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Salvarle fue mi condena

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Summary

Es una novela histórica y emocional ambientada en una París devastada por la guerra y después por la ocupación nazi. La historia sigue a una joven enfermera marcada por el vitíligo, nacida entre hospitales, tragedias y milagros, cuya vida cambia cuando el mundo que conocía se derrumba bajo violencia humana. A través de una narración poética y oscura, la protagonista presencia la muerte de miles mientras intenta salvar vidas en hospitales saturados por el caos de la guerra. Poco a poco comienza a cuestionarse el sentido de salvar personas cuando la humanidad parece destinada a destruirte a sí misma. Décadas después, Francia cae bajo la ocupación alemana. El miedo, la humillación y la desesperanza llenan las calles mientras los nazis convierten la ciudad en una prisión elegante cubierta de propaganda y sangre. La protagonista continua trabajando como enfermera, sobreviviendo entre soldados heridos, desapariciones y secretos. La tensión principal inicia cuando ella conoce a un misterioso comandante alemán apodado "El Verdugo de París", un hombre cruel y temido, responsable de decir quien vive y quien muere. Lo que comienza como un encuentro cargado de desprecio y sarcasmo en una cafetería se transforma en una conexión peligrosa entre dos enemigos atrapados por la guerra, el poder, y algo mucho mas oscuro que el amor.

Genre
Drama/Action
Author
Avel
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Que fue real

Noviembre 2 de 1918

París, la ciudad del amor… y la moda.

Entre los pasillos de sus hospitales, los susurros se volvían verso y las despedidas olían a lavanda.

Y entre susurros ahogados, nací yo.

Una niña marcada por el vitíligo…y milagros.

Aunque mi piel no era similar a otras… pronto sería la presa de alguien más.

Había vivido con tranquilidad; el aire me llenaba de una pureza sin igual.

Pero toda pureza, tarde o temprano, se oscurece.

Y así fue.

En un parpadeo, todo cayó, casas, escuelas, conventos… personas, incluso animales.

Oh, ser humano… tú serás la perdición de tu propia existencia.

Tu creaste el miedo, y al final, eso acabará contigo.

Mientras puedas respirar ríe, una y otra vez, tu vida aún coexiste entre la naturaleza y la ciencia.

Con solo haber cumplido mis veintiuno, el país cayo en completas capas de polvo y sangre…

Los niños lloraban, las madres gritaban, los perros ladraban y la ciudad exigía un auxilio que terminaba en pérdidas.

Mi cuerpo inmóvil, mis ojos sin dirección. No tenía control sobre mí, todo mi sistema se activó, de un segundo a otro mis manos cargaban piedras, escarbaban por dentro de la tierra buscando lo que aún existe.

Vida

La policía llego, la multitud se unió, para seguir buscando esa esperanza que por otros lados ya no existía…

Mi momento era eterno, nuevamente presencie la muerte, se me había hecho monótono pero esta versión, me dejo sin alma…

Si era mi trabajo salvar…

¿Por qué morían?

<<La humanidad no es humanidad sin la presencia de la muerte...>>

Pensé, escapando de los muros que deseaban destruirme.

Llegando a un hospital, donde mi labor estaba en la cúspide de atenciones, lleno como un teatro ruso, y ruidoso como vías de un tren…

El llamado salía por todas direcciones, no había manera en la que una se silenciara sin que otra más saliera detrás de una manta.

¿Por qué las guerras debemos librarlas nosotros, no se supone que somos los protegidos?

Siendo pueblo, siendo ciudad, la protección jamás era eterna.

Un silbido, un ladrido… dejo en silencio todo a su alrededor.

Hombres…

Miles de hombres acaban con vidas inocentes en sus trajes hechos por caballeros elocuentes, terminaban manchados con gotas de sangre inocente.

En ese momento el final de nuestra paz ahora dependía de que país nos vendría a salvar…

Mientras una se descompone otro se ríe

Al otro extremo de París, por las fronteras belgas, un movimiento estaba en marcha.

Un hombre, lideraba a otros cientos destruyendo todo a su alrededor para crear camino.

Habíamos elegido darles una sorpresa, que les daría en todo su orgullo.

Nuestro llegar, fue un impacto eterno en sus vidas, como nos encanta ser los indignados...

Francia, querida Francia…

Ahora eres nuestra.

¿Quién podrá salvar a esta gente?

¿Serán los mismos que la defendieron o que cayeron por su culpa?

Me rio al observar el miedo en sus ojos, tal vez se preguntarán ¿no es posible, ellos están aqui?

Oh queridos míos… en efecto estoy aquí.

