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DULCE PORCELANA, AMARGA CARNE

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Summary

Dulce Porcelana, Amarga Carne Aldenmoor huele a canela y sus paredes respiran. Hace tres años, Belia prometió llevar a su amigo Valen a ver las estrellas desde la cima de la montaña alta. Tres días después, él desapareció. Ahora tiene quince años, sus padres han sido convertidos en muebles, y la ciudad que conoció ha sido devorada por algo que transforma la carne en porcelana y el dolor en azúcar. Para cumplir la promesa que lleva tres años clavada en el pecho tendrá que cruzar una ciudad irreconocible, enfrentarse a lo que el castillo ha hecho con el rey y la reina, y destruir el Núcleo que mantiene todo unido. El problema es que dentro de ese Núcleo late algo que reconoce. Y debajo de las ruinas, algo todavía pulsa. Una historia sobre lo que sobrevive cuando todo lo demás es devorado.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo


PRÓLOGO — LA PROMESA

La oscuridad llegó primero.

Antes de cualquier imagen. Antes de cualquier sonido. Solo la negrura absoluta de algo que todavía no ha decidido si va a mostrarte algo o si prefiere dejarte ahí, suspendido en la nada, sin referencia ni orientación. Y debajo de esa negrura, tan abajo que costaba distinguirla del silencio, una respiración. Alguien que respiraba con demasiado cuidado. Con la clase de precisión que no es natural sino aprendida, cultivada noche tras noche hasta convertirse en instinto: controlar la respiración era la primera forma de no traicionarse a uno mismo. La primera línea de defensa contra un mundo que escuchaba.

El cementerio de Aldenmoor estaba en el extremo norte de la ciudad, separado de las últimas casas por un muro de piedra gris que tenía más años que cualquier persona que lo hubiera tocado. En verano desaparecía bajo la hiedra y uno podía fingir que era simplemente una pared verde, bonita incluso, parte del paisaje cuidado que la ciudad se empeñaba en mantener. En invierno, la hiedra moría y el muro mostraba sus grietas sin pedir disculpas, con la honestidad tosca de las cosas que llevan demasiado tiempo en pie como para preocuparse por las apariencias.

Era una noche de finales de otoño. El frío tenía ese carácter particular de los fríos de Aldenmoor: no el frío seco y limpio de las montañas, sino algo más denso, más húmedo, que se pegaba a la ropa y encontraba los espacios entre los botones y los bordes del cuello y se instalaba allí con la paciencia de quien sabe que no va a ser expulsado fácilmente. El suelo del cementerio, visible desde el muro, era tierra oscura con las primeras heladas de la temporada dibujando patrones blancos y frágiles alrededor de las lápidas más antiguas. El pasto entre las tumbas había dejado de crecer semanas atrás y yacía aplastado contra la tierra como algo que se había rendido.

Belia tenía doce años y estaba sentada sobre el muro con las piernas colgando hacia afuera, hacia la calle, alejadas del cementerio. No miraba las tumbas. Miraba hacia arriba.

El cielo sobre Aldenmoor esa noche era el cielo original, sin contaminar todavía, sin la niebla espesa que meses después lo borraría por completo. Las nubes corrían hacia el este empujadas por un viento alto que no llegaba a la calle, y entre ellas las estrellas asomaban con esa claridad que solo existe cuando uno se aleja lo suficiente del centro de la ciudad, de los faroles de azúcar que quemaban toda la noche con su luz cálida y omnipresente y que ahogaban las estrellas sin que nadie pareciera notarlo o importarle.

Desde el norte, desde la altura del muro, se veían bien.

A su lado estaba Valen.

Belia lo había conocido a los siete años, cuando su familia se mudó a la casa de la calle del Tilo, dos puertas más abajo de la de los Ashmore. Valen había aparecido en el umbral de su casa nueva el primer día, con el chaleco de cuero de su padre que le quedaba dos tallas grande y una expresión de curiosidad absolutamente carente de timidez, y le había preguntado si quería ver el nido de cuervos que había descubierto en el tejado del molino abandonado. Belia había dicho que sí antes de procesar del todo la pregunta. Eso estableció el tono de todo lo que siguió.

Durante cinco años habían sido inseparables con la intensidad peculiar de los niños que reconocen en otro algo que en casa no encuentran: alguien que pensaba de forma torcida, que encontraba las preguntas más interesantes que las respuestas, que tenía una relación con el mundo hecha de asombro genuino y no de la admiración actuada que los adultos esperaban. Valen veía las cosas de otra manera. No mejor ni peor. Solo desde un ángulo que Belia no habría encontrado sola y que, una vez que lo conoció, no pudo dejar de usar.

La enfermedad había aparecido cuando él tenía diez años.

