Kareta Muku No Sekai; El Resonar De Las Almas by SophieEscribe at Inkitt
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Kareta Muku no Sekai; el resonar de las almas

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Summary

Nuestra pequeña protagonista llamada Yuki se presenta en un mundo a primera vista utópico, con magia y una vida colorida a su alrededor, pero no tarda en salir a la luz la cantidad de crueldades que día a día azotan a sus familiares y que ella jura proteger de corazón. Su misión se basa en protegerlos a toda costa, sacrificando en el camino a gente "envenenada" y parte de su mismo ser, todo por mantenerlos con vida. Está novela es cruel y un poco descriptiva, y solo pueden leerla mayores de 14 años. Es para adolescentes y adultos jóvenes. Se recomienda discreción. – Sophie Legua

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capitulo 1

A pesar de la cantidad inmensa de nieve en el ventanal, la luz del sol traspasó las cortinas de lana de Yuki. Su brillo se arrastró hasta los párpados de la pequeña, generando un movimiento inconsciente de la menor ante la molestia real.

"ugh... ¿Qué hora es...?"

Se pregunta hacia sus adentros, pestañeando por el sol. Ante sus ojos una escena se presentó; su hermana, Hanako, había abierto las cortinas para despertarla.

–Buenos días, dormilona...– la saludó la mayor, dándole un beso en la frente con amor fraternal. Yuki emitió un sonido tierno de conformidad que a Hanako le encantó.

–Feliz cumpleaños, ¡mi princesa! –dijo un chico que estaba sentado en su cama, su hermano mayor Taro, mientras acariciaba la mata que cubría aún a su hermana menor.

"Ah, sí cierto... ¡Es mi cumpleaños número 6!"

Recordó ante la visita inesperada de sus hermanos mayores, dignándose a levantarse al fin.

–Buenos días, hermanos... ¿Todo bien? – preguntó inocentemente, causando una reacción de ternura en sus hermanos mayores. La chica le sostuvo una de sus mejillas con ternura y las amasó con suavidad y cariño fraternal.

–Porque debes ser tan tierna...!!– dijo Hanako con una o aguda, mientras Taro la miraba con comprensión. El mayor se acercó a la cama, poniendo una mano sobre el cabello de la menor.

"Amo a mis hermanos... ¡Ojalá y duren para siempre...!"

La pequeña se levanta de un salto, abrazando a ambos chicos con una fuerza adorable. Su cola lobezna se agita con emoción, reflejando su felicidad ante el saludo de sus hermanos.

–¡Los amo, hermanitos! Mamá y papá estarían orgullosos de ustedes...– responde con dulzura antes de bajar la voz, un silencio sepulcral instalándose entre los niños. El Recuerdo duele más que una herida.

–Si... ¡A ellos les hubiera encantado verte cumplir 6 añitos...! – responde el mayor, elevando los ánimos de las pequeñas.

Los tres juntos salen de la habitación de la menor, saltando con alegría. Se topan de camino a un chico castaño perruno, el cual llevaba consigo un oso de peluche.

–¡Feliz cumpleaños, Yuki! – dice el perruno, alzando el peluche con alegría e inocencia.

–¡Kotarou! – alzó la voz la pequeña, dando un salto hacía los brazos del perruno con entusiasmo. –¡Es señor Gin! –

–le di un bañito al señor Gin por tu cumpleaños. ¡Y lo vestí como monje japonés! – describe el perruno, alzando al muñeco con dulzura mientras ríe a carcajadas.

Yuki y Kotarou se la pasan hablando de trivialidades durante el trayecto al patio de juegos, un salón grande con juguetes en cajones a los laterales y unos ventanales con acceso a una terraza. Al llegar, se encontraron con un pequeño chico lobezno de pelo café oscuro y mechones naranjas jugando con un conejo real y un gato anaranjado, mientras descansaba en su cabello una mariposa monarca.

–Nao! – Saludo con energía la menor, levantando sus manos de un modo tierno hacia el susodicho en reverencia.

El chico responde ante el llamado, sus orejas moviéndose unos segundos en señal de alerta antes de volver a relajarse. Le sonríe forzosamente a ella, intentando desviar la atención.

“Tan inseguro… me pregunto que le preocupa de los ruidos…” piensa la menor, jadeando la cabeza de lado ante su gesto antes de negar y volver a sonreírle.

