Capítulo 1: La Rosa de Siracusa.
La primavera estaba siendo especialmente calurosa en Magenta aquel año y, para el mediodía, el aire dentro del vivero se sentía pesado por la humedad de la tierra recién regada. Afuera apenas se escuchaban pájaros entre los árboles y el roce del viento moviendo los plásticos transparentes sobre los cultivos.
Acomodó otra maceta dentro de la caja de madera y presionó el papel húmedo alrededor de las raíces antes de asegurarla con cordel. Las buganvilias eran resistentes, pero llegaban maltratadas cuando las empacaban de cualquier manera y él prefería tomarse el tiempo de hacerlo bien. Después de todo, no todos los domingos aparecía un pedido tan grande ni lo llamaban tan temprano para trabajar.
Se secó el sudor de la frente con el antebrazo antes de mover la caja terminada hacia la sombra. Todavía quedaban varias más esperando junto a la mesa y el calor no parecía dispuesto a dar tregua, pero no pensaba quejarse. El dolor en la espalda era un precio justo si al final del día recibía algo de dinero.
—¿Kyle, ya terminaste? —preguntó el dueño del vivero mientras aparecía junto a la entrada del invernadero—. Ya llegó el carro.
Levantó apenas la vista de las cajas.
—Sí, señor —respondió rápido, limpiándose las manos contra el pantalón.
—Perfecto, entonces ayúdales a subir lo más delicado —ordenó con un tono amable.
Asintió antes de caminar hacia la entrada del vivero. Una camioneta esperaba junto al camino de tierra, enorme, brillante bajo el sol. No era el tipo de vehículo que solía aparecer por allí para recoger pedidos pequeños.
Dos hombres beta conversaban apoyados contra uno de los costados mientras él comenzaba a subir las cajas con cuidado al platón.
—Qué pereza trabajar un domingo así —se quejó uno de ellos—. Yo solo quería dormir hasta tarde.
—Olvídate de eso —contestó el otro entre risas—. Hasta que no consigan al nuevo jardinero vamos a estar condenados.
—Aún no puedo creer que la gente no sepa mantener la boca cerrada —continuó el primero con fastidio—. Arriesgar un trabajo bueno por rumores es estúpido.
—¿Estúpido? Es poco decir… —refutó mientras fruncia el ceño—. Decir que el jefe le es infiel a su omega solo cabe en la cabeza de alguien que no valora la buena vida.
Kyle siguió trabajando mientras escuchaba a los hombres hablar. Aquella conversación le parecía absurda por la ligereza con la que las personas hablaban de alguien poderoso, como si las consecuencias de hacerlo siempre terminaran en un despido. Quizás quienes se atrevían a tanto habían tenido vidas lo bastante fáciles para tomar ese riesgo. Él había visto personas perder la vida por cosas mucho más insignificantes.
—Oye, ayudemos al chico —dijo uno de los beta después de observarlo un momento—. Esos bultos se ven demasiado pesados.
—No es necesario… yo puedo —respondió enseguida, un poco avergonzado por la atención.
Su cuerpo se tensó por instinto en una reacción automática que todavía no podía controlar cuando un desconocido se le acercaba demasiado. Dio un paso hacia atrás, midiendo la distancia.
El hombre le guiñó un ojo antes de agacharse para levantar uno de los sacos de fertilizante.
—No te preocupes —le dijo con una sonrisa fácil—. Tú solo encárgate de las flores… Nosotros te prestamos la fuerza.
La atención del hombre terminó incomodándolo más de lo que esperaba, aunque hizo lo posible por no demostrarlo. Se limitó a seguir acomodando las cajas dentro del platón mientras ellos continuaban hablando entre sí como si apenas repararan en su presencia.
—Este calor es insoportable… —se quejó uno de los beta mientras se secaba el sudor de la nuca—. ¿Crees que Paolo todavía tenga algo de cerveza en el alojamiento?
El otro acomodó otro de los sacos sobre el vehículo antes de responder:
—Es mejor que te vayas olvidando de eso —contestó con resignación—. Más vale ser cautelosos mientras todo vuelve a la normalidad en la mansión… No podemos ser los siguientes.
