Pecado en verano · 01

Bárbara llega a San Lorenzo rompiendo la paz del padre Gregorio. Tras la rigidez de su sotana, el imponente sacerdote esconde un pasado rudo que se desmorona ante el descaro de la morena. En la penumbra de los espacios sagrados que los rodean, desatarán una lujuria prohibida, cruda y altamente adictiva.
El fin del mundo no llegó con trompetas apocalípticas ni con jinetes cabalgando sobre las nubes del norte de España. Llegó en forma de un insecto volador no identificado, de proporciones prehistóricas, que decidió aterrizar en mi hombro derecho justo cuando intentaba forzar la ventana de la sacristía.
—¡La madre que me…! —ahogué el grito a mitad de camino, tragándome una ración generosa de polvo.
Sacudí el brazo con la dignidad de un pato electrocutado, perdiendo el equilibrio sobre la vieja caja de plástico de refrescos que usaba como escalón. Mis botas militares resbalaron contra el plástico mugriento y, en un intento desesperado por no romperme la cabeza contra el suelo de piedra, me lancé hacia el interior del templo.
El aterrizaje fue un desastre monumental. Caí rodando sobre una alfombra pasillera de color rojo descolorido que olía a incienso rancio y a las polillas que probablemente habían hecho su hogar allí durante los últimos cien años. El bicho mutante zumbó sobre mi cabeza, victorioso, antes de perderse en las alturas del techo gótico. Yo, por mi parte, me quedé tumbada boca arriba, despatarrada como una estrella de mar, mirando los frescos de unos ángeles rechonchos que parecían juzgarme desde el techo.
—Genial, Bárbara. De delincuente juvenil a profanadora de templos en menos de veinticuatro horas. Papá estaría tan orgulloso —susurré para mí misma, frotándome el coxis adolorido.
Agradecí mentalmente que el pueblo de San Lorenzo del Mar pareciera un decorado fantasma a las tres de la tarde de un martes de julio. El calor era un manto espeso y húmedo que se te pegaba a la piel, y todo el mundo con un mínimo de sentido común estaba durmiendo la siesta con el ventilador a máxima potencia.
Mi plan original consistía en pedir asilo político (o más bien familiar) a mi tío abuelo, el párroco del pueblo, después de que mi vida en la ciudad explotara en mil pedazos de la forma más espectacular posible. Lo que no entraba en mis cálculos era encontrar la casa parroquial cerrada a cal y canto, los teléfonos sin línea y la absoluta necesidad de colarme por la iglesia para no morir de una insolación en la acera.
Me incorporé despacio, sacudiéndome la suciedad de mis shorts vaqueros deshilachados. La camiseta de tirantes negra se me pegaba a la espalda por el sudor. Me pasé una mano por el pelo, intentando desenredar el desastre de mis mechones rebeldes, cuando un carraspeo seco, perfectamente articulado y sumamente gélido, congeló el aire a mi alrededor.
—¿Buscas el confesionario o solo estás comprobando la resistencia del mobiliario parroquial? —preguntó una de las voces más profundas, melódicas y extrañamente tranquilas que había escuchado en mi vida.
Me di la vuelta con la rapidez de quien ha sido atrapado con las manos en la masa. O en el altar.
Y ahí estaba él. En ese preciso instante, todo rastro de comedia absurda se evaporó de mi cerebro, reemplazado por un cortocircuito mental absoluto.
No era mi tío abuelo Mateo. Ni de lejos. El hombre que permanecía de pie junto a la puerta de la sacristía, sosteniendo un pesado cáliz de plata entre las manos, era joven. Demasiado joven. Podía tener treinta y ocho años, tal vez cuarenta a lo sumo. Vestía una sotana negra que, lejos de parecer un disfraz rancio del siglo pasado, se ajustaba a unos hombros anchos y una estatura imponente que llenaba el espacio con una gravedad abrumadora. Pero no fue la ropa lo que me hizo dar un paso atrás, sino su rostro. Tenía unas facciones afiladas y una mandíbula tensa que delataba una rigidez absoluta. Su piel era pálida, en contraste con un cabello oscuro, cortado con pulcritud, y unos ojos de un gris tormentoso que me miraban sin parpadear.
