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Ecos del Gran Silencio [Historia Interactiva]

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Summary

Tres siglos después del fin del mundo, la humanidad ya no vive unida. Sobre las ruinas del Viejo Mundo se alzan territorios enfrentados por sus creencias, sus secretos y su forma de entender el pasado. En algunos lugares, la tecnología es prohibida. En otros, venerada. Pero los ecos del antiguo mundo siguen resonando bajo la superficie. Y en un tiempo donde cada elección tiene consecuencias, sobrevivir depende de mucho más que la fuerza.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
18+

CAPÍTULO 1: EL PESO DE LAS MANZANAS

El crujido del cuero y el tintineo de los herrajes eran los únicos sonidos que rompían el silencio del amanecer en la Estacada. Finn ajustó las correas del tiro con movimientos mecánicos, precisos, grabados en su cuerpo tras cientos de viajes.

A sus pies descansaba la caravana: madera reforzada, placas de metal reciclado y grandes ruedas preparadas para soportar caminos destrozados. Su arco largo colgaba de un lateral del carromato, siempre al alcance de la mano. En las tierras salvajes, un descuido podía costarte la vida.

La Estacada despertaba lentamente.

No era un pueblo. Era un fortín de supervivencia levantado con hambre, barro y chatarra.

La muralla circular mezclaba troncos afilados, planchas de metal oxidado y restos de coches del viejo mundo soldados entre sí como un remiendo desesperado. Dentro del perímetro, la barriada se extendía entre antiguos contenedores marítimos cubiertos de barro para camuflarlos. Habían abierto ventanas toscas con sopletes y cubierto muchos techos con tierra húmeda donde crecían matojos aislantes.

Los gallineros, armados con cable viejo y malla metálica, resonaban con el cacareo nervioso de las aves. Más allá, en antiguos hangares de maquinaria agrícola, descansaban vacas y cabras cubiertas con lonas para protegerlas de la ceniza.

De las chimeneas improvisadas empezó a brotar humo denso de leña húmeda. El olor se mezcló con el hierro quemado del viejo taller de tractores, donde Barnaby ya golpeaba metal desde el alba.

—No te olvides de la bufanda si el viento gira hacia el norte, Finn.

La voz de Maeve sonó firme, aunque cargada de esa preocupación maternal que nunca desaparecía del todo. Salió de su contenedor reformado con un pequeño tarro de barro sellado con cera.

—Y dale esto a la vieja Agnes, en El Cruce del Sauce. Le aliviará los dolores de huesos.

—Descuida, Maeve. Lo tendrá antes del anochecer.

Finn guardó el tarro en uno de los cajones exteriores del carro y le dedicó una media sonrisa cansada.

En ese momento, una pequeña silueta apareció corriendo entre los postes de la empalizada.

Era Nico.

Apenas levantaba tres palmos del suelo y ya intentaba ayudar en el taller. Sujetaba una figurita de madera con forma de caballo cojo mientras corría hacia él. Al llegar, una tos seca y ronca le sacudió el pecho.

Finn se tensó al instante.

Se arrodilló frente a él y le acomodó mejor el cuello de la pesada chaqueta de lona.

—¿Has tomado el jarabe de pino que te dejó Maeve?

—Sabe horrible, pero sí —protestó el niño, limpiándose la nariz con la manga—. Finn… ¿me traerás algo dulce de la gran ciudad de piedra? Dicen que allí el pan no raspa la garganta.

Finn sintió una punzada en el pecho.

—Si el intercambio sale bien, te traeré un tarro entero de miel de montaña. Te lo prometo. Pero tú quédate en el taller con Barnaby, ¿entendido? Nada de acercarte a los extractores cuando el aire esté espeso.

Nico asintió antes de volver a su juego.

Finn se incorporó lentamente y clavó la mirada en el horizonte grisáceo que se extendía más allá de las puertas de la Estacada.

