Amor Prohibido: Lazos Mágicos by AngelickDark at Inkitt
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Amor Prohibido: Lazos Mágicos

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Summary

Existen otros seres entre nosotros; criaturas místicas que caminan bajo el mismo cielo, ocultas a plena vista en los rincones más salvajes del mundo. Annia es una criatura de la naturaleza, un hada que vive bajo las estrictas y milenarias leyes de la aldea "Edén". Eidan es un humano común, un hombre de la ciudad atado a la lógica y a la realidad de los mortales. Dos almas destinadas a no cruzarse jamás... hasta que una tormenta feroz y un rescate desesperado entrelazan sus destinos para siempre en las profundas espesuras del bosque. Lo que comienza como una conexión instantánea e inexplicable desata una fuerte disputa entre el deber, las reglas impuestas y el deseo del corazón. Perseguidos por la implacable guardia mística y desafiando los límites de sus propios mundos, ambos se sumergirán en una apasionante aventura texturizada de drama, romance y secretos oscuros. ¿Podrá el amor vencer las implacables leyes que les han sido impuestas, o el destino reclamará un precio trágico y desgarrador?

Status
Complete
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

El rescate y el Flechazo

Annia no era un hada corriente, y ella lo sabía muy bien. Mientras las demás jóvenes de su especie se dedicaban con esmero a pulir la luz de las luciérnagas al caer la tarde, o a trenzar la niebla matutina para ocultar sus fronteras, ella prefería perderse en los rincones más salvajes de la vegetación. Le fascinaba el contacto directo de la tierra húmeda en sus manos desnudas y la textura rugosa de la corteza de los árboles antiguos. Era un hada de la naturaleza en el sentido más puro y visceral de la palabra; poseía un don único que despertaba la envidia y la admiración de muchos. Su voz, dulce y melodiosa como el almíbar más puro, tenía el poder místico de hacer florecer un rosal marchito con tan solo un susurro. Los animales de la aldea “Edén” parecían percibir esa energía pura; la seguían a donde quiera que fuera, buscando su calor como si se tratara de su verdadera reina protectora. Su día a día transcurría en una pacífica rutina entre cánticos ancestrales, el cuidado de los brotes y la recolección de los frutos más jugosos para sustentar a su pequeña comunidad, un rincón de paz absoluta que permanecía celosamente oculto de los peligros del mundo exterior.

Aquella tarde de primavera, sin embargo, el destino tenía preparado un giro drástico. Tras una jornada solitaria y agotadora cargando pesadas cestas repletas de hortalizas y tubérculos, el cielo diáfano comenzó a cambiar de color con una rapidez alarmante. El aire, que antes soplaba con una brisa cálida, se volvió pesado, espeso y cargado de una electricidad invisible. Grandes nubarrones negros y violáceos devoraron la luz del sol, y las primeras gotas de lluvia, frías, gruesas y amargantes, empezaron a azotar las copas de los árboles milenarios. Annia, con los músculos del cuerpo cansados por el esfuerzo físico pero con el espíritu alerta, apresuró el paso para emprender el regreso a casa. Se abría paso entre los helechos gigantes cuando un sonido quebrado y agudo detuvo en seco sus pasos. No era el crujido de una rama ni el viento entre las hojas. Era un graznido ahogado, un grito de auxilio desesperado que le encogió el corazón.

Guiada por su inquebrantable instinto de protección, Annia desvió su camino y se dirigió a paso veloz hacia la orilla del arroyo. Al llegar, se topó con un escenario aterrador: el riachuelo que usualmente era pacífico y cristalino comenzaba a crecer y a rugir con la fuerza salvaje de un río desbocado debido a la tormenta. El agua turbia golpeaba con violencia las rocas de la orilla. Allí mismo, atrapado de forma trágica entre las raíces retorcidas y las ramas bajas de un sauce viejo y medio sumergido, un cuervo de plumaje azabache luchaba inútilmente por su vida. El ave batía sus alas empapadas con desesperación, pero el lodo y la corriente lo tenían prisionero. El nivel del agua ganaba terreno segundo a segundo, cubriendo su cuerpo oscuro; era evidente que, si nadie intervenía, la corriente despiadada lo arrastraría hacia el fondo en cuestión de minutos.

