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La Heredera Desterrada

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Summary

Se suponía que Mia Whitehowl heredaría el trono. En cambio, su padre la condenó a la sumisión. Para evitar ser entregada a un Alfa desconocido, Mia huye a la Universidad Central, una letal academia militar exterior. Ocultando su género, su olor y su linaje bajo una capucha, se convierte en una sombra dispuesta a todo por recuperar lo que le pertenece. Pero en una escuela de lobos hambrientos de estatus, pasar desapercibida es imposible. Especialmente tras salvar a un cadete y humillar públicamente al Alfa más peligroso del bloque superior. Él es arrogante, letal y letalmente observador. Ella no nació para obedecer. Cuando sus mundos chocan en la arena de combate, las reglas del juego cambian para siempre. La hija del Alfa está muerta. La guerrera ha despertado.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1 - LA HIJA DEL ALFA

—La ganadora indiscutible de este año en el Torneo de la Convergencia de la Luna Nueva es... ¡Mia Whitehowl!

Fenrir, el Maestro de Armas, levantó el brazo de la joven en señal de victoria mientras la arena entera estallaba en un rugido unísono de gritos y aplausos.

Mia, son su trenza oscura cayendo sobre su hombro bien tensa como una soga de combate y sus ojos grises brillando por la intensidad del sudor, apenas podía respirar; el combate había sido brutal. Sentía los pulmones arder como si tragara fuego, los nudillos abiertos y ensangrentados, y cada músculo de su cuerpo temblando por el esfuerzo acumulado. Sin embargo, ignoró el dolor y alzó el mentón con orgullo mientras la manada vitoreaba su nombre. Tres años. Tres largos años presentándose a ese torneo y quedándose a un solo paso de la final. Pero este año era distinto, este año había ganado.

Buscó automáticamente a su padre entre la multitud. Como siempre, la expresión del Alfa era imponente, su barba canosa perfectamente recortada y una cicatriz que le cruzaba la frente, como un recordatorio de viejas guerras, permanecía inmóvil como una pared de piedra imposible de leer; no había en él ni orgullo ni decepción, solo aquella mirada severa que parecía no cambiar jamás. Sus hermanas, en cambio, prácticamente brillaban de emoción desde el palco.

—Lo hizo espectacular, señorita, no esperaba menos de usted —le dijo Fenrir con una pequeña sonrisa cómplice antes de soltarle el brazo.

Mia inclinó apenas la cabeza en agradecimiento y descendió de la arena con el corazón desbocado. A medida que avanzaba entre la multitud, los guerreros golpeaban sus puños contra el pecho en señal de respeto, y algunos incluso hacían una leve reverencia al verla pasar. Había entrenado codo a codo junto a ellos desde que tenía memoria, bajo la lluvia, el sol o la nieve, sangrando, cayendo y levantándose una y otra vez. Finalmente, todo ese sacrificio estaba dando sus frutos.

—Señorita Mia —la llamó una voz trémula.

Al girarse, se encontró con las ancianas de la manada. La mayor de ellas sostenía una cesta repleta de hierbas aromáticas y pequeños frascos de vidrio.

—Esta noche pida que preparen su tina con estos ungüentos —explicó con suavidad—. Ayudarán a calmar los golpes.

Mia tomó las manos arrugadas de la mujer entre las suyas y apoyó la frente sobre ellas en un gesto de profundo respeto.

—Se los agradezco mucho.

La anciana le sonrió con un cariño genuino y maternal.

—Será una gran dirigente, señorita Mia. A veces es como ver a su padre cuando era joven: fuerte, inteligente y aguerrida. Es exactamente lo que esta manada necesita.

Un calor extraño y reconfortante llenó el pecho de Mia ante sus palabras.

—Espero no defraudarlos nunca.

—Jamás lo haría, mi niña.

—Señorita Mia, el Alfa y sus hermanas la están esperando —la voz grave del Beta Asher interrumpió el momento, rompiendo la burbuja.

—Claro —asintió ella de inmediato—. Gracias, de verdad... gracias a todas.

Las ancianas inclinaron la cabeza con respeto mientras la joven se alejaba hacia el vehículo familiar.

—¡Felicidades! —Lucy prácticamente se lanzó encima de ella en cuanto llegó a su lado, desbordando energía—. ¿Viste cómo esquivó ese último ataque? Aurora, ¿viste eso? Fue increíble.

