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Chapada a la antigua

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Summary

Jazmín dejó atrás el campo, a sus amigos y la única vida que conocía para empezar de cero en la ciudad. Su plan era simple: sobrevivir al último año de secundaria y regresar a casa. Entonces apareció Leticia. Periodista, brillante, divertida y completamente fuera de su alcance. Lo que comenzó como una coincidencia se convirtió en amistad, luego en algo mucho más difícil de nombrar. Pero hay un problema. Leticia está decidida a exponer al político más poderoso de la provincia. Y ese político resulta ser el padre de Jazmín. Entre secretos, diferencias de edad, escándalos mediáticos y una ciudad que todavía les resulta extraña, descubrirán que algunas personas llegan a tu vida justo cuando todo parece estar por derrumbarse.

Genre
Romance
Author
Mar
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Episodio 1

Chapado a la antigua: Se refiere a alguien que tiene una mentalidad o comportamiento tradicionalista. No necesariamente tiene una connotación negativa; puede implicar que la persona es sumamente educada, caballerosa o que valora la estabilidad y las formas de cortesía que hoy se consideran en desuso.



Una mañana de lunes, a mi padre se le ocurrió que ya era tiempo de volver a casa y la verdad no me gustaba la idea.

Mis padres me habían dejado en la casa de la abuela Nélida en Tartagal toda mi adolescencia por haber sido un poco rebelde cuando era niña. En ese entonces me negaba a ir con mi abuela, ahora no me quiero ir. Son más de trecientos kilómetros, más de cinco horas de viaje ¿como se supone que vendré a ver si Tortilla necesita más comida? Ni siquiera tengo licencia de conducir.

—Ella estará bien, yo la cuidare —dijo mi abuela entrando al establo.

Yo estaba sentada a un lado de Tortilla, mi yegua, enderece mi espalda y seque una lagrima qué justamente salía de mi.

No creí mucho en lo que la abuela decía, pues la razón principal de mi regreso es que ella no estaba bien de salud y no podía cuidarme y aún que yo me considero una mujer madura, mis padres y tíos decidieron que yo no podía cuidarla a ella y asistir a la escuela al mismo tiempo.

Me incliné a acariciar las mejillas de Tortilla y luego me puse de pie para salir, me acerque a la mujer y le respondí —Vos cuidas a Tortilla y ¿quien cuida de vos?

La mujer tenía unos setenta años, el cabello largo y lleno de canas, una figura esbelta, siempre llevaba vestidos floreados y un sombrero para cubrirse del sol de campo.

Ella sostuvo mis hombros y juntas caminamos a la salida —Tu tía estará conmigo y también los empleados; ellos también cuidarán a Tortilla.

—Es solo una yegua. Estoy preocupada por vos y por mí ¿y si mi papá no sabe como me gusta el desayuno? ¿quien me va a preparar dulce de leche casero estando en la capital? ¿Quien te acompañara a ti a ir donde Don Miguel para comprar el pan todos los días? —y dicho esto me detuve para cruzar los brazos en forma de protesta.

La mujer me entrega una de sus cuantas miradas de abuela comprensiva, se quita el sombrero y lo coloca en mi cabeza —Ya eres grande, puedes preparar tu desayuno. Puedes llevarte el dulce de leche qué tengo en la alacena y luego cuando se te acabe, te enviaré más. Y a partir de ahora, Don Miguel traerá el pan a la granja —respondió y me sujeto de los hombros para seguir caminando.

Tengo dieciocho años y creo que madure realmente en los seis años que llevo viviendo con la abu.

Cuando no estaba en la escuela, trabajaba en la granja; cuidaba de las ovejas, bañaba a las chanchos, alimentaba a las gallinas y le hacía el desvasado y herrado a los cabellos. A pesar de que la finca tiene muchos empleados, mi abuela me obligo desde pequeña a ayudar y ahora le hago por voluntad propia.

Luego de básicamente vaciar las alacenas y guardar las mermeladas y galletas caseras de mi abuela, subí a mi habitación a terminar de empacar. Mientras la tarde caía y mis amigos salieron de la escuela, llegaron a la finca a hacerme compañía.

