega silencioso que siempre estaba detrás de Leonardo Volkov sosteniendo una tableta entre las manos y recordándole cosas al oído.
Y sinceramente, prefería que siguiera siendo así. La invisibilidad era bastante útil en un lugar como ese, donde la mayoría eran alfas con más dinero que cabello en muchas ocasiones.
“La gente habla demasiado cuando piensa que uno no representa una amenaza"
Las puertas quedaban entreabiertas. Las conversaciones privadas dejaban de ser tan privadas. Los inversionistas se relajaban después de la tercera copa de vino y los ejecutivos comenzaban a decir cosas que jamás admitirán frente a una grabadora.
Yo escuchaba. Siempre.
Por eso sabía perfectamente quien estaba desviando dinero de una de las sucursales en San Petersburgo. Que político había estado presionando a Leonardo durante meses para conseguir una participación dentro de la empresa. Y también sabía que varios directivos estaban aterrados ante la posibilidad de que Dimitri Volkov asumiera oficialmente el control.
Porque Dimitri no era como su padre.
Leonardo imponía respeto. Dimitri imponía tensión.
Era más joven, más frío y muchísimo menos paciente. Llevaba años involucrándose en el negocio incluso antes de convertirse oficialmente en el heredero de Volkov Estates, así que todos dentro de la empresa ya estaban acostumbrados a su presencia… aunque eso no significaba que se sintieran cómodos con ella.
Las reuniones se volvían incómodas cuando él entraba. Eso era suficiente para entender el tipo de hombre que era.
Suspiré despacio mientras revisaba por tercera vez la agenda del día. Reunión con inversionistas italianos a las once. Almuerzo privado con accionistas a las una. Firma de contratos a las cuatro. Cena corporativa a las ocho.
Todo perfectamente organizado.
Todo perfectamente bajo control.
O por lo menos eso intentaba.
Solté un suspiro cansado y me acomodé distraída mente las mangas de mi uniforme antes de detenerme frente a la enorme puerta de madera oscura de la oficina principal. La carpeta que llevaba entre las manos estaba llena de documentos pendientes por revisar, aunque en ese momento lo único realmente importante era asegurarme de que Leonardo tomara sus medicamentos a tiempo. Cómo siempre.
Toque un par de veces por costumbre y abrí la puerta sin esperar respuesta. El aroma a vino tinto y madera envejecida me envolvió inmediatamente al entrar.
Leonardo Volkov estaba sentado detrás de su enorme escritorio revisando unos contratos con los lentes ligeramente bajos sobre la nariz, su cabello canoso y casi inexistente se movía ligeramente gracias al ventilador y sus dedos arrugados y temblorosos pasaban las páginas suavemente.
Dimitri también estaba allí, de pie junto al ventanal sosteniendo una copa de vino entre los dedos. La lluvia caía detrás de él, cubriendo Moscú bajo un cielo grisácso.
Lo mire apenas unos segundos de reojo antes de dirigirme a Leonardo.
—Es hora de sus medicamentos —dije mientras caminaba directamente hacia el escritorio de Leonardo.
Él soltó un pequeño gruñido de fastidio sin levantar demasiado la vista de los papeles.
—Cinco minutos más.
Negué apenas con la cabeza, dejando la carpeta a un lado antes de sacar el pequeño pastillero del cajón que siempre permanecía cerca del escritorio.
—Dijo lo mismo hace media hora.
Leonardo soltó otro gruñido por lo bajo, aunque termino dejando la pluma sobre el escritorio con evidente resignación.
—Eres insoportable —me gruñó.
—Sigue vivo gracias a mi. De nada.
Abrí el pequeño pastillero y deje una cápsula frente a él junto al vaso de agua, esperando pacientemente a que las tomara. Después de tanto tiempo trabajando para Leonardo, ambos sabíamos perfectamente que no pensaba moverme de ahí hasta asegurarme de que se tomara la pastilla.
—Joder —escuche entonces su risa detrás de mi. Grave y perezosa —. Empiezo a creer que el verdadero jefe aquí eres tú.
Levanté apenas la vista. Dimitri seguía junto al ventanal, sosteniendo la copa de vino mientras me observaba con una tranquilidad irritante. La lluvia seguía cayendo detrás de él, volviendo la oficina más oscura, más cerrada, y por alguna razón eso hacía que su presencia se sintiera todavía más pesada.
