El Ángel
CAPÍTULO 1:
Era un pueblo muy pobre allá por la sierra. Había poca gente, no había agua potable y tenían que ir al río por ella. Las calles eran de tierra, la iglesia y la escuela se estaban cayendo a pedazos. De electricidad, solo algunos tenían. Había solamente un maestro para todos los niños, y de servicio médico ni soñarlo; tenían que ir hasta la ciudad para eso, lo que se hacía en dos o tres horas de camino por terracería.
Ese pueblito era un paraíso para el narcotráfico: el gobierno no entraba para nada. Ahí solo había tres opciones: irte de ilegal a Estados Unidos, unirte al narco o morirte de hambre. Era el pan de cada día ver hombres armados pasando en camionetas por las calles.
Ahí vivían dos parejas que eran mejores amigos: Yesenia y Juan, y Sandra y José. Las familias de Yesenia, Juan y José ya vivían radicando en Estados Unidos