PRÓLOGO
La lluvia comenzó tres días antes de que encontraran los cuerpos.
En Blackwater Hollow siempre llovía en octubre, pero aquella vez el agua caía con una pesadez distinta, como si el cielo estuviera pudriéndose sobre nosotros. Las calles olían a tierra mojada y hierro. Las ventanas permanecían cerradas incluso durante el día. Los perros dejaban de ladrar al anochecer. Y la gente evitaba mirar hacia la colina norte, donde la mansión de los Valemont observaba el pueblo como una viuda vestida de negro.
Yo tenía quince años cuando vi por primera vez a Eleanor Valemont llorar sangre.
Todavía no sé si aquello ocurrió realmente o si mi mente terminó deformando los recuerdos con el tiempo. El problema de sobrevivir al horror es que uno nunca vuelve a confiar completamente en sus propios ojos. Escribo esto treinta y dos años después. He intentado callarlo. Dios sabe que lo intenté. Pero hay cosas que no mueren cuando deberían. Y la familia Valemont jamás permitió que los muertos descansaran.
La noche del crimen empezó con las campanas de la iglesia. No deberían haber sonado la verdad.
La iglesia de Saint Mercy llevaba cerrada desde 1911, después del incendio que mató a cuarenta personas durante una misa de invierno. Los registros oficiales dicen que fue un accidente provocado por una lámpara de aceite. Los ancianos del pueblo decían otra cosa. Susurraban que aquella noche los feligreses intentaron abandonar el templo… y las puertas no se abrieron. Nunca encontraron las llaves.
A las dos de la madrugada las campanas comenzaron a sonar solas. Lentas, pesadas, una por vez. Yo las escuché desde mi habitación mi padre también. Recuerdo haberlo visto levantarse de la cama con el rostro completamente blanco. No confundido ni asustado.
Como alguien que acaba de ver un fantasma.
—No abras la ventana —me dijo.
Nunca olvidaré eso.
No dijo “quédate aquí”. No dijo “voy a ver qué ocurre”. Dijo: “No abras la ventana.” Como si hubiera algo afuera esperando que alguien mirara. Las campanas siguieron sonando.
Dong
Dong
Dong
Cada golpe parecía vibrar dentro de mis dientes.
Mi madre empezó a rezar en voz baja desde la otra habitación. Mi hermana pequeña lloraba dormida. Y entonces escuchamos los caballos. Muchos de hecho, moviéndose rápido bajo la lluvia. Mi padre se acercó finalmente a la ventana de la sala y apartó apenas la cortina. Nunca debí mirar también, pero lo hice.
Porque los seres humanos siempre miran. Aunque sepan que no deberían. Especialmente cuando saben que no deberían. Y eso es peor. Los vi atravesando la calle principal del pueblo.
Los Valemont.
Eran siete aquella noche. Vestidos completamente de negro. No llevaban paraguas pese a la tormenta. Parecía que el agua evitaba tocarlos. Avanzaban montados a caballo hacia la iglesia abandonada mientras las campanas continuaban sonando sobre ellos. Eleanor iba al frente, incluso a la distancia era imposible confundirla.
Alta. Hermosa. Terrible.
El tipo de belleza que no inspira deseo sino miedo. Llevaba un velo negro cubriendo parte del rostro y sostenía algo contra el pecho. Al principio pensé que era un animal, luego relampagueó. Y vi una mano humana colgando, mi padre cerró la cortina de golpe.
—No mires más —susurró.
Pero ya era tarde, porque algo me había visto también. Lo sentí. No puedo explicarlo mejor que eso. Una sensación húmeda, fría. Como dedos entrando lentamente detrás de mis ojos. Un escalofrío me recorrío el cuerpo entero y sacudí la cabeza tratando de despejar esa sensacíon.
Esa noche nadie en Blackwater Hollow durmió. A la mañana siguiente encontraron el primer cuerpo, el sheriff Holloway apareció muerto junto al río. Le faltaban los ojos. No se los arrancaron, estaban hundidos, como si algo hubiese presionado lentamente los pulgares dentro de sus cuencas hasta romper el hueso. Y sobre su pecho alguien había tallado una frase.
NO LOS DEJEN ENTRAR
Nunca supimos quién escribió eso, porque las uñas del sheriff habían sido arrancadas una por una. Lo más extraño fue otra cosa, el barro alrededor del cadáver no tenía huellas humanas, solo marcas largas, como si algo enorme hubiera sido arrastrado hasta el río.
O hubiera salido de él
El pueblo intentó convencerse de que aquello era obra de algún asesino. La gente necesita explicaciones humanas. Les ayuda a dormir. La monstruosidad sobrenatural tiene muy mal marketing social.