No de golpe. Las enfermedades que importan nunca llegan de golpe: llegan primero como cansancio, como tos que no termina, como el color de la piel cambiando gradualmente hacia algo más traslúcido, más parecido al papel que a la carne. Los padres de Valen habían llevado al médico del gremio, luego al boticario, luego al herborista del mercado sur, luego a la anciana que vivía detrás de la iglesia y que se decía que sabía cosas que la medicina oficial ignoraba deliberadamente. Ninguno había podido darle un nombre preciso a lo que consumía los pulmones de Valen desde adentro. Solo podían describir el resultado: los pulmones se llenaban de algo, lentamente, y ese algo reducía el espacio disponible para el aire, y el proceso era irreversible y su velocidad era imposible de predecir con exactitud, pero su destino final no lo era.

Valen lo sabía. Nadie se lo había dicho directamente —los adultos de Aldenmoor tenían esa costumbre de hablar alrededor de las cosas difíciles en lugar de nombrarlas, como si rodear un problema con suficientes palabras suaves terminara por disolver el problema mismo— pero Valen lo sabía de la misma forma en que uno sabe cualquier cosa que ocurre dentro de su propio cuerpo. Lo sentía en el peso de los pulmones cuando intentaba correr. Lo sentía en el esfuerzo que costaba subir tres tramos de escalera. Lo sentía en las mañanas en que el simple acto de levantarse de la cama requería toda la determinación de la que era capaz.

Y lo había aceptado.

Esa era la cosa que Belia encontraba más difícil de comprender y más imposible de dejar de admirar en él: la aceptación. No la resignación pasiva de alguien que ha tirado la toalla, sino algo mucho más activo y mucho más extraño. Una urgencia tranquila. La comprensión de que el tiempo disponible era finito y concreto, y que esa finitud no era una tragedia sino simplemente un parámetro, y que dentro de ese parámetro todavía había cosas que quería hacer y ver y entender antes de que su cuerpo dejara de permitírselo.

Esa noche, sobre el muro del cementerio, Valen parecía más delgado que la última vez que Belia lo había visto con buena luz. Su espalda estaba encorvada, no por la postura sino por el peso constante de los pulmones que ya no cumplían del todo su función. El chaleco heredado de su padre le colgaba aún más que antes. Sus manos, delgadas, con las venas azuladas claramente visibles incluso en la oscuridad, descansaban sobre el borde áspero del muro. Sus dedos rozaban la piedra con una familiaridad que sugería que habían estado allí antes, muchas veces, en noches similares.

Pero sus ojos estaban más abiertos que nunca.

Belia lo miraba de reojo. Trataba de no hacerlo con demasiada frecuencia, con demasiada intensidad, porque Valen notaba esa clase de miradas y no le gustaban: no el tipo de mirada que le dirigía la gente en el mercado, la mirada de la lástima, del pobre niño que se está muriendo, de la tragedia pública que la comunidad observa con el morbo compasivo que se reserva para los desastres ajenos. A Belia le costaba controlarla. Había noches en que lo miraba y veía con demasiada claridad la diferencia entre el Valen de hace dos años y el Valen de ahora, y esa diferencia tenía la forma específica del tiempo que se acaba, y entonces el pecho de Belia hacía algo que no era exactamente dolor pero que se le parecía mucho.

El viento pasó entre las grietas del muro con un silbido bajo y sostenido. Valen levantó la vista hacia el cielo.

—¿Ves el color? —dijo.

Belia miró hacia arriba.

—¿Qué color?

—Del cielo. Entre las estrellas. No es negro. —Valen hizo una pausa. No porque buscara las palabras, sino porque respirar bien entre frases le costaba más de lo que quería que costara—. La gente dice que el cielo de noche es negro. Pero no lo es. Es otra cosa. Algo que no tiene nombre exacto.

Belia miró con más atención. El espacio entre las estrellas, entre las nubes que corrían hacia el este. Tenía razón. No era negro exactamente. Era algo más profundo y más denso que el negro, algo que tenía casi una textura, casi un peso.

—Es un oscuro que se puede sentir —continuó Valen—. Que tiene temperatura. Que hace que uno entienda, de verdad entienda en el cuerpo y no solo en la cabeza, qué tan grande es todo. —Señaló hacia el sur, hacia la montaña alta que se recortaba en el horizonte como una promesa sólida y oscura contra el cielo levemente más claro—. Desde allí arriba se ve todavía mejor. Sin los faroles. Sin la niebla que se acumula en el valle. El universo del color que realmente es.

Belia siguió la dirección de su dedo. La montaña alta. La había visto toda su vida en el horizonte sur sin prestarle atención particular, de la misma forma en que uno ve todos los días algo que forma parte del fondo y que por eso mismo se vuelve invisible. Ahora, vista a través de lo que acababa de decir Valen, tenía una calidad diferente.