—¿Tú crees que el omega del jefe regrese? —preguntó bajando la voz con curiosidad—. La casa no es igual de bonita sin él…
El otro apoyó las manos en la cintura y soltó una risa incrédula.
—Por lo que veo… se te pegó lo idiota.
Los dos terminaron riéndose mientras seguían subiendo los últimos bultos a la camioneta. Kyle terminó de subir las flores, mientras se sentía aliviado por la ayuda que le había prestado, si hubiera tenido que subir los sacos solo, probablemente habría pasado mucho tiempo bajo el sol.
—Creo que todo quedó listo —dijo el beta que le había estado sonriendo desde el principio—. Nos vemos a la próxima.
—Gracias señor, me fue de mucha ayuda —se limitó a asentir con una timidez apenas visible, antes de apartarse para dejarles espacio.
El dueño del vivero salió poco después con la factura de compra entre las manos, intercambió unas palabras rápidas con ellos, les agradeció antes de despedirlos y la camioneta abandonó el camino de tierra levantando polvo a su paso.
—Señor Lorenzo… —lo llamó con cierta timidez—. ¿Hasta dónde iba ese pedido?
El hombre levantó apenas la vista de los papeles.
—Para una mansión japonesa en Basiglio —respondió mientras acomodaba el talonario bajo el brazo—. ¿Por qué? ¿Hay algo que te preocupe?
—No, señor —dijo con calma—. Solo quería asegurarme de que las flores lleguen bien.
Lorenzo soltó una pequeña sonrisa, como si la respuesta no le sorprendiera demasiado.
—Creo que ya puedes irte. No tengo más trabajo para ti hoy —dijo antes de empezar a caminar—. ¿Puedes venir el miércoles?
—Sí, señor —dijo con una sonrisa agotada.
—Entonces acompáñame a la oficina, para pagarte —dijo con una seña de la mano.
Lo siguió en silencio. Al entrar, el hombre dejó el talonario de facturas sobre el escritorio antes de acercarse a la caja registradora para contar el dinero. La factura superior seguía abierta.
Desvió la mirada apenas un instante hacia el papel y reconoció enseguida el pedido que acababan de cargar. La letra era desordenada, difícil de entender a primera vista, pero alcanzó a distinguir parte de la dirección escrita cerca del borde inferior.
«Distrito de las Camelias»
Repitió el nombre mentalmente mientras intentaba memorizarlo, aunque no tuvo que hacer mucho esfuerzo simplemente porque estaba ligado a las flores, pero lo que de verdad le causó una punzada de curiosidad fue la idea de un lugar tan exótico oculto en Basiglio.
Apartó la vista al escuchar nuevamente los pasos acercándose.
—Aquí tienes —dijo su jefe mientras le entregaba el dinero.
Recibió las cuarenta mil liras y las guardó rápidamente en el bolsillo del pantalón.
—Gracias, señor —se despidió con amabilidad antes de salir.
Atravesó el vivero una última vez y, al llegar al camino principal, disminuyó un poco el paso mientras hacía cuentas mentalmente. Soltó un pequeño suspiro y siguió caminando. Era mejor guardar el dinero.
La campanilla sobre la puerta sonó apenas cuando entró a la residencia. Detrás del mostrador, una mujer mayor levantó la vista de una revista y le dedicó una sonrisa de cansancio acostumbrado. Pagó las quince mil liras de la noche en silencio, recibió las llaves y subió las escaleras hasta el segundo piso arrastrando el agotamiento en cada paso. La habitación era pequeña, calurosa y apenas iluminada por la luz anaranjada que entraba desde la calle, pero al menos tenía agua caliente y eso bastaba.
Dejó los zapatos junto a la cama y se desvistió antes de entrar a la ducha. El agua le cayó sobre la espalda, todavía tensa por el esfuerzo en el vivero, y permaneció varios minutos quieto, con la frente apoyada contra la pared húmeda, tratando de serenarse.
Cuando salió, recogió la ropa sucia del suelo y llenó parcialmente el lavamanos. Todavía le quedaba un poco de jabón en polvo dentro de una bolsa arrugada y lo usó con cuidado, calculando la cantidad exacta que caía en el agua para no desperdiciar ni un grano. Frotó las manchas de tierra y sudor antes de exprimir las prendas con fuerza. Las colgó cerca de la ventana abierta, esperando que el aire tibio de la noche ayudara a secarlas antes del amanecer.
