Sanguis Onguo
Nuevamente nace ese sentimiento en su pecho, esa pesadez que amenaza con ahogar el corazón con cada latido.
“No estoy en peligro, no estoy en peligro, no estoy en peligro” se repite como un mantra, como una mentira que anhela que se haga realidad… las pastillas que le prescribió la psiquiatra ahora son inútiles, sólo adormecen su cuerpo, como si se ahogara en aguas profundas, ya no le traen la paz de las primeras dosis.
De un tiempo acá ha dejado de tomarlas, sabe que si apaga sus sentidos con la droga sería imposible escapar, si es que alguna vez vienen a buscarle. Pero la falta de sueño está cobrando factura, las visiones de figuras amorfas que danzan por los pasillos oscuros de su casa son la prueba de ello o tal vez ya es demasiado tarde.
Se lleva las manos a la boca y con energía ansiosa, pasa la lengua, agrietada y grotesca, sobre sus dedos sintiendo los relieves irregulares de heridas añejas.
Siente el tenue hormigueo de la carne viva tratando de cicatrizar, la dureza de las costras y sangre seca que se acumulan alrededor de sus uñas. Mordisquea pequeños trozos de piel saboreando la sal del sudor, disfrutando de la textura del tejido queratinizado mezclado con su sangre. El desgarro de la piel, milímetro a milímetro le anclan a un tiempo en el que se obliga a estar…
Una vez hecho el daño lame ociosamente sus heridas autoinfligidas, la pesadez del sabor metálico le hacen sonreír mínimamente mientras mira fijamente la oscuridad de aquella habitación al otro lado del pasillo.
Esta ha sido la única forma… El dolor constante en las manos es su ancla a una realidad horrenda, una a la que le obligan a pertenecer.
Sabe que no preguntarán por los coágulos entre sus uñas, no son llamativos como cortes en los muslos, solo habrá ojos que le mirarán con repulsión y juicio silencioso…
El reloj marca las tres de la mañana y con ello, frota el dorso de sus falanges contra sus labios resecos por la saliva. Siente las irregularidades de las capas de piel y con los dientes arranca un trozo reblandecido, el tejido cede, la sangre brota nuevamente, así espera con ansias la punzada aguda que se extiende hasta su columna.
Y lame…
Y lame…
Y lame…
Le regresa la mirada a la oscuridad de su habitación y sonríe, la sangre que ahora inunda sus papilas se derrama a través de la comisura de sus labios de manera grotesca, desdibujando su humanidad a lo que habita en su mente.
El sabor metálico ya no es suficiente.
Y muerde, con fuerza…
Hasta que el hueso cede.
— TL