Capítulo 1: La Última Voluntad
El despacho de Donato Valenti olía a cuero viejo, tabaco caro y a una decepción que, incluso después de muerto, el patriarca se había arreglado para impregnar en las paredes. Valentina Isabella Valenti permanecía de pie frente al ventanal que dominaba el skyline de la ciudad. Sus tacones de aguja no hacían ni un solo ruido sobre la alfombra persa mientras el abogado de la familia, un hombrecillo gris llamado Arrieta, se aclaraba la garganta con la parsimonia de quien disfruta torturando a su audiencia.
—Señoritas —dijo Arrieta, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Su padre era un hombre de estrategias. Hasta el último aliento.
Valentina Isabella giró sobre sus talones. A sus veintinueve años, era la viva imagen de la frialdad corporativa que había heredado de su progenitor. Traje sastre a medida, cabello perfectamente recogido en un moño que no admitía ni un solo mechón rebelde y una mirada que, si fuera un arma, ya habría dejado al abogado sin vida.
A su lado, sentadas en el sofá de terciopelo, estaban sus medias hermanas. Valentina Sofía, la rebelde, con su cabello revuelto y una chaqueta de cuero que gritaba desafío, y la pequeña Valentina Elena, que ocultaba su ansiedad tras un libro que apenas leía. Tres hermanas, tres mundos distintos, unidas solo por un apellido y un imperio que, en ese momento, parecía una soga al cuello.
—Vaya al grano, Arrieta —sentenció Valentina Isabella. Su voz era un bisturí—. No tengo tiempo para el teatro de mi padre.
—Donato sabía que Valenti Corp no sobreviviría a la desunión —continuó el abogado, ignorando el veneno en su tono—. Por eso, su herencia está sujeta a una cláusula de estricta ejecución.
Arrieta extendió un fajo de documentos sobre la mesa de caoba. Valentina Isabella se acercó. Sus dedos, impecables y firmes, recorrieron el papel con una elegancia depredadora. Sus ojos escanearon las líneas con rapidez, pero a medida que leía, la palidez comenzó a invadir su rostro.
—Esto es una locura —soltó Valentina Sofía, poniéndose en pie de un salto—. ¿Convivir? ¿Gestionar la empresa juntas durante un año entero bajo el mismo techo, compartiendo la presidencia? ¡Es una jaula de oro!
—Es la única forma de acceder a los fideicomisos —respondió Arrieta, imperturbable—. Si alguna de las tres abandona, o si el consejo de administración vota una moción de censura contra cualquiera de ustedes antes de cumplirse los doce meses, el total de los activos será liquidado y donado a organizaciones benéficas. Ustedes no recibirán ni un centavo.
El silencio que siguió fue absoluto. La habitación se sentía más pequeña, más cargada. Valentina Isabella sintió una oleada de náuseas. Había pasado los últimos cinco años escalando posiciones en la empresa, aguantando los desplantes de su padre, creyéndose la heredera natural. Ahora, el hombre la obligaba a aliarse con dos extrañas con las que apenas compartía la sangre.
—¿El tío Bruno sabe esto? —preguntó Valentina Isabella, su voz apenas un susurro tenso.
—El señor Bruno ha sido notificado, al igual que el resto del consejo. Todos están esperando ver si son capaces de sobrevivir al juego del patriarca.
Valentina Isabella caminó hacia el escritorio de su padre y apoyó las palmas sobre la superficie fría. Cerró los ojos un instante. Podía imaginarlo: Donato riéndose desde el más allá, observándolas mientras se destrozaban unas a otras por el poder. Pero él no la conocía tan bien como creía. Ella no iba a perder lo que le pertenecía por derecho de sangre y esfuerzo.
—Aceptamos —dijo ella, alzando la vista. Sus hermanas la miraron con sorpresa, pero ella solo tenía ojos para el vacío que había dejado su padre.
—Isabella, ¿qué estás haciendo? —protestó Valentina Elena, su voz vibrando de miedo.
—Sobrevivir —respondió Isabella, su tono ahora gélido, cargado de una determinación que aterrorizaba incluso a sus propias hermanas—. Si mi padre quería un circo, se lo daremos. Pero las reglas las escribiremos nosotras.
En ese momento, la puerta del despacho se abrió con un golpe seco. Un hombre entró en la estancia sin pedir permiso. Era alto, de hombros anchos que apenas cabían en la puerta, con una cicatriz fina que recorría su ceja izquierda y unos ojos oscuros que no reflejaban nada más que una frialdad profesional absoluta. Era Dante, el hombre que el tío Bruno había enviado para “velar por su seguridad”, aunque todos en la sala sabían que, en realidad, era un carcelero.
Valentina Isabella lo miró de arriba abajo. Él no se inmutó, sus ojos recorrieron el cuerpo de ella como si estuviera tasando un objeto en una subasta.
—El señor Bruno me ha encargado la gestión de su seguridad personal y la supervisión de las operaciones del complejo residencial —dijo Dante. Su voz era grave, una caricia áspera que le recorrió la columna vertebral a Valentina Isabella—. A partir de este momento, donde vaya una de ustedes, iré yo. Especialmente usted, señorita Isabella.
La tensión entre ellos fue inmediata. Era una chispa eléctrica, un choque de voluntades que hizo que el aire en la habitación se volviera irrespirable. Valentina Isabella sintió un ardor en el pecho; no era miedo, sino algo mucho más peligroso: una rabia excitante.
—Te despediré antes del amanecer —sentenció ella, caminando hacia él hasta quedar a centímetros de distancia. El olor a tabaco y a tormenta que emanaba de Dante era embriagador.
Dante bajó la mirada, encontrándose con los ojos furiosos de ella. Una pequeña y casi imperceptible sonrisa curvó sus labios.
—Puede intentarlo —respondió él con una calma que le quemó la piel a ella—. Pero su padre dejó instrucciones muy claras sobre mi contrato. Soy el único que no puede ser despedido. Usted no está al mando aquí, señorita Valenti. Todavía no.
Valentina Isabella apretó los puños, sintiendo cómo su mundo, organizado y perfecto, se desmoronaba para dar paso a un caos que empezaba a arder. El año de tortura, intriga y deseo apenas comenzaba, y ella sabía, con una certeza aterradora, que la mayor amenaza para su imperio no eran sus tíos, sino el hombre que tenía frente a ella, esperando a que ella cometiera el primer error.








