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Koba

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Summary

Es la historia del viaje de un maestro y sus aprendices a una lejana Isla custodiada por una leyenda de la guerra. Los Etod son la máxima autoridad en el archipiélago de Koba y gobiernan desde "La Masa", ahora el archipiélago goza de una paz de 10 años, una Paz que se perdio cuando una alianza entre islas se opuso a la conquista de Los Etod, una conquista liderada por el 8vo Líder Etod Hareu Kilsteid. Ahora 10 años después y el intento de revelación por parte de las islas fue subygado, una nueva generación de Etod se preparan para lo que les depara el vasto océano de este mundo.

Genre
Fantasy
Author
Trix
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Introducción: Antes de Partir

Un hombre alto de cabello blanco y ligeramente ondulado empujó la pesada puerta de roble con herrajes de hierro ennegrecido. Su capa roja, gruesa y elegante, se agitó detrás de él como una llama viva al colarse la corriente del exterior. El leve crujido de las bisagras rompió el silencio de la estancia mientras su figura ocupaba el umbral con una presencia imposible de ignorar.

La oficina de Tila estaba sumida en penumbra, apenas iluminada por unas cuantas velas altas que titilaban sobre candelabros de bronce. La luz danzaba sobre las paredes cubiertas de estanterías, donde descansaban mapas enrollados, libros antiguos y artefactos traídos de expediciones olvidadas.

El aire olía a cera derretida, tinta fresca y sal.

—Líder... ¿acaso me llamó?

Tila permanecía de pie junto a la enorme mesa de guerra, envuelta en aquel impecable traje blanco que contrastaba con la larga capa negra que descendía desde sus hombros como una sombra elegante, la tenue luz de las velas acariciaba su piel blanca y hacía brillar suavemente los detalles dorados bordados en las mangas de su uniforme.

Su belleza era imposible de ignorar, pero había algo en ella que impedía contemplarla demasiado tiempo. Sus ojos azules, fríos y precisos, parecían atravesar a cualquiera que se atreviera a sostenerle la mirada, como si pudieran medir el valor, el miedo y las intenciones en un solo instante. Incluso en silencio transmitía autoridad.

Cada movimiento suyo era contenido y calculado; la forma en que apoyaba una mano sobre la mesa o inclinaba apenas el rostro daba la sensación de que todo alrededor estaba bajo su control. No necesitaba levantar la voz para imponer orden, la simple presencia de Tila bastaba para convertir la habitación entera en territorio suyo.

Se encontraba de sentada tras una amplia mesa de guerra, cubierta por un mapa del mundo tan extenso que sus bordes caían como tela pesada. Sus dedos, finos y precisos, trazaban una ruta sobre el océano con una pluma de tinta oscura, evitando corrientes marcadas con símbolos antiguos y zonas sombreadas donde incluso los navegantes más experimentados dudaban en entrar.

Una línea serpenteante conectaba el continente con un punto solitario en medio del vasto mar.

La Isla de Bill.

Fuera, el viento golpeó los ventanales altos, haciendo vibrar ligeramente los cristales. Por un instante, el sonido del océano pareció colarse hasta la habitación.

Tila alzó apenas la mirada. Sus ojos azules, fríos y calculadores, se posaron en Gerna.

—Gerna.—Su voz fue suave, pero firme.

—Tengo una misión importante para ti.—

Dejó la pluma sobre el mapa con cuidado.

—También le servirá a Joanna y a Treck. Es momento de que se acostumbren al vasto océano que cubre nuestro mundo.

Un silencio breve se instaló.

Gerna avanzó un par de pasos, la luz de las velas se reflejó en su prótesis de bronce, proyectando destellos cálidos sobre la mesa.

Tila giró completamente hacia él.

—Deberás ir a la Isla de Bill... a la Gran Biblioteca.

El nombre parecía tener historia propia. Incluso el aire se volvió más denso.

—Y traer ante mí los diarios de Bo.

Las llamas de las velas vacilaron.

