Prologo.
Martina.
Desde el principio supe que no sería fácil, que si algo salía mal, perdía todo. Pero ver esos ojitos claros me dio el valor de hacerlo. Cuando decidí irme de ahí fue porque ya tenía todo planeado. Podríamos empezar una nueva vida en el norte, cerca de la frontera por si algo salía mal.
Armamos dos mochilas con algo de ropa y dinero. Tendríamos nuestra propia aventura con la naturaleza, como le había prometido a Felipe. Incluso guardó en su mochila esa lupa vieja, quería usarla para ver los bichitos.
Todo iba bien hasta que lo sentí, estaban ahí. Aún no golpeaban pero podría reconocer esos pasos aunque fuera sorda.
Sus respiraciones mezcladas con el chapoteo del barro era cada vez más audible, el reloj avanzaba, en segundos ya iban a estar acá y Feli me seguía sonriendo, hermoso sin las dos paletas de arriba. Tuve que llevarlo a la habitación, y le dejé el collar que siempre llevaba, era algo así como mi amuleto desde que ellos se fueron. Me gusta creer que protege a mi hermano de cualquier cosa que le pueda llegar a pasar. Como si yo estuviera ahí para cuidarlo.
TOC, terminó la cuenta regresiva.
Escuché un golpe seco en la puerta, acompañado de unos más intensos y apresurados. Podría no abrirles pero de una forma o otra van a entrar, por ahora solo puedo asegurarme de que él no salga.
—Feli, pase lo que pase no abras esta puerta. ¿Sí?
Él asintió y yo solo rezaba para que lo cumpliera.
—¿Recordás nuestra promesa?—Le pregunto en tono dulce para que no se asuste.
—¡Sí! Seré la mejor persona del mundo ¡mundial! Y siempre te voy a amar hermanita linda.
—Bien.
Besé su cabecita y salí afuera, cerrando la puerta. Pero solo seguí cuando escuché el giro de la llave por dentro.
Cada paso que doy hacía el salón intensifica el ruido, pero son más bien como empujones. Les estaba por abrir, lo juro, pero solo llegué a tocar el picaporte. Los 5 estaban ahí y una de sus manos ya se encontraba en mi cuello, evitando que dijera algo.
—¿Creías que podés irte? Sabés muy bien lo que pasa.—Me sonreía de lado el hijo de puta, como si disfrutara el verme así. Quería responderle, decir algo, no sé pero el aire no quería pasar.
Me soltó y estoy en el suelo, con uno de ellos sobre mí. Quiero gritar, llorar o putearlos pero no voy a lograr nada. Si hablo voy a asustarlo.
No quiero que lo escuche.
Me resigno, no me importa la suela de zapato en mi cara, el olor a alcohol, ni siquie… ni siquiera me importa cómo pasa sus dedos esqueléticos y fríos por mi piel.
No me gusta, lo odio, siento que me quema como si pasaran brasas por mi cuerpo, incluso es peor que todas esas noches. Feli está del otro lado.
Padre nuestro por favor, no dejes que lo vean, no dejes que escuche, porfa… te lo ruego. No sé si lo vuelva a ver, pero cuídalo por mí, no dejes que nada le pase, hago lo que sea, pero por favor.
Dios, es un niño, no tiene la culpa. Yo… de verdad lo intenté. Quise poder.
Feli, perdóname, por favor.
Te fallé.