–Nao! Tan distraído con los animales tú… –lo saluda Yuki, saltando de alegría antes de abrazarle por el cuello. El naranjoso sonríe y la abraza de vuelta, relajando su postura de sobremanera.

–Jeje, si… es que amo los animales. – responde el chico, agitando su cola peluda de lado a lado con calma. El conejo le toca con la nariz la mano y, atrayendo su atención, se acurruca en su palma. El gato naranjoso repite este gesto y se acurruca entre las piernas del chico. Yuki se maravilla ante la tranquilidad de los animales alrededor de Nao, sorprendida del aura del chico para su corta edad.

Cuando Hanako, Taro y Kotarou se acercaron al dúo, las criaturas se alarmaron y se escondieron tras Nao. El susodicho les acarició la cabeza, tranquilizándolas.

–No suelen acercarse a alguien más que a mi.. son tímidos.– Respondió Nao, acariciando la cabeza del gato con tranquilidad. Sabe que los animales solo confían en el, gracias a su habilidad mágica que atrae y manipula a los animales con un aura familiar para todos. Yuki lo mira con curiosidad, sabiendo ésta misma información por su fanatismo por su propia familia.

–Ojalá y se dejarán conmigo… – dijo Kotarou, sentándose al lado del peli naranjo, el cual se sonrojó ante la cercanía. El gato soltó un maullido , acercándose a Kotarou con cierta desconfianza pero también interés. Al llegar al susodicho, inspiró el aire, o mejor dicho las feromonas, del perruno antes de dejarse acariciar, maravillando al perruno, quien sonrió por la interacción, a Nao y a Yuki por el acto. Es impresionante que algún animal reaccione ante otra persona que no sea Nao.

Nao se le quedó mirando a Kotarou, viendo cómo el perruno interactuaba con el gatito con tanta naturalidad. Le dio una pequeñísima punzada de celos, queriendo ser el pequeño gatito por una vez en la vida. Yuki lo miró profundamente, analizando al naranjoso con curiosidad. Observó entre Nao y Kotarou unos segundos antes de sonreír ligeramente, entendiendo la situación sin dificultad. “A Nao siempre le ha gustado Kotarou, y todos lo saben… ¿y creen que yo no? ¡Ja! ¡Tontos!” Piensa para sus adentros, riendo a lo bajo. El conejo la mira con curiosidad, notando sus gestos y preguntándose si ella padece de algún trastorno esquizofrénico.

–Nao! El gatito se parece a ti mucho. – Comenta con maldad Yuki, generando un momento de duda en el mayor antes de reaccionar y sonrojarse.

–¡S-solo es naranja!– responde por instinto, alarmando al conejo y asustando a la mariposa, huyendo de la cabeza de Nao sin dudar. Yuki esconde una sonrisa maliciosa detrás de una curiosidad inocente, jadeando la cabeza de lado con falsa inocencia.

Los cinco juntos salieron del área de juegos, caminando por las escaleras centrales con lentitud mientras conversaban del cumpleaños de la menor. En el camino, un chico peli café con un mechón rojo, también con una aureola, los paró, abrazando repentinamente a la mejor.

–¡Yuki! Feliz cumpleaños, princesa. –Dice el chico, sonriendo de oreja a oreja, su círculo blanco moviéndose rápidamente con alegría.

–¡Kiseki! Ya te estaba buscando. ¿Y Iruka? – pregunta con inocencia fingida, sabiendo la respuesta desde el principio. “seguramente está limpiándose los besos de Kiseki en el baño. Saldrá en 5 segundos más.”

Tal como predicho, el susodicho salió del baño en una toalla enrollada en su torso, pelo marrón oscuro y con mechones azules oscuro mojado y tapando sus ojos a medias. Se está secando el cabello con una toalla.

–Feliz cumpleaños Yuki. Perdón, me fui a bañar– Dijo Iruka.

–por qué tan temprano? Son recién las 7– preguntó la menor, jadeando nuevamente la cabeza de lado.

–Me gusta mucho bañarme desde temprano –

–Te bañas 6 veces al día, pero bañarse tan temprano es crimen.–

–Miren quién lo dice, la que no toca el agua a menos que haya pisado barro. – Iruka, sonriendo de oreja a oreja, recalcando la poca higiene de la menor con una frase íntima de la familia. Las mejillas de la niña se pusieron rojas fuego, el enojo consumiendo sus rastros de calma interior, propagándose como un incendio forestal. Al final, solo saca su lengua y le hace un gesto infantil, inflando las mejillas mientras hace un sonido de disgusto, todo para molestar al mayor. El contrario se echa a reír a carcajadas, divertido por el gesto de la menor.

