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DOLICRAS

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Summary

El fin del mundo no llegó con fuego, sino con un acuerdo firmado a puerta cerrada. Lyra Aeryn fue obligada a dormir en las entrañas del Instituto Heliox, prometiéndole que despertaría cuando la catástrofe pasara. Siglos después, su cápsula se abre en un mundo irreconocible. La civilización que conocía es polvo, la magia se ha contaminado, y la nueva población sobrevive drenando la energía corrupta y palpitante del nuevo ambiente. Sola, rodeada de tecnología enloquecida y cadáveres petrificados, Lyra solo cuenta con la ayuda de Rikk, un explorador carroñero de hocico fino y moral dudosa que fue dado por muerto por su propia manada. Juntos deberán atravesar las ruinas de un búnker devorado por mutaciones grotescas y salir a una superficie gobernada por el hambre, el óxido.

Genre
Fantasy/Drama
Author
cnarkx
Status
Ongoing
Chapters
11
Rating
n/a
Age Rating
18+

El mundo antes del mundo

SECCIÓN 1 — Cinco principios con la desgracia de tener conciencia

Antes de que existiera cualquier cosa, existían ellos.

No cinco dioses en el sentido en que cualquier civilización posterior entendería esa palabra. No había templos que los contuvieran, ni nombres que los definieran, ni bocas que pudieran pronunciarlos sin que el sonido mismo se deshiciera antes de salir. Eran más bien cinco principios con la desgracia de tener conciencia: fuerzas tan absolutas y tan antiguas que el universo entero era simplemente el espacio que habitaban cuando no hacían nada.

Y durante un tiempo inconmensurable, no hicieron nada.

El primero era el caos en su forma más pura. La sombra que no necesita luz para existir. La entropía que encuentra belleza en que todo se deshaga, y que era también la muerte —no como castigo, sino como la conclusión lógica de cualquier cosa que ose comenzar. Si hubiera tenido nombre lo habría despreciado, así que llamémoslo como lo llamarían siglos después las pocas mentes lo suficientemente locas como para estudiarlo: el Oscuro.

El segundo era su opuesto perfecto y su compañero más irritante. Luz, energía, orden absoluto. Una inteligencia tan vasta y tan brillante que resultaba casi insoportable estar cerca de ella, y sin embargo perezosa de una forma que resultaba igualmente insoportable. Tenía la capacidad de iluminar la totalidad del vacío con un pensamiento, y sin embargo prefería no gastar ese pensamiento si no había una razón que lo justificara. Lo llamaremos el Inerte.

La tercera era materia. Todo lo que puede tocarse, pesarse, medirse. En sus manos, la densidad del universo era arcilla: la roca, el metal, el hueso, la corteza de cualquier planeta imaginable. Todo lo tangible obedecía a algo en ella que no era exactamente voluntad sino más bien instinto creador sin destino. Lo llamaremos la Forjadora.

El cuarto era el lienzo. Espacio y tiempo, lo intangible, la distancia entre una cosa y otra, el antes y el después, el aquí y el allá. Una mente que llevaba eternidades contemplando su propio vacío y que, a diferencia del Inerte, sí tenía el impulso de llenarlo. Solo le faltaba con qué. Lo llamaremos el Tejedor.

Y la quinta era la vida. No la vida como concepto abstracto, sino como latido, como la insistencia irracional de algo en seguir existiendo a pesar de todo. Si los otros cuatro eran leyes cósmicas obligadas a tener conciencia, ella era lo único que parecíaquererserlo. No necesitaba justificar nada. Su nombre —el único que las razas mortales pronunciarían con algo parecido al afecto— era Lire. Aunque antes de que hubiera razas mortales que nombraran nada, bastaba con lo que era: la Latiente.

Cinco. Sin más.

Durante lo que no puede llamarse tiempo —porque el tiempo aún no existía de forma útil— coexistieron en ese estado que tampoco puede llamarse silencio, porque el silencio requiere que algo haya hecho ruido alguna vez. Y de ese no-silencio fue precisamente el Oscuro quien habló primero.

Propuso un juego.

