Capítulo 1 – La flor brillante
Junio de 1887
París
Émile caminaba por las calles polvorientas con un pedazo de pan en la mano. El ruido de martillos y hierro llenaba el aire, mezclándose con las voces de los obreros.
Como siempre, su curiosidad lo llevó a detenerse frente a la enorme construcción que apenas comenzaba a levantarse. La torre aún no era más que una base de hierro, pero ya imponía.
Se quedó observándola en silencio.
A lo lejos, entre el movimiento de trabajadores, vio a alguien conocido.
—Salut, Julien! —gritó, levantando la mano.
El chico giró y sonrió al verlo.
—Salut, Émile!
Julien corrió hacia él, esquivando personas y herramientas.
—Pensé que no vendrías hoy —dijo al llegar.
—Tenía que comprar pan… pero ya sabés cómo soy —respondió Émile con una leve sonrisa.
Comenzaron a caminar juntos, compartiendo el pan.
—Mi papá trabaja acá —comentó Julien mirando la estructura—. A veces me trae con él… en casa somos más de siete, así que hay que ayudar.
Émile soltó una pequeña risa.
—Son un montón… Sí, mis hermanas aún están allá, en España. Yo vine con mis padres y mis dos hermanitos… y ya voy a cumplir doce años desde que llegamos acá.
Julien asintió.
—Seguro tu papá y tu mamá pasaron por muchas cosas…
—Sí… pero por suerte vamos avanzando.
Hubo un breve silencio mientras ambos miraban la torre.
—¿Cuesta mucho construir algo así? —preguntó Émile.
Julien negó con seguridad.
—No tanto… o eso dice mi papá. Pero será enorme, una torre gigante. Dice que va a ser la más alta de todas.
—Quisiera verla cuando termine —dijo Émile, mirando hacia arriba—. Seguro va a ser hermosa.
—Seguro —respondió Julien—. En unos años ya va a estar lista.
El ruido de los martillos seguía resonando mientras ambos caminaban sin rumbo fijo, alejándose poco a poco de la construcción.
Las calles se volvían más estrechas, más silenciosas.
—Oye… —murmuró Julien de repente, frenando un poco el paso.
Émile lo miró.
—¿Qué pasa?
Julien señaló discretamente hacia una pequeña casa, algo apartada del resto. No era muy diferente a las demás, pero tenía algo… extraño.
—Dicen que ahí vive una anciana rara —susurró—. Nadie se le acerca.
Émile entrecerró los ojos, curioso.
—¿Rara cómo?
—No sé… dicen que habla sola, que siempre está cuidando algo. Mi papá dice que mejor no meterse.
Émile soltó una leve risa.
—La gente siempre exagera.
Pero aun así… miró.
La puerta de la casa estaba entreabierta.
Y por un instante, creyó ver una figura dentro.
—Vamos —dijo Julien, dándole un pequeño empujón—. No sé, no quiero problemas.
Pero Émile no se movió.
—Espera un segundo…
Sin pensarlo demasiado, dio un paso hacia la casa.
Julien suspiró, resignado, y lo siguió.
Se acercaron con cuidado, casi en silencio.
Y entonces…
La vieron.
En el interior, sentada cerca de una ventana, estaba la anciana.
Sostenía entre sus manos una flor.
Pero no era una flor común.
Brillaba suavemente.
Como si tuviera vida propia.
Los dos se quedaron en silencio.
Sin entender por qué… pero sin poder apartar la mirada.
—La flor es hermosa… —dijo Émile sin apartar la mirada.
Julien entrecerró los ojos, observándola con más atención.
—Eso debe costar un montón… —murmuró—. Es brillante… hermosa… pura.
La luz suave de la flor iluminaba el rostro de la anciana.
Y entonces…
Ella giró la cabeza lentamente hacia ellos.
Sonreía.
No era una sonrisa normal.
Era… inquietante.
