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Las voces del túnel

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Summary

Cuatro amigos. Una mina abandonada. Una oscuridad que te conoce. Armados con un mapa de origen dudoso y la curiosidad propia de la juventud, cuatro jóvenes se adentran en una antigua galería minera clausurada hace casi un siglo. Buscan aventura, pero encuentran un égregor: una entidad física y psicológica hecha de la desesperación y el aislamiento de los hombres que quedaron atrapados allí en 1928. A medida que avanzan, las leyes de la física se fracturan. El espacio se dobla, los lazos que los unen se tensan hasta el límite y las fronteras entre el presente y el pasado desaparecen en la negrura. Uno a uno, comprenderán que de ese túnel no se escapa corriendo... porque el peligro no viene desde el fondo de la galería, viene desde adentro de ellos mismos. La penumbra ya conoce tu nombre. ¿Te atreves a entrar?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Capítulo 1

Capítulo 1: El Eco de la Terquedad

El mes de febrero en la zona central es un enemigo silencioso. No es solo el calor; es una presencia física, un manto de aire espeso y calcinante que desciende desde la cordillera y se estanca en los valles, secando la tierra hasta agrietarla y convirtiendo el viento en un soplido de horno. Para Erick y sus amigos, aquel febrero era, además, exasperantemente lento. Las puertas de la universidad se habían cerrado de manera obligatoria por el receso de verano, despojándolos de los únicos lujos que justificaban sus extenuantes jornadas de estudio: el aire acondicionado de la biblioteca y el café helado de la máquina del casino.

Sin ese refugio artificial, el grupo se había visto obligado a retornar a sus respectivas realidades. Erick pasaba los días en el patio de su casa, bajo la sombra insuficiente de un parrón viejo, contemplando cómo el pasto se volvía amarillo y quebradizo.

Esa tarde, el termómetro rozaba los treinta y nueve grados. Daniel, con una cámara reflex colgada al cuello y la polera empapada de sudor, se abanicaba con un cuaderno universitario mientras permanecía sentado en una de las sillas plásticas del patio. A su lado, Carlos limpiaba con obsesión sus lentes empañados, quejándose en voz baja del polvo en suspensión que parecía flotar como una neblina dorada sobre el cerro San Juan.

—No podemos pasar todo el maldito mes viendo cómo se derriten las piedras —protestó Daniel, ajustando el lente de la cámara hacia las colinas distantes. Su obsesión por registrar todo lo que se cruzara en su camino era a la vez un pasatiempo y una neurosis; manejaba un incipiente canal de videos de exploración urbana que apenas arañaba los mil seguidores, pero él lo trataba con la seriedad de una producción de televisión—. Necesitamos contenido. Algo real. No más videos de nosotros mismos quejándonos del sol en Machalí.

—¿Y qué propones, Spielberg? —preguntó Erick, sin abrir los ojos, recostado sobre una reposera de lona—. ¿Subir el cerro a mediodía para filmar espinos secos? Nos va a dar una insolación antes de llegar a la mitad del sendero.

—Hay otros lugares —intervino Juan.

Juan había estado inusualmente callado, sentado en el borde del pozo de agua seco al fondo del patio. Tenía entre las manos un viejo mapa topográfico de la zona, una copia heliográfica arrugada y manchada de grasa que mostraba las intrincadas curvas de nivel entre Machalí y la localidad precordillerana de Coya. Cuando los tres pares de ojos se posaron sobre él, Juan dobló el papel con deliberada lentitud, como si custodiara un secreto de estado.

—Mi abuelo me entregó esto antes de que su demencia senil se pusiera peor —dijo Juan, bajando la voz—. No es un mapa de senderos turísticos. Son los planos de las antiguas prospecciones de principios del siglo pasado. Los piques de carbón y cobre que quedaron abandonados cuando la Braden Copper Company concentró todo en Sewell.

Carlos se colocó los lentes de un tirón, frunciendo el ceño con desconfianza.

—Juan, tu abuelo trabajó en la fundición de Caletones, no en los piques antiguos —señaló, con su habitual tono analítico—. Esas minas de la precordillera están clausuradas desde los años treinta. No son seguras. Muchas ni siquiera tienen registros oficiales porque eran pirquenes informales. Es pura roca podrida.