Una fina línea de sudor le perlaba la sien, la única grieta visible en su compostura de piedra.
Era un pecado viviente. Una contradicción andante. Un hombre que destilaba una belleza tan severa, tan restringida y tan peligrosamente atractiva que mirarlo fijamente se sentía como cometer un delito menor. Una punzada inmediata me atravesó el estómago, esa alarma interna que te grita que te alejes de las cosas que queman. Él representaba todo lo que estaba prohibido, todo lo que una chica como yo, con el historial que arrastraba, no debía ni siquiera contemplar.
—Yo… esto… —mi elocuencia habitual decidió tomarse unas vacaciones—. Había un bicho. Gigante. Con alas. Creo que era un emisario de Satanás, la verdad.
Él no se rió. Ni siquiera parpadeó. Su mirada bajó lentamente por mi cuerpo, deteniéndose un microsegundo en mis botas sucias, mis piernas descubiertas llenas de algún raspón del camino, y los tatuajes de líneas finas que subían por mi brazo izquierdo. No había lascivia en sus ojos, pero sí una intensa, casi molesta, marea de desaprobación que me encendió la sangre.
—Satanás suele tener mejores métodos para entrar aquí —respondió él, su tono era plano, carente de cualquier emoción, aunque noté cómo sus dedos se apretaban un poco más alrededor del cáliz—. Las puertas principales están abiertas. Si buscas refugio del sol, los bancos de atrás son para eso. No es necesario que entres como un ladrón.
—Las puertas principales están cerradas con llave, padrecito —le espeté, recuperando un poco de mi descaro habitual mientras me cruzaba de brazos—. Y las bancas del fondo, si me siento allí, muero en minutos de deshidratación.
—Entonces, ¿necesitabas refugio?
—Vengo buscando al padre Mateo. Soy su sobrina nieta. Bárbara.
El cambio en su rostro fue sutil, pero lo capté. Una sombra de cansancio, un agotamiento tan profundo que parecía calarle hasta los huesos, nubló sus ojos grises por un instante. Relajó la postura, aunque no del todo. Con un hombre así, daba la impresión de que la tensión era su estado natural.
—El padre Mateo ya no está aquí —dijo, y su voz sonó más apagada—. Tuvo un problema de salud hace dos meses. Está en una residencia para sacerdotes mayores en Santiago, recuperándose. Yo soy el padre Gregorio. Me he hecho cargo de la parroquia temporalmente.
Me quedé helada.
—¿Cómo que no está? —Mi burbuja de seguridad se pinchó de golpe. Sentí el peso de la mochila que había dejado fuera de la ventana presionándome el pecho de forma imaginaria—. Él me dijo… bueno, me escribió hace un tiempo diciendo que podía venir si lo necesitaba.
—Lo sé —Gregorio dio unos pasos hacia el altar, dejando el cáliz sobre una mesa con movimientos lentos, casi coreografiados—. Mencionó que existía la posibilidad de que aparecieras antes de irse. No esperaba que fuera así.
—Ya, bueno, las cosas se complicaron un poco —murmuré, de pronto sintiéndome muy pequeña bajo los arcos inmensos de la iglesia—. Así que… ¿estoy jodida? ¿Tengo que darme la vuelta?
Gregorio se giró hacia mí. Al escuchar la palabra “jodida” dentro del templo, una pequeña línea se dibujó entre sus cejas perfectas. Evitó mirarme a los ojos de forma directa, dirigiendo su vista hacia un punto indeterminado por encima de mi hombro izquierdo. Era un gesto deliberado. No quería mirarme. No quería registrar los detalles de la chica desastrosa que acababa de romper la paz de su tarde de aislamiento.
—No —pronunció la palabra como si le costara un esfuerzo supremo—. La casa parroquial tiene una habitación libre. El padre Mateo dejó instrucciones claras de que se te permitiera quedarte si no tenías a dónde ir. La Iglesia no cierra sus puertas a quien lo necesita, por muy… aparatosa que sea su llegada.
