Chapter 1
Como todas las mañanas, al terminar de desayunar, dejo al abuelo con sus visitas a los vecinos mientras yo salgo a recoger hierbas y flores al bosque.
Mi abuelo Rem es el curandero de la aldea y, desde que amanece, comienza su ronda diaria para comprobar el estado de los habitantes. En tiempos de guerra, las enfermedades, los heridos y la devastación abundan por todas partes, por lo que su trabajo nunca parece terminar. A menudo sale de casa antes de que el sol despunte por encima de las colinas y regresa cuando la luz ya ha desaparecido y el frío de la noche empieza a colarse por las rendijas de las ventanas.
Todos en la aldea lo respetan. Algunos lo consideran poco menos que un sabio; otros dicen que sus manos tienen el don de aliviar el dolor incluso antes de aplicar un remedio. Yo no sé si eso es cierto, pero sí sé que, sin él, muchas personas no habrían sobrevivido a los últimos inviernos.
Mi manera de contribuir es ayudándolo en la recolección de las plantas que utiliza para preparar ungüentos, cataplasmas y tónicos curativos. Se me da bastante bien, algo que considero una auténtica hazaña tratándose de mí. Puedo distinguir una docena de flores medicinales a simple vista y reconocer las hojas adecuadas incluso cuando crecen mezcladas entre maleza y zarzas. El abuelo suele decir que tengo buen ojo para las plantas, aunque después añada que sería todavía mejor si aprendiera a mirar también por dónde pongo los pies.
Y no le falta razón.
Desde que mis padres murieron, él se ha hecho cargo de mí. No ha sido una tarea fácil. Soy bastante torpe y cada dos por tres aparezco con algún rasguño nuevo, una rodilla magullada o una torcedura que me obliga a cojear durante varios días. Más de una vez he regresado a casa necesitando más cuidados de los que había conseguido proporcionar durante toda una jornada de trabajo.
Aun así, nunca se ha quejado.
Estoy muy agradecida por todo lo que ha hecho por mí. En nuestra aldea los recursos son escasos y la vida es sencilla. Las pequeñas casas de piedra y madera se agrupan alrededor de caminos de tierra marcados por incontables pasos, y por las mañanas el humo de las chimeneas asciende en finas columnas azuladas que impregnan el aire con el olor a leña quemada. Mi educación se basa principalmente en aprender su oficio para ocupar su lugar cuando él ya no pueda hacerlo. No hay escuelas ni maestros, salvo aquellos que transmiten sus conocimientos de generación en generación. Lo que sé sobre plantas, enfermedades, animales o estaciones lo he aprendido caminando a su lado.
Las monedas son una rareza por estos lugares. Los intercambios suelen hacerse mediante trueque: comida, telas, pieles para el invierno, leña o herramientas. A veces algún granjero paga una cura con una cesta de verduras; otras veces recibimos huevos, queso o una manta remendada. No tenemos mucho, pero casi nunca nos falta lo necesario para seguir adelante.
El día se presenta soleado y tranquilo. Para ser otoño, todavía queda algo de la calima cálida de finales de verano suspendida sobre los campos. Los árboles conservan buena parte de su follaje verde, aunque aquí y allá comienzan a aparecer pinceladas doradas y rojizas que anuncian la llegada del frío. El aire huele a tierra húmeda, flores silvestres y hojas secándose bajo el sol. Es un aroma familiar, reconfortante, capaz de hacerme olvidar por un momento las preocupaciones que pesan sobre la aldea.
Camino con cautela por el sendero que conduce al bosque. Esta semana ya he sufrido tres caídas memorables, cada una acompañada de sus correspondientes moratones y heridas repartidas por todo el cuerpo. La última terminó con mi cara hundida en un arbusto de espinas y el abuelo riéndose durante varios minutos antes de decidirse a ayudarme.
Supongo que son desventajas inevitables cuando mides menos de medio metro y pesas aproximadamente lo mismo que un fardo de lana húmeda.
Aun así, conozco estos caminos mejor que nadie. Sé dónde crecen las flores de pétalos azules que el abuelo utiliza para bajar la fiebre y dónde encontrar las raíces amargas que emplea para aliviar el dolor. También conozco los rincones donde las abejas construyen sus colmenas y los claros donde los ciervos suelen pastar al amanecer.
El bosque me recibe como un viejo amigo. Bajo la sombra de los árboles, el aire se vuelve más fresco y húmedo, cargado con el perfume del musgo, la corteza y las hojas caídas. La luz del sol se filtra entre las ramas formando manchas brillantes sobre el suelo, que cruje suavemente bajo mis pasos. A veces escucho el leve correteo de algún animal oculto entre los matorrales o el golpeteo distante de un pájaro carpintero. Hay algo profundamente sereno en este lugar, una sensación de refugio que siempre logra calmar mi corazón.
Mientras avanzo entre la hierba alta, tarareando una melodía que apenas recuerdo, no puedo evitar pensar que, pese a las guerras, las enfermedades y todas las desgracias que parecen empeñadas en perseguirnos, hay algo profundamente hermoso en mañanas como esta.