Se sentó al borde de la cama estrecha, con el hambre apretándole el estómago, y sacó los billetes para hacer cuentas. Los estiró uno por uno sobre el colchón. Tras el pago de la habitación, solo le quedaban cien mil liras. Eso era todo lo que tenía. Lorenzo no lo llamaba todos los días y estaba gastando su dinero mucho más rápido de lo que lograba recibirlo.
Abrió el morral, sacó el pequeño frasco de inhibidores y retiró la tapa para mirar el interior. Contó las cápsulas con la vista; le quedaban suficientes para poco más de una semana. Sintió un frío repentino en la espalda. Quedarse sin supresores en mitad del camino no era una opción. Si su aroma se filtraba, cualquier alfa en la calle sabría lo que era, volviéndose un blanco fácil.
Se frotó el rostro con frustración, sopesando qué hacer. Podía quedarse allí, estirando esas pocas liras hasta el cansancio mientras esperaba que el dueño del vivero tuviera algo más de trabajo para él. Podía marcharse a otra ciudad y seguir buscando empleos temporales, saltando de un lado a otro para intentar reunir lo necesario y salir de Italia. Sin embargo, al mirar los billetes sobre la cama, la idea de abandonar el país y poner una verdadera distancia entre Siracusa y él, empezaba a sentirse como un sueño lejano y difícil de alcanzar.
Fue entonces cuando la conversación de los hombres en el vivero le regresó a la memoria de golpe. La mansión japonesa en el Distrito de las Camelias. Habían dicho que era un buen trabajo y que el puesto de jardinero estaba vacío. Podría ser una oportunidad, pero la idea también le trajo una fuerte duda. Una propiedad tan grande pertenecía, sin duda, a un alfa con poder.
¿Estar dentro de sus muros lo mantendría oculto y a salvo, o lo haría un objetivo mucho más fácil de localizar si alguien lo buscaba? Estaría demasiado cerca del peligro. Pero al final, miró el techo agrietado y comprendió que el hambre lo iba a matar mucho más rápido que cualquier otra cosa si se quedaba de brazos cruzados.
«Pase lo que pase, mañana temprano voy a salir de esta pensión y no voy a regresar.»
Con esa única decisión firme en la cabeza, se acomodó en el colchón, cerró los ojos y dejó que el cansancio lo venciera.
La luz de la mañana se filtraba por la ventana cuando abrió los ojos. Permaneció unos segundos mirando el techo de la habitación, todavía inmóvil, escuchando el silencio apagado de la residencia antes de que la sensación del estómago vacío terminara obligándolo a incorporarse.
Pasó al baño para darse una ducha rápida. Al regresar, guardó la ropa que había lavado la noche anterior, todavía húmeda, dentro de una bolsa plástica para evitar que mojara lo demás, y acomodó el frasco de inhibidores junto al cepillo de dientes en el morral. Escogió las mejores prendas que tenía, aunque el uso comenzaba a notarse en la tela, y revisó que los zapatos estuvieran bien pulidos antes de ponérselos. Se acomodó la correa al hombro, salió de la habitación sin mirar atrás y abandonó la pensión con rumbo a la estación de autobuses.
La ciudad ya estaba despierta. Los comercios comenzaban a abrir sus puertas, algunos estudiantes avanzaban en grupos por las aceras y los automóviles cruzaban las calles con la prisa habitual de la mañana. Cuando llegó a la estación, se detuvo frente al panel de destinos y recorrió los nombres con la mirada.
Todos eran posibles; todos eran inciertos. La ansiedad comenzó a crecerle lentamente en el pecho al verse rodeado por tantas taquillas. Quedarse quieto o avanzar hacia cualquiera de esos lugares se sentía igual de arriesgado. Apretó las manos dentro de los bolsillos, paralizado por la duda. «¿Qué hago?, ¿qué hago?», se preguntó en un ruego silencioso. Fue entonces cuando escuchó el llanto de un bebé.