No usó esa palabra, porque las palabras tampoco existían todavía, pero la intención fue exactamente esa: crear algo y ver qué pasaba. Ver si lo que naciera era interesante. Ver si la muerte de lo que naciera era más interesante aún. El Tejedor respondió primero, porque llevaba eones mirando un lienzo infinito con nada encima. La Forjadora respondió casi al mismo tiempo, porque la idea de moldear algo desde cero era lo más cercano que había sentido a propósito. La Latiente no respondió con palabras. Simplemente comenzó a prepararse en silencio, porque lo que fuera que crearan iba a necesitar el primer aliento, y esa era su especialidad.

El Inerte tardó más. Lo consideró innecesario, una frivolidad, una inversión de energía sin garantía de retorno. Pero accedió, finalmente, porque la alternativa era seguir ahí parado por otro período incomprensible de tiempo, y esa perspectiva era, si acaso, más insoportable que el esfuerzo.

Y entonces comenzaron.

Los primeros intentos fueron del Oscuro, y hay que decir que eran exactamente lo que cabría esperar del principio del caos con demasiado tiempo libre y ningún marco de referencia. Criaturas descomunales, del tamaño de continentes enteros, inmortales porque la muerte todavía no había recibido instrucciones precisas sobre cómo aplicarse a algo tan grande. Eran agresivas de una forma que no era odio, sino más bien el estado natural de una cosa que existe sin entender por qué existe. Vagaban. Devoraban. Se reproducían de formas que hacían que el concepto de reproducción pareciera una sugerencia vaga.

Se llamarían de muchas formas en muchas eras futuras. Pero el nombre que más se repetiría, en los textos de quienes las estudiaron sin sobrevivir para contarlo, era el de las Mandíbulas del Vacío.

El problema con las Mandíbulas del Vacío era que, siendo del Oscuro, tenían una conexión directa con él. No podían morir mientras él existiera, porque eran extensiones de su esencia: fragmentos de su naturaleza lanzados al mundo con la forma de algo vagamente biológico. Eran, en términos prácticos, indestructibles e incontrolables.

Al Oscuro le parecieron fascinantes.

Al resto les parecieron un experimento que necesitaba supervisión que nadie tenía intención de proporcionar.

Y ahí, en esa brecha entre lo que al Oscuro le parecía interesante y lo que a los demás les parecía un problema creciente, nació la primera tensión real entre los cinco. No fue una discusión. No hubo voces alzadas ni argumentos formales. Fue simplemente la constatación silenciosa de que cuatro de ellos miraban las mismas criaturas y veían un error, mientras el quinto las miraba y veía una obra.

Nadie dijo nada todavía.

Pero todos lo recordarían.

SECCIÓN 2 — El juego que nadie ganó solo

Eventualmente, los otros cuatro también hicieron sus intentos.

Planetas formados con demasiada prisa y demasiado poco cuidado. Razas que llegaban a la conciencia, avanzaban, creaban algo parecido a una civilización y luego desaparecían, porque los cinco primordiales las olvidaban o porque las Mandíbulas del Vacío pasaban por ahí en mal momento. El cosmos se fue llenando de estrellas extintas y mundos mudos, cementerios estelares tan numerosos que el Tejedor una vez los señaló al Oscuro con algo que en otro ser habría sido sarcasmo.

¿Te gusta la vista?, dijo.¿O quieres más chatarra flotando?

El Oscuro consideró la pregunta completamente sincera.

Pero el Tejedor tenía razón en algo que no era sarcasmo: nada de lo que habían hecho por separado los había satisfecho a ninguno. La Latiente sembraba vida que moría antes de ser interesante. La Forjadora construía mundos hermosos que nadie habitaba con dignidad. El Inerte hacía contribuciones mínimas y calculadas que en ningún caso justificaban el esfuerzo invertido. El Oscuro tenía sus monstruos, pero incluso ellos empezaban a aburrirle.

Fue el Tejedor el que lo dijo con claridad: si querían algo que valiera la pena observar, tendrían que hacerlo juntos.

