Defensa personal
«Debe ser el repartidor» pensé al escuchar el timbre y por consiguiente me apresuré al vestíbulo. Pero al abrir la puerta lo que recibí entre la quijada y la mejilla fue un golpazo que me dejó momentáneamente aturdida.
Fue una mujer la que se me echó encima, misma que en un segundo me puso contra la pared; era tal la fuerza que ejerció al empujarme que no solo yo resulté herida sino también una de mis macetas decorativas pues la rompió y su tierra quedó regada por todo el piso del pequeño vestíbulo, pero lo más trágico, triste y desesperante, de ese momento, fue ver tendido y moribundo a mi hermoso Pothos.
No obstante, la mujer no se dió cuenta de que había actuado de manera precipitada hasta que aplique un perfecto movimiento de defensa personal con el que me la quité de encima y trastabillando fue a dar hasta la puerta por la que entró sin permiso y como alma que lleva el diablo; sería muy poco lo que faltó para que cayera de asentaderas si no hubiese estado el pequeño sillón del que se alcanzó a sujetar
Había sangre en su rostro, ella también estaba herida pero no supe si fue por causa del movimiento que hice que le rompí los labios y por eso se los cubría.
En cambio a mí por algunos segundos me faltó el oxígeno y me sentía desorientada.
Se podía respirar la tensión en el ambiente: algo no estaba bien era evidente y yo estaba en peligro pero no podía llamar a la policía porque no me convenía…y tampoco los llamaba porque creía que se trataba de uno de los enemigos que seguramente me había ganado y que había venido a buscarme para desquitar su coraje contra mi persona por ser sumamente exigente, extremadamente rigurosa y sobretodo perfeccionista, al momento de elegir qué propuestas e ideas serían aceptadas o no en la firma.
Lo más gracioso del asunto fue que entró a agredirme a mi hogar pero vistiendo un traje sastre de falda corta, color beige y por demás elegante — que ciertamente no fue el correcto para la ocasión. Por eso mentalmente me pregunté: ¿A dónde se le habrá escapado la inteligencia? Más por ser tan graciosa la pregunta que me mentalmente me hice me reí pues de parte de la violenta mujer me pareció algo fuera de lugar, puesto que yo, desde que sé, a lo que me estoy exponiendo no hay día que no esté preparada para cualquier eventualidad, usando a veces gabardinas largas y preferentemente de colores no tan llamativos de esas que tienen los bolsillos grandes y en los que se puede guardar aparatos pequeños de defensa. Mis blusas no son tan estructuradas y nunca llevo faldas ni vestidos, siempre visto pantalones que me facilitan los movimientos, botas o botines de cuero cómodos pero estilizados y obviamente aptos para moverme rápido.
— ¿Quién eres tú y por qué me has golpeado? — pregunté intentando reconocerla pero su cabello rubio cobrizo le cubría gran parte del rostro. A la pregunta que le hice me respondió balbuceando y no entendí entonces mis labios se abrieron, mis ojos se entrecerraron, agudice mi oído y seguí mirándola para tratar de identificarla.
— Pobrecita de mi Pothos — susurré cuando en un instante, de soslayo vi a la tierra regada por doquier y pensando que debía salvar a mi planta me propuse a hacer algo. Entonces le dije a la intrusa lo siguiente: — Te advierto que si nuevamente te atreves a golpearme saldrás de mi casa tendida en camilla y directo a la cárcel porque tan solo basta con una palabra clave para que se active la alarma — y me quedé esperando su reacción.
Entonces se quitó la mano de los labios, volteó despacio su cabeza y me miró de manera ceñuda, luego replicó: — Creía que eras más vieja.
Su tono de voz sonó gracioso debido a la hinchazón de sus labios pues se le estaba dificultando la pronunciación de algunas letras —. Y también pensaba que eras menos alta y mucho más robusta — añadió con burla.
— En cambio yo pensé que eras un repartidor de comida — refuté con ironía.
Yo sabía que algún día alguien vendría con intención de agredirme pero jamás imaginé que la primera sería Eduirges Caobrella, la persona que…
— Recuerdo que también estabas convencida de que mis más grandes dones eran la estupidez y la ignorancia. Y digna de tus burlas fui durante mucho tiempo…pero descuida que no te guardo rencor.
