Epílogo
Ahmed fue el tercer hijo de 5 hombres y 6 mujeres quedando el en el medio de ellos pero siendo el mas envidiado de los hombres, claro, los demas 4 eran hijos de concubinas. Ahmed desde que nacio jamas peleo por el trono y mucho menos despotrico ordenes hacia los empleados con amenazas de muerte por no hacerle caso como sus hermanos, el crecio entre los brazos de su madre y de criadas, jamas fue envenenada su mente con situacines de que le quiarian quitar el poder. Fue mas bien criado entre sabiduria, paciencia, los mapas y discuciones de politicas de sus padre, y el amor de su madre que fue lo que lo hizo no deesar otra cosa.
¿Para que ser un Sultán si tenia a su madre y el amor de esta con el?
Pero el sabia que jamas debia de meterse con Fakir, Fakir no tenia miedo en amenazar a sus hermanos o gritarle a sus hermanas, Ahmed simplemente se daba vuelta al sentir que su hermano iba a explotar o que tendria una rabieta fuerte contra un sirviente. Fakir nacio de una de las favoritas del Sultán, el primero de tres y el primero en nacer antes de Ahmed. Ser el primer hijo de una concubina y con la mente contaminda por una madre que deseea el poder por completo solo hizo que el se volviera a la persona que es ahora.
Ahmed jama se llego a pelear con Fakir, talvez simples discusiones por defender a sus hermanas pero nada más fuertes. Hasta ese día.
Ali fue el último de los hermanos, el menor de todos y el mas cuidado, nacio mudo, sin poder expresar sus sentimientos, pero jamas fue despreciado y menos por el Sultan.
Ahmed había asumido la tarea de ser el escudo de Alí ante la constante hostilidad del Fakir. Lo amaba con una devoción pura; para Ahmed, el pequeño Alí representaba lo mejor de Topkapi, un rincón de luz en medio de tanta ambición. Sin embargo, un día, el escudo no estuvo a tiempo.
Todo comenzó por un descuido insignificante. El pequeño felino de pelaje largo y naranja que Alí adoraba se coló por error en los aposentos de Fakir. Cuando el hermano mayor lo descubrió, su primera reacción, cargada de esa malicia implacable que le caracterizaba, fue ordenar la muerte del animal. Alí, que observaba desde el pasillo, no lo pensó. Olvidando el terror que le tenía a Fakir, corrió hacia la habitación, tomó al gato entre sus brazos y se interpuso, plantándole cara a su hermano por primera vez en su vida.
Aquel acto de muda rebeldía fue la chispa que encendió el infierno. Fakir, cuya mente y corazón estaban completamente envenenados por el ansia de poder y el desprecio, vio la defensa de Alí como una afrenta imperdonable a su autoridad. En un ataque de ira ciega y descontrolada, Fakir arremetió contra el indefenso muchacho con una violencia desmedida.
Horas más tarde, fue Ahmed quien descubrió la escena. El mundo se detuvo bajo sus pies. Alí yacía en el suelo, sin vida, con el pequeño gato naranja acurrucado temblando a su lado.
El dolor destrozó a Ahmed en mil pedazos, pero lo que terminó por sepultar su alma en la oscuridad fue una realización desgarradora: Alí no había podido defenderse, ni huir, y peor aún, en sus últimos instantes de terror, ni siquiera había podido gritar para pedir ayuda. Había muerto en el más absoluto y desamparado silencio.
En ese instante, la tristeza y la furia se amalgamaron dentro de Ahmed, transformándose en algo frío, pesado y letal. La educación pacífica de su madre, las lecciones de paciencia y la bondad se evaporaron. Por primera vez, Ahmed experimentó el amargo sabor del odio y un deseo de venganza que jamás creyó capaz de albergar.
Entendió que, para destruir a un monstruo como Fakir y hacerle pagar por la sangre de Alí, no podía seguir siendo el príncipe que se daba la vuelta. Tenía que jugar el juego del palacio. Con el corazón blindado por el luto, Ahmed dejó atrás su inocencia y comenzó a estudiar cada recoveco de la implacable ley otomana. Ya no huía del trono; ahora, ascender a la posición de Sultán era su única y absoluta misión, y no se detendría hasta ver a Fakir de rodillas.
O sin poder hacer nada sin depender de alguien








