Prólogo: Un amargado muy inteligente.
Las gotas de lluvia chocando contra las ventanas del almacén le hacían recordar tiempos diferentes, quizás no mejores, pero sí distintos. Las gotas caían grises ensuciando la gran cúpula del techo del almacén, la poca luz que entraba caía tenue sobre los viejos libros abiertos tirados sobre el suelo sucio y lleno de grasa.
Un hombre se hallaba arrastrando unos largos cables a través del desorden de la habitación, él con esfuerzo llegó hasta una gran camilla metálica en el centro de la habitación, pero a pesar de su respirar cansado se dispuso a conectarlos en orden en la base de la camilla.
El hombre de barba pronunciada y de lentes rotos se llevó las manos a la frente, se limpió el sudor y entonces hurgó entre sus bolsillos sacando un reloj que colgaba de una cadenita a su cintura.
En el reloj se marcaban las cinco y treinta y tres de la tarde.
«¡Demonios, se me acaba el tiempo!», pensó el hombre con prisa.
Antes de cerrar el reloj en concentró su mirada en una vieja foto que se encontraba pegada a la pestaña metálica que cubría el delicado cristal del complejo mecanismo, en la foto se reflejaba una mujer con una niña en brazos, los labios del hombre no pudieron evitar entumecerse en el momento en que sus ojos se postraron en la pequeña. El hombre se secó una lágrima de la mejilla, y cerró el reloj pensando:
«Pronto, pronto, muy pronto»
El hombre se dirigió al centro de la habitación, y caminó alrededor de la camilla asegurándose que todo estuviese en su sitió.
Los círculos de transmutación se hallaban correctamente dibujados y los cables se hallaban perfectamente conectados a la fuente de poder.
El hombre se acercó a la camilla. Encima de esta se hallaba un cuerpo, un cuerpo que no era de carne, pues esta pericia, pero cualquiera que dijese que solo era metal estaría en la peor de las equivocaciones, pues bajo la capa protectora reforzada del pecho se hallaba el trabajo de una vida de un hombre amargado y muy inteligente.
El hombre la miró con duda por última vez pues pensaba que su nariz le había quedado ligeramente torcida, pero ya no había momentos para lamentos, era ahora o nunca.
El hombre se dirigió hacía dos grandes contenedores cristalinos colocados uno al lado del otro, el hombre se se apoyó el contenedor de la derecha, en él se encontraban unos restos humanos, huesos varios, carne desgastada y sobre todo un cráneo de mujer que se hallaba en la cima de la pila de restos. El hombre apenas pudo contener las lágrimas al contemplar hasta dónde había llegado por solo una pequeña probabilidad de que funcionase. El hombre le dió vuelta a una manivela y el líquido del contenedor izquierdo; una sustancia azul fosforescente, entró en el contenedor derecho.
La sustancia fosforescente deshizo los restos y ambos se fusionaron tornando el líquido de un color carmesí intenso, El hombre se dirigió a un tubo de cobre que conectaba el contenedor con la camilla y hizo girar la válvula, la mezcla impregnó los tubos llenando su amplia extensión.
El hombre se dirigió a una extraña máquina de muchos botones e inició el proceso, desde trampillas en las parees emergieron bobinas que se empezaron a iluminar con el pulso de un reactor arcano que se encontraba tras el hombre.
El hombre sacó por última vez su reloj, ya casi eran las cinco con cincuenta. El sujetó una palanca que se encontraba en la consola de la extraña máquina que manipulaba y exclamó:
—¡Querida, Clarice, el día de hoy estarías cumpliendo tus veinte años, y serías toda una señorita…
Por la mejilla del hombre cayó una lágrima que se deshizo en el piso.
»Yo que no pude evitar nada, te pido perdón de la única manera en que un ingeniero sabe hacer… reparando las cosas!
El hombre apretó sus dientes hasta que sus encías sangraron.
»¡Hoy en tu cumpleaños, te regalo de nuevo… La vida!
Al bajar la palanca un arco eléctrico alcanzó al cuerpo mecánico.