Pero todos sabíamos la verdad. Las campanas, los Valemont, la iglesia y esa maldita lluvia que no dejaba de caer. Esa misma tarde desapareció Thomas Bell, mi mejor amigo. Yo fui la última persona en verlo vivo. Habíamos ido juntos al bosque Crowhill buscando el viejo refugio de cazadores que usábamos de niños. Thomas insistía en que los Valemont ocultaban algo allí.
—Mi padre dice que esa familia ha estado sacrificando gente desde hace generaciones —me dijo mientras avanzábamos entre los árboles mojados.
—Tu padre también cree que los comunistas controlan el clima.
—No estoy bromeando, Isaac.
Recuerdo su voz perfectamente. Temblaba. Thomas siempre fingía valentía cuando estaba asustado.
—¿Nunca te preguntaste por qué nadie abandona Blackwater Hollow? —continuó—. ¿Por qué todos los que intentan irse terminan volviendo o muertos?
No respondí.
Porque sí lo había pensado. Todos lo habíamos pensado, el pueblo era una trampa, una elegante, bonita, cubierta de bosques y lluvia. Pero una trampa al fin y al cabo.
Encontramos el refugio cerca del anochecer. La puerta estaba abierta, eso ya era imposible. Nadie había entrado allí en años, el interior olía a humedad… y carne. No carne podrida, carne fresca, como una carnicería caliente. Thomas vomitó apenas cruzamos la entrada. Había animales colgados del techo, decenas. Ciervos, perros, conejos, abiertos desde el cuello hasta el vientre, vacíos. Completamente vacíos por dentro, ni órganos, ni huesos, solo piel. Y en las paredes alguien había escrito símbolos con sangre. Círculos dentro de otros círculos, líneas torcidas. Palabras en un idioma que no logré reconocer. Pero sí recuerdo una frase escrita sobre la chimenea:
EL TIENE HAMBRE
Thomas quería irse, yo también. Entonces escuchamos el ruido debajo del suelo, un golpe seco, luego otro, algo moviéndose bajo las tablas de madera. Retrocedimos lentamente, el piso volvió a sonar.
Crack
Una de las tablas se hundió y una mano salió desde abajo. No humana, era demasiado larga y era negra, mojada con dedos finos terminados en uñas blancas. Thomas gritó y la mano se movió rápido. Le atrapó el tobillo y lo arrastró contra el suelo antes de que pudiera reaccionar.Nunca olvidaré el sonido de sus uñas rompiéndose mientras intentaba sujetarse, yo tiraba de él. Él gritaba mi nombre.
Pero aquello. Aquello era más fuerte, las tablas del piso se rompieron completamente y vi lo que había debajo. No había tierra, había un agujero, profundo respirando, si, respirando. Escuché respiraciones viniendo desde abajo. Miles, como si una multitud entera estuviera viva bajo el pueblo.Thomas desapareció en la oscuridad, su grito siguió escuchándose durante varios segundos después de caer.
Luego silencio, slencio absoluto. Dios mío, cómo corrí, corrí como puta desesperada. Atravesé el bosque bajo la lluvia sin mirar atrás ni una sola vez. Porque podía escuchar algo moviéndose entre los árboles detrás de mí. No caminando, imitando pasos humanos. Cuando llegué al pueblo ya era de noche. Y las campanas habían comenzado otra vez. La gente estaba reunida frente a la mansión Valemont. Recuerdo las antorchas, los gritos, el odio.
Eleanor apareció en lo alto de las escaleras mientras la lluvia caía alrededor suyo como un velo oscuro. Jamás olvidaré lo hermosa y majestuosa que se veía. Ni lo aterradoramente cansada. El pueblo entero le gritaba asesina. Ella no se dignó a responder. Solo observó, como si estuviera esperando algo.
Entonces alguien lanzó una piedra. Le golpeó la frente, la sangre comenzó a bajar lentamente por su rostro. Y Eleanor sonrió, eso fue lo peor. No el odio ni la sangre, la sonrisa.
Porque parecía alivio. ¿Pero alivio de qué?
—Han despertado algo —dijo finalmente.
El pueblo quedó en silencio, su voz era suave, elegante.
Casi triste
—Llevamos ciento setenta años manteniéndolo dormido —continuó—. Y ahora ya es demasiado tarde.
El reverendo Pike avanzó hacia ella.
—¿Qué demonios han hecho?
Eleanor lo miró como si su precencia le causara asco, y con un toque agotador en sus ojos.
—Lo mismo que mis antepasados —respondió—. Alimentarlo
El silencio posterior fue peor que cualquier grito. Recuerdo sentir frío dentro del pecho, no miedo. Algo más profundo, la sensación horrible de que una verdad gigantesca acababa de abrir los ojos frente a nosotros y que nadie estaba preparado para afrontarla. El reverendo levantó la cruz que llevaba colgada al cuello.
—¿Qué es?
Eleanor tardó varios segundos en responder.