— ¡Auch! — Eduirges se quejó e hizo un gesto que le desfiguró el rostro y con repulsión ví que con la manga de su blazer había detenido la hemorragia de sus labios —. ¿Cómo dices que no me guardas rencor si acabas de tirar años de trabajo al caño solo porque te dió la gana?
— No te guardo rencor — volví a repetir, mirándola fijamente a los ojos desde mi posición en cuclillas y con mis manos sosteniendo a mi delirante planta.
Yo, a diferencia de ella, trataba de no demostrar el dolor que sentía en toda la mitad de mi rostro pues no quería mostrarme vulnerable.
— ¡No te creo nada! — balbuceó.
— Tus creencias no son mi problema — repliqué mirándola también de manera ceñuda y empecé a alejarme de la zona de desastre. Mi intención era trasladarme al patio trasero en búsqueda de un reemplazo de maceta. Y mientras llegaba a mi destino, en voz alta le hice saber que en el baño encontraría un botiquín de primeros auxilios por si lo necesitaba.
— Gracias…que amable eres, no te conocía esa característica — respondió irónica, pero la ignore y más velocidad di a mi pasos pues se trataba de una emergencia: mi planta necesitaba de primeros auxilios: La llevaba en mis manos, toda desfallecida; más sabiendo que no me podía descuidar me mantenía atenta a cualquier ruidito que me pudiera indicar que nuevamente me tomarían por sorpresa para tratar de dominarme con una llave de sumisión.
— ¡Carajo! — exclamé asustada pues las golondrinas que vivían en mi patio trasero — y que anidaron en mi Bugambilia morada repentinamente se echaron a volar haciendo un gran escándalo — ¡Par de tontas!— los maltrate porque me hicieron creer que se trataba de algún otro agresor que venía acompañando a Eduirges y que había invadido mi casa por el patio trasero; entonces, por precaución, miré sobre mi hombro para asegurarme que ella no me había seguido.
Ya estando en el patio me tomé el tiempo necesario de transplantar la planta cuidando de no fracturar más sus raíces mientras pensaba en lo inverosímil que acababa de vivir.
— Aquí hay más — detrás de mí escuché la dulzona voz de mi agresora y en un santiamén me puse en guardia. Sin embargo, Eduirges ya no venía en son de guerra sino que traía el faltante de tierra en un cono que había improvisado con una de las carpetas que evidentemente tomó de mi escritorio.
Contraje los dientes y la miré con recelo pues era evidente que había ingresado a mi oficina sin autorización y, lo que más me molestaba, era que probablemente había accedido a información sobre las personas que actualmente estaba evaluando.
— Gracias Eduis.
Le sonreí de manera forzada pero no le dí las gracias con sinceridad porque a partir de que me agredió terminé perdiendo por completo el poco respeto y admiración que me obligó a disminuir en un pasado, ahora solamente estaba siendo cordial.
Recibí la tierra y la empecé a vaciar cuidadosamente en la maceta mientras «la señorita de la vocecita dulce» me aclaraba que yo no era su amiga y que no tenía derecho de llamarla así. — De acuerdo — respondí y le planteé la mirada directamente a sus ojos color ámbar. Después eché un vistazo a todo su rostro infantil para descubrir que se lo había lavado; lástima que las manchas de sangre en su blusa blanca le hayan arruinado el glamour por el momento. Hasta entonces me di cuenta que sus mejillas estaban salpicadas de diminutas pecas color café claro y que no necesitaba de tanto maquillaje para verse hermosa.
— ¿Qué tanto me ves? — preguntó, dando un paso atrás y sacudiéndose bruscamente las manos.
— Supe que alguien habló a la dirección para quejarse al respecto de la calificación que recibió…y también me enteré que le exigieron al subdirector que me despidiera o que si no era posible entonces que me removieran de mi puesto pues según esa persona está convencida de que soy una incompetente....
— Mira nada más que profesionalismo profesan si ni siquiera son capaces de mantener en privado ese tipo de información — replicó dientes.
— ¿Quiere decir que eres tú la inconforme?
— ¿Y qué creías, eh? ¿Que te ibas a salir con la tuya?