Por un instante, el mundo parece en paz.
Sigo recogiendo plantas durante un buen rato. El trabajo resulta casi mecánico: agacharme, identificar una hoja, cortar un tallo, guardarlo con cuidado. Mis pensamientos vagan sin rumbo mientras mis manos se mueven solas. Recuerdo algunas historias del abuelo y sonrío al imaginar la expresión de satisfacción que pondrá si regreso con una buena cosecha.
Sin embargo, poco a poco, empiezo a notar pequeños cambios.
El canto de los pájaros parece más distante.
El viento deja de soplar durante unos instantes y el silencio que ocupa su lugar se siente extrañamente denso. No llega a ser desagradable, pero me hace levantar la cabeza por pura curiosidad.
Parpadeo y miro alrededor.
Nada parece diferente.
Los árboles siguen balanceándose con suavidad y los rayos de sol continúan filtrándose entre las ramas. Aun así, una sensación difícil de explicar me roza la nuca, como si hubiera olvidado algo importante.
Sacudo la cabeza.
Probablemente estoy imaginando cosas.
Vuelvo a concentrarme en mi tarea, aunque ahora soy un poco más consciente de los sonidos que me rodean. Del crujido de mis pasos. Del roce de las hojas contra mis brazos. Del latido tranquilo de mi corazón.
Entonces recojo otra planta, luego otra más, y cuando me incorporo noto una ligera tensión en los hombros.
No sé exactamente por qué.
Quizá porque el bosque parece más silencioso que antes.
Quizá porque llevo más tiempo aquí del que creía.
Me obligo a sonreír.
Es una tontería ponerse nerviosa por algo así.
Recojo una última flor y continúo con mi trabajo, aunque ya no tarareo.
Mi cesta se llena poco a poco de flores secas, hojas aromáticas y raíces cuidadosamente envueltas en tela para que no se dañen. Cuando estoy a punto de regresar, recuerdo algo que el abuelo mencionó unos días atrás: una hierba poco común que escasea cada vez más cerca de la aldea.
Sé dónde podría encontrarla.
O, al menos, creo saberlo.
La planta suele crecer en zonas más profundas del bosque, donde la humedad permanece incluso durante los días más cálidos. No debería alejarme demasiado, pero me digo que solo serán unos minutos. Si consigo encontrar un buen manojo, el abuelo se alegrará.
Así que continúo caminando.
El sendero principal queda atrás. Luego desaparecen también los pequeños caminos que suelen formar los animales entre la maleza. Los árboles se vuelven más altos y densos, y sus copas entrelazadas dejan pasar menos luz. El aire es más frío aquí.
Encuentro algunas de las hierbas que buscaba y me entusiasmo. Recojo una, luego otra, y después descubro un grupo aún mayor creciendo junto a unas rocas cubiertas de musgo.
Sin darme cuenta, sigo avanzando.
Cuando finalmente levanto la vista, el paisaje ya no me resulta familiar.
Me detengo.
Miro a mi alrededor esperando reconocer algún árbol peculiar, una roca con una forma característica o cualquier referencia que me indique el camino de regreso.
No veo nada.
Todos los troncos parecen iguales.
Una sensación incómoda comienza a instalarse en mi estómago.
—No pasa nada —murmuro para mí misma—. Solo tengo que volver sobre mis pasos.
Me doy la vuelta y camino en la dirección por la que creo haber venido.
Tras varios minutos llego a un pequeño arroyo.
No recuerdo haber cruzado ningún arroyo.
Frunzo el ceño.
Cambio de dirección.
Camino otro rato.
Entonces encuentro un grupo de árboles caídos cubiertos de hongos blancos.
Tampoco los recuerdo.
La inquietud se transforma lentamente en preocupación.
El bosque sigue siendo hermoso, pero ya no parece amistoso. Los sonidos que antes resultaban tranquilizadores ahora me hacen prestar atención. El crujido de una rama lejana, el movimiento de las hojas, el graznido repentino de un cuervo.
Todo parece más fuerte.
Más extraño.
Intento orientarme observando la posición del sol, pero las copas de los árboles apenas dejan ver el cielo. La luz dorada de la mañana se ha vuelto más tenue y oblicua lo que me hace pensar que ha pasado el día bastante rápido.
He estado caminando mucho más tiempo del que pensaba.
Aprieto con fuerza el asa de la cesta.
—Genial —suspiro—. Justo lo que necesitaba.
El abuelo siempre me advierte que no me adentre demasiado en el bosque.Y, por supuesto, hoy he decidido ignorarlo.
Trago saliva y continúo avanzando, buscando cualquier señal conocida.
Pero cuanto más camino, más evidente resulta una verdad que preferiría no admitir.
Estoy perdida.
La certeza cae sobre mí como una piedra helada. De pronto, el bosque parece contener la respiración. Ni pájaros, ni viento, ni el murmullo lejano de algún arroyo. Solo silencio.
Un silencio tan profundo que puedo oír el latido acelerado de mi propio corazón.
Entonces, en algún lugar entre los árboles, suena un crujido.
No delante de mí.
Detrás.