—¿A que escuela iras? —pregunta Jennifer que estaba recostada en mi cama.

—De seguro una de chetos, recuerda que su papá es rico —comentó Gregorio que estaba jugando con mi computadora y siguió —¿Si te vas... puedo quedarme con tu moto?

Mientras que yo doblaba mi ropa y la acomodaba en la maleta, me detuve un momento y levante la cabeza para mirar a mis amigos y recordé que no los vería más.

—Tendré que hacer amigos nuevos —suspire con tristeza y me arrodille en el piso.

Tartagal es pequeño y, cuando había alguien nuevo en la ciudad, la noticia circulaba antes de que terminaras de desempacar. Jennifer y Gregorio me encontraron pateando piedras a las orillas del arrolló, bajo un calor que derretía hasta las ideas. '¿Sabés cazar chicharras?', preguntó Gregorio con su típica sonrisa regordeta, mientras Jennifer me extendía una botella de jugo. Ese gesto simple y pegajoso por el azúcar, fue mi primera visa de entrada a un mundo donde ya no era una extraña.

—Hey —la voz apacible de Jennifer me saco de mis pensamientos —. No pongas esa cara. En la capital habrá muchísimos chicos de tu edad y además, por si no lo sabías eres muy hermosa. Seguro conseguirás novio allí.

En un pueblo de raíces fuertes, yo me sentía como una rama frágil. Los varones jamás se fijaron en mí: pequeña, de cuerpo delgado y con ese cabello negro y lacio que caía sin gracia sobre mis hombros. Mis ojos verdes, en lugar de ser un atributo, parecían fuera de lugar. el estándar local era otro. Los chicos preferían la fuerza, esa presencia imponente de las mujeres que parecen hechas de la misma tierra que pisan. Buscaban a alguien como Jennifer: alta, de brazos fuertes y rulos rebeldes; la viva imagen de la mujer de campo. Al lado de ella, yo me sentía un boceto sin terminar. A pesar de tener la mayoría de edad y no haber tenido pareja nunca, eso jamas me importo. No era de mi prioridades.

Ya solo pensaba ganar mis competencias de Salto ecuestre.

—Nunca me interesaron los hombres del pueblo, no creo que ahora me interesen los de la capital —sentencie y cerré la maleta. Me puse de pie y me senté en la cama para seguir hablando —Va a ser mi último año de la secundaria, seré el bicho raro... otra vez.

Seguí quejándome de la inesperada mudanza y ellos me escuchaban con gran paciencia. Yo solía enmascarar tristeza con enojo y ellos podían verlo con mucha claridad. No quería dejar a la abuela, no quería dejar a Tortilla, ni ese pedazo de mi que se quedaba con ellos.

El elegante Mercedes color negro se estaciono en la entrada de la finca y mi padre bajo del auto luego de que el chófer le abriera la puerta. El hombre vestido de traje, calva y de gran altura levanto la cabeza y nos vio a mis amigos y a mi observando desde la ventana de mi cuarto.

Había llegado mi hora de partir, mis maletas fueron llevadas al auto y el hablaba con la abuela en el jardín, mientras que yo estaba sentada en la pequeña fuente de agua, con la cabeza en el hombro de mi amiga; quería no olvidar lo que se sentía estar cerca de mis amigos.

Él se despidió de su madre con un beso en su mano y luego escuché el motor del vehículo. Justo en ese momento sentí mi corazón empezar a dividirse y partirse; dolía.

Abracé fuerte a mis amigos. —Llamaré todos los días luego de la escuela —aseguró Gregorio.

Yo no creí mucho en su palabra, pues conocía exactamente sus actividades luego de la escuela. Se que estaría ocupado trabajando o jugando con la computadora. Pronto se olvidaría de mi.

—Cuando repare el tornado y me den la licencia de conducir, iré a verte —agregó ella y posó su mano sobre mi sombrero para desalinearlo.

Yo no podía agregar nada más, era como si las palabras estuvieran cifridas en mi corazón y no había manera de expresar mis sentimientos hacia ellos; los extrañaría claro.

