Chapter 1
Nunca supe lo que significaba que alguien te gustara de verdad. No por la presión de encajar, ni por cumplir con las expectativas de los demás, sino por el simple y abrumador hecho de no poder apartar la mirada. No lo entendía. Al menos, no hasta la primera vez que lo vi.
Aquel día, el mundo pareció reducir la velocidad a mi alrededor. Cuando se cruzó en mi camino, algo invisible pero implacable me arrastró hacia él. Me quedé congelada, sin la menor idea de cómo actuar. Él desbordaba un aura de absoluta indiferencia, un aspecto despreocupado que gritaba que nada de lo que ocurriera en ese instante le importaba lo más mínimo. Tenía los ojos cansados, arrastrando el peso de una noche en vela, y una actitud tan fría y distante que parecía advertirle al mundo que no intentara acercarse. Se notaba, en la tensión de sus hombros y en la brevedad de sus palabras, lo incómodo que le resultaba tener que interactuar o verse obligado a decir algo.
Sin embargo, en medio de su reserva, ocurrió algo que lo cambió todo: se puso a cantar.
No me enamoré de golpe en ese segundo exacto, pero la semilla quedó plantada. Al llegar a casa, busqué la canción que había salido de sus labios y la reproduje en bucle. Una y otra vez. Me la aprendí de memoria, convirtiéndola en el puente directo hacia su recuerdo. Cada acorde me devolvía sus ojos achinados y adormitados, su presencia gélida, su pelo castaño claro. Me frustraba no comprender por qué su imagen se había quedado tatuada en mi mente, ni por qué me resultaba imposible desalojarlo de mis pensamientos.
La distancia digital
Pasé de la memoria a las redes sociales. Seguirlo fue el inicio de un tierno calvario. Cada vez que publicaba una historia o subía una foto, el corazón me daba un vuelco desbocado y sentía cómo las mejillas se me encendían en un rosa pastel, delatándome en la soledad de mi habitación. Intenté de todo para llamar su atención, ideando mil formas de hacerme notar, pero siempre terminaba estrellándome contra su muro de indiferencia. Me moría por acercarme, pero me aterraba parecer tonta, o peor aún, una niña infantil a sus ojos.
Entonces, llegó Navidad.
La atmósfera festiva chocó de frente con una historia que él subió a sus redes; un fragmento cargado de una melancolía tan densa que casi podía tocarse. Rompiendo todos mis filtros y sin detenerme a pensar en las consecuencias, deslicé la pantalla y respondí con dos palabras sencillas, pero cargadas de genuina preocupación:
—¿Estás bien?
Eso fue todo. El hilo invisible finalmente se tensó.
Por primera vez, tuve su atención, y la sensación fue tan embriagadora como hermosa. Esa noche borramos las horas. Hablamos durante toda la madrugada, una burbuja en el tiempo donde la distancia se acortó cuando nos intercambiamos los números de teléfono. La complicidad creció tan rápido que los mensajes de texto mutaron en llamadas telefónicas. Podíamos pasar horas suspendidos en la línea, compartiendo silencios y confidencias sin que el aburrimiento se atreviera a asomarse.
Por fin, después de tanto observarlo desde las sombras, había encontrado a alguien con quien ser completamente yo misma. Todo el día, a todas horas.