La mezcla entró por los cables huecos directamente al interior del cuerpo y los símbolos de transmutación del suelo empezaron a iluminar el almacén.
Dentro del interior del cuerpo mecánico un órgano empezó a latir.
El hombre empezó a recitar un cántico antiguo el cual recitaba a la perfección como si lo hubiese predicado miles de veces.
—¡Redde mihi filiam meam, parvulam meam, redde mihi infantem meum innocentem, et proinde tibi omnia dabo!
Entonces al recitar del ingeniero desesperado, algo respondió, una especie de masa amorfa apareció en el cielo del almacén, el hombre a pesar de estar aterrado con el suceso no dejó de recitar.
Pronto fue que la masa le dirigió una mirada, y entonces exclamó con una voz etérea que se difuminaba entre las sombras:
—Quem vis?
El hombre se detuvo, y exclamó con rabia:
—¡Quiero a mi hija!
La entidad bajó la mirada de su único ojo inquisidor y preguntó:
—Certe id ibi ponere vis?
—¡Completamente! —respondió el hombre cuyo cabello era levantado por la estática del arco eléctrico.
De pronto el ojo de la criatura se transformó en boca y de su interior empezó a emerger una fina línea de éter.
Entonces el cuerpo empezó moverse, aunque fue un leve movimiento, pues solo era un dedo, el ingeniero al notar que estaba funcionando cayó de rodillas llorando de felicidad, pero… la felicidad que no es dada por el destino, está prohibida.
Una explosión controlada derribó la puerta, y de ella emergió un grupo de hombres en trajes blindados.
El capitán del escuadrón, un hombre alto que portaba una máscara inquisitoria, se acercó al frente y gritó mientras apuntaba con su carabina:
—¡Andrew Vanklow, queda detenido por sospecha de hurto de materiales peligrosos al ministerio de ciencias y magia del reino de Mordane, tiene derecho a…
El capitán quedó impactado al presenciar semejante acto contra todo lo que se pensaba moral y sagrado.
—¡Esperen puedo explicar! —exclamó Andrew mientras intentaba mantener a la criatura ligada con su dimensión física.
El capitán no pudo evitar temblar al presenciar cómo la máquina frente a él se convulsionaba mientras la criatura indescriptible dejaba caer una esencia estelar desde dentro de sus fauces.
—Capitán, ¿qué hacemos? —preguntó uno de sus subordinados que apenas mantenían su compostura.
Un instinto primigenio recorrió la espalda del hombre y gritó:
—¡Disparen!
De pronto el equipo de guardias abrió fuego, el hombre se tiró al suelo y las balas impactaron en el reactor arcano tras de sí.
Las balas destrozaron la capa protectora del reactor dejando escapar intensas emisiones de radiación mágica.
El ingeniero se levantó como pudo y exclamó:
—¡Corran o van a morir!
El capitán notó como del rector se emanaba un fuerte impulso azul que iluminó a todos los presentes.
—¡Traiganlo! —gritó el capitán dirigiéndose a sus hombres.
De pronto uno de los soldados sacó una especie de arpón que disparó hacía Andrew, el proyectil se separó en dos y envolvió a Andrew. Al ser atado el ingeniero perdió la concentración y la entidad se desvaneció.
—¡No por favor, estoy muy cerca! —gritó Andrew que era arrastrado por los soldados— ¡Estoy muy cerca de ver a mi pequeña! ¡Clarice!
Los soldados sacaron al hombre a rastras, el capitán que se quedó atrás a comprobar que todos salieran fijó su mirada en el autómata que se encontraba tendido sobre la camilla.
—Ojala la radiación mágica te mate, criatura blasfema…
El hombre corrió tras los soldados.
El reactor explotó junto a parte del almacén y se vino abajo dejando salir una intensa luz azul.
Cubierta entre los escombros del recinto, se hallaba un cuerpo mecánico, y en su interior se hallaba palpitando un órgano artificial y un alma por la mitad, entonces a pesar de todo pensó.
«Pa… pá»