Como si ese nombre no perteneciera del todo al presente.

Gerna frunció apenas el ceño. La sonrisa que había traído consigo se difuminó con las palabras de Tila.

—Ya hemos estudiado esos libros durante siglos, Líder... —dijo, inclinando ligeramente la cabeza. —¿Qué podría encontrar en esas hojas viejas y marchitas por los años?

Tila lo observó con calma.

No había molestia en su expresión.

—Lo que deseo de esos diarios no es de tu incumbencia, Capitán.—Sus palabras cayeron con suavidad, pero firmes.

Se volvió de nuevo hacia el mapa, como si la conversación ya hubiese terminado para ella, enrolló el mapa entregándoselo al Capitán.

—Haré que preparen el Sen... —continuó sin mirar a Gerna a la cara—. Nuestro barco más veloz.—Dio un sorbo de una pequeña taza de cerámica que descansaba en la esquina del escritorio de madera.

—Este viaje deberá ser rápido y sin contratiempos.

El viento volvió a azotar los ventanales. Esta vez, con más fuerza.

Gerna sostuvo la mirada en Tila un segundo mientras apretaba fuerte el mapa, hacía mucho tiempo que había aprendido, a reconocer cuándo una pregunta no debía repetirse.

Y este era uno de esos momentos.

Enderezó la espalda.

—Sí, Novena... así se hará—Giró sobre sus talones, el leve sonido de su prótesis al moverse acompañó el gesto.

Avanzó hacia la puerta.

—Pero antes de retirarme... —Gerna sostuvo la mirada frente al pasillo oscuro que se encontraba fuera de la oficina. —Debo recordarle que soy un Capitán de la academia... No un simple recadero, no me debe explicaciones, pero sí un poco de respeto Líder.

Antes de salir, su mirada recorrió rápidamente la habitación.

Luego, sin decir una palabra más abrió la puerta el eco de sus pasos se perdió en el pasillo y la puerta se cerró tras él con un golpe sordo.

Tila no se movió, solo suspiró, mirando la puerta por la que Gerna había partido, deseando con todo su ser que todo marchara según lo planeado.

Gerna había ido a visitar a sus dos aprendices: Treck y Joanna.

Dos nombres que, dentro de la Academia Etod ya comenzaban a pronunciarse con respeto. El encuentro había sido breve, casi demasiado, hablaron de la misión sin rodeos.

Siete días de travesía. Catorce… quizá quince fuera del continente.

Un destino incierto, marcado únicamente por las instrucciones de la Líder y la necesidad de recuperar aquellos viejos diarios que se encontraban en manos de los Etod desde su fundación.

Ni Treck cuestionó ni Joanna dudó.

Eso, más que tranquilizar a Gerna… lo extrañó la disciplina absoluta siempre tenía un precio.

Sin prolongar la conversación, Gerna se retiró, sus pasos resonaron secos en el suelo de piedra de la Academia, mientras la noche caía silenciosa sobre las torres, el viento movía los árboles que adornaban los caminos en la academia.

Regresó al dormitorio de oficiales pero el descanso no llegó con él, la habitación estaba en penumbra, apenas iluminada por una lámpara de aceite cuyo fuego titilaba con cada soplo de viento que se colaba por la ventana entreabierta, afuera, la ciudad dormía pero el mar no.

El murmullo distante de las olas rompía contra los muelles, constante, insistente y Gerna permanecía sentado al borde de su cama, aún vestido, los guantes descansando sobre la mesa, la espada apoyada contra la pared.

Y su mente… lejos de ahí... Muy lejos.

Un solo pensamiento lo mantenía despierto.

"Bharo Galv".

El nombre no le traía amargura, ni culpa, le traía peso.

Un hombre con el que compartió sangre, barro y fuego en la guerra contra la Isla de Mann. Un guerrero que había luchado a su lado cuando la victoria aún era incierta y la muerte una posibilidad cotidiana y sobre todo un amigo.