Giró la cabeza por simple curiosidad y descubrió a una pequeña familia esperando frente a la taquilla de Basiglio. Un alfa sostenía varios boletos en una mano mientras hablaba con su omega. Entre ellos, un bebé lloraba con indignación absoluta. El alfa sonrió, lo tomó en brazos y lo acomodó contra su hombro. El cambio fue inmediato; el pequeño dejó escapar un último quejido antes de tranquilizarse por completo.
Sin darse cuenta, llevó una mano hacia su vientre mientras observaba al niño aferrarse a la camisa de su padre con los dedos diminutos. Entonces el bebé lo vio y le dedicó una sonrisa enorme, desdentada y luminosa. No pudo evitar devolverle la sonrisa e interpretar aquel pequeño gesto como una señal.
Se acercó a la taquilla antes de que pudiera cambiar de opinión.
—Un boleto, por favor.
La mujer le indicó el precio y él entregó las dos mil liras con una punzada de incomodidad. Subió al autobús entre los últimos pasajeros y avanzó por el pasillo hasta encontrar un asiento libre cerca de la mitad, junto a una de las ventanas, dejando el morral sobre las piernas.
No pasó mucho tiempo antes de notar que la persona sentada a su lado le dirigía miradas extrañas. En una ocasión incluso vio cómo arrugaba apenas la nariz antes de volver la vista hacia el frente. Aquello terminó inquietándolo.
Disimuladamente se revisó la ropa y, por simple impulso, acercó la nariz al cuello de la camiseta. El olor llegó de inmediato: una humedad densa, como la de un perro mojado. Se hundió un poco más en el asiento y volvió la vista hacia la ventana, deseando que el trayecto fuera más rápido.
El viaje se extendió durante buena parte de la mañana. A través del cristal, observó cómo la llanura lombarda se abría en un desfile monótono de campos de arrozales inundados y filas de álamos que cortaban el horizonte. Los pequeños pueblos de ladrillo gris iban quedando atrás mientras el autobús avanzaba por la carretera.
Cuando llegaron a Basiglio, descendió junto al resto de los pasajeros y se decidió a preguntar al primer operario que vio en los andenes.
—Disculpe, señor —dijo acercándose al hombre—. ¿Podría indicarme dónde queda el Distrito de las Camelias?
El hombre levantó la vista y arqueó las cejas con evidente sorpresa.
—Sigue por esa avenida hasta la plaza y después gira a la derecha —señaló calle abajo—. Lo encontrarás sin problema.
—Gracias —respondió ajustándose el morral antes de continuar.
Siguió las indicaciones, pero a medida que avanzaba, la certeza que había sentido en la estación comenzó a tambalearse ante la elegancia de las aceras. Miró de reojo su propio reflejo en los ventanales y una oleada de duda lo obligó a detener el paso frente a una pequeña tienda de ropa de segunda mano.
En su rutina de huida, llevar prendas gastadas y ese persistente olor a humedad que se le había pegado a la camiseta solía funcionar como el camuflaje perfecto; la gente en las calles simplemente asumía que era un beta descuidado o un jornalero de los campos, permitiéndole pasar desapercibido. Sin embargo, para las aspiraciones de ese día, aquella fachada jugaba en su contra.
Entró al local dispuesto a buscar algo que pudiera permitirse sin vaciar sus bolsillos. Tras revisar las opciones, se dirigió a una mesa de descuentos donde los precios eran mucho más razonables. Escogió una camisa clara de ocho mil liras y un pantalón oscuro de doce mil. El logotipo impreso en el cartón de la caja, una pequeña mandarina, lo hizo sonreír apenas.
—¿Me estás cuidando? —murmuró para sí mismo.
Se probó las prendas en uno de los cubículos. La camisa le quedaba bastante bien y el pantalón, aunque necesitaba algunos ajustes, podía sujetarlo con el cinturón. Al salir a verse en el espejo exterior, la dueña de la tienda se le aproximó con una sonrisa amable.
—Te queda muy bien —comentó la mujer—. ¿Quieres comprarla?
Asintió con cierta timidez, bajando la vista.
—¿Puedo llevármela puesta? —preguntó acomodándose una de las mangas.
—Claro —respondió ella—. Déjame quitarle las etiquetas para poder cobrarte después.