Leonardo finalmente tomo las pastillas con evidente fastidio.
—No le des ideas —murmuro antes de beber agua.
No pude evitar soltar un pequeño suspiró. No respondí de inmediato, me limité a cerrar el pastillero con un clic suave y guardarlo en el cajón, mientras Leonardo volvía a concentrarse en los documentos esparcidos por sobre su escritorio.
—De todas formas alguien tiene que asegurarse de que no se mate trabajando —murmuré.
Leonardo soltó una risa baja, ronca por el cansancio, acostumbrado a mis comentarios después de tanto tiempo.
—Escúchalo. Ya me habla como si fuera mi esposo.
—Dios me libre.
Eso consiguió arrancarle otra risa, está vez un poco más fuerte.
Entonces escuché el sonido de unos pasos lentos y deliberados detrás de mi. Cada uno medido, seguro, inconfundible. Mi cuerpo lo reconoció antes que mi mente.
El aroma llegó primero; vino tinto oscuro mezclado con un perfume amaderado y profundo, con un toque de cuero y especias. Calido. Embriagador. Peligroso. Me envolvió lentamente, como una mano invisible deslizándose por mi nuca.
Dimitri se detuvo justo detrás de mi, tan cerca que el calor de su pecho irradiaba contra mi espalda. Podía sentir la sutil presión de su cuerpo sin que llegara a tocarme del todo, creando una tensión insoportable en el espacio que nos separaba.
—Que cruel, Evan's —murmuró contra mi oído, su voz grave y aterciopelada rozando la piel sensible de mi cuello como 7a caricia lenta —. Rechazar así a un hombre de ochenta años.
Cerré los ojos un segundo, conteniendo un escalofrío. Su aliento cálido y con leve aroma a vino me erizó la piel.
—¿No tienes nada mejor que hacer? —pregunte, intentando mantener mi voz firme.
—Probablemente.
El tono de su respuesta fue bajo, divertido… y cargado de algo mucho más oscuro y hambriento.
Leonardo seguía revisando documentos al otro lado del escritorio, aparentemente ajeno a la corriente eléctrica que crepitaba en el aire entre nosotros.
Intenté dar un paso hacia un lado para crear distancia, pero Dimitri fue más rápido. Apoyó una mano grande sobre el escritorio, justo al lado de mi cadera, atrapándome con elegancia contra la madera pulida. Su pecho rozó mi espalda en un contacto breve pero deliberado, firme y caliente. El sutil roce de su abdomen contra la curva de mi espalda baja me provocó un calor líquido que se extendió rápidamente por mi vientre.
Tragué saliva.
Alcé lentamente la vista hacia él. Dimitri me observaba desde arriba, con esa media sonrisa peligrosa que siempre usaba conmigo.
—Dimitri.
—Mm.
Odiaba ese sonido grave y perezoso que vibraba desde lo profundo de su pecho. Lo hacía sabiendo perfectamente el efecto que provocaba en mí: un tirón bajo en el estómago, un pulso acelerado.
La comisura de sus labios se curvó con lentitud mientras inclinaba un poco más la cabeza, acercando sus labios a solo centímetros de mi oreja. Su aliento me acariciaba con cada palabra.
—Llevas evitándome tres días —susurró, y su voz resonó directamente contra mi piel, enviando un escalofrío que bajó por mi columna.
Sentí cómo el calor subía por mi cuello, tiñendo mis mejillas, y cómo mi pulso se desbocaba contra mis costillas. Apreté la carpeta entre mis manos hasta que los nudillos se me pusieron blancos, intentando ignorar la forma en que su cuerpo seguía presionándome con esa presencia dominante y tranquila.
—Estoy trabajando —respondí, aunque mi voz sonó más baja y ronca de lo que pretendía.
—Claro —murmuró él, y en esa sola palabra dejó claro que no me creía en absoluto.
Su mano libre rozó muy ligeramente el borde de mi chaqueta, un toque casi imperceptible que, sin embargo, encendió cada terminación nerviosa de mi cuerpo. Su cercanía era una tortura lenta y deliciosa. Y lo peor era que ambos sabíamos que él disfrutaba cada segundo de ponerme nervioso.