Lucy apenas podía contenerse, su rostro era dulce coronado por una melena castaña con un flequillo que suavizaba más sus facciones y sus ojos expresivos, miraban a Mia con una sonrisa radiante que resaltaba su juventud.

—Lucy, deja de exagerar —Aurora cruzó los brazos antes de mirar a Mia de arriba abajo con evidente desaprobación—. Sí, ganaste. Felicidades, Mia. Pero ahora que lo hiciste, quizá deberías dejar el combate de una vez.

Aurora parecía una aparición, su belleza para toda la manada, no era de este mundo, su cabello oscuro caía en ondas perfectas sobre sus hombros, sus ojos grises y fríos escaneaban a Mia con total rechazo a los gustos tan pocos femeninos de su hermana.

Mia frunció el ceño, sintiendo que la adrenalina de la victoria se aguaba.

—¿Perdón?

—Ningún Alfa va a querer una compañera llena de cicatrices y cubierta de moretones —sentenció Aurora con frialdad.

—No voy a dejar mis entrenamientos con Fenrir —respondió de inmediato, subiendo al vehículo y cerrando la puerta con fuerza.

—Tienes que comenzar tus clases con Susan —intervino su padre, utilizando esa voz firme que no admitía réplicas—. Ya habíamos hablado de eso, Mia.

La joven contuvo un suspiro de frustración, intentando negociar.

—Lo sé, padre, pero puedo ocuparme de todo. Las clases con Fenrir, las sesiones con el Lord Canciller, las reuniones con la Dama de Pactos...

—Y sé que puedes hacerlo muy bien —la interrumpió, cortando sus argumentos de cuajo—. Pero tanto Fenrir como Boran estarán ocupados estas semanas en las fronteras. Tendrás tiempo más que suficiente para concentrarte en otras áreas junto a tus hermanas.

El Alfa se giró para mirar por la ventana, dando el tema por terminado con una indiferencia que a Mia le dolió.

—Padre...

—Mia —su voz sonó más dura esta vez, cargada de la advertencia del Alfa—. Te di una orden. Por una vez en tu vida, deja de discutir conmigo.

Mia bajó la mirada, tragándose el orgullo.

—Lo siento.

El resto del viaje de regreso transcurrió en un silencio sepulcral.

Cuando llegaron a la residencia principal, el vestíbulo era un hervidero de actividad; varios sirvientes se apresuraban a acomodar flores, lujosos regalos y cartas enviadas por los miembros de la manada para felicitarla por su triunfo en el torneo. Al ver aquello, el pecho de Mia volvió a hincharse de orgullo. La gente realmente creía en ella. Miró de reojo a su padre, esperando, aunque fuera por un instante, una palabra de reconocimiento en privado. Pero no llegó; el hombre pasó de largo hacia su despacho sin mirarla.

—Señorita, su baño ya está listo —Mislav apareció en el pasillo, dedicándole una pequeña sonrisa cansada pero cálida.

—Gracias, Mislav —respondió Mia mientras se quitaba lentamente las vendas impregnadas de sangre seca—. Pide que lleven todos los regalos a mi oficina, por favor.

—También preparé nuevos ungüentos para sus heridas —añadió la empleada, acompañándola escaleras arriba—. Y puse hierbas medicinales en el agua caliente para evitar que se infecten los roces de la arena.

Mia sonrió apenas, agradecida por su lealtad.

—¿Qué voy a hacer sin ti durante un año, Mislav?

La muchacha bajó la mirada de inmediato, mostrando una timidez nerviosa.

—Volveré más instruida, señorita. Le prometo que seré una mejor curandera para la manada cuando regrese.

—Ya eres excelente. No tienes idea de lo orgullosa que estoy de ti.

Mislav negó rápidamente con la cabeza, carcomida por una timidez que no lograba sacudirse.

—No. Usted no entiende, señorita Mia.

Mia frunció levemente el ceño, deteniéndose en el pasillo.

—¿Entender qué?

Mislav levantó la vista y, por un momento, pareció reunir todo el valor de su herencia antes de hablar.

—Usted es un ejemplo para todas nosotras. Quiere convertirse en líder de la manada, aunque nadie haya permitido jamás que una mujer lo sea. Nunca se rinde, nunca retrocede ante los guerreros. Y verla pelear por su lugar... hace que las demás sintamos que también podemos luchar por nuestros propios sueños, aunque yo sea una simple omega.