—Gracias, supongo —dije, esbozando una sonrisa a medias que pretendía ser burlona para ocultar el alivio que me inundaba—. Prometo no romper ninguna estatua de santo mientras esté aquí.
—Me conformo con que uses las puertas —replicó él, sin un ápice de humor. Caminó hacia la salida de la sacristía, haciéndome una seña con la mano—. Ven por aquí. Te abriré la puerta lateral para que recojas tus cosas. Hace demasiado calor para seguir discutiendo en el altar.
Lo seguí a una distancia prudencial, observando la línea recta de su espalda. Había algo profundamente magnético y, a la vez, inmensamente peligroso en su presencia. Su caminar era silencioso, contenido, como si midiera cada gramo de energía que gastaba para no desmoronarse. El ambiente en el pueblo era sofocante, pero al lado del padre Gregorio, la temperatura parecía subir unos cuantos grados más, cargada de una vibración extraña.
Al salir al patio que conectaba la iglesia con la rectoría, el golpe de calor costero nos dio de lleno. El aire olía a sal, a pinos quemados por el sol y a hinojo silvestre. Mi mochila gigante descansaba contra la pared de piedra, luciendo completamente fuera de lugar en ese entorno de recogimiento y silencio.
Cuando llegamos a la entrada de la vivienda, sacó un manojo de llaves antiguas del bolsillo. Sus manos eran grandes, de dedos largos y limpios, pero las venas se marcaban con fuerza bajo la piel tensa. Mientras luchaba con la cerradura reseca por el salitre, me coloqué a su lado, tal vez demasiado cerca, porque noté cómo su respiración se contenía de golpe.
—¿Pasa mucho? —le pregunté, señalando la llave con un cabeceo.
—Sí, pero funciona igual, solo está oxidada —respondió, con la mandíbula apretada. No me miró. Su mirada se mantuvo fija en la madera de la puerta, pero alcancé a ver cómo tragaba saliva, su nuez de Adán moviéndose con lentitud bajo el cuello clerical.
La pesada puerta de madera crujió al ceder, abriéndose hacia la penumbra refrescante de la casa parroquial. Esperaba que me diera las llaves y me señalara las escaleras con un gesto gélido, pero Gregorio exhaló un suspiro contenido y entró primero, haciendo flaquear mi teoría de que planeaba huir de mí de inmediato.
—Te mostraré dónde te vas a quedar —dijo, sin volverse.
Lo seguí por un pasillo estrecho de paredes de piedra vista, donde el aire era notablemente más fresco que en el exterior. Subimos unas escaleras de madera crujiente que protestaban a cada paso de mis pesadas botas militares; él, en cambio, ascendía de forma casi etérea, sin que la gruesa tela de su sotana delatara el menor roce.
Al llegar al piso superior, abrió la última puerta del pasillo. La habitación era austera, con una cama individual, un colchón que prometía rigidez eclesiástica, una mesilla de noche con un crucifijo de madera, un armario empotrado y una ventana alta que miraba hacia los acantilados. El aire, atrapado bajo el tejado desde el mediodía, no circulaba en ese lugar.
—Esta es —anunció, plantándose en el umbral, ocupando casi todo el marco con sus hombros anchos y prohibiéndome el paso de manera indirecta—. Hay sábanas limpias en el armario.
—Es... gótica, pero acogedora —comenté, dejando caer la mochila al suelo con un golpe seco que levantó una imperceptible mota de polvo. Me giré hacia él, cruzándome de brazos—. ¿Cuáles son las reglas del establecimiento, padre? Supongo que hay un toque de queda o algo así.
Sus ojos se clavaron en los míos, y por primera vez sostuve su mirada gris durante más de dos segundos.
—No estamos en un internado, Bárbara, pero hay normas de convivencia básicas —su voz sonó firme, dictando las leyes de su territorio—. Las puertas de la propiedad se cierran a las diez de la noche; si no estás dentro para entonces, te quedarás fuera. No se permiten visitas. Ninguna. Y, sobre todo, exijo silencio absoluto a partir de las once de la noche. Mis jornadas empiezan al amanecer.