Les otorgue una de mis sonrisas forzadas a punto de llorar y me fui en dirección al auto, me acerque a mi querida abuela y la abrace. Coloque mi cabeza en su pecho, podía escuchar su calmada respiración y los latidos de su débil corazón. ¿Estará bien sin mi?

Yo sentía como mi corazón se quedaba con ella y mis lágrimas salían como si volviera a ser esa pequeña niña que buscaba el consuelo de su lugar seguro; la abu.

—No estés triste. Cuando menos te lo esperes, estaremos juntas otra vez.

—Por favor, toma todos tus medicamentos y anda a las citas con el doctor —le pedí con la voz temblorosa.

—La voy hacer. Y vos... pórtate bien.

Al finalizar el abrazo, la mujer me guiño y luego yo camine lentamente esos tres pasos para posteriormente subir al auto.

El portazo que di para cerrar la puerta del vehículo, hizo que todo se silenciara; no escuchaba el agua de la fuente, no escuchaba a las vacas y mucho menos escuchaba a esos molestos pajaritos que hicieron su nudo en el árbol junto a la ventana de mi habitación.

—Iras a la Secundaria Belgrano II, tendremos que ir a comprar tu uniforme escolar —decía mi padre con la mirada en su celular. «¿Estaba hablando conmigo?» pensé, pues en su comunicación le falto mirarme a la cara.

Me acomode en el asiento —No hace falta, todavía tengo mi guardapolvo.

El hombre soltó una pequeña risa y finalmente me miro —¿Tu que? ¿Todavía siguen utilizando guardapolvo? No necesitas esa cosa, a donde iras deberás usar otro tipo de uniforme; falda, camisa blanca y corbata.

Revoleé los ojos y me coloque el sombrero en la cara para cubrir mis demás gestos de fastidio. «¿Uniforme? Lo que me faltaba. Pero seguro sería la punta de iceberg… ¿Que seguirá? ¿No podre usar mi motocicleta?»

Fue un largo viaje, me aburrí muchísimo y ya no me quedaban posiciones para probar y sentirme cómoda en el asiento, que para ser muy lujoso era incomodo.

—En estos meses trabajaré mucho para la nueva campaña…

Interrumpí —Dirás que tus empleados trabajaran mucho y vos nada mas vas a poner la cara en los eventos importantes.

El hombre se atrevió a levantarme el dedo índice en forma de amenaza —No vuelvas a interrumpirme. Yo no soy la “abu” y mucho menos los trabajadores de la finca que aguantan tu mal comportamiento, soy tu padre y debes de respetarme. Nada de interrumpir, nada de esos gestos tuyos, nada de sarcasmos, nada de berrinches y nada de tatuajes inesperados.

«aahs. Solo me tatué una vez y todavía soy la peor hija del mundo por eso»pensé, la sonreí falsamente y respondí —Si, padre.

—Como decía. Vamos a tener mucha presencia mediática, así que, por favor compórtate.

Parece que no le caigo bien a mi propio padre. ¿Pero que puedo hacer? El es un hombre muy recto y de una reputación intachable, siempre quiere mantener ese aspecto de hombre correcto y que todo le sale bien. Yo, por mi parte, soy un espíritu libre y joven.

Y no me interesa nada de esa política del que tanto habla.

Cuando llegamos a la ciudad baje la ventanilla y había muchísimo ruido citadino; muchos autos, vendedores gritando para conseguir ventas, musica que provenía de varios lugares y ni hablar de ese olor a… «¿que es ese olor?»pensé, quería identificarlo, pero era una mezcla de todo.

Cuando el auto se detuvo en un semáforo pude ver el flash de una cámara apuntándonos, mi padre también lo notó y subió la ventanilla —Eso pasa seguido. Mejor manten la ventana cerrada.

El auto doblo en una esquina y unos cuantos metros mas llegamos a la casa de mi padre; una mansión situada en el centro de la ciudad, con edificios a sus lados y ni siquiera tenia jardín, solo una triste entrada de cemento y azulejos verdes. El lugar tenia tres pisos y sus ladrillos pintados de marrón simulaban ser antiguos.