—Precisamente por eso —replicó Juan, con una chispa de obstinación en los ojos—. Nadie ha entrado ahí en casi un siglo. Los viejos de Coya dicen que cuando cerraron el último túnel del sector “La Ciega”, dejaron atrás herramientas completas, rieles e incluso oficinas subterráneas intactas porque debían salir pronto de ahí. Es historia pura, Daniel. Material exclusivo.

Daniel se incorporó de inmediato, la apatía del calor olvidada en un segundo.

—¿Tienes las coordenadas exactas?

—Tengo algo mejor —Juan dio un golpecito al mapa—. Sé cómo llegar al ingreso del túnel secundario. El que usaban para ventilación y escape. Está oculto por la vegetación detrás del cajón del río Coya.

Erick observó a Juan. Había algo en la rigidez de sus hombros que no encajaba con la habitual ligereza del grupo. Los cuatro se conocían desde el primer año de universidad; una amistad forjada a base de compartir trasnochadas, certámenes difíciles y fines de semana recorriendo los cerros de la comuna. Eran chicos criados en una zona con fuerte identidad minera, acostumbrados a la presencia de la montaña, pero Erick sabía que adentrarse en un pique subterráneo abandonado era una escala de peligro completamente distinta y muy lejana a lo que alguna vez pudieron aprender.

—Juan —dijo Erick, incorporándose lentamente—. ¿Qué te dijo realmente tu abuelo sobre ese lugar?

Juan desvió la mirada por una fracción de segundo hacia las cumbres de la cordillera, que a esa hora se teñían de un rojo encendido por el atardecer.

—Dijo que era una tontería buscar lo que la tierra ya había decidido tragarse —murmuró Juan, y por primera vez su voz perdió el ímpetu—. Pero ustedes conocen al viejo José. Está medio perdido en sus recuerdos. Un día te habla de la huelga del cincuenta y siete y al otro te jura que vio al mismísimo diablo en el nivel diez de El Teniente.

El recuerdo de la conversación con su abuelo, sin embargo, acosaba a Juan con mucha más fuerza de la que estaba dispuesto a admitir frente a sus amigos.

Había ocurrido dos semanas atrás, en la pequeña y húmeda casa de adobe que el anciano poseía en Coya, un lugar que olía invariablemente a té de hierbas, parafina y al hollín acumulado en las paredes tras décadas de calefacción a leña. José permanecía la mayor parte del día sentado junto a la ventana, con las piernas cubiertas por una manta de lana, observando el río con ojos apagados por las cataratas y el cansancio de una vida respirando polvo de sílice.

—El mapa, no busques esa entrada, Juanito —le había dicho el viejo, con una voz áspera que sonaba como piedras arrastradas por la corriente, como si de pronto hubiera recordado que debía advertirle sobre aquel objeto que en realidad habían olvidado—. En esos cerros no hay oro, ni cobre que valga la pena. Lo que hay es hambre.

—No lo recordaba —admitió el joven de pronto sintiendo curiosidad—. Pero de hacerlo, sería solo para tomar unas fotos, abuelo —había minimizado Juan en aquel momento, intentando restarle gravedad mientras revisaba el plano que había encontrado en el fondo de un baúl de herramientas—. Documentar las ruinas de la minería antigua, un poco de historia, podría incluso ser un buen proyecto para la universidad. No es la gran cosa.

El anciano había dejado escapar una risa seca, que derivó de inmediato en una tos profunda y dolorosa que sacudió su frágil caja torácica. Cuando logró recuperarse, extendió una mano temblorosa, áspera como la lija, y aferró la muñeca de su nieto con una fuerza sorprendente para su edad.

—La universidad no te va a enseñar lo que pasa allá abajo cuando se apaga la última vela —susurró José, acercándose tanto que Juan pudo oler el aroma rancio del tabaco de mascar—. En la mina no hay fantasmas de los que debas asustarte. No hay almas en pena que quieran rezos. Hay algo peor. Cuando ocurre un derrumbe, Juanito... cuando la tierra se viene abajo y diez, veinte hombres quedan atrapados en la negrura absoluta, el miedo no se disipa. No se va con el viento porque allí no hay viento. El pánico se queda atrapado en la roca. Se junta. Se amasa.