—Entendido. Nada de fiestas tecno en el piso de arriba —bromeé, dando un paso hacia él.
Él ni se inmuto, aunque noté cómo sus dedos se entrelazaban con fuerza a la espalda.
—Hay un detalle más —continuó, y por la forma en que su mandíbula se tensó, supe que lo que venía no le hacía ninguna gracia—. Las tuberías de esta planta están estropeadas desde el invierno. El único baño de la casa que funciona está en la planta baja. En mi zona.
Alcé una ceja, sintiendo un chispazo de diversión ante su evidente incomodidad.
—¿En tu zona? O sea, que si me entran ganas de ir al baño a mitad de la noche, ¿tengo que invadir tu santuario?
Un levísimo rubor, casi invisible —aunque bien podía achacarse al calor que aún no remitía dentro de la habitación—, tiñó la palidez de sus pómulos, pero sus ojos se volvieron aún más severos.
—Significa que si necesitas usarlo, bajarás en silencio, harás lo que tengas que hacer y volverás a subir de inmediato. Mi despacho y mis dependencias privadas están al fondo de ese mismo pasillo. Te ruego que respetes mi privacidad tanto como yo respetaré la tuya.
—Seré como un fantasma, padre Gregorio —le dediqué una sonrisa de medio lado, disfrutando enormemente del control que perdía por momentos a causa de mi cercanía.
—Espero que así sea —sentenció. Dio medio giro sobre sus talones, rompiendo la tensión del espacio—. Estaré en la iglesia. Te sugiero que deshagas el equipaje y descanses.
Lo vi desaparecer escaleras abajo, como si necesitara purgar el aire que acabábamos de compartir. Sonreí para mis adentros y me acerqué a la ventana para abrirla de par en par, buscando algo de brisa marina, que nunca llegó. Al asomarme al alféizar de piedra caliente, vi que esa habitación, no solo tenía una vista espectacular, sino que desde allí se podía ver perfectamente el patio interior.
Abajo, el sol de las cuatro de la tarde caía sin piedad sobre el patio interior. Al estar flanqueado por los altos muros del convento y la iglesia, quedaba completamente a salvo de las miradas de los peatones que pasaban por la calle. Quizá por eso, creyéndose a cubierto de cualquier ojo indiscreto, el padre Gregorio se atrevió a hacerlo.
Lo vi cruzar el patio en dirección al templo. Se detuvo en mitad del asfalto abrasador y, con un movimiento lento que me pareció dolorosamente íntimo, se desabrochó el alzacuellos blanco sin sospechar que, desde mi altura, yo tenía una vista perfecta de su posición. Luego, desprendió los primeros botones de la sotana negra y me quedé sin aliento.
La tela entreabierta dejó al descubierto su piel pálida y el inicio de un pecho firme que subía y bajaba con una respiración agitada. Apoyó una mano contra la pared de piedra de la iglesia y sus hombros se hundieron, desmoronándose en una imagen de pura vulnerabilidad. Sus labios se movieron en una súplica muda lanzada al cielo ardiente. Era el lamento de un hombre que libraba una batalla brutal por dentro, y que parecía estar perdiéndola.
Se me aceleró el pulso. Observarlo así, despojado de su armadura de fe, se sentía mil veces más prohibido que haber entrado a la fuerza en su iglesia. Sabía que debía apartar la mirada, pero mi cuerpo no respondía; me quedé allí, fascinada por el peligroso magnetismo de su crisis.
Fue en ese preciso instante, como si hubiera sentido el peso de mis ojos, cuando Gregorio abrió los párpados de golpe. Giró la cabeza hacia arriba con precisión milimétrica y sus ojos grises, tormentosos y cargados de una culpa feroz, impactaron directamente contra los míos. El aire pareció congelarse a mi alrededor a pesar del fuego del verano. No se movió. No volvió a abrocharse la sotana. Solo me miró desde el fondo de su abismo, y en esa fracción de segundo, supe que el bicho mutante que me había hecho lanzarme por la ventana de la sacristía no era, ni de lejos, lo más peligroso que iba a entrar en mi vida este verano.
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NB✨