Pasadas unas horas, el grupo de los niños se encuentran en la zona central de la casa; un hermoso terrario con plantas y un árbol gigante en medio, el cual ellos pueden pisar con alegría. Yuki se encuentra en el árbol, leyendo un libro de “como hace el mamut” para niños. En realidad no le interesa, pues en el rabillo de sus ojos ve a Kiseki jugando con el rostro de Iruka íntimamente, como si estuvieran acostumbrados a aquello. A ella le encantan ellos, su forma de amar tan inocente y tan pura le llena el corazón de felicidad

“Quiero protegerlos por siempre. Tal como mis padres se amaban antes…” piensa la menor mientras mueve los pies alegremente, recordando tiempos pasados e inalcanzables cómo un día cualquiera. Un día que no quiere perder nuevamente. “no quiero que nadie les quite el brillo…”.

La puerta principal de la casona se abrió, sirvientes por doquier caminando rápido para dejar pasar a dos señores altos, un hombre lobezno de cabello largo azabache y una mujer de pelo corto blanquecino. Ambos traen atuendos tradicionales japoneses que pueden costar una fortuna, los kimonos reluciendo capas de ropa de seda cómo exposición de arte de modas. El hombre deja su Haori negro doblado encima de las manos de una sirvienta, antes de mirar al patio central y observar a la menor, absorta en sus pensamientos, y sonreír, mostrando sus colmillos desgastados por los años.

–¡Princesa…! – la llama el hombre, extendiendo sus brazos lado a lado en pose de recibimiento de abrazo hacia la menor. La contraria lo oye y sonríe grandemente antes de levantarse, dejando el libro infantil en el pasto húmedo antes de correr hacia los brazos del adulto.

–¡Ojiisan! ¡Haz vuelto! – lo recibe con una alegría etérea la menor, enterrando su rostro en el pecho del mayor con ternura y fraternidad. El adulto señor la levanta en brazos, un brazo en sus piernas sirviendo de asiento y el otro en su espalda alta como reposadero, mientras la acuña contra él. La señora se acerca y besa la frente de la menor, acariciando con el dorso de su mano la mejilla de la pequeña. –Obaasan… ¿por qué tardaron tanto? Creí que se les olvidaba mi cumpleaños…–

–Nunca se nos olvidaría algo así de importante, bebé. – asegura la mujer, mientras acaricia las orejas lobeznas de la menor con ternura. Su rostro muestra carca física que no deja paso para arruinar el día. –Fuimos a comprar lo necesario para festejar tus cumpleaños número 6. Ahora, ¿podrías ir a tu cuarto mientras todos preparamos tu fiesta? –

–¡Claro! ¿No necesitan ayuda en nada? – responde Yuki

–Para nada, tus primos y amigos ayudarán en esto. Tu ve a prepararte con el vestido que te hizo tu madre. – ordena suavemente la mujer, mientras ayuda al hombre a bajarla del abrazo. La niña asiente y sale corriendo a las escaleras, subiendo a saltos los peldaños con emoción latente. “el vestido de mi mami!” piensa mientras recorre los pasillos de la zona habitacional, dando saltos de emoción ante la inminente fiesta que se aproxima para ella.

“…”

Pasado un rato, después de bañarse y perfumarse, Yuki se encontraba sacando el vestido del armario con el mismo cuidado con el que se sostiene un tesoro frágil, la habitación pareció llenarse de su aroma. Era el diseño que su madre había diseñado únicamente para sus cumpleaños: una hermosa falda globo de un color morado profundo, cuyos pliegues cruzados aún mantenían el volumen perfecto que su madre había logrado darle. Sobre ella, la sobrefalda caía con suavidad, mostrando el borde festoneado cuyas ondas su madre había cortado y pulido a mano, una a una, meses antes de fallecer.

Al probárselo frente al espejo, la blusa blanca de cuello alto y mangas abullonadas encajó con suavidad bajo el corpiño morado. El vestido le seguía quedando perfecto, y no pudo evitar sonreír al tocar los costados: su madre había diseñado el corpiño con un sistema de cintas cruzadas en la espalda, un cordón ajustable que permitía ensanchar la prenda a medida que ella creciera. Sin embargo, al mirarse los hombros, una punzada de nostalgia la detuvo. Su madre nunca llegó a coser los tirantes. El corpiño terminaba de manera abrupta sobre el torso, dejando la camisa blanca al descubierto en una hermosa pero inconclusa línea. Un recuerdo vivo de que todo puede quedar inconcluso en cualquier momento.