Y cuando lo hizo su voz tembló un poco
—No tiene nombre humano.
Las puertas de la mansión se abrieron detrás de ella. Y los otros Valemont aparecieron. Todos vestidos de negro. Todos cubiertos de sangre, algunos lloraban, otros parecían vacíos. Uno de ellos llevaba algo envuelto en una sábana blanca. Algo pequeño, muy pequeño. Eleanor volvió a hablar.
—En 1849 mis ancestros encontraron una grieta bajo Blackwater Hollow mientras construían los túneles de la mina. Creyeron haber descubierto petróleo.
Hizo una pausa.
—Pero encontraron una especie de abismo
La lluvia seguía cayendo, nadie se movía, ni siquiera el viento parecía existir ya.
—Durante semanas escucharon voces viniendo desde abajo. Promesas, secretos, cosas imposibles de saber. La entidad les hablaba usando las voces de sus muertos, de sus hijos, de Dios.
Vi un destello de lágrimas mezclándose con la sangre sobre su rostro
—Y una noche… abrió los ojos.
Uno de los hombres del pueblo comenzó a rezar, otro vomitó. Eleanor continuó hablando igualmente.
—Los primeros Valemont intentaron sellarla pero ya era tarde. La entidad había entrado en algunos de ellos. Los hizo arrancarse la piel, comer vidrio, ahogar a sus propias familias. Mi bisabuelo degolló a sus tres hijos creyendo que seguían vivos dentro de sus cuerpos.
Sentí que el estómago se me cerraba. Porque ella no estaba hablando como alguien contando una leyenda. Hablaba como alguien confesando una enfermedad hereditaria, o un crimen ocurrido hace años.
—Entonces hicieron un pacto —susurró—. Descubrieron que podía mantenerse dormida… si era alimentada.
El reverendo retrocedió.
—¿Con qué?
Eleanor levantó lentamente la mirada hacia nosotros, y entendí algo horrible: ella tenía miedo. Verdadero miedo.
—Con dolor humano.
Las luces del pueblo se apagaron todas al mismo tiempo. Cada una, como si algo hubiera inhalado la electricidad. Las campanas comenzaron a sonar violentamente.
Dong
Dong
Dong
Más rápido, más fuerte y entonces escuchamos el grito viniendo desde debajo de la tierra con pequeños alaridos de dolor detrás. No era humano, pero tampoco animal. Sonaba como cientos de personas llorando al mismo tiempo. El suelo comenzó a temblar, la gente gritó y algunas ventanas explotaron.
Y el río…Dios mío. El río comenzó a moverse al revés. Retrocediendo hacia las montañas, Eleanor cerró los ojos.
—Ya está aquí
Lo siguiente ocurrió demasiado rápido.
Las personas empezaron a cambiar. Un hombre cerca de mí comenzó a arrancarse los dientes con las manos desnudas mientras gritaba que había insectos bajo sus encías. Una mujer se abrió la garganta sola con una botella rota. El reverendo empezó a golpearse la cabeza contra el suelo repitiendo: “No mires sus ojos, No mires sus ojos.”
Y entonces la vi o me parecio verla en ese momento. La cosa en el bosque entre los árboles detrás de la mansión. Alta, demasiado alta. No puedo describir su forma correctamente porque cada vez que intento recordarla siento náuseas. Era negra, húmeda, cambiante, no sé. Como si estuviera hecha de cuerpos moviéndose bajo una piel líquida y viscoza. Tenía ojos por todo el cuerpo, Algunos humanos, otros animales. Otros ni siquiera sé a que tipo de criaturas pertenecían, todos abiertos. Todos mirándonos. Mirándome....
Recuerdo que la gente comenzó a correr, yo también. Pero antes de hacerlo vi a Eleanor sacar un cuchillo de plata y sin dudarlo degolló al hombre que estaba a su lado. Uno de los suyos. La sangre cayó lentamente sobre las escaleras de la mansión. La criatura se detuvo. Las campanas también.
Silencio
Eleanor empezó a llorar mientras sostenía el cuerpo.
—Perdóname —susurró.
La entidad retrocedió lentamente hacia el bosque. Como un animal satisfecho. Ahí comprendí que los Valemont no eran sacerdotes, ni brujos, ni asesinos comunes. Eran carceleros.
Y la cerradura estaba hecha de carne humana.
Esa fue la noche en que comprendí por qué nadie abandonaba Blackwater Hollow. Porque el pueblo no existía para proteger a sus habitantes. Los habitantes existían para alimentar aquello que dormía debajo. Y los Valemont…
Los Valemont habían sacrificado su propia humanidad durante generaciones para mantenerlo encerrado. Pero incluso los monstruos se cansan. Y aquella noche… algo dentro de la oscuridad había despertado, finalmente tenía hambre otra vez.
¿O no?





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