Tardaron, por supuesto. Ponerse de acuerdo cinco principios cósmicos con personalidades completamente opuestas y ninguna experiencia real de colaboración no es un proceso rápido. Pero eón a eón fueron construyendo un consenso: la Forjadora con sus manos ya ansiosas, el Tejedor con su lienzo despejado y listo, la Latiente callada pero presente, el Inerte aportando lo mínimo suficiente para que todo funcionara con precisión, y el Oscuro observando con esa atención torcida que era la única forma en que sabía prestar atención a cualquier cosa.

El resultado fue un sistema solar diseñado con una intención que sus creaciones nunca sospecharían: ser suficientemente grande, suficientemente estable y suficientemente rico como para que algo interesante pudiera ocurrir ahí durante un tiempo prolongado, sin autodestruirse en los primeros mil años. El planeta central era descomunal —más grande de lo que cualquier cálculo posterior de sus habitantes podría explicar con comodidad— porque tenía que soportar el peso de todo lo que venía después.

Le dieron un nombre que era también una descripción: una palabra que en ningún idioma mortal existía todavía, pero que resumía la intención completa del proyecto.

Poiesis.La creación que crea. La innovación que se sostiene a sí misma.

Sus continentes fueron separados por océanos que no eran accidentales sino deliberados: distancias calculadas para que las razas que llegaran tuvieran tiempo de crecer sin destruirse entre ellas antes de volverse interesantes. La Forjadora llenó los suelos de minerales en capas, recursos que tardarían eras en agotarse. El Tejedor extendió el tiempo del planeta con una paciencia que hacía que cada año fuera generoso. La Latiente sembró la vida en estratos, comenzando por lo más pequeño y construyendo hacia arriba: ecosistemas completos antes de tocar a ninguna criatura consciente.

Y el Inerte lo atravesó todo con algo que no era exactamente luz, sino algo más fundamental. Una frecuencia que hacía posible el movimiento, el calor, la reacción química y la magia antes de que nadie supiera llamarla así.

Éter. La corriente que sostenía el sistema entero.

Pusieron razas en los continentes. Razas formidables, longevas, capaces: algunas con poderes que parecían desafiar la física del planeta y que en realidad simplemente eran el resultado de sus creadores dejando sus huellas en la biología. Bestias que caminaban erguidas y razonaban, que con el tiempo levantarían imperios. Criaturas que canalizaban el éter de forma nativa, que nacían sabiendo que existía una corriente debajo del mundo y que podían usarla con el mismo instinto con el que una planta busca la luz.

Durante un tiempo, pareció funcionar.

Y entonces, cuando ya todo estaba acomodado —cuando los continentes estaban habitados, los ecosistemas funcionaban y las primeras chispas de civilización empezaban a aparecer aquí y allá—, el Oscuro añadió algo que nadie le había pedido.

No dijo nada antes de hacerlo. No preguntó. Simplemente lo hizo, con esa costumbre suya de tratar el universo como si fuera un experimento personal en el que los demás participaban por cortesía.

Una raza sin garras. Sin colmillos diseñados para cazar. Sin la capacidad natural de sentir el éter y canalizarlo, aunque el canal estuviera ahí, aunque el cuerpo tuviera el espacio para llenarse si alguien les enseñaba cómo. Una raza que carecía de casi todo lo que las demás tenían por nacimiento: que vivía menos, que era más frágil, que no intimidaba a nadie al primer vistazo.

La Forjadora los miró y no dijo nada, que en ella equivalía a una crítica severa. El Tejedor los miró y calculó su expectativa de vida con la misma expresión con que uno mira un edificio mal construido en zona sísmica. El Inerte no los miró, lo cual también era un comentario.

Solo la Latiente se quedó observándolos un momento más largo de lo necesario. Había algo en esa fragilidad que no le parecía un defecto. Le parecía un desafío.

A los otros cuatro no les pareció que fuera una gran contribución.

Al Oscuro le parecía gracioso.

La humanidad llegó última. Y por eso, en cierta forma, llegó sin que nadie esperara demasiado de ella.

Fue exactamente eso lo que la hizo interesante.

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