Hacía años, el cielo había adquirido aquel mismo tono amarillo enfermizo. La calima de ceniza se coló por las rendijas de su antigua cabaña, y la escasez de medicinas hizo el resto. Sus padres no sobrevivieron a la semana.

Desde entonces, Finn se había prometido que Nico jamás acabaría igual.

Aunque tuviera que cruzar las tierras salvajes mil veces.

—¡Arre!

Los dos robustos caballos iniciaron la marcha.

El viaje transcurrió entre caminos rotos, llanuras vacías y bosques cubiertos de polvo gris.

El mundo no había muerto por magia, sino por soberbia humana. Cuando las redes automatizadas del viejo mundo colapsaron durante el Gran Silencio, industrias enteras quedaron abandonadas. Refinerías, reactores y complejos nucleares acabaron explotando en cadena.

Tres siglos después, la tierra seguía rota.

Finn lo comprobó cuando el camino bordeó un enorme desfiladero. A lo lejos, envuelto en la eterna calima de ceniza, se alzaba el esqueleto del Gran Puente.

La plataforma central se había desplomado generaciones atrás, tragada por el abismo. Sin embargo, sus dos torres oxidadas seguían en pie como centinelas ciegos, uniendo la nada con la nada. Los cables superiores colgaban deshilachados y vibraban con el viento, emitiendo un silbido lúgubre que parecía un eco del mundo muerto.

Finn apartó la mirada.

El camino volvió a internarse en el bosque. Las hojas estaban cubiertas por una capa gris y pastosa, rastro de una calima reciente. Más adelante tuvo que desviar el carro para evitar el cadáver deforme de una criatura salvaje. La piel mostraba mutaciones sutiles y una doble hilera de colmillos, deformidades nacidas de la radiación de las Zonas Muertas del norte.

A Finn se le revolvió el estómago.

Se ajustó la bufanda sobre la nariz y espoleó a los caballos.

Horas después, al atravesar un desfiladero estrecho, tres chatarreros bloquearon el camino con barras de hierro.

El líder era un hombre flaco, con un ojo blanquecino y la piel curtida por años de intemperie. Sus compañeros, cubiertos de polvo y ropa desgastada, rodearon el carromato con las armas en alto.

—Vaya, el chico de los recados de la Estacada —gruñó el tuerto, golpeando la madera del carro con una barra metálica—. El camino está caro hoy, mensajero. Deja algo útil si no quieres que desmontemos esta preciosidad pieza por pieza.

Finn no soltó las riendas, pero dejó que sus dedos rozaran el pomo del cuchillo atado al cinturón.

Notó el viejo impulso removiéndose bajo la piel. Una parte de él quería bajar del carro y hundirle el acero al tuerto antes de que pudiera seguir hablando.

En lugar de eso, mantuvo la calma.

—Qué decepción —dijo con calma helada—. Pensaba que los asaltantes de esta zona tenían un poco más de dignidad. Tres muertos de hambre para detener un carro… Estáis bajando el nivel.

El tuerto endureció el gesto.

Finn continuó:

—Podríamos jugar a ver quién sangra primero, pero tengo prisa. Y vuestras madres seguramente prefieren que volváis enteros a casa. ¿Qué os parece un fardo de cuero de la Estacada? Barnaby lo curtió el mes pasado. Os servirá para remendar botas… o para taparos esas caras tan feas.

Uno de los hombres soltó una carcajada nerviosa.

El líder dudó apenas un instante, evaluando el tamaño del cuchillo de Finn, la solidez del carro y la seguridad con la que hablaba.

Finalmente hizo una seña.

Finn les lanzó el fardo sin apartar la vista de ellos y azuzó de nuevo a los caballos.

Solo cuando el desfiladero quedó atrás soltó el aire lentamente.

En las tierras salvajes, mostrar miedo podía costarte la vida. El cinismo, a veces, mantenía los cuchillos lejos.

Al caer la tarde, las paredes rojizas del desfiladero cedieron y la calzada se volvió lisa y perfectamente alineada.

Entonces apareció Caelum.