Annia no se detuvo a medir las consecuencias ni los riesgos. Ignorando por completo el peligro inminente que corría su propia vida, soltó sus cestas de recolección y se adentró en el agua helada. El torrente golpeó sus piernas con fuerza, subiendo rápidamente hasta su cintura. El frío le caló los huesos y la corriente amenazaba con hacerle perder el equilibrio a cada paso, pero ella se mantuvo firme. Con las manos entumecidas por el agua gélida, comenzó a forcejear con las pesadas ramas del sauce, ignorando los arañazos que las espinas le infligían en la piel. El agua rugía en sus oídos, cegándola con las salpicaduras. Justo cuando una violenta ola amenazó con cubrirla por completo, Annia dio un último tirón desesperado, aplicando toda la fuerza de su cuerpo. Las raíces cedieron y el cuervo, libre al fin, extendió sus alas y se elevó pesadamente hacia la seguridad de las copas del bosque, soltando un graznido que sonó a un sincero agradecimiento.

Sin embargo, el heroico esfuerzo tuvo un precio muy alto para el hada. Al perder el punto de apoyo de la rama, los pies de Annia resbalaron en el lecho fangoso y traicionero del arroyo. Antes de que pudiera reaccionar o sujetarse de algo, la corriente, despiadada y turbulenta, la arropó con violencia, arrastrándola desvalida hacia el centro del cauce profundo. Irónicamente, aunque la gran mayoría de los seres de su especie eran excelentes nadadores capaces de deslizarse por el agua de forma tan natural como en el aire, Annia guardaba un miedo antiguo: nunca había aprendido a nadar. El pánico más puro y primitivo se apoderó de ella, paralizando sus miembros.


El agua helada la tragaba, hundiéndola en su vórtice oscuro. Cada vez que intentaba salir a la superficie para tomar un sorbo de aire, una nueva ola la golpeaba en el rostro, llenando sus pulmones de líquido amargo. Sus gritos de auxilio eran ahogados por el ensordecedor rugido de la tormenta y el trueno que retumbaba en el cielo. Sintió que sus fuerzas se agotaban, que sus ropas empapadas la jalaban hacia el fondo como un ancla de plomo. Con la visión nublándose y el cuerpo entumecido, Annia comenzó a hundirse en la penumbra del lecho del río, convencida de que ese trágico y solitario rincón del bosque sería el escenario de su fin.

Y entonces, justo cuando el mundo exterior se volvía completamente oscuro y el frío de la muerte empezaba a reclamarla, una fuerza descomunal interrumpió el curso del destino. Una mano varonil, increíblemente grande, firme y cálida, se cerró con la fuerza de un tornillo alrededor de su brazo herido. Con un impulso prodigioso y una energía que desafiaba la violencia de la corriente, Annia fue tirada hacia arriba, arrancada de las garras del agua que amenazaba con devorarla. El cambio abrupto la dejó sin aliento. Fue depositada con brusquedad pero con extremo cuidado sobre la tierra firme de la orilla, cayendo de rodillas, tosiendo descontroladamente y temblando de frío, intentando expulsar el agua de sus pulmones mientras sus manos se aferraban al pasto húmedo.

Cuando finalmente logró estabilizar su respiración y el violento temblor de su cuerpo se lo permitió, Annia levantó la vista con timidez, apartando los mechones de cabello empapado que se pegaban a su rostro. En ese instante, su corazón dio un vuelco tan violento que amenazó con salirse de su pecho. El ser que permanecía de pie ante ella, observándola con una mezcla de asombro y preocupación, no era un hada. No tenía alas, ni facciones etéreas, ni la mirada mística de los de su especie. Era un hombre. Un ser humano de carne y hueso.

Ante ella se alzaba un hombre joven, de una presencia imponente y una estampa fornida que denotaba una vida de trabajo duro en el campo. Tenía una mandíbula marcada por una barba de pocos días, y unos labios firmes que en ese momento permanecían ligeramente entreabiertos por la sorpresa. Pero lo que verdaderamente cautivó a Annia, encadenándola al suelo, fueron sus ojos. Eran unos ojos oscuros como la noche más profunda, tan intensos, penetrantes y llenos de una chispa de humanidad que sintió que atravesaban todas sus defensas, desnudando su alma por completo. El cabello de aquel extraño estaba totalmente empapado, pegado a su frente por la lluvia que seguía cayendo con fuerza, y su camisa rústica se adhería a su pecho musculoso, pero a ninguno de los dos pareció importarles el clima. En ese rincón olvidado y sombrío del bosque místico, bajo el manto protector de la tormenta, el tiempo se detuvo por completo. Annia sintió una descarga eléctrica recorrer su espina dorsal; una conexión instantánea, inexplicable y abrumadora que ninguna magia de su aldea había logrado evocar jamás. Sus miradas se entrelazaron en un silencio sepulcral que hablaba más que mil hechizos. Habían hecho un “click” definitivo, un flechazo tan profundo e irreversible que, aunque ella aún estuviera demasiado aterrada para comprenderlo, acababa de sellar el destino de ambos y de romper el equilibrio de sus mundos para siempre.

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