Bajé del auto y me coloque el sombrero. Una mujer de cabellos rubios, vestido blanco y zapatos altos aparecio en la entrada; mi madrastra. Me quite el sombrero por respeto.

—¡aaayy! Mírala, llego y sigue igual de hermosa —chilló la mujer agitando la mano para saludar mientras bajaba por los escalones de la entrada.

La mujer de abalanzo sobre mi y me abrazo —Hola, Loreley.

Claro que hice un gesto de disgusto para él inesperado e incómodo abrazo, pero ni bien mi padre lo notó puse una sonrisa.

Entramos a la casa, la decoración era de los hogares argentinos de los años noventas. No era tan diferente a la decoración de la finca, supuse que a papá le quedó ese legado de su madre.

—Vení, te voy a llevar a tu nueva habitación —dijo la mujer y tomó mi mano para llevarme por las escaleras hasta el tercer piso.

Mi nuevo cuarto era pequeño, a tres o cuatro pasos estaba la cama, una mesa de luz a un lado y un pequeño escritorio y un armario. Las paredes eran de un color rosa pastel y había una alfombra gris en todo el piso.

«El coral de las ovejas es más grande que esto»pensé y mostré una sonrisa a la mujer que estaba expectante a mi reacción.

—¿Te gusta?

—Es perfecto para mí—mentí.

A mi me encantan los espacios amplios y ese lugar era todo lo contrario.

La señora se fue luego de contarme muchas cosas sobre ella, su trabajo, su embarazo y su otro hijo Luis que estaba de viaje. Finalmente sola me recosté en la cama, estaba a punto de hundirme en la calma hasta que escuché las bocinas de los vehículos de la calle. Me acerque a la única ventana que había y que justamente tenía la vista de la calle, abajo había varios autos, los conductores estaban discutiendo y los vecinos salían de sus casas para unirse a la discusión.

Salí del cuarto y baje por las escaleras, en el camino me crucé con una empleada, me pregunto qué quería de almuerzo y yo solo le respondí:; lo que sea está bien.

Abrí la puerta principal y me sume a ver el espectáculo como la vecina chismosa de frente. Me senté en la escalera y me crucé de brazos.

Al parecer una mujer giró en dirección contraria y chocó ligeramente con otro auto.

—Entiendo su enojo señor, intercambiamos información del seguro y ellos se encargaran de todo —habló la mujer de cabellos castaños, alta, con traje blanco de oficina y una expresión de cansancio en su rostro, como si no quisiera lidiar con el acontecimiento.

—Ellos no pagarán si me despiden del trabajo por llegar tarde —replicó ella señor regordete, ropa desalineada, calvo y completamente enojado.

La conversación giró en torno a la información del seguro mientras que la mujer decía “disculpe” luego de terminar una oración.

Cuando terminaron ella trató de irse en dirección a su auto, pero resbaló con el cordón de la calle y debido a que estaba cerca me acerqué a ayudarla.

—¿Se encuentra bien, Señorita? —pregunté y gentilmente estiré mi brazo para que ella tuviera con que sostenerse para levantarse.

Ya de pie, sacude su ropa y dice —Si, si, solo que no vi que ahí justamente estaba el cordón… hoy creo que no veo bien, giré en la dirección que no era, choque ese auto y ahora esto… gracias —y soltó mi brazo.

—No hay de que. A veces hay que ver más ampliamente y no enfocarnos en una sola cosa.

Ella sonrió y tocó mi cabeza en un gesto de caricia —Gracias… niña…

—No soy una “niña”.

Quito su mano —Ok… ¿cual es tu nombre?

—Jazmín. ¿Y el suyo?

—Leticia.

«Que bonitos ojos»

—Jazmín…¡Jazmín! Niña, vamos, tienes una reunión con la directora de tu escuela —llamó la empleada desde la puerta.

—Creo que tú mamá te está llamando. Anda antes de que te reten —finalizó la mujer y luego se fue en dirección a su auto.

«Creyó que la empleada era mi mamá, supongo que si parezco una “niña”»

Chapters
1. Episodio 1
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