Incrustada en la cordillera, la ciudad se alzaba como una visión imposible entre la ceniza.

Una gigantesca cascada descendía desde la cima de la montaña, dividiendo el valle con un río de aguas cristalinas. A sus pies, la ciudad post-Silencio descendía en niveles ordenados de piedra blanca y tejados planos.

Una enorme muralla exterior protegía la Ciudad Baja. Desde el gran portón nacía una avenida ancha y pavimentada que ascendía en línea recta hacia las alturas, como una cicatriz de piedra abierta sobre la montaña.

Dos enormes estandartes con el Ala Ascendente ondeaban junto a las puertas.

Al acercarse, tres guardias con armaduras relucientes le dieron el alto mientras centinelas vigilaban desde las almenas.

—Mensajero Finn, de la Estacada —dijo él, mostrando la placa de comercio—. Traigo grasa vegetal y pieles para la Ciudad Baja.

—Abran los compartimentos —ordenó el oficial—. Busquen metal impuro o reliquias mecánicas.

Finn mantuvo la expresión neutra mientras revisaban el carro.

Un sudor frío le recorrió la nuca.

Por suerte no llevaba nada prohibido. En Caelum, la Fe del Orden Recto consideraba la tecnología antigua una herejía demoníaca castigada con la muerte. Según sus escrituras, el Gran Silencio había sido un castigo divino: los humanos del viejo mundo intentaron imitar a Dios creando máquinas capaces de pensar, y terminaron condenando la tierra entera.

El rey Cassius Velaryn incluso había ejecutado años atrás a su propia esposa por ocultar un artefacto del viejo mundo.

Si sospechaban de alguien, no hacían preguntas.

—Limpio —gruñó finalmente el guardia—. Tienes hasta el ocaso. Muévete.

La Ciudad Baja resultó incluso más asfixiante de lo que Finn recordaba.

A diferencia del bullicio salvaje de El Núcleo —el enorme mercado de metales y maquinaria escondido en las profundidades de una antigua instalación militar—, en Caelum estaba prohibido gritar o regatear.

Los habitantes caminaban en silencio, vestidos con tonos apagados y expresiones vacías. Los comerciantes hablaban en murmullos cuidadosamente medidos.

Para la Fe, el Ala Ascendente representaba la pureza espiritual.

Para Finn, representaba control.

Control sobre las palabras. Sobre los cuerpos. Sobre las mujeres.

Mientras los nobles vivían protegidos tras murallas de mármol, las tierras salvajes seguían enterrando niños por falta de medicinas.

Descargó las pieles rápidamente y cambió parte de la mercancía por unas pocas monedas. Después se refugió unos minutos en una taberna gris y silenciosa.

Dentro, los hombres bebían sin hablar demasiado, vigilando las esquinas con desconfianza.

Fue allí donde Finn escuchó los primeros rumores.

Patrullas especiales. Registros urgentes. La guardia movilizada.

Al salir, se apresuró a terminar sus compras.

Compró pan de grano puro, tres manzanas rojas perfectas y un pequeño tarro de ungüento de savia de cascada para los pulmones de Nico. También gastó más de lo que debía en miel de montaña, un retal de seda de roca para coserle una máscara y un puñado de sal pura de manantial.

Mientras guardaba las provisiones en el carromato, una conmoción sacudió la avenida principal.

Un pelotón de guardias de élite atravesó las arcadas superiores al galope. Sus monturas golpeaban la piedra con violencia mientras se dirigían hacia los portones exteriores.

Los soldados de a pie comenzaron a registrar los puestos cercanos.

Al pasar junto a dos comerciantes encogidos contra una pared, Finn escuchó un susurro:

—El General ha cerrado los accesos a la zona alta… Dicen que falta algo en los aposentos reales. O alguien.

Finn alzó la vista hacia lo alto de la montaña.

Allí, más allá del segundo portón de mármol y del enorme rastrillo de hierro, se encontraba el corazón del reino.

El antiguo Templo Sagrado.

