Vida universitaria
Mateo Hernández tenía 19 años y estudiaba Ingeniería Civil en la UNAM. Era un chico alto, de complexión atlética pero no exagerada —resultado de jugar fútbol los fines de semana y entrenar ocasionalmente en el gym del campus—. Tenía cabello negro ondulado, ojos cafés y una sonrisa fácil que le ganaba amigos con facilidad. Era responsable, algo bromista y muy enamorado de su novia.

Su novia, Valeria Soto, también de 19 años, era una de las chicas más atractivas de su facultad. Tenía cabello castaño oscuro largo y ondulado, ojos verdes expresivos, labios carnosos y un cuerpo sexy y curvilíneo que llamaba la atención dondequiera que iba: senos firmes y generosos, cintura estrecha, caderas pronunciadas y un trasero redondo que lucía especialmente bien con jeans ajustados o faldas cortas. Era inteligente, extrovertida, un poco sarcástica y muy segura de sí misma.

Llevaban casi un año juntos y su relación era de las más estables del grupo. Se querían de verdad. Compartían clases, salían a fiestas, estudiaban juntos en la biblioteca hasta tarde y, cuando podían, se escapaban al departamento pequeño que Mateo rentaba cerca del campus.
Su vida sexual era activa y apasionada. A Valeria le gustaba tomar el control de vez en cuando, montándose encima de Mateo con movimientos lentos y provocadores mientras lo miraba a los ojos. A él le fascinaba cómo ella gemía cuando la penetraba desde atrás, sujetándola fuerte de las caderas. Tenían sexo casi todos los días, a veces rápido y salvaje entre clases, otras más lento y profundo por las noches.

Esa tarde, después de salir de la última clase, caminaban tomados de la mano por el campus. El sol de la tarde les daba en la cara.

—Hoy me tocó exponer en Administración —dijo Valeria, rodando los ojos—. El profesor casi se me come con la mirada. A veces odio tener tetas.
Mateo soltó una risa y le pasó el brazo por los hombros.
—Pues yo sí que las agradezco —bromeó, dándole un beso en el cachete —. Pero en serio, eres brillante. No te ven por tus tetas, te ven porque eres buena e inteligente.
Valeria sonrió y lo empujó juguetona.
—Eres un romantico. Por cierto… ¿ya le dijiste a tus papás que voy a ir este fin de semana?
Mateo se rascó la nuca, un poco nervioso.
—Todavía no… pero sí. Mañana vamos a la casa de mis papás. Mi mamá está emocionada de conocerte. Mi papá… bueno, ya sabes cómo es.
Valeria levantó una ceja.
—¿Machista nivel experto?
—Algo así —suspiró Mateo—. Pero no te preocupes. Yo te defiendo.
Llegaron al departamento de Mateo. Apenas cerraron la puerta, Valeria lo empujó contra la pared y lo besó con ganas. Sus manos bajaron por su pecho mientras Mateo le agarraba el trasero.
—Entonces… —susurró ella entre besos— mañana conoceré al famoso suegro machista.
Mateo sonrió contra sus labios.
—Sí… mañana vamos a la casa de mis papás.