Destruiré toda esta nación, cada alma insolente que se atreve a vivir sin miedo, seré lo más horrendo que experimentara marcándolo de por vida.

Tan solo esperen y mi presencia será lo menos que amaran.

Veintidós años después.

Paris volvió a arrodillarse.

Las calles llenas de enamorados y el eterno aroma a café se convertían en azufre y pólvora.

Habían separado colonias para una exclusividad alemana en Francia, las noticias que llenaban de alegría con sus cantos se volvieron oscuras propagandas y desgracias de los sucesos externos.

El dolor y la perdida llenaba la esperanza de una vil extracción de la peste nazista.

La Francia que una vez habían conocido ahora es un pastel partido en dos regiones.

La Francia normal habitaban aquellos que se salvaron de los nazis su espacio era pequeño, pero aun existía la resistencia y su gemela conste que ella no era pura sino horrenda llena de hombres sin valor que seguían a un hombre sin alma.

Los nazis…

Llenaban los hogares de horror y vergüenzas.

Quedándose como insectos, en plantas. Uno se iba y otro regresaba…

Había una regla entre el pueblo francés que en algún punto las mujeres serian depiladas y avergonzadas en las calles de la ciudad por haber estado románticamente interesadas en algún sucio alemán.

Los días eran nublados.

Los hombres a quienes atendía no eran más que soldados, heridos, a costa de la muerte, o solo fingían estar mal para que los atendiera.

<<Sucios bastardos, como se atreven a tal cosa, cuando todo depende de un hilo> >

Me llene el cuerpo de maquillaje y gracias al cielo que los días no son iluminados por el sol…

Los alemanes se llevaban gente inocente, las madres les decían a sus hijos que solo sería un viaje… pero no podían irse a bañar.

Mi labor se convertía en el mártir de nuestro conquistador, sin nuestro trabajo sus hombres se acaban como cerrillos encendidos.

Cada chisme, terminaba en verdades que destrozaban mi alma una y mil veces.

<< ¿Cómo podría negarme, si lo único que me esperaba era esa sombra con la que me enfrentaba cada día?>>

Dentro de una oficina no tan alejado del hospital, el comandante alemán encendió un cigarrillo mientras observaba la lluvia caer sobre París.

<< Malditos bastardos, eran tan arrogantes en la guerra y ahora no son más que ratas preparando café >>

— Mi comandante, el automóvil que ordeno está listo. — Anunció uno de mis subordinados.

— Perfecto. Espérame afuera

El hombre acomodó sus guantes negros antes de levantarse lentamente del escritorio.

— ¿Algún lugar en el especial mi señor?

— Solo conduce.

— Mi señor creo que le gustara un lugar no muy lejos de aquí.

— ¿Ah sí? ¿Dónde es ese lugar cadete?

— Es una pequeña cafetería mi señor donde puede ver llegar a muchas damas hermosas, ¿Qué le parece?

— Enserio, está bien llévame ahí.

Al llegar, los hombres se bajaron el conductor estaba muy feliz por alguna razón elocuente, el comandante prefirió sentarse solo en una de las mesas que había sin darse cuenta de que una mujer ya se situaba ahí.

La mujer ante los ojos de cualquier hombre seria un deleite, cabello castaño claro, piel aperlada libre de imperfecciones, su silueta era perfecta, y el conjunto que vestía le favorecía por completo.

<< Mi único día libre, y se atreven hasta sentarse en mi mesa vaya desgracia llevo conmigo. >>

El alemán la observo detenidamente su desagrades era obvia.

— Madam… esta mesa, está ocupada

— Oh enserio no me diga, entonces debería de levantarme e irme no es así

— Así es, vaya que usted es muy considerada.

— Pues fíjese que sí, pero ahí un pequeño asunto.

— ¿Y cuál sería ese asunto?

— Qué usted debería irse y sentarse en otro lado, yo estuve aquí primero y su presencia no es agradable para mí.

El alemán se quedo callado con una sonrisa serena en su rostro.

— Perdone madam, ¿me está echando de esta mesa?

— Qué considerado de su parte… venir a molestar

El, se quedo en silencio, mirando con algo de rencor a la mujer.

<< ¿Quién es esta mujer? ¿Cómo se atreve a hablarme así acaso quiere bañarse?>>

— Ya se tardo mucho, ¿no lo cree?

— No, claro que no me tarde, no abusaría de su cordura, señorita.

— Créame, ya lo está haciendo

— Me disculpo por eso

— ¿Qué tal si le invito lo siguiente que pedirá? Como una forma de demostrarle mi arrepentimiento

— Si usted insiste, lo aceptare.