Las enormes cúpulas de mármol pulido seguían desafiando al tiempo tres siglos después del Silencio. En las terrazas superiores reinaba una calma casi irreal. Apenas podían distinguirse algunas figuras nobles paseando entre cipreses y balcones suspendidos sobre el abismo.

Finn recordó los rumores de los caminos.

El viejo Cassius Velaryn tenía dos hijos.

El primero era el General: un fanático religioso que controlaba el ejército con devoción brutal.

La segunda era la princesa Elarya, mantenida prácticamente prisionera en lo alto del palacio desde la ejecución de la reina Helena.

Si el General había movilizado personalmente a la guardia de élite, aquello significaba problemas serios.

Finn decidió no averiguar más.

Abandonó Caelum antes de que cerraran los accesos.

La noche cayó rápida sobre las llanuras.

Finn condujo durante horas bajo el frío, con los hombros ardiendo por el cansancio acumulado. Le dolían los ojos y apenas sentía las manos, pero pensar en Nico y en las medicinas lo obligaba a seguir adelante.

Finalmente apartó el carro del camino principal y lo ocultó entre una arboleda espesa de pinos.

Dentro del habitáculo, el espacio era estrecho pero seguro.

Encendió un candil. La pequeña llama dorada espantó las sombras del cuarto donde dormía durante las rutas.

Agotado, empezó a colocar las provisiones sobre el estante superior.

Entonces los caballos relincharon afuera.

Finn se quedó inmóvil.

Un sonido sordo empezó a transmitirse a través de la tierra: varios jinetes aproximándose a toda velocidad.

El carro vibró ligeramente.

Y entonces ocurrió.

Un golpe seco resonó bajo el camastro.

Algo había caído en la oscuridad.

El cansancio desapareció de golpe.

Alguien se había colado en el carromato mientras él estaba en la taberna… y llevaba horas escondido bajo sus pertenencias.

Las manzanas resbalaron de sus manos y rodaron por la madera.

Finn desenvainó el cuchillo de caza en silencio. La hoja mellada brilló bajo la luz temblorosa del candil mientras avanzaba lentamente hacia el camastro.

A través de las rendijas de la madera comenzaron a filtrarse destellos anaranjados.

Antorchas.

Los jinetes ya estaban allí.

Con un movimiento brusco, Finn apartó las mantas y las pieles de repuesto de una patada.

—¡Sal despacio o te abro el cuello! —rugió en un susurro feroz.

La luz del candil iluminó el rincón oculto.

Finn parpadeó, desconcertado.

Acurrucada contra la pared del carromato había una chica temblando de terror. Vestía una casaca basta de sirvienta y una capa de lana mugrienta. Tenía las mejillas manchadas de hollín para ocultarse.

Pero cuando levantó las manos para protegerse del cuchillo, el candil iluminó el objeto que apretaba contra el pecho.

Un relicario de oro puro.

Grabado con el Ala Ascendente.

Finn se quedó helado.

Nadie de la plebe podía poseer algo así.

Clavó la mirada en el rostro de la intrusa. Bajo la suciedad y el disfraz seguían distinguiéndose unas facciones delicadas, unos ojos almendrados y unas manos demasiado finas para pertenecer a una sirvienta cualquiera.

Era como ver a un fantasma.

Se parecía de forma escalofriante a la reina Helena, ejecutada años atrás ante todo el reino.

Entonces las piezas encajaron en la cabeza de Finn.

La movilización de la guardia. Los registros. Los rumores.

Aquella chica no era una fugitiva cualquiera.

Era la hija de Cassius Velaryn.

La princesa Elarya.

Afuera, los soldados empezaron a acercarse entre los árboles. Las ramas crujieron bajo las botas y las luces de las antorchas barrieron la lona del carro.

Elarya lo miró con los labios temblorosos.

—Por favor… ayúdame.

Los cascos de los caballos ya estaban a metros del carromato. Finn no tenía tiempo para pensar, tenía que decidir. Ahora.

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