Un escalofrío recorrió el cuerpo de Émile.
—Vámonos —susurró, tomando a Julien del brazo.
Sin pensarlo dos veces, comenzaron a correr.
Sus pasos resonaban contra el suelo mientras se alejaban lo más rápido posible.
Dentro de la casa, la anciana se levantó con calma.
Con cuidado, dejó la flor sobre la mesa.
Se acercó a la ventana.
Y los vio huir.
Pequeños… asustados… confundidos.
Una risa suave escapó de sus labios.
—Ajajá… inocentes…
Émile y Julien corrieron sin mirar atrás, con la respiración agitada y el corazón latiendo con fuerza.
No se detuvieron hasta esconderse detrás de un árbol, lo suficientemente lejos como para sentirse a salvo.
Ambos se asomaron con cuidado.
A lo lejos, la anciana seguía ahí, de pie frente a la ventana.
Mirándolos.
—¿Viste cómo sonrió…? —susurró Julien—. Era muy perturbador.
Émile asintió, todavía tenso.
—Sí…
—Es cierto lo que dicen… parece una bruja —murmuró Julien.
Émile lo miró rápido.
—No digas eso… ¿y si nos escucha?
Julien dudó un segundo.
—No creo…
Émile negó con la cabeza.
—No me gusta esto… desde el principio te dije que no quería ir.
El silencio volvió entre ellos.
—Me da miedo… —admitió Émile en voz baja.
Julien lo miró de reojo, sorprendido, pero no dijo nada por un momento.
Luego suspiró.
—Bueno… mejor vámonos a casa.
El sol bajaba cada vez más.
Émile y Julien caminaban por la calle de tierra, mientras el viento levantaba polvo a su alrededor. El día se iba apagando poco a poco.
Estaban por llegar a la casa de Julien cuando, de la nada…
La anciana apareció a un costado del camino.
De pie.
Mirándolos.
Émile se sobresaltó.
—¿En qué momento llegó ahí…? —susurró, sin dejar de mirarla.
Julien también se quedó quieto, tenso.
—No la vi venir…
La anciana no decía nada.
Solo los observaba.
Y entonces… sonrió.
Una sonrisa tranquila… pero incómoda.
Luego giró lentamente y comenzó a caminar por un sendero que llevaba al bosque.
Julien se acercó un poco más a Émile, hablando en voz baja.
—Dicen que cuando va al bosque… sacrifica niños…
—Basta —dijo Émile, cortándolo, y siguió caminando hacia la casa de Julien.
Entraron.
Dentro, se escuchaban voces, movimiento, los hermanos de Julien corriendo de un lado a otro.
Émile se quedó un rato más en el fondo de la casa de Julien.
El Fondo era un terreno baldío estaba cubierto de pastos altos que se movían con el viento, y al costado se extendía el bosque, cada vez más oscuro con la caída de la noche.
Ambos se quedaron hablando un rato, sin alejarse demasiado.
—Bueno… ya me voy —dijo Émile finalmente.
Julien asintió.
—Te acompaño hasta la mitad.
Émile no dijo nada y comenzaron a caminar juntos por el fondo, alejándose de la casa entre los pastos.
Caminaron unos minutos, hasta que…
Julien se detuvo de golpe.
—Mirá… —susurró.
Émile levantó la vista.
A lo lejos…
La anciana.
Caminaba hacia el bosque.
Y en su mano…
La flor brillaba suavemente en la oscuridad.
Julien dio un paso hacia adelante.
—Es la anciana… vamos a ver qué hace.
Émile negó rápido.
—No… basta, Julien. Vámonos.
Pero Julien no escuchó.
Empezó a correr entre los pastos, directo hacia el bosque.
—¡Julien! —gritó Émile.
El miedo le apretó el pecho.
Miró hacia atrás un segundo.
Luego al bosque.
Y sin pensarlo más…
Corrió detrás de él.