El viejo había soltado la muñeca de Juan, dejando una marca enrojecida en su piel. Sus ojos, antes perdidos en la bruma de la senilidad, se habían vuelto terriblemente lúcidos por un instante.

—Tanta gente que ha muerto en esos agujeros... —continuó el anciano, regresando su mirada hacia la ventana—. Mineros de la Colonia, pirquineros borrachos, ingenieros gringos que calcularon mal el soporte. Todos se quedaron ahí. Sus cuerpos se pudrieron, sí, pero el pánico de sus últimos minutos, ese aire viciado que respiraron hasta que se les reventaron los pulmones, sigue allí dentro. Esa energía se junta, se vuelve espesa. El túnel aprende a imitar a los que entran. Te llama con las voces de los que ya no están para que te quedes con ellos. Para no estar solo en la oscuridad.

—Eso son leyendas de los viejos de la fundición, abuelo —había respondido Juan, sintiendo un frío repentino a pesar del calor del mediodía—. Supersticiones.

José lo había mirado con una mezcla de tristeza y resignación. Conocía la obstinación de su nieto; era la misma terquedad minera que él mismo había heredado de su padre y que lo había llevado a perder tres dedos en un accidente de juventud.

—Si eres listo, no irás —concluyó el viejo, dándole la espalda y volviendo a sumergirse en su silencio contemplativo—. Pero sé que no eres listo. Ningún hombre de esta familia lo ha sido jamás cuando la montaña lo llama.

La advertencia del abuelo José, sin embargo, no fue suficiente para frenar la combinación de aburrimiento veraniego y el entusiasmo ciego. A la mañana siguiente, cargados con mochilas ligeras, botellas de agua mineral que ya empezaban a entibiarse y dos linternas de mano, los cuatro amigos tomaron el sinuoso camino de tierra que conectaba Machalí con Coya.

A medida que el viejo furgón de Erick ascendía por la ruta, el paisaje se volvía más imponente y solitario. Los cerros, cubiertos de vegetación xerófila, quillayes y boldos que exhalaban un aroma balsámico y seco bajo el sol inclemente, parecían cerrarse sobre ellos. La civilización iba quedando atrás, reducida a la delgada línea de polvo que levantaban las ruedas del vehículo.

Aparcaron el furgón a un costado de un puente de madera en desuso sobre el río Coya. Desde allí, el ascenso debía hacerse a pie, siguiendo las indicaciones que Juan descifraba con dificultad en el plano de su abuelo.

—¿Seguro que es por aquí? —preguntó Carlos, deteniéndose para beber agua. Su polera gris ya mostraba grandes manchas de sudor y su respiración era agitada—. El terreno está muy suelto. Un mal paso y terminamos en el fondo del cañón.

—Es el único sendero que coincide con el afloramiento de cuarzo que mencionó mi abuelo —respondió Juan, señalando una veta blanquecina que cortaba transversalmente la ladera del cerro—. La entrada debería estar justo detrás de ese grupo de árboles caídos.

Erick caminaba en silencio, observando el entorno. A pesar del calor sofocante de febrero, un silencio extraño se había apoderado del cerro. Ya no se escuchaba el canto de las cigarras, que normalmente aturdía a esa hora del día, ni el crujido de las ramas por el viento. Era como si la naturaleza misma contuviera el aliento a medida que se aproximaban a su destino.

Daniel, por el contrario, avanzaba con la cámara encendida, registrando cada detalle del trayecto.

—¡Miren esto! —exclamó Daniel, deteniéndose frente a una gran grieta en la roca—. La piedra aquí tiene marcas de perforación mecánica antigua. Definitivamente estamos cerca de una zona de explotación.

Unos minutos más tarde, tras abrirse paso entre un matorral de zarzamoras secas y espinos que les arañaron los brazos, Juan se detuvo en seco.

—Ahí está —dijo, señalando hacia la base de una pared rocosa casi vertical.

La entrada del túnel secundario de “La Ciega” parecía más una herida en la montaña que una obra de ingeniería humana. Dos maderos verticales de roble de cuatro por cuatro pulgadas, ennegrecidos por el tiempo y la humedad, sostenían con esfuerzo el dintel superior, que se encontraba astillado y vencido hacia el centro. Un tercer poste, que originalmente debía reforzar la parte superior del marco, se había deslizado diagonalmente, dividiendo la estrecha entrada por la mitad y obligando a cualquiera que deseara ingresar a agacharse casi por completo.