El se dio cuenta que ella se fijaba en sus medallas, pero más en la forma de sus expresiones físicas.

— Por lo que veo usted es comandante, ¿O no?

— Me descubrió, ¿y usted en que trabaja?

— Soy una enfermera, puedo saber su nombre comandante.

— Me temo que no, pero pudo haber escuchado de mi sin la necesidad de mi nombre.

— Puede ser que sí, a ver dígame su apodo entonces.

<< Que mujer tan desgraciada, dice poder conocerme, pero su mirar me declara abiertamente que le vale una mendiga falacia. Esto no se quedará así se lo juro.>>

— Mhg, me nombran “El verdugo de Paris

La mujer se quedo en un silencio sepulcral, dejando a la vista su asombro.

<< El verdugo de parís, tal vez lo haya escuchado de los soldados, ese hombre decide quien muere o se libra y casualmente nadie sale vivo si te atrapa. >>

— A mire, lo felicito por eso.

— Mjm, y usted, ¿dígame en que se especializa?

— Soy enfermera, solo eso le declarare

El mesero se presentó preguntándoles por vuestro pedido.

— A mí deme un café de bellotas, ¿y usted que le gustaría?

— A mi tráeme un café de Achicoria, por favor.

El mesero se retiró, pero la observación de él, no se apartaba de ella.

— Discúlpeme la pregunta, pero ¿usted es parte de la resistencia?

— Usted cree, que soy parte de ella, ¿o solo lo analizo por mi pedido?

Su sonrisa se borro de golpe. En su lugar, una mueca de molestia torció sus labios mientras la miraba fijamente entre el silencio del ambiente.

— Como cree señorita, solo fue a causa de mi naturaleza curiosa.

— Mmm, ya comprendo y dígame comandante. ¿En qué se especializa además de matar gente? ¿O solo eso se le permite?

<< Qué mujer tan rezagada, me tiende una trampa para acabar con mi cordura, pero que le pasa ¿Quién se cree? Tan solo una llamada y la mando a…. MALDITA PERRA>>

Al instante el mesero dejo las tazas sobre la mesa, ella tomo su café entre sus dedos enguantados… y se lo lanzo directo al pecho.

El liquido oscuro mancho las medallas alemanas.

Un silencio brutal cayo sobre la cafería.

La porcelana choco contra el suelo.

El comandante se levantó de golpe apuntándole con el arma.

— ¿¡PERO QUE DEMONIOS HIZO?!

Varias mujeres soltaron pequeños gritos mientras que los hombres apartaban la mirada.

Nadie respiraba, y menos ella aun así siguió sentada con su barbilla en alto.

El comandante observo lentamente las manchas húmedas descendiendo por su uniforme negro.

En su expresión detonaba la incredulidad como si jamás en su anteriores experiencias alguien hubiera osado hacerle eso.

Ella sonrió apenas, era una pequeña sonrisa nerviosa casi suicida.

— Oops… mi mano resbaló.

El cadete dio un paso al frente.

— ¡Mi comandante de la orden y ahora mismo…?

El alemán levanto la mano deteniéndolo, en sus ojos la enfermera era su única dirección

— Permítenos un momento.

— Pero señor.

— Ahora.

El hombre obedeció, aunque antes de retirarse miro a la francesa tal cual como si alguien observara una lápida en un cementerio.

Al que dar nuevamente solos, el ruido de la lluvia volvió a escucharse contra las vitrinas.

El comandante tomo lentamente una servilleta, limpiándose sin alguna prisa y sin apartarle la mirada.

— Señorita, acaso es cosa mía o ¿desea la muerte?

Ella sostuvo la mirada, aunque su alma estaba inquieta porque su corazón golpeaba las costillas asimilándose como un animal desesperado.

— ¿Usted cree?

— Le pido una explicación por lo que acaba de cometer contra un comandante alemán en un lugar lleno de civiles.

Ella inclino la cabeza

— Por que deseaba saber algo.

— ¿Qué es lo que desea saber?

Sus ojos bajaron a las medallas mojadas.

— Si es que usted podía sentir la sensación de quemarse.

Aquella palabras lo dejaron en silencio.

Proveniente de una mujer que, a diferencia de todos los demás, no parecía inquietarse ante su presencia.

Ella al notar su silencio se levanto de su silla y se acerco al mostrador para pagar la cuenta propia. Y con eso llevo sus dedos a los labios, deposito un beso imaginario en ellos y, con un sutil movimiento soplo el beso hacia su dirección antes de marcharse del establecimiento.

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