“Nunca terminó mi vestido… ni el de mis hermanos…” pensó para sus adentros, tocando el tirante de su vestido con suavidad. “ojalá y me hubiera visto en el vestido antes…”

La pequeña salió de su cuarto, luciendo su adquisición valiosa con orgullo y felicidad. Caminó por los pasillos con delicadeza, pisando cada tabla oscura con la punta de su zapato antes de pisar por completo el tablón, paso a paso llegando a las escaleras. La luna relucía por el ventanal en el cielo de la casa, una hermosa luna llena blanca despidiendo al año con dulzura ante el árbol milenario del centro.

Cuando la pequeña baja las escaleras, globos la invitan a adentrarse en el comedor de la casona, guiándola por los pasillos extensos del hogar. Cuando llega a la zona de estar, las luces se prenden abruptamente y un “¡Feliz cumpleaños!” al unísono llenan la casa, una celebración en grande para la pequeña de parte de todos en la casa. Flores hechas de globos, serpentinas colgando del techo, y un gran pastel con seis velitas en la parte superior. Cada uno de sus primos estaba con un gorro de conito colorido que acompañaba a las velas. Kiseki estaba con un regalo de color amarillo que era del tamaño del torso de Yuki, algo inmenso para la menor.

–Feliz cumpleaños, Yuki– dijo el peliblanco, entregando el paquete a la pequeña con entusiasmo. –¡Felices 6 añitos! –

A Yuki se le iluminaron los ojos ante lo presenciado, extendiendo sus manos hacia el susodicho con entusiasmo. Sus manitos se movieron lentamente, esperando ante su regalo con entusiasmo.

–¡Dame, dame! –murmuró en alto, moviendo los dedos frenéticamente ante la espera.

El peliblanco sonrió y extendió el regalo con algo de esfuerzo, arrastrando apenas el paquete colorido hacia la menor. La ayudó con el listón, desatándolo con delicadeza. De dentro de él, una maleta de color rosa gigante salió, con un diseño de rosas en la portada luciéndose con un título colorido que decía “Historia secrets”. ¡son el conjunto de vestidos lolita que a ella le gustaron! Sus ojos se abren con emoción al observar en acabado metálico de la maleta, sus pulgares redondos recorriendo los bordes desde el suelo hasta la parte superior con asombro. Sus ojos fueron a Kiseki con maravillacion , una sonrisa de oreja a oreja reluciendo en su rostro.

– ¡Me encanta! Gracias, chicos. – responde ante su regalo con emoción, sacándole unas risas de ternura al resto.

Todos se reunieron alrededor de la mesa, preparados para el momento de la canción, cuando unos golpeteos suaves en la puerta principal pausan el ambiente. Taro va a ver, caminando descalzo hacia la puerta. Cuando la mueve hacia adentro, ve a una visita que se suponía llegaría antes; una chica pelirroja elfo con pelo azul en las puntas llega empapada, dos sombras atrás la siguen con paraguas en mano.

–¡Lamento la tardanza! Tuvimos un pequeño percance en casa…– susurra la chica, mientras las personas de atrás aparecen con rostros de cansancio y una forzosa sonrisa. Parecen incómodos con la tardía aparición.

–Ay, Isabella… ¡Está bien, aún no cantamos el cumpleaños feliz!– intenta animar Taro, mientras los invita con un gesto manual hacia adentro. Los tres chicos, incluyendo a la chica, entran y guardan sus paraguas en el perchero de el lateral. –Espero y el regalo de Yuki no se les haya mojado, jeje.–

Isabella entra más rápido que los tres, yendo directamente hacia Yuki. La menor la vio acercarse y se levantó rápidamente, moviéndose alrededor de la mesa con una alegría indescriptible. Extendió sus bracitos hacia ella y la aceptó en un abrazo algo húmedo, la mayor apretándola con una alegría suave.

–Feliz cumpleaños, mi Clematis…– murmuró al oído perruno de Yuki, generando un pequeño escalofrío por la espalda a la susodicha. Ella soltó una risa con suavidad, apretándola más fuerte.