No lo había visto en años, desde su ascenso a Comandante, desde que le otorgaron la vigía de la Isla de Bill, un puesto que era tanto honor como exilio, Gerna dejó escapar una exhalación lenta, recordaba su risa, su forma despreocupada de enfrentar la batalla, como si el mundo no pudiera quebrarlo, recordaba también la última vez que hablaron.

Aquella última vez agobiaba a Gerna fue, demasiado breve, demasiado formal como si ya no fueran los mismos hombres, como si la paz que trajo el fin de aquella guerra hubiese cambiado la amistad.

Se levantó finalmente, caminando hacia la ventana con el torso desnudo, el aire frío de la madrugada le golpeó el rostro.

A lo lejos aquellas siluetas de los barcos se mecían suavemente en el puerto, esperando el amanecer, esperándolo a él.

Sus dedos se tensaron ligeramente sobre el marco de piedra...

—…Sigues ahí, Bharo…? —murmuró, casi para sí mismo.

No sabía por qué ese nombre había, regresado ahora, pero en el fondo… muy en el fondo… Gerna tenía la sensación de que ese viaje no era solo una misión, era un grato reencuentro, con aquella persona que salvó su vida en más de una ocasión y a quien salvó más de 10 ocasiones

Volvió a la cama, esta vez con una calma forzada, se permitió sonreír apenas.

Se imaginó el momento, un abrazo brusco, de esos que no piden permiso, risas, historias exageradas y, sin duda, una o dos botellas de licor vaciadas antes del amanecer.

Bharo siempre insistía en eso, Gerna se sentó en la orilla de la cama, apoyando los codos sobre las rodillas, dejando que la noche siguiera su curso frente a él.

No intentó dormir, solo esperó, la lámpara de aceite lanzaba una luz tenue, cálida, casi hipnótica, las sombras en la habitación se alargaban, deformándose lentamente contra las paredes y entonces… recordó... Como una pesadilla vivida.

"Isla de Mann, 12 años antes"

El aire estaba cargado de humo, sal y muerte.

Los cañones retumbaban desde la costa, haciendo vibrar la tierra bajo los pies, fragmentos de madera, arena y carne se elevaban con cada impacto, mientras los gritos se mezclaban con el choque del acero.

Gerna avanzaba con precisión, su espada desviando golpes, su respiración medida y controlada, a diferencia del caos que lo rodeaba, él era serenidad.

—¡Bharo, sargento, necesita cubrirse! —gritó, alzando la voz por encima del estruendo—. ¡No puedo seguirle a cualquier lugar al que vaya!

A unos metros de él, Bharo Galv era otra cosa completamente distinta, no luchaba, arrasaba, sus dos hachas giraban en arcos brutales en el aire, cada movimiento arrancando vidas con una facilidad casi absurda, la sangre salpicaba su armadura, su rostro pero él sonreía, él se miraba feliz en el caos y lo hacía como si aquello fuera lo único real en el mundo.

—¡Soldado Fazz! —respondió, con una risa que parecía que se escuchaba por encima del acero que chocaba, mientras detenía la espada de un enemigo con una de sus hachas, el impacto resonó seco y sin perder ritmo, la otra descendió limpiamente, abriendo la garganta del hombre.

Bharo giró hacia Gerna, sus ojos encendidos bajo el cabello oscuro que caía húmedo y desordenado sobre parte de su rostro. La pesada capa verde se deslizó sobre sus hombros mientras el movimiento. Su imponente figura; alto, fornido y marcado por años de entrenamiento brutal bajo la tutela de Hareu Kilsteid.

La tenue luz arrancaba destellos al sudor sobre su piel aceitunada y a las cicatrices dispersas que endurecían sus facciones. Había algo feroz en Bharo Galv, algo imposible de domesticar por completo. Incluso quieto transmitía la sensación de una tormenta contenida a la fuerza.

Pero no era únicamente su tamaño o su fuerza lo que imponía respeto.