— Eduis, yo sé que no somos amigas, pero eso no me da derecho a no reconocer tu trabajo solo porque tengo el poder de hacerlo.Yo quiero que sepas que a pesar de todo este altercado y lo que sucedió en el pasado no soy quién para poner piedras en tu carrera. No quiero que pienses que he desaprobado tu trabajo por tomar venganza pues estaría poniendo en riesgo mi reputación y mi trabajo. Las rencillas y los chismes en mi profesión son irrelevantes. Además te dejé muy claro, por escrito, firmado y sellado cuáles de tus otras propuestas tienen el potencial y con las que podemos empezar a trabajar.
— ¡Pero es que lo que has rechazado es hasta el momento lo que más me importa…lo demás son solo ensayos! ¿Sabes cuánto tiempo me llevó la investigación y todo lo que tuve que hacer para poder terminarlo?
— Si, lo sé, pero aún con todo el profesionalismo, empeño y cariño que le pusiste no tiene la calidad que estamos buscando.
— ¿Y por qué al trabajo de Sheikob si le diste el visto bueno, eh? ¿Será que tienes preferencias?
Exhale por la nariz con bastante frustración y rodeé los ojos nomás escuchar ese nombre.
— Eduis, te aseguro que no he tenido nunca la oportunidad de analizar el trabajo de tu amigo de manera profesional. Porque si así hubiera sido, seguro que lo habría dejado fuera — respondí con franqueza y después de haber dicho eso me arrepentí —. Y no, no tengo idea de por qué Sheikob te hizo ese comentario.
— ¡No mientas!
— ¡No estoy mintiendo! — repliqué con voz fuerte y encabronada
— ¿Y por qué me lo dijo tan convencido?
— ¡Eso te lo debería aclarar él! — y maldiciendo a Sheikob regresé al interior de la casa.
Luego entré a la cocina, pensando en cómo echar de mi casa a la intrusa y terminar de manera pacífica esa situación.
Un nuevo suspiro de hartazgo se me escapó cuando la vi entrar a la cocina pero ahora de manera diferente, entró sonriendo «Seguramente algo trama » pensé. Y ni viendo mi pésimo estado de ánimo se detuvo porque de inmediato volvió a atacar con sus preguntas:
— ¿Por qué no me quieres decir la verdad?
La manera en que sus ojos grandes y avellanados se entrecerraron — con intención de intimidarme — me causó más gracia que temor.
— ¡Esa es la verdad! — repliqué tratando de no perder la paciencia —. ¿Te ofrezco algo de beber? — «Haz que responda que no «Hada de los indefensos» por favor» mentalmente hice esa pequeña oración.
— Si, un té o un café, un zumo de uvas o de manzana...o lo que sea que tengas — respondió sin mucho entusiasmo mientras yo maldecía mi mala suerte pues por lo visto no pensaba marcharse pronto —. ¿Has hablado con él últimamente? — añadió.
— Lo cierto es que tengo años sin saber nada de él.
— ¿Años?
— Si, tres años y pueda que un poco más...
— Pero él me dijo que si se mantenía en contacto contigo.
Noté un cambio en ella, era una especie de confusión en su voz y también en su mirada — . ¿Sabes? Tengo más de un mes intentando hablar con él pero no me responde en ninguna de sus redes sociales.
— Era de esperarse — musite, creyendo entender la razón por la que Sheikob se había distanciado de ella.
— ¿Qué? ¿Qué era de esperarse? — Eduirges se acercó peligrosamente a mí.
— ¿Pues qué ha de ser? — di un par de pasos atrás — ¿Es obvio, no? — de pronto me sentía acorralada pues no tenía la certeza de que Eduirges estuviera desarmada.
— ¿Qué? ¿Qué es obvio?
— Es que es obvio — repetí y cuidadosamente la esquivé alejándome más de ella para no quedar tan expuesta.
— No te entiendo «Beta » — Eduis ironizó minimizando "antigua labor”, usando esa palabra y me siguió con la vista, mientras yo de soslayo también me cuidaba, buscando un obstáculo y la isla de la cocina era perfecta por eso detrás de ella me coloqué —. Así que por favor trata de ser un poco más clara.
— Me refiero a que ”los amigos" — con los dedos simule unas comillas —, que de pronto se vuelven famosos, a veces se olvidan que tienen amigos que verdaderamente los aprecian.