Chapter 1
“Me enseñaste a caer, pero también a levantarme; y cuando te diste cuenta de lo que valía, ya eras tú quien se había quedado atrás.”
POV: Christopher
Ocho años. Noventa y seis meses. Dos mil novecientos veinte días desde que el avión despegó de Busan, dejándome el pecho hecho un agujero. Ocho años desde la última vez que dejé que una emoción real me moviera un solo pelo.
Al salir de aquel aeropuerto con el orgullo destrozado y el alma en el suelo, hice un trato con el infierno: no volvería a ser el rehén de nadie. Jure ante los restos de mi dignidad que ningún ser humano, ni hombre ni mujer, volvería a tenerme de rodillas, ni a escuchar una sola súplica mía, ni a ver una puta lágrima. Decreté, con un rencor frío que se me metió hasta los huesos, que su nombre no volvería a salir de mi boca.
Min.
Hasta pensarlo me sabía a mierda. Enterré ese fantasma bajo montañas de trabajo y dinero. Ahora, a mis treinta y dos años, el espejo me devuelve el rostro de alguien que no conozco. El tiempo y el veneno me cambiaron. Mis facciones se endurecieron, perdí esa cara de niño pendejo para convertirme en alguien rudo, imponente, peligroso. Con el gimnasio y la vida que llevo, me volví un animal más grande, más pesado, con una presencia que hace que la gente se quede callada cuando entro a un cuarto. Tengo esa mirada de depredador que sabe exactamente cuánto miedo puede causar.
Me convertí en lo que mi padre siempre quiso, pero multiplicado por diez. Soy un monstruo. Presido el emporio en Monterrey y mi firma de seguridad cibernética es un monopolio que hace lo que quiere. Destruyo a la competencia sin que me tiemble la mano, devoro empresas de la noche a la mañana y mi nombre causa pánico en la industria. Cada vez que veo el terror en la cara de algún rival después de una negociación, sonrío mientras prendo un cigarro. Esa lección la aprendí del mejor: de Min. Él me enseñó que para estar arriba, los sentimientos son basura y los corazones solo sirven para pisarlos. Aprendí su lección, la dominé y la usé para construir mi propio imperio, uno donde nadie me toca.
El costo de todo esto fue el exilio de mi esencia. La música murió el día que esa puerta se cerró. Mi guitarra sigue ahí, en el fondo del clóset, llena de polvo. No he vuelto a tocar ni un acorde; el simple sonido de un sintetizador me revienta la cabeza con los recuerdos de neones y esa mirada que me ejecutó. Me volví un tipo de hielo, callado y letal, una sombra del Cris que solía reír en los estadios.
Mis amigas —Carolina, Gabriela y Stacy— se dieron cuenta desde el primer día. Nunca les conté la verdad; el contrato de confidencialidad de la agencia de Min era una jaula que me impedía abrir la boca. Para ellas, solo regresé de Asia con el alma podrida.
—Ya no eres tú, Christopher —me dijo Carolina una noche, con lástima—. Regresaste convertido en un bloque de hielo. Ya no tocas, ya no sonríes... ¿Qué diablos te hicieron allá?
—Maduré, Carolina. Dejen de buscar fantasmas donde solo hay negocios —le solté, sin despegar los ojos de la pantalla.
Pero la verdad es que la locura, lejos de irse, se convirtió en una enfermedad. Quedé jodido de la cabeza. Completamente obsesionado con el recuerdo de Min.
Esa abstinencia emocional me volvió un tipo puramente carnal, adicto al control. Uso mi físico como un arma. Seduco por el puro gusto de someter, de sentirme el dueño total de los cuerpos durante un rato antes de desecharlos, olvidando sus nombres antes de que se vistan.
Sin embargo, el ciclo siempre se repite. Cuando la presión de mis millones me quema las venas, mi instinto me traiciona. Busco patrones. Jóvenes de cara fina, pálidos, de pelo oscuro, con ese aire estilizado que me recuerda al líder de 4U.
Anoche, la mujer en mi cama era hermosa, una modelo que buscaba un ascenso, pero mi mente estaba en otro sitio. Mis dedos, impacientes y crueles, la obligaron a seguirme el ritmo con una autoridad que no aceptaba un "no". Mientras ella se retorcía bajo mi peso, yo cerraba los ojos, poniendo la sombra de Min encima de ella.
—Ponte de rodillas —ordené, con la voz ronca, cargada de una autoridad eléctrica.
Ella obedeció, temblando ante mi cuerpo marcado por tatuajes y cicatrices de una guerra interna que no acaba. La tomé del pelo con una ferocidad de dueño. En mi cabeza, no era ella a quien sometía; era al príncipe de plástico que me humilló. Estaba cobrándome cada desprecio, cada segundo de mi agonía. El sexo fue un desmadre, una necesidad violenta de marcar territorio, de poseer lo imposible a través de lo efímero.
Cuando terminó, la aparté con asco, prendiendo un cigarro mientras la veía levantarse, confundida y herida.
—Vístete. El chofer espera —dije, soltando el humo al vacío del penthouse.
Me quedé solo, desnudo, viendo las luces de Monterrey. Ocho años. ¿Seguirá Min pensando en mí, o habrá enterrado este "error" bajo su gloria? La sola idea me revolvió las tripas de rabia. Me juré que, si el destino osaba cruzarnos ahora que soy un monstruo y no el idiota que suplicaba amor, se iba a arrepentir.
La próxima vez, Min, no te voy a pedir que me quieras. Te voy a enseñar, de la manera más dolorosa posible, cómo es que cobro yo las deudas.


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