Lo que cargo conmigo
Desconozco el momento exacto en el que terminé aquí.
El instante en que mi temperamento se volvió tan frío como una piedra. El momento en que perdí la paciencia con las personas. El momento exacto en que dejé de sentir empatía por los demás.
¿Cuándo fue que algo se rompió?
Hace mucho tiempo que dejé de sentirme humano incluso en este cuerpo.
Desde que esta bestia comenzó a tomar el control, algo dentro de mí cambió para siempre. Tal vez no me convertí en alguien malo. Tal vez simplemente dejé salir aquello que siempre estuvo ahí, esperando.
No estoy seguro de qué fue lo que terminó despertándolo.
Viví rodeado de soledad.
A veces me siento como un monstruo incapaz de convivir con alguien. Como una criatura que observa el mundo desde lejos, separada por una barrera invisible que nadie más parece notar.
Aún así no quiero volver a ser quien era.
Me gusta lo que soy ahora, pero hay algo que no termina de encajar. Una pieza faltante que no logro encontrar, una respuesta que nunca llega.
Soy un vampiro. No es algo que admire. Es algo que escondo.
Soy Vincourt N.
Y soy un vampiro.
Pero no uno de fantasía.
Soy un vampiro real. Uno atrapado en un cuerpo que todavía conserva demasiado de humano. Un cuerpo que intenta adaptarse a la sed, al insomnio y a una mente que lucha constantemente por comprender aquello en lo que se está convirtiendo.
No vivo en castillos.
No duermo en ataúdes.
No me convierto en cenizas cuando sale el sol.
Y no voy por ahí asesinando personas.
Soy un vampiro real. No una fantasía andante. No una historia para asustar niños. Soy un misterio que camina entre ustedes todos los días sin que lo noten.
Estoy cansado de la idealización.
Cansado de que crean que ser un vampiro es hermoso.
Que todo se reduce a beber sangre, dormir durante el día y ser jodidamente atractivo.
La realidad es mucho menos elegante.
La realidad duele.
La realidad te arranca partes de ti hasta que ya no sabes dónde termina el humano y dónde comienza el monstruo.
La vida te lleva a lugares extraños.
A veces tan lejos de quien fuiste que, cuando miras atrás, ya no reconoces el camino.
Un día descubres que cargas con un eco que nunca debió pertenecerte.
El eco del pecado de Caín.
Una maldición antigua. Hambrienta. Adictiva.
Una que se aferra a tu alma con tanta fuerza que regresar a tu antigua humanidad comienza a parecer imposible.
Ser vampiro es cargar con una condena que nació hace miles de años.
Es despertar cada día sabiendo que llevas sobre los hombros un pecado que ni siquiera cometiste, pero que ahora forma parte de ti.
Es comprender que quizá ya no tienes un lugar en el cielo.
Y que también dejaste de tenerlo en la tierra.
Ya no perteneces a ningún sitio.
No encajas en la sociedad.
No encajas en las reglas humanas.
No encajas en las leyes que organizan sus vidas.
Poco a poco te conviertes en un extranjero observando un mundo al que alguna vez perteneciste.
Y cuando te atreves a hablar de lo que eres, te llaman raro, enfermo o delirante.
Porque los humanos tienen la costumbre de negar aquello que no comprenden.
Les resulta más fácil llamar mito a un monstruo que aceptar que podría estar caminando a su lado.
Y aun cuando existen humanos que creen firmemente en nuestra existencia, muchas veces terminan decepcionados.
—¿De verdad los vampiros no mueren con el sol?
—¿Por qué no tienes colmillos enormes y afilados?
—¿Por qué no puedes convertirte en murciélago?
—¿Por qué no pareces un monstruo?
Miles de preguntas.
Miles de ideas construidas sobre historias, películas y leyendas.
Y cuando finalmente les dices cómo son realmente las cosas, cuando derrumbas la fantasía que construyeron en sus cabezas, algo cambia en sus rostros.
Es una mezcla extraña de sorpresa y decepción.
Como si acabaran de descubrir que su cuento favorito era una mentira.
Como si esperaran encontrar una criatura salida de una novela gótica y en su lugar encontraran algo mucho más incómodo.
Algo real.
Porque la verdad es menos espectacular que la ficción.
No hay castillos.
No hay colmillos imposibles ni poderes dignos de una película.
Solo existe una maldición silenciosa que aprende a esconderse entre la multitud.
Y quizás eso sea lo que más les decepciona.
Descubrir que los monstruos no siempre parecen monstruos.
No parezco un monstruo.
Tal vez posea una belleza difícil de encontrar. Tal vez sea esa extraña sensación que algunas personas perciben cuando están cerca de mí. Esa pequeña incomodidad que no saben explicar. Ese instinto que les susurra que algo no encaja del todo.
Pero la mayoría no lo nota.
La mayoría es incapaz de reconocer a un vampiro cuando tiene uno frente a sus ojos.
Y no sé qué me aterra más.
Ser visto como un vampiro.
O ser visto como un humano.