Un nudo repentino e intenso se formó en la garganta de Mia.

—La admiro mucho, señorita Mia. Todas la admiramos en secreto.

Por primera vez en toda la noche, Mia sintió algo muchísimo más profundo y pesado que el simple orgullo de la victoria. Sintió el peso de la responsabilidad por todo lo que implicaría ese título.

Al día siguiente, Mia despertó completamente adolorida, sintiendo cada impacto del torneo como si la hubieran apaleado durante el sueño. Aurora abrió las cortinas de su habitación sin el más mínimo cuidado, sintiendo que la cruda luz del sol golpeara directamente su rostro.

—Susan llegará en media hora —anunció con un tono plano—. Deberías levantarte ya si quieres desayunar algo antes de que comiencen las clases.

Mia rodó sobre el colchón y hundió la cara en la almohada con un gruñido ahogado de pura frustración. Siempre había encontrado alguna excusa perfecta para evitar esas malditas clases de etiqueta y cortejo desde que empezó a entrenar, un entrenamiento extra a primera hora, reuniones de estrategia con Boran, prácticas intensivas con Fenrir... cualquier cosa le servía de escudo. Pero esta vez, su padre había dejado claro que no tenía escapatoria.

Cuando finalmente bajó al salón principal, todavía sentía el cuerpo resentido y rígido. Apenas llevaba unos minutos desayunando cuando Susan apareció en el umbral, impecable y severa. Aurora y Lucy prácticamente se iluminaron al verla entrar; el estómago de Mia, en cambio, empezó a revolverse de pura incomodidad.

Susan tomó un pequeño cuaderno encuadernado en cuero oscuro y lo dejó caer frente a ella con un golpe seco.

—Tengo entendido que le gusta leer, señorita Mia.

—Sí.

—Entonces estudie esto —sentenció con voz implacable—. Son notas detalladas sobre comportamiento, protocolo de cortejo y los deberes que se esperan de la futura pareja de un Alfa. Es para que se ponga al día; sus hermanas le llevan bastante ventaja en estos temas.

Mia se ahogó con un trozo de fruta al oírla y extendió la mano para tomar el cuaderno, mirándolo como si Susan acabara de entregarme un arma cargada y peligrosa.

—Es realmente impresionante —comentó Susan mientras tomaba asiento frente a ella, analizándola de manera meticulosa—. Puede derribar a un lobo de dos metros con sus propias manos, pero todavía no sabe cómo comer con la boca cerrada.

Lucy soltó una risita burlona que intentó disimular, sin mucho éxito, detrás de su taza de té. Mia suspiró, conteniendo su furia.

—Lo siento. Estoy intentando desayunar rápido para no retrasar su clase.

—Y eso tampoco es desayunar correctamente —negó Susan con evidente desaprobación—. La futura esposa de un Alfa debe aprender a proyectar elegancia incluso en los más mínimos detalles de la vida cotidiana.

Mia levantó apenas una ceja, desafiándola sutilmente.

—¿Señora Susan? ¿Lady Susan? Todavía no sé con exactitud cómo debo llamarla. —Mia apoyó su taza de té y trató de analizar las caras que le dedicaba esa mujer exasperante.

—Señora Susan está bien. Y ahora, deje de tragar la comida como un guerrero hambriento en el campo de batalla y muéstreme cómo saludarías a tu futura pareja.

Sus hermanas se quedaron expectantes y una risita nerviosa escapó de los labios de Lucy. Susan la miró de reojo, y ese único gesto bastó para que su hermana se sentara recta como una vara. Mia se levantó de la silla de mala gana y realizó la misma reverencia marcial y firme que utilizaba para saludar a su padre o a Fenrir.

Susan negó lentamente con la cabeza, suspirando.

—No está mal para un soldado. Pero aquí no estamos hablando de un líder de su propia manada, señorita Mia. Hablamos de su compañero de vida.

Mia fruncí el ceño, genuinamente molesta por el concepto.

—¿Por qué tendría que hacerle una reverencia de sumisión a mi pareja? Se supone que seremos iguales.

Un silencio incómodo se instaló en el comedor durante unos segundos. Susan dejó su taza sobre la mesa con una delicadeza extrema antes de dignarse a responder.

—Señorita Mia, como hija mayor de un Alfa, lo más probable es que su compañero sea el Alfa de otra manada. Su unión fortalecerá alianzas políticas esenciales y...