—¿Has subido? —preguntó.

—No. —Una pausa más larga. El viento volvió a pasar por el muro—. Mis pulmones no me lo han permitido todavía. Pero quiero hacerlo. —Bajó el brazo despacio, con el cuidado de alguien que administra los movimientos—. Quiero ver eso una vez. Desde allí arriba. Antes de que mi cuerpo decida que ya terminó.

Lo dijo sin dramatismo. Como se comenta el tiempo que hace o la distancia hasta el mercado. Con la misma voz tranquila con que decía todas las cosas que importaban, como si la importancia de una cosa no requiriera que la voz la subrayara.

Belia lo miró. No de reojo esta vez, sino directamente, durante el tiempo que necesitó para entender lo que estaba escuchando y lo que significaba que se lo estuviera diciendo. Valen seguía mirando hacia el horizonte sur, hacia la silueta de la montaña, con los ojos más abiertos que nunca.

Algo se movió dentro del pecho de Belia. No exactamente una decisión. Más bien el reconocimiento de que ya estaba tomada, que había estado tomada desde antes de que él terminara de hablar, tal vez desde el momento en que él empezó.

—Vamos juntos —dijo—. Antes de que cumplas trece años. Los dos. Te lo prometo.

Las palabras salieron con la seriedad absoluta de quien acaba de firmar el contrato más importante de su vida. Sin calificaciones, sin condicionantes, sin el añadido nervioso de si podemos o si el tiempo lo permite que los adultos siempre insertaban en las promesas para dejarles una salida. Solo la promesa. Entera.

Valen la miró entonces. Y sonrió. No la sonrisa amplia y fácil de quien recibe una buena noticia, sino algo más pequeño y más sólido, la sonrisa de quien acaba de recibir exactamente lo que necesitaba y sabe que puede confiar en ello.

El viento pasó una vez más entre las grietas del muro.

Las estrellas siguieron en su lugar, indiferentes y permanentes, mirando hacia abajo sobre el cementerio de Aldenmoor y sobre los dos niños sentados en su muro y sobre la promesa que acababa de existir entre ellos.

Tres días después, Valen desapareció.

El primero de esos tres días transcurrió sin señales. Belia fue a buscarle a su casa por la mañana, como hacía habitualmente, y la madre de Valen le dijo que todavía dormía y que volviera por la tarde. Belia volvió por la tarde. La madre le dijo que había salido a dar un paseo corto, que no tardaría. Belia esperó media hora en el umbral, luego se fue. Eso había sido todo: nada que no pudiera explicarse por cansancio, por uno de los días malos que Valen tenía a veces y que requería que se quedara quieto y descansara.

El segundo día Belia notó que algo era diferente aunque no podía todavía nombrarlo con precisión. La casa de los padres de Valen tenía las contraventanas cerradas, cosa rara en una mañana sin lluvia. Cuando llamó a la puerta, tardaron en abrir más de lo habitual, y la madre que apareció en el umbral era una versión ligeramente incorrecta de la madre que Belia conocía: los mismos rasgos, la misma ropa, pero con algo retirado de los ojos, como si una de las capas que hacen que una persona parezca completamente presente hubiera sido removida durante la noche. Le dijo que Valen estaba descansando. Que no podía recibir visitas. Que Belia debería volver en unos días.

Cerró la puerta antes de que Belia pudiera responder.

Belia se quedó en la calle frente a la casa durante varios minutos. Mirando la puerta cerrada. Mirando las contraventanas. Escuchando si había sonidos dentro que pudieran decirle algo. No escuchó nada. Y la ausencia de sonido en una casa donde siempre había habido alguno era, en sí misma, una forma de información.

El tercer día llegaron los heraldos del Rey.

Aparecieron por la mañana temprano, antes de que la mayoría de la gente hubiera abierto sus puertas, dos figuras con las capas de color burdeos del servicio real y los cuernos de anuncio colgados al costado. Se apostaron en la plaza central de Aldenmoor, frente a la fuente de piedra, y esperaron a que hubiera suficiente gente reunida. Cuando consideraron que el número era adecuado, el más alto de los dos desenvolvió un pergamino con el sello del Rey en lacre rojo y leyó en voz clara y sin inflexión emocional, la voz de alguien que ha leído muchos pergaminos y ha aprendido a mantener el texto separado de sí mismo.