Permaneció quieto mientras ella retiraba los cartones y luego regresó un instante al probador para doblar la ropa vieja, guardándolo todo en el fondo del morral. Se calzó los zapatos pulidos, se acomodó la chaqueta y caminó hacia el mostrador para pagar.
Tras recibir el cambio, la mujer sacó un pequeño paquete envuelto en papel del estante inferior.
—Toma esto —le dijo ofreciéndole el envoltorio con una sonrisa amable—. Son galletas de avena. Un pequeño obsequio por la compra.
—Muchas gracias —respondió Kyle, recibiendo el paquete con una ligera inclinación de cabeza—. Es muy amable de su parte.
Abrió el paquete mientras caminaba y comenzó a comer las galletas despacio, disfrutando del sabor dulce que ayudó a calmar el vacío persistente de su estómago. Al mirar su ropa limpia, sintió el peso de las liras que le quedaban en el bolsillo, pero apartó la culpa de inmediato. Gastar parte de sus ahorros no había sido un capricho; era una inversión arriesgada, una decisión desesperada para aumentar sus probabilidades de éxito en la mansión. Solo le quedaba esperar que el sacrificio valiera la pena.
A medida que avanzaba, el entorno comenzó a cambiar visiblemente al adentrarse en el Distrito de las Camelias. Las viviendas se transformaban en villas señoriales aisladas por altos muros de piedra y protegidas por jardines frondosos que ya daban muestras del inicio de la primavera.
Comprendió pronto que encontrar la propiedad no sería una tarea sencilla debido al trazado laberíntico de las calles. Divisó a un hombre mayor que podaba unos arbustos frente al portón de una de las villas y se acercó despacio, cuidando de no parecer una amenaza.
—Disculpe, señor —lo llamó deteniéndose a una distancia prudente—. ¿Sabe hacia dónde queda la mansión japonesa?
El jardinero interrumpió su labor, apoyándose en las tijeras de podar mientras lo examinaba con curiosidad.
—Sigue derecho hasta el final de esta calle y gira a la izquierda en la esquina de los cipreses —le indicó, señalando el camino con el brazo—. Es la propiedad más grande del sector, no hay pérdida.
—Le agradezco mucho —contestó Kyle antes de reanudar la marcha.
Siguió las indicaciones y la reconoció al instante en cuanto rodeó la esquina.
La escala de la propiedad era inmensa. Los muros exteriores, altos y texturizados en tonos crema, ocultaban por completo el interior, pero por encima de las tapias sobresalían los tejados de madera oscura con aleros curvados hacia arriba, dándole un aire oriental que contrastaba de forma extraña con la solidez de las construcciones lombardas, ofreciendo una fachada impenetrable.
Se detuvo frente al portón principal de hierro forjado, mientras contenía el aliento ante el umbral donde atenderían su solicitud. Presionó el timbre de metal incrustado en el muro de piedra y el sonido pareció perderse en la inmensidad del jardín oculto.
Pasaron un par de minutos antes de que la pesada mirilla del portón se deslizara y diera paso a un hombre de traje negro y complexión robusta. Su sola presencia, rígida y vigilante, activó de inmediato los nervios que intentaba mantener bajo control.
—Buenos días, señor —saludó tragando saliva para aclarar su voz—. Vengo a postularme para la vacante de jardinero.
El guardia lo examinó de arriba abajo a través de los barrotes. Su mirada era fría, cargada de un prejuicio evidente que no se esforzaba en disimular.
—¿De qué agencia te enviaron? —preguntó con desdén.
Kyle se quedó de piedra. Un frío repentino le recorrió la espalda al comprender que no tenía la menor idea de qué le estaba hablando.
—No vengo de ninguna agencia —respondió tras un instante de silencio.
El hombre esbozó una sonrisa irónica, ladeando la cabeza.
—Lo siento, muchacho. Los señores no reciben a nadie que no venga con buenas recomendaciones e historial comprobable —declaró, disponiéndose a cerrar la ventanilla.
Sintió que el aire abandonaba sus pulmones por completo. El pánico de haber arriesgado sus últimas liras en un billete sin retorno, de quedarse varado en Basiglio sin dinero y sin un lugar a donde ir, lo empujó a dar un paso al frente, aferrándose al hierro del portón.