Hacia el interior, el suelo del túnel presentaba un pronunciado declive cubierto de tierra suelta y piedras que se habían desprendido del techo a lo largo de las décadas. Una abertura de no más de un metro de diámetro permitía vislumbrar una oscuridad absoluta, una negrura tan densa que parecía tener peso propio.

Erick se acercó al umbral y se detuvo a escasos centímetros del madero diagonal.

El cambio en la atmósfera fue instantáneo y brutal. El aire calcinante de febrero, que un segundo antes les quemaba la piel, desapareció para dar paso a una corriente de aire helado que emergía de las profundidades de la tierra. Era un frío húmedo, que olía a hierro viejo, a óxido de cobre y a algo rancio, como el agua estancada durante siglos en un sótano sin ventilación. Un escalofrío involuntario recorrió la espalda de Erick.

—Huele a metal podrido —murmuró Carlos, dando un paso atrás con visible desagrado—. El aire debe estar lleno de gases pesados. Monóxido de carbono, metano... les aseguro que no es seguro entrar ahí sin equipo de medición.

—No seas paranoico, Carlos —lo interrumpió Daniel, encendiendo la linterna de su teléfono celular y apuntando hacia el interior. La luz apenas lograba penetrar unos pocos metros antes de ser devorada por la oscuridad—. Es solo el olor de la humedad en la piedra. Además, si hubiera gases tóxicos no habría esta corriente de aire. El túnel respira, eso significa que tiene salida en alguna otra parte del cerro.

—¿Tu abuelo no te dio alguna pista cuando te contó de este sitio? —preguntó Erick, mirando de soslayo a Juan. El recuerdo del tono evasivo de su amigo el día anterior seguía rondando su cabeza.

Juan miró fijamente la entrada de madera podrida. La sonrisa que intentó esbozar para aligerar el ambiente no logró ocultar la tensión en sus facciones.

—Solo un consejo —respondió Juan, y aunque intentó que sonara como una broma, sus ojos permanecieron serios—. Dijo: si eres listo, no irás.

—Gracias por el dato —murmuró Erick con fastidio, pasándose una mano por el rostro para quitarse el sudor que ahora empezaba a enfriarse rápidamente sobre su piel.

—No es como si le hubiéramos hecho caso nunca a los viejos —replicó Daniel, empujando suavemente el hombro de Erick con un dedo—. Vamos, piensa en el video. Daniel y Erick explorando las profundidades prohibidas de Coya. Esto va a explotar en las redes.

Nadie más habló. La tensión del momento se mezcló con la inercia de la aventura y el orgullo propio de la juventud, esa peligrosa convicción de que las desgracias solo les ocurren a los demás. Uno a uno, imitando a Daniel, dejaron sus mochilas en el suelo para acomodar sus pertenencias de manera más compacta.

Daniel fue el primero en cruzar. Se agachó por debajo del madero diagonal, deslizando su cuerpo por la rampa de tierra suelta con la cámara en una mano y la linterna en la otra. Su figura desapareció casi de inmediato en la penumbra, devorada por la sombra del portal de madera.

—Está despejado —su voz llegó desde el interior, sonando extrañamente amortiguada, desprovista del brillo que tenía afuera—. El techo parece firme un par de metros más adentro. Vengan.

Juan miró a Erick, asintió con la cabeza y cruzó a continuación. Erick observó a Carlos, quien suspiró con resignación antes de ajustarse los lentes e iniciar el descenso.

Erick se quedó solo en el exterior por unos segundos. Miró hacia atrás, contemplando por última vez la luz cegadora del sol de febrero sobre los cerros secos de Machalí, el calor que tanto habían odiado esa mañana y que ahora, de repente, le parecía el lugar más seguro del mundo. Luego, respiró hondo, sintiendo el aire helado de la mina llenar sus pulmones con un sutil sabor metálico, se agachó bajo el madero en diagonal y se deslizó hacia la negrura del túnel.

La oscuridad se cerró tras él como una puerta de piedra.

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