El pergamino decía que un grupo de jóvenes del reino había partido hacia el norte. Que habían sido contratados para trabajar en un reino lejano con salarios justos y condiciones dignas. Que era una oportunidad excelente y que sus familias podían estar tranquilas. Que la corona había supervisado el proceso de selección y garantizaba el bienestar de los jóvenes. Que se esperaba correspondencia regular y que cualquier preocupación debía dirigirse al escribano del castillo, que atendería en las horas habituales.

El heraldo enrolló el pergamino. Los dos dieron media vuelta y se fueron por donde habían venido, con el paso regular y sin apresuramiento de quienes han cumplido su función y no tienen ninguna razón para quedarse.

La gente reunida en la plaza se dispersó despacio. Belia estaba entre ellos. Había escuchado cada palabra. Había mirado la cara del heraldo mientras leía. Había buscado en esa cara alguna señal de algo, alguna grieta en la compostura, cualquier cosa que dijera más de lo que el texto decía. No encontró nada. El heraldo era perfectamente liso, perfectamente opaco, perfectamente entrenado para serlo.

Esa tarde, los padres de Belia fueron al castillo.

Belia los vio salir. Su padre con el abrigo oscuro de los días importantes, su madre con el chal de lana que guardaba para las visitas formales. Tenían la cara de quienes han tomado una decisión después de discutirla y han llegado a la conclusión de que no hacerla sería peor que hacerla. Tenían preguntas que querían respuestas. Tenían la razonable convicción de que las respuestas existían en algún lugar y de que ir a buscarlas era lo correcto.

Belia los esperó.

No se sentó. Permaneció de pie en la sala principal de la casa, junto a la ventana que daba a la calle por la que volverían, mirando el empedrado húmedo de la tarde, escuchando el ruido lejano de los faroles de azúcar encendiéndose uno a uno al caer la noche. Esperó mientras la luz cambiaba y la calle se vaciaba y el frío de la piedra de la ventana se filtraba a través del vidrio y le enfriaba los dedos apoyados en el marco.

Los vio volver cuando ya era noche cerrada.

Venían juntos, como habían ido, pero algo había cambiado en la distancia entre sus cuerpos: estaban más cerca el uno del otro de lo habitual, con una proximidad que no era afecto sino contención mutua, como si necesitaran el contacto físico para seguir caminando en línea recta. Su padre tenía los hombros caídos de una manera específica, no el cansancio del trabajo sino algo más permanente, el hundimiento de alguien que ha depositado algo y no ha recibido lo esperado a cambio. Su madre miraba el suelo delante de sus pies con una concentración que no tenía nada que ver con mirar dónde pisaba.

Abrieron la puerta. Entraron. Se quitaron los abrigos en silencio.

Belia los miró.

Sus ojos eran los que habían cambiado más. No había lágrimas, no había la marca visible del llanto o del miedo o de la rabia. Había algo más difícil de leer y por eso más difícil de ignorar: un vaciamiento. Como si algo que antes ocupaba espacio detrás de los ojos hubiera sido retirado durante esa visita al castillo y el espacio que dejó estuviera todavía sin llenar. Los ojos de quienes han visto algo que no pueden describir. Que no pueden describir no porque les falten las palabras sino porque las palabras que tendrían que usar son palabras que no conviene usar en voz alta, en una casa, con las ventanas que dan a la calle.

—¿Qué pasó? —preguntó Belia.

Su madre la miró. Abrió la boca. La cerró.

—Valen está bien —dijo su padre, finalmente. Con la voz plana de quien dice lo que tiene que decir y no lo que sabe—. Está en el norte. Así lo dicen.

—¿Lo vieron? ¿Hablaron con alguien que lo hubiera visto?

La pregunta quedó en el aire de la sala. Su padre se fue hacia la cocina. Su madre se sentó en la silla junto a la chimenea apagada y se quedó mirando la rejilla vacía con esa concentración que no era ver sino evitar ver otra cosa.

Nadie respondió.

Belia se fue a su cuarto. Se sentó en el borde de la cama. La oscuridad de la habitación era la oscuridad normal de una habitación de noche, con la línea de luz fría de los faroles entrando por el borde de la contraventana y dibujando un rectángulo estrecho en el suelo.

Pensó en el muro del cementerio. En las estrellas visibles entre las nubes. En la montaña alta en el horizonte sur. En la voz de Valen diciendo quiero ver eso una vez, desde allí arriba, antes de que mi cuerpo decida que ya terminó, con la misma tranquilidad con que se comenta el tiempo que hace.

Pensó en la promesa.

La guardó dentro de sí de la misma forma en que se guarda una astilla debajo de la piel, en un lugar donde no es posible olvidarla porque duela siempre, y al menor movimiento, más.

Durmió poco. Soñó menos.

Al día siguiente Valen seguía sin aparecer.

Y al siguiente.

Y al siguiente.

Fin del Prólogo.

Chapters
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