Porque ser confundido con un humano me ofende más de lo que debería.
Después de todo, pasé demasiado tiempo intentando comprenderlos para terminar descubriendo que nunca fui como ellos.
Pero ser visto como un vampiro tampoco es sencillo.
Significa convertirte en el intruso.
En el infiltrado.
En el peligro.
Significa transformarte en una pregunta sin respuesta para quienes te rodean.
Un rostro que despierta sospechas.
Una presencia que incomoda.
Alguien a quien observan demasiado.
Alguien a quien señalan demasiado.
Porque mientras los humanos desean ser vistos, yo he pasado gran parte de mi existencia intentando encontrar el equilibrio entre ser invisible y no desaparecer por completo.
Son absurdas las veces que he entrado a un lugar y todos terminan mirándome.
Caminar por la calle y sentir las miradas sobre mí.
Cruzar una puerta y notar cómo algunas conversaciones se interrumpen por un segundo.
Como si hubiera algo diferente.
Como si estuvieran observando a alguien que no debería estar ahí.
Y sigo sin entender qué es lo que me delata.
¿Mis ojos?
¿Mi forma de caminar?
¿Mi energía?
¿O simplemente esa sensación instintiva que aparece cuando observas algo y sabes que no está bien, aunque no puedas explicar por qué?
Hay ocasiones en las que entro a una tienda de esoterismo y soy la única persona a la que observan con desconfianza.
A veces me reciben con una mirada incómoda.
Otras veces con una mirada amenazante, como si mi sola presencia fuera una falta de respeto.
Como si hubiera cruzado una puerta que no debía cruzar.
Y en esos momentos me pregunto si realmente lo saben.
Si son capaces de ver lo que soy.
O si únicamente perciben algo extraño y no encuentran las palabras para nombrarlo.
Porque hay una diferencia enorme entre saber y sospechar.
Algunos lo saben.
Puedo verlo en sus ojos.
Otros solo lo sospechan.
Perciben algo oscuro, algo ajeno, algo que no logran comprender.
Pero jamás terminan descubriendo qué es en realidad lo que tienen frente a ellos.
Y quizá sea mejor así.
Este mundo, mi mundo y el de otros vampiros, es un lugar bastante extraño.
Nunca sabes por dónde caminar.
A veces eliges mezclarte entre los vivos y fingir que eres una persona normal. Vuelves a Aprender sus costumbres. Sus expresiones. Sus conversaciones vacías. Sonríes cuando debes sonreír y guardas silencio cuando debes hacerlo.
Y por un momento casi consigues convencerte de que perteneces a su mundo.
Pero nunca dura demasiado.
Otras veces aparece un impulso absurdo.
Un coraje torpe.
Una necesidad difícil de ignorar.
Escuchas a alguien hablar sobre vampiros reales y sientes deseos de decir:
“Soy uno de ellos.”
No para asustarlos.
No para impresionar a nadie.
Simplemente para decir la verdad.
Pero sabes exactamente lo que ocurriría después.
Algunos pensarían que estás mintiendo.
Otros creerían que estás loco.
Y otros asumirían que padeces algún trastorno que necesita explicación.
La verdad siempre resulta incómoda cuando contradice aquello en lo que las personas han decidido creer.
Muchos vampiros prefieren permanecer ocultos.
Yo los entiendo.
El anonimato es cómodo.
La invisibilidad es segura.
Pero una parte de mí siempre ha querido que el mundo sepa algo.
Que las criaturas que redujeron a leyendas, cuentos y mitos no desaparecieron.
Que siguen aquí.
Que siempre han estado aquí.
Sin embargo, ese camino tiene un precio.
Porque en el instante en que dejas de ser una sombra, te conviertes en un objetivo.
Te vuelves el extraño.
El sospechoso.
El que todos observan.
El que todos cuestionan.
El que debe demostrar una y otra vez que no está mintiendo.
Y no estoy seguro de qué resulta más agotador.
Ocultar lo que soy.
O intentar convencer al mundo de que existo.
Sé que existen más de los míos.
A veces me pregunto dónde estarán.
Si caminan por las mismas calles que yo.
Si alguna vez nos hemos cruzado sin darnos cuenta.
Si me observaron desde lejos del mismo modo en que yo los habría observado a ellos.
Me gustaría conocerlos algún día.
Sentarme frente a uno de ellos y hablar durante horas.
Saber si viven lo mismo que yo.
Si también cargan con esta sensación constante de no pertenecer a ninguna parte.
Si también tuvieron que adaptarse a un mundo construido para humanos, aunque en el fondo sabemos que este mundo jamás ha sido completamente humano.
Quiero saber si aún existen clanes.
Si los viejos linajes continúan ocultos entre la multitud.
Si los vástagos siguen caminando entre nosotros.
Si todavía queda algo de aquello que sobrevivió al paso de los siglos.
Pero junto a esa curiosidad aparece otro pensamiento.
Uno mucho más incómodo.
¿Qué pasaría si realmente los encontrara?