–Gracias, princesa.– le responde con tranquilidad, mientras se aparta. Le regala una sonrisa mientras la seca con un paño.

Isabella le extendió una corona de flores desde su espalda, la flor Clematis recorriendo la coronilla con belleza natural. Las flores le encantaron a la menor, sosteniendo la coronilla y poniéndola sobre su cabello. Le quedaba como si estuviera hecha para su ondulado cabello negro, sus orejas cabiendo perfectamente bajo la coronilla.

–¡Me encanta! ¡Muchas gracias!– volvió a abrazar a Isabella, está vez más fuerte. La mayor le aceptó el abrazo, respondiendo con la misma fuerza que ella.

A través del hombro de Isabella, Yuki observó a los otros dos chicos, los cuales se estaban secando la ropa. Vio en los ojos del mayor una desconexión total del mundo, como si su mente estuviera en otro planeta. Eso la preocupó.

–¿Éter? ¿Todo bien?– susurra, lo suficientemente alto para que el chico al que le habla levantara su rostro. Pareció reconectarse un momento.

–No es nada, solo…– tarda en responder, rascándose la nuca con incomodidad. Parece que el problema que le molesta en la cabeza le es muy complicado. –…Estoy pensando en mis padres, han estado muy ocupados últimamente. Pero no es nada–

–si tu lo dices…– responde Yuki, separándose ligeramente de Isabella para verle.

Al cabo de unos minutos, ya estaban de vuelta en la mesa. Todos alrededor del pastel, Yuki al frente. Comenzaron a cantar la canción de feliz cumpleaños común, respetando los versos y alargando la canción en el nombre de la menor, haciéndole sacar una sonrisita. Cuando terminaron de cantar, ella sopló las velas con fuerza, moviendo un poco el glaseado del pastel. Un aplauso grande llenó la casa, todos aplaudiendo a la menor en su cumpleaños.

–¿Puede Isabella quedarse conmigo?– preguntó a Éter, sus ojos grandes como cristales de luz hacia el mayor. El suspiró y abrazó forzosamente a Isabella, quieres mostraba incómoda.

–Claro, mientras los videojuegos de Taro estén entretenidos…– miró al susodicho, quien rio en respuesta.

Antes de irse a acostarse, Isabella tomó de la mano a Yuki y subieron hasta el desván, abriendo una de las ventanas para escalar el tejado.

Cuando se encontraron acostadas en el tejado, unos fuegos artificiales llenaron el cielo de color y belleza. Yuki soltó un gemido de alegría, mientras observaba el espectáculo desarrollarse. Isabella no miraba los fuegos artificiales; sus ojos estaban fijos en el rostro de la menor, maravillada con la alegría de la susodicha.

–Brillas tanto cuando sonríes…–

–¿Eh? ¿Dijiste algo?– preguntó la menor, mirando a Isabella de reojo.

–No nada.– repuso Isabella, desviando la mirada hacia los juegos artificiales con las mejillas ruborizadas. Yuki se encogió de hombros, indiferente a la situación.

Bajando del tejado, Yuki toma de la mano a Isabella, guiándola hacia su cuarto. La mayor se deja guiar, con una sonrisa tonta en el rostro. Cuando llegan, Yuki corre hacia su armario y saca un conjunto verde para Isabella, un vestido largo con un gorro acampanado para dormir de tela transpirable. La susodicha le devuelve una sonrisa como agradecimiento.

–¿Tu crees que ellos se la estarán pasando bien?– pregunta Yuki, acostada en la cama con el estómago contra el colchón.

–¿Quiénes?–

–Taro y Éter. Tu hermano se veía conflictivo con algo…–

Isabella se sienta en sus piernas, respirando hondo.

–Éter se peleó con un chico en el colegio. ¿Te acuerdas de Hiroshi? Ese mismo, todo porque le tocó el pelo a Henry de un modo brusco.–

–…De verdad? Vaya, que pesado es ese chico– comentó Yuki, mientras pensaba en silencio.

–No le hagas nada al muchacho. Es solo un niño– espeta Isabella, acariciando el lateral de Yuki con calma.

–ash, como quieras…– se queja la menor, haciendo un puchero con las mejillas.

Después de eso, entrelazaron las manos antes de caer dormidas juntas, Isabella sonriendo como una niña pequeña ante la cercanía con Yuki. Adivinaste, es obvio.

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