Prólogo
KEVIN
Medellín, Colombia.
El olor de la montaña era una mezcla de tierra húmeda y muerte. Corrí por el pasillo de la vieja casona, con el corazón martilleando contra mis costilla.
Empujé la puerta con tanta fuerza que el marco crujió.
—¡Zamira! —mi voz se quebró.
Me detuve en seco. El tiempo se congeló. Ella estaba de rodillas, con los ojos vacíos, mirando a la nada como si ya no estuviera en este mundo. Tenía la Beretta contra su sien. El metal frío hundido en su piel blanca, esa piel que yo había visto brillar con alegría. Sus dedos temblaban sobre el gatillo.
—Zami... no. Por favor, hermana, baja eso —susurré, dando un paso lento, con las manos en alto.
Ella no me miró. Una lágrima solitaria bajó por su mejilla.
—Ya no queda nada, Kevin —dijo ella, y su voz no era la suya. Era una vibración hueca, una nota rota—. Una persona murió en la pista. No tengo perdón de Dios. No quiero que Andrew vea en lo que me convertí.
—Él te ama, Zami. Todos te amamos.
—Él ama a una mujer que ya no existe.
Logré llegar a ella y, con una suavidad que me desgarró el alma, envolví mis manos sobre las suyas. Sentí el frío del acero y el calor de su desesperación. Cuando finalmente soltó el arma y se derrumbó en mis brazos, llorando sin sonido, lo supe. La Zamira que reía por tonterías, la que encontraba música en el ruido, se había quedado en ese suelo.
Andrew vendría por ella, destruiría a quien tuviera que destruir, pero no podría devolverle lo que ella misma se había arrancado. Mi hermana de vida estaba viva, sí, pero su luz se había apagado. Y tuve miedo de que, en este mundo de lobos, la oscuridad terminará por devorarla del todo.
ZAMIRA
Encontré una sombra que se me metió bajo las uñas y se instaló en mis pulmones.
Él se ha vuelto un extraño. Un hombre que camina entre cadáveres con la misma elegancia con la que camina por un baile de gala.
Mi desafío es encontrar mi luz en medio de este incendio sin morir en el intento. Debo volver a tocar el violín, no porque la música sea hermosa, sino porque es lo único que me queda de mi.
Y sobre todo, debo salvar a Andrew. Porque si yo me apago del todo, el rayo de humanidad que aún queda en él desaparecerá para siempre. Si yo caigo en la oscuridad, él se convertirá en el demonio que destruirá el mundo solo para reinar sobre las cenizas.
Soy el ángel de un hombre despiadado. Y por él, tengo que aprender a caminar entre las sombras sin dejar de mirar al cielo.