Porque encontrar a un vampiro es una cosa.
Conseguir que salga de su escondite es otra muy distinta.
No todos desean ser encontrados.
No todos desean ser vistos.
Muchos hemos pasado años perfeccionando el arte de desaparecer entre la gente.
De convertirnos en rostros olvidables.
En presencias silenciosas.
En sombras.
Y aun así, a veces me pregunto si alguno de ellos estará viviendo exactamente lo mismo que yo.
Solo.
Esperando. Mirando el mundo desde lejos. Deseando encontrar a alguien que comprenda lo que significa existir de esta manera.
Alguien con quien no tenga que fingir.
Alguien que, por primera vez, hable el mismo idioma que yo.
No tener con quién hablar de lo que soy es un tormento. No puedes ir por el mundo diciéndole a cualquiera: “Oye, hice un ritual, la vida me destruyó y ahora soy un vampiro”. Lo primero que harían sería mirarte raro. Algunos se reirían. Otros dirían que estás enfermo. Los más amables intentarían convencerte de que todo está en tu cabeza. Y supongo que no puedo culparlos. Si yo fuera humano sin una mente abierta probablemente reaccionaría igual. Después de todo, nadie espera encontrarse con una criatura que se supone solo existe en libros, películas o viejas leyendas.
Ocultarse tampoco es tan sencillo como parece. La gente imagina que esconder quién eres consiste únicamente en guardar un secreto, pero es mucho más que eso. Significa vigilar cada palabra que dices, cada reacción que tienes y cada cosa que cuentas sobre tu vida. Significa aprender a fingir normalidad incluso cuando nada en tu existencia se siente normal. Estás expuesto a burlas, a preguntas incómodas, a miradas extrañas y a situaciones que preferirías evitar. Nunca he conocido a un cazador de vampiros, ni siquiera sé si realmente existen, pero aun así resulta extraño observar todo esto desde mi lado de la historia.
Muchas veces escucho a los humanos decir que les gustaría conocer a un vampiro. Hablan de ello con curiosidad, como quien desea encontrarse con una criatura fascinante. Les gustaría hacer preguntas, escuchar historias o comprobar si las leyendas son ciertas. Pero pocas veces me he preguntado qué pasaría si la situación fuera al revés . ¿Qué respondería yo? ¿Cómo le explicaría a alguien que soy un vampiro que lleva una vida aparentemente normal? ¿Cómo podría describir una existencia tan extraña que incluso a mí me parece absurda algunas veces? Hay noches en las que me quedo mirando el techo preguntándome si esto es real o si simplemente me he acostumbrado tanto a esta condición que he dejado de cuestionarla. Porque cuando lo piensas demasiado, resulta ridículo. ¿En serio soy una criatura mitológica? ¿En serio formo parte de algo que la mayoría de las personas considera imposible?
Tener amigos tampoco es tan sencillo como parece. Con el tiempo te vuelves más impaciente, más distante y más intolerante a ciertas cosas. Muchos de los vampiros de los que he escuchado hablar prefieren la soledad, y puedo entender por qué. Sin embargo, eso no significa que no exista el deseo de compañía. A veces quisiera tener a alguien con quien hablar sin necesidad de ocultar nada. Porque incluso si tuviera amigos humanos, jamás podría contarles ciertas cosas. No podría decirles que algunas noches me despierta una sed extraña. No podría explicarles el insomnio constante o las sensaciones que acompañan esta existencia. Hay experiencias que simplemente no pertenecen al mundo humano y que terminan encerradas dentro de uno mismo.
Y aun así, la idea de encontrar a otro vampiro tampoco es sencilla. Durante tanto tiempo he vivido con la sensación de ser el único que la posibilidad de conocer a alguien igual que yo resulta extraña. Parte de mí quiere encontrarlos. Quiere saber cómo viven, qué piensan y cómo lograron adaptarse a este mundo. Quiero saber si siguen existiendo clanes, si aún quedan vástagos ocultos entre la multitud o si todos terminamos viviendo la misma soledad disfrazada de independencia. Pero otra parte de mí siente miedo. Porque encontrar a uno de los míos también significaría descubrir cosas que quizá no quiero saber. Tal vez ellos no desean ser encontrados. Tal vez sean peligrosos. Tal vez sean completamente diferentes a mí. O quizá yo sea el diferente.
Supongo que esa es la contradicción que me acompaña todos los días. Quiero encontrar a otros vampiros, pero temo hacerlo. Quiero compañía, pero me he acostumbrado demasiado a la soledad. Quiero que el mundo sepa que existimos, pero no quiero convertirme en alguien a quien todos observan. A veces siento que vivo atrapado entre dos realidades que nunca terminan de aceptarme por completo. Y mientras intento descubrir dónde pertenezco, los años siguen pasando, como si la respuesta estuviera escondida en algún lugar que todavía no he logrado encontrar.
Estas páginas nunca fueron para los vampiros.
Ellos ya conocen esta soledad.
Estas páginas fueron para ti.
Querido lector.