Era la intensidad de su presencia, la forma en que miraba, la convicción salvaje que ardía detrás de sus ojos oscuros cada vez que alguien amenazaba aquello que consideraba suyo.

—Estás demasiado inquieto… —dijo, avanzando entre cadáveres—. Y sobre todo demasiado angustiado.

Un enemigo se abalanzó sobre él desde el costado, Bharo ni siquiera lo miró, el hacha voló hacia atrás, incrustándose en el pecho del atacante con un golpe sordo.

—¿Acaso no fuiste tú también entrenado para esto?

Gerna bloqueó un golpe que venía directo a su cuello, empujó al enemigo y respondió con una estocada precisa.

—Fui entrenado para ganar la guerra —replicó con firmeza sin titubear—, no para morir en ella por imprudente.

Bharo soltó una carcajada profunda.

—¡Ganar implica sobrevivir, Fazz! —gritó, arrancando su hacha del cuerpo caído—. ¡Y yo sigo aquí!

Entonces avanzó de nuevo, demasiado lejos, demasiado rápido.

Gerna apretó la mandíbula, lo conocía, sabía exactamente qué estaba pasando.

Bharo no estaba ignorando el peligro, lo estaba buscando.

—¡Bharo, espera! —dio un paso hacia él, pero una explosión cercana lo obligó a cubrirse.

Cuando el humo se disipó, Bharo ya estaba entre las filas enemigas... Solo... y riendo

Gerna abrió los ojos de par en par, el aire era distinto, más frío, más limpio.

El sol apenas comenzaba a asomarse sobre el horizonte, tiñendo el mar con tonos dorados y anaranjados que rompían la oscuridad de la noche.

Exhaló aliviado, todo había sido solo una pesadilla, se incorporó sin perder tiempo.

El movimiento fue automático, casi mecánico, ajustó su equipo con precisión, como si cada hebilla y cada pieza tuvieran un lugar exacto que no podía permitirse fallar, la prótesis de bronce emitió un leve sonido al encajar, un recordatorio constante.

Tomó su capa de color rojo, recordatorio de su rango y sus responsabilidades, la colocó sobre sus hombros y salió de su habitación ajustando la espada sobre su funda.

El muelle ya estaba despierto, el sonido de la madera crujiendo, cuerdas tensándose y voces cruzadas llenaba el aire. Hombres iban y venían cargando barriles, cajas y sacos, mientras el olor a sal, aceite y madera húmeda se mezclaba con la brisa marina.

Y ahí estaba... El Sen, imponente, anclado como una bestia contenida.

Su estructura oscura contrastaba con los primeros rayos del sol, y los detalles dorados de su armazón brillaban con elegancia, las velas, aún recogidas, prometían velocidad, demasiada, para un barco de ese tamaño.

Gerna se detuvo un instante, observándolo.

Había visto muchos barcos en su vida…

pero ese era distinto, contaba la leyenda que había pertenecido al séptimo líder hace más de 70 años, un hombre que según cuentan los libros de historia jamás había sido tocado por un enemigo o rival, que su velocidad en combate era tan magistral y dominante que hacía flaquear voluntades.

—Llegas tarde.

La voz lo sacó de sus pensamientos.

Treck estaba recargado contra una pila de cajas, con los brazos cruzados y una expresión que oscilaba entre fastidio y cansancio. Portaba su traje de oficial: blanco, limpio, impecable y la capa blanca que lo delataba como un alumno aún.

Su postura era relajada, pero sus ojos recorrían todo el muelle como si midiera cada movimiento, a su lado, Joanna permanecía erguida, impecable, vestía el mismo uniforme que Treck, pero la diferencia era evidente en el detalle, mientras él ajustaba distraídamente su espada, ella sostenía su florete con naturalidad, como si fuera una extensión de su brazo, su capa blanca apenas se movía con la brisa.

Y su mirada no estaba en Gerna, sino en el Sen, analizándolo, midiéndolo.

—No es tarde si el barco sigue anclado —respondió Gerna con calma, avanzando hacia ellos.

El leve sonido de la prótesis acompañó sus pasos, casi perdido entre el ruido del muelle pero suficiente para marcar su presencia, se detuvo frente a ambos y los observó con detenimiento, uniformes, postura, armas, primero Treck, luego Joanna.

—¿Cuánto tiempo llevan aquí?

—Lo suficiente para notar que te gusta hacer entradas dramáticas —Treck Xati se encogió apenas de hombros, un gesto discreto que hizo ondear ligeramente la impecable capa blanca que descansaba sobre sus hombros.

A pesar de su juventud, había algo extrañamente refinado en su postura; la clase de disciplina que no se enseñaba únicamente con órdenes, sino con años de vigilancia constante bajo la mirada de alguien como Gerna Fazz.

El muchacho mantenía el mentón en alto con naturalidad, sus ojos oscuros observando alrededor con una calma analítica impropia de alguien de apenas dieciséis años. El uniforme blanco y dorado de la Academia Etod parecía hecho para él, limpio, perfecto, casi ceremonial, aunque la espada en su cintura recordaba que detrás de aquella apariencia elegante seguía existiendo un cadete entrenado para la guerra, su cabello castaño, ligeramente desordenado, suavizaba un poco unas facciones que de otra manera resultarían demasiado serias para su edad. Pero incluso así, Treck transmitía una sensación incómoda de madurez; como si hubiese aprendido demasiado pronto a controlar sus emociones, medir sus palabras y obedecer sin vacilar.

No imponía por fuerza bruta como otros soldados de la academia.

Treck imponía porque daba la sensación de que algún día sería alguien importante.

Joanna no apartó la mirada del Sen.

Permaneció inmóvil bajo la tenue luz de la estancia, sosteniendo el florete con una elegancia casi antinatural para alguien de su edad. La larga capa blanca caía detrás de ella como un río de seda pálida, siguiendo apenas el movimiento de su respiración. Sus ojos verdes, fríos y calculadores, observaban al líder con una intensidad silenciosa que rozaba la insolencia, aunque su postura continuaba siendo impecable, disciplinada hasta el último detalle.

El cabello azul oscuro descendía en mechones desordenados sobre sus hombros y suavizaba ligeramente unas facciones demasiado serias para una joven de dieciséis años. Pero incluso aquella apariencia delicada resultaba engañosa. Había algo afilado en Joanna Kilsteid; algo que recordaba al propio florete que llevaba consigo: elegante, preciso y peligroso.

Nieta de Hareu Kilsteid y aprendiz directa de Gerna Fazz, Joanna cargaba un apellido que habría aplastado a la mayoría de los cadetes. Sin embargo, en ella no existía arrogancia evidente ni necesidad de presumir su linaje. Lo demostraba de otra manera, con disciplina, con silencio, con esa mirada firme que parecía negarse a retroceder ante cualquier autoridad del mundo.

—Cincuenta y tres minutos —dijo—. La tripulación terminó de subir provisiones hace cinco.—Gerna asintió apenas, eficiencia, atención.

—No esperaba menos… —murmuró para sí— de la nieta del Octavo...

Joanna no reaccionó, pero un leve ajuste en su postura delató que había escuchado.

—Bien.—Gerna desvió la mirada nuevamente al barco.

—Ese será nuestro hogar —dijo—. Quizá quince días.

Treck silbó por lo bajo.

—He dormido en lugares peores.

—Y morirás en uno mejor si no te comportas —replicó Gerna sin mirarlo.

Esta vez, sin paciencia, la sonrisa burlona de Treck desapareció.

Joanna, en cambio, finalmente giró hacia Gerna.

—¿Es cierto lo del Séptimo Líder? —preguntó—. ¿Que este barco era suyo?

Gerna guardó silencio un instante, miró el Sen, el viento hacía crujir las cuerdas, luego respondió.

—No sé si era suyo, pero sé que no cualquiera puede comandarlo.— Hizo una pausa breve.—Y es cierto… que solo el Líder puede ordenar su salida del continente.

Al subir a la nave, la tripulación ya se encontraba formada, el murmullo del mar se mezclaba con el golpeteo constante de la madera bajo sus pies, Gerna avanzó al frente.

—Buen día. Mi nombre es Gerna Fazz. Seré el capitán encargado de la nave durante este viaje.

Señaló ligeramente hacia atrás.

—Ellos son mis estudiantes: Treck Xati y Joanna Kilsteid.—Su voz se mantuvo firme, sin elevarse.

—Mantendremos un ritmo constante. Se montarán guardias rotativas, el barco no se detendrá.

Una ligera pausa.

—La Novena Líder ha ordenado que esta misión se lleve a cabo con velocidad y eficacia.

Joanna, unos pasos detrás, observó a la tripulación uno por uno, sus reacciones.

Treck se inclinó apenas hacia Joanna, bajando la voz.

—Oye, Na… ellos no son soldados, ¿cierto?—Treck inclinaba la cabeza para susurrarle en el oído a Joanna intentando no llamar la atención de Gerna.

Joanna no respondió de inmediato, su mirada ya estaba sobre la tripulación:

las manos curtidas, las posturas relajadas, la forma en que se movían sin rigidez ni sincronía, luego asintió.

—No.—Hizo una pausa breve, como ordenando la idea antes de decirla.—Los marineros asignados a naves militares Etod no son soldados, no están entrenados para el combate.—Sus ojos se deslizaron hacia uno de ellos que ajustaba una cuerda con rapidez experta.

—Pero eso no los hace menos valiosos, ellos mantienen el barco en movimiento y sin barco, no hay misión.

—Sí, sí… los héroes invisibles —murmuró Treck, con una media sonrisa—pero igual prefiero que el problema se resuelva con una espada.

Joanna giró apenas hacia él. Sus ojos no mostraban molestia, sino evaluación.

—Tu solución siempre empieza igual.

—Y funciona —respondió Treck, encogiéndose de hombros—para eso entrenamos, ¿no?

El movimiento fue inmediato, Gerna se giró, su mano se cerró sobre el hombro de Treck con una fuerza seca, firme, imposible de ignorar, la tela blanca del uniforme se tensó bajo sus dedos, Treck dejó de sonreír, un par de marineros cercanos bajaron la mirada sin detener su trabajo, el crujido del mástil y el golpeteo del agua contra el casco continuaban pero, por un instante, parecían lejanos.

Los ojos de Gerna no estaban en él, estaban en otro lugar, en otro tiempo, una voz vieja, marcada por el fuego de la guerra, cruzó su memoria:"Para esto entrenamos."

El olor a sal se mezcló con un recuerdo distinto, humo, hierro, sangre, Gerna apretó apenas más el hombro, como si esa frase aún pesara, luego habló.

—Treck… no entrenamos para pelear.—Su voz fue baja, contenida pero cargada de algo que no necesitaba alzarse para imponerse.

—Peleamos para proteger, para resguardar y para ayudar a quienes no pueden hacerlo por sí mismos.—Cada palabra cayó con intención, medida, Treck no respondió.

Su mirada se desvió un instante hacia la cubierta, como si procesara algo que no esperaba escuchar o no de esa forma, el silencio que siguió no fue incómodo, fue pesado.

Joanna observó la escena sin intervenir.

Sus ojos pasaron de la mano de Gerna, a la postura de Treck, y luego a la tripulación, que fingía normalidad con demasiado cuidado.

Gerna finalmente soltó el hombro.

La presión desapareció, pero la sensación no.

—Vayan a sus camarotes —dijo, recuperando el tono de mando—Descansen lo que probablemente en la noche no pudieron.

Se permitió una breve pausa.

—Me reservaré a hacer lo mismo.

El viento volvió a hacerse presente con claridad, inflando ligeramente las capas blancas.

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