—Entonces será mi igual —la interrumpió Mia, cruzándose de brazos con altivez—. Porque yo seré la próxima líder de esta manada.

Al escuchar su declaración, Aurora bajó la mirada de inmediato hacia su regazo y Lucy dejó de sonreír por completo. Susan, en cambio, mantuvo una calma gélida que le erizó los pelos del cuello a la joven.

—Lucy, ven aquí —ordenó Susan, ignorando el arrebato—. Muéstrale a tu hermana cómo debe saludarse correctamente a una futura pareja.

Lucy obedeció enseguida, ansiosa por complacer. Dio un pequeño paso al frente e inclinó el cuerpo con una suavidad etérea; sus manos descansaron elegantemente sobre el pliegue de su vestido mientras levantaba apenas la vista, adoptando una expresión dócil y tímida que hizo que a Mia le dieran ganas de arrancarse los ojos allí mismo.

Susan sonrió, satisfecha con el resultado.

—Perfecto.

Mia, en cambio, estaba completamente horrorizada.

—Eso parece una maldita actuación —Mia murmuró entre dientes.

—Lo es —respondió Susan con una calma aplastante—. Las relaciones entre grandes manadas son meramente políticas mucho antes de convertirse en un romance, señorita.

Mia fruncí el ceño, buscando un argumento lógico.

—¿Qué hay del vínculo sagrado? Se supone que los compañeros destinados están unidos de forma inquebrantable por la Diosa Luna.

Susan sonrió apenas, de una forma condescendiente que hizo sentir a Mia increíblemente ingenua.

—El vínculo existe, señorita Mia. Pero incluso los designios divinos tienen límites terrenales.

La joven la miró, confundida y alerta.

—¿Límites?

—Un Alfa puede rechazar a su compañera si considera que ella no está a la altura de lo que él necesita para gobernar a su lado —explicó Susan, tomando su taza con elegancia antes de continuar—. Ningún Alfa de alto rango desea una compañera mediocre a su lado. Una mujer incapaz de comportarse debidamente frente a otras manadas puede convertirse en una verdadera vergüenza política y en una debilidad para su territorio. La futura mujer de un Alfa debe saber hablar, caminar, comportarse con sutileza y hasta comer con perfecta distinción. Debe inspirar respeto y diplomacia. Después de todo, representará a su Alfa frente a todo un pueblo.

Las hermanas de Mia escuchaban el discurso de Susan con una atención casi devota. Ella, en cambio, apenas podía dar crédito a lo que estaba oyendo.

—Entonces el vínculo no significa realmente nada —soltó con amargura.

—Significa mucho —corrigió Susan con severidad—. Pero incluso la Diosa Luna espera que una compañera se esfuerce por ser digna del sagrado lugar que ocupará junto a un Alfa.

Mia bajó la mirada hacia el cuaderno de cuero que descansaba frente a ella. Por primera vez en su vida, la idea de encontrar a su compañero destinado no sonó como una bendición romántica; sonó como otra prueba política y asfixiante que debía superar para no ser desechada.

Las horas que siguieron se volvieron eternas y tortuosas. Postura, saludos, cómo caminar sin hacer ruido, cómo sentarse con las piernas juntas, cómo bailar en los salones de la alta sociedad. Los bailes tradicionales no le molestaban tanto; requerían coordinación, ritmo y una disciplina física que ya poseía. Pero todo lo relacionado con el comportamiento dócil esperado de una mujer durante el cortejo comenzaba a agotar su paciencia a una velocidad alarmante.

Sonríe más. No desafíes con la mirada. No interrumpas a los hombres. Sé delicada. Sé amable. Haz sentir cómodo y poderoso al Alfa.

Nada de esa sumisión la convertiría en una mejor líder para su pueblo. Mientras la voz monótona de Susan seguía desglosando futuras alianzas comerciales y matrimonios de conveniencia, la mente de Mia escapó inevitablemente de aquel salón. Volvió a la arena, al eco ensordecedor de los guerreros golpeando sus puños contra el pecho en señal de respeto y a la gloriosa sensación de haber ganado finalmente el torneo por su propio mérito.

Solo necesitaba tener paciencia y soportar esas tediosas semanas de etiqueta. Después, volvería a su verdadera rutina: a entrenar bajo el mando de Fenrir, a estudiar mapas de estrategia con Boran y a prepararse con uñas y dientes para el futuro que sabía que le correspondía.

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