—Por favor, señor, solo pido una entrevista —insistió con una angustia que no logró ocultar—. Le prometo que sé trabajar las plantas que la casa tiene.
El guardia se detuvo, observándolo con una mezcla de fastidio e incredulidad.
—¿Y cómo vas a saber qué plantas tiene la casa si nunca has cruzado este muro? —reprochó, frunciendo el ceño—. Para ser un simple jardinero ambulante, me parece que estás siendo demasiado arrogante. Márchate antes de que salga y te saque de aquí a patadas.
Retrocedió un paso, sintiendo un nudo opresivo en la garganta que le impedía articular palabra. La humillación y el miedo se mezclaron en su pecho mientras se giraba despacio, dispuesto a alejarse por la acera y aceptar que todo había sido un error.
—¿Qué te pasa, Darío? —una voz femenina, firme y cargada de autoridad, interrumpió el silencio desde el interior de la propiedad—. ¿Por qué eres tan arrogante con el muchacho?
El guardia mudó el semblante de inmediato, adoptando una postura sumisa.
—Señora Noriko, el chico no trae recomendaciones —refutó, intentando justificarse—. En estos días de tensión, bien podría ser un ladrón o un espía de la prensa.
—¿Cómo te atreves a decir ese tipo de cosas sin pruebas? —lo reprendió la mujer, elevando el tono de voz—. El señor Seiya desaprueba por completo ese tipo de comportamientos prejuiciosos.
Kyle se detuvo y regresó la mirada hacia el portón. Una mujer mayor, de facciones orientales y ojos rasgados, vestida con un uniforme pulcro y oscuro, se encontraba de pie junto a la reja, observándolo con una seriedad que, a diferencia de la del guardia, no buscaba amedrentarlo.
—Ven, acércate, muchacho —le habló ella, haciéndole una sutil señal con la mano.
Caminó de regreso hacia el umbral, con el morral apretado contra el costado.
—Buenos días —murmuró con timidez—. Yo... venía por el puesto de jardinero.
La mujer lo miró fijamente un instante, evaluando la timidez de sus modales y la sencillez de su ropa limpia.
—¿En realidad sabes de plantas japonesas? —preguntó con genuina curiosidad.
Kyle asintió, sosteniendo la mirada con el único cabo suelto de confianza que le quedaba en su oficio.
—Sí, señora. Aprendí sobre el cuidado de plantas exóticas con mi antiguo empleador en Sicilia —respondió, omitiendo cualquier detalle que pusiera en peligro su anonimato.
La señora guardó silencio unos segundos, sopesando sus palabras. Luego, se giró hacia el guardia que permanecía a un lado.
—Abre la puerta, Darío —ordenó con tranquilidad.
El hombre obedeció a regañadientes, haciendo crujir los goznes de hierro. La mujer volvió a fijar sus ojos en el muchacho.
—Entra. Haré que el señor venga a hablar contigo —dijo con firmeza—. Por favor, no hagas que me arrepienta de esto.
Cruzó el umbral en silencio, escuchando el crujido metálico del portón al cerrarse a sus espaldas. Un suspiro de alivio, tibio y largamente contenido, escapó de sus labios al saber que había logrado abrir una brecha en aquella fortaleza; sin embargo, el consuelo duró poco.
Mientras avanzaba un par de pasos por el sendero de piedra, la vastedad resguardada de la propiedad volvió a oprimirle el pecho. El verdadero reto comenzaba en ese instante, ante la inminente necesidad de convencer al dueño de aquella mansión imposible.









¡Gracias por empezar esta historia conmigo! 🌹💙
Si el capítulo les gusta, no olviden dejar sus reacciones y comentarios. Me encanta leerlos y conocer sus teorías.
La Rosa y el Ruiseñor se actualizará exclusivamente los domingos, ya que también estoy trabajando en otros proyectos de la saga. Si quieren conocerlos, los espero en mi perfil.
¡Bienvenidos a esta nueva aventura junto a Kyle y Nataniel! ✨
Después de ver tanto lujo en las otras historias, no puedo evitar pensar que Kyle tenía una vida muy miserable... pobrecito 😭