Prólogo
Andrew Mapan
El dolor no aparece de golpe; es una quemadura lenta que me encendió el lado izquierdo del pecho. Abro los ojos con dificultad, parpadeando ante la luz nítida de una habitación que no reconozco. No es la bodega de los Volkov, ni ninguna de mis casas. Estoy acostado en una cama de seda italiana. Al mirarme, descubro que me han cambiado la ropa por una muda limpia; paso la mano por la tela y siento el relieve rígido de unos puntos de sutura bien trenzados sobre mi piel. Estoy vendado de arriba abajo.
—¿Te encuentras bien, Mapan? —La voz me hace girar la cabeza de golpe, provocándome un quejido sordo.
Paolo Rossi está sentado en un sillón al borde de la cama. Tiene el rostro pálido, la corbata desanudada y un vaso de whisky que le tiembla en los dedos. Lo miro con confusión, intentando procesar qué demonios hace aquí el patriarca de los Rossi, tenía entendido que el no estuvo al tanto del ataque hasta que el eco de unos pasos apresurados me da la respuesta.
Mía entra a paso rápido, con los ojos desorbitados y una sonrisa desquiciada al verme despierto.
—¡Andrew! Sabía que ibas a despertar, mi hombre valiente, yo... —Comienza a acercarse con los brazos extendidos, pero no alcanza a dar tres pasos.
Paolo se levanta de un salto y, con una furia nacida del pánico, la toma del cabello y la arrastra hacia atrás de un tirón violento, haciéndola tambalear.
—¡Cállate, pedazo de bestia! —le ruge en la cara, con la voz temblando de rabia—¡No te le acerques! ¿Acaso no te das cuenta de lo que hiciste? ¡Cavaste la tumba de la dinastía Rossi! ¡Nos sentenciaste a muerte a todos con tus malditas locuras!
Mía se suelta del agarre de su padre con un manotazo, arreglándose el cabello con arrogancia, sin perder esa fijeza enferma en sus ojos mientras me mira.
—Yo tengo el control ahora —escupió ella, señalándome con un dedo— Y te lo vuelvo a repetir a ti y a los rusos: él solo va a salir vivo de esta habitación si sale siendo mi esposo. De lo contrario, que los Volkov terminen de cortarle la cabeza. ¿Acaso no ves que le doy honor a nuestro apellido?.
Cierro los ojos, respirando con dificultad mientras siento el latido errático de mi corazón debajo de los puntos. La limpieza en Londres ya debe haber comenzado, y yo estoy atrapado en medio de la locura de los Rossi. Pero sigo respirando. Veré a Zamira otra vez. Esa sola certeza es todo lo que necesito para asegurar el fin de Mía y de cualquiera que se interponga en mi camino.
Paolo ignora los delirios de su hija, se gira hacia mí con las manos en alto, en señal de tregua, y una súplica silenciosa en los ojos.
—Te voy a sacar de aquí, Andrew. Te lo prometo








