Chapter 1
PRÓLOGO: EL ESTALLIDO DE LOS ZAFIROS (p. 5)
Era la noche de Año Nuevo. Me encontraba sola, con una copa de agua en la mano y la laptop abierta, mientras pensaba en todos esos proyectos para el 2026. En ese momento recordé que había una botella de champagne en el refrigerador; aún no daban las doce (p. 5). Bajé a la cocina y, al abrir el congelador, encontré un crucifijo de plata congelado (p. 5). No le habría dado mayor importancia si no fuera porque, sobre la mesa, descansaba un violín con un boleto de tren en su interior (p. 5). Respiré profundo y, para mi espanto, una rata gigante asomó detrás de la cocina (p. 5). Mis manos temblaban (p. 5). Repentinamente apareció una figura grotesca, pero de mirada amable; quise hablarle, pero no me escuchó (p. 5).
Juntando fuerzas, subí a mi habitación (p. 5). Al entrar, un aroma a lavanda inundó mis sentidos (p. 5). Se me ocurrió abrir la ventana, pero la cerré rápidamente: un gusano gigante de patas viscosas intentaba romper los vidrios (p. 5). Sentí un escalofrío tan grande que fui al ropero a buscar una chaqueta, pero en su lugar hallé una espada ensangrentada (p. 5). Despavorida, busqué refugio en la pieza de invitados, pero sobre el escritorio había una rosa extraña con pétalos que mostraban rostros femeninos (p. 5). Tomé las llaves e intenté esconderme, pero fue peor: dos muchachas estaban en la habitación, una con el cuerpo quemado y otra con los brazos mutilados (p. 5). Me alejé y tropecé con unas plumas negras (p. 5). El suelo estaba cubierto de miel; miré hacia el techo y vi unas letras extrañas que no alcancé a comprender (p. 5).
Me encerré en el baño y me vi en el espejo: mi reflejo era diferente, me estaban saliendo colmillos (p. 5). Abrí la ducha y brotó tinta roja (p. 5). Rápidamente me puse la bata y bajé; en el centro de la cocina había un sacerdote llorando (p. 5). Me acerqué a la puerta y, en la manilla, encontré un pañuelo rojo con olor a cigarro (p. 5). Cuando mis nervios no daban más, un joven se acercó a repartirme poemas (p. 5). A lo lejos se escuchaba un carruaje; miré y vi a una pareja muerta (p. 5). Fui a buscar un destapador a los cajones y estaban llenos de gusanos y una especie de mano o cuernos, no sabría decirlo (p. 5). Ya no aguanté más y grité con todas mis fuerzas (p. 6). En ese instante, 24 zafiros estallaron en la penumbra… (p. 6)
PRIMER ZAFIRO: MERELIA Y EL TANGO (p. 7)
Merelia era una hermosa bailarina de tango muy cotizada, que trabajaba en una cantina de mala muerte llamada “Ángel Negro” (p. 7). Desde muy pequeña había quedado huérfana, y los dueños de la cantina se habían hecho cargo de ella por compasión (p. 7). Su sueño siempre había sido que un hombre bueno, o tal vez un ser de otro mundo, la rescatara de ese destino tan ingrato (p. 7). Cansada de oler a tacones desgastados y hedor añejo, sus fieles compañeros de cada jornada, la pobre muchacha lloraba todas las noches hasta quedarse dormida abrazando la almohada empapada con sus tiernas lágrimas (p. 7).
Una noche, el corazón de Merelia comenzó a latir como un jinete desbocado cuando vio entrar en el lugar a una figura fantasmagórica que no paraba de mirarla (p. 7). Hasta que, en un momento, sus miradas se cruzaron (p. 7). Entonces Merelia cerró sus ojos mientras la figura misteriosa la sostenía delicadamente de sus caderas, elevándola por los aires entre sus alas (p. 7). Ahí recién fue que Merelia se dio cuenta de que aquella imagen correspondía a un ángel (p. 7). Pero cuando se fue acercando, todos se dieron cuenta de que era un ser diabólico, con unos ojos inyectados de sangre, con un corazón desde el cual salían larvas de tamaño gigante y con un aliento putrefacto (p. 7). Estupefactos, los borrachos huyeron espantados del lugar pensando que se habían vuelto locos (p. 7). Incluso algunos juraron no volver a beber nunca (p. 7). Y de Merelia no se volvió a saber (p. 7). En el interior de la cantina solo quedó el recuerdo de un pañuelo rojo con aroma a nicotina y algunos discos rayados que Merelia usaba para bailar (p. 7).
SEGUNDO ZAFIRO: LADY CHARITY Y LA CRUZ DE ESPADAS (p. 8)
Lady Charity era la única hija de Sir Wellington, un banquero poderoso y despreciado en el pueblo de Satrenian por sus préstamos usureros (p. 8). Movido por el interés, Wellington pactó el compromiso entre su hija —una joven caprichosa con brotes de locura— y Lord Anton (p. 8). Él estaba profundamente enamorado y, sin impedimentos a la vista, la boda se fijó para una hermosa tarde de primavera (p. 8). Sin embargo, cuando Lord Anton no llegó a la ceremonia, Lady Charity perdió el juicio (p. 8). En un ataque de furia animal, rasgó su vestido de novia con los propios dientes hasta que sus encías sangraron (p. 8). Pero Lord Anton jamás llegaría: Lady Charity lo había asesinado un año atrás, consumida por celos hacia su prima, Lady Malone (p. 8). El crimen, que incluso estremeció a la prensa, fue ejecutado con una frialdad espantosa (p. 8). Charity planeó cada detalle: consiguió una copia de la llave y esperó a que él durmiera (p. 8). Eligió con mirada lacerante la espada más valiosa de la colección de Anton: la de cruces navales (p. 8). Con ella, se abalanzó sobre su cuello y lo degolló cruelmente (p. 8). Actualmente, Lady Charity sobrevive en un área para enfermos mentales (p. 8). Pasa los días amarrada a una camilla y dopada, balanceándose rítmicamente mientras abraza, contra su pecho, un retrato de Lord Anton (p. 8).
TERCER ZAFIRO: PETRE Y UNA DEUDA PENDIENTE (p. 9)
Petre Kasinaski era un famoso violinista que hechizaba a todos con sus envolventes melodías; incluso los críticos más exigentes se rendían a sus pies (p. 9). Sin embargo, debido a su carácter excéntrico y a sus aires de superioridad, Petre no formaba parte de ningún círculo social importante (p. 9). Su violín se había convertido en su mejor compañía y lo cuidaba con un celo absoluto, sumido en un patético ostracismo, como si odiara a la raza humana (p. 9). Amaba tanto su instrumento que su vida parecía depender de él, como si fueran un solo ser (p. 9). Desde muy pequeño, Petre le había prometido a su padre convertirse en el mejor violinista para que este se sintiera orgulloso de él (p. 9). Una noche lluviosa, Petre se dirigía a su mansión en las afueras de Cetranova, una construcción sombría que parecía un verdadero mausoleo (p. 9).
Mientras bebía una copa de whisky, percibió un aroma pestilente a azufre y vio una garra oscura acariciando su preciado violín (p. 9). En ese momento, Petre recordó que la hora de concretar el pacto había llegado (p. 9).
—¿Me recuerdas, Petre? —susurró una voz—. Soy tu viejo amigo, Lucifer (p. 9). Tu imagen está grabada en mi mente desde que tenías diez años (p. 9). Sabías perfectamente lo que anhelabas cuando me invocaste: que tu padre se sintiera orgulloso de ti a cualquier precio (p. 9). Nuestro compromiso satánico se ha cumplido (p. 9). Mañana es tu cumpleaños número treinta y, a medianoche, tu alma será mía (p. 9).
La voz añadió con frialdad:
—Tu muerte será cruel y violenta (p. 9). ¡Ah! Se me olvidaba un pequeño detalle: me quedaré con tu violín, por si otro niño, tan desesperado como tú por el amor de su padre, quisiera pagar el mismo precio (p. 9).
A la mañana siguiente, Petre fue hallado en su cuarto, degollado (p. 9). En su rostro quedó grabada una mueca de espanto, como si en su último segundo de vida hubiera contemplado el verdadero rostro del Demonio (p. 9).
CUARTO ZAFIRO: ALLISTER Y EL MILAGRO FATAL (p. 10)
Desde la muerte de su esposa, Naluada, Allister vivía en un verdadero calvario (p. 10). Hacía un mes del fatal accidente (p. 10). Regresaban del cumpleaños de su hermana, Lilabeth, bajo una lluvia torrencial (p. 10). El asfalto, mojado y resbaloso, traicionó a Allister cuando intentó frenar; perdió el control por completo (p. 10). Naluada murió de forma inmediata, mientras que él sobrevivió con fracturas, pero fuera de peligro (p. 10). Con el paso de los días, Allister encontró refugio en la catedral de Soronkat (p. 10). Sin hijos ni familia, la soledad lo empujaba cada tarde a la misa de las 19:00 (p. 10). Allí se arrodillaba y rezaba, esperando en el fondo de su corazón que la muerte llegara pronto para que Dios los volviera a juntar (p. 10).
Una tarde, una anciana de mirada profunda se sentó a su lado y tomó su mano con dulzura (p. 10). Allister sintió unos huesos fríos como témpanos (p. 10). La mujer, con dedos temblorosos, le entregó un papel arrugado (p. 10). Allister reconoció al instante la caligrafía de Naluada y lo abrió con urgencia (p. 10). El mensaje decía: “Allister, amado mío, mañana vengo por ti” (p. 10). En ese momento, vio con espanto que el rostro de la anciana se transformaba en el de Naluada (p. 10). Se restregó los ojos y corrió para alcanzarla, pero la imagen se desvaneció en el aire (p. 10). Solo quedó un rastro del aroma a lavanda, el perfume preferido de su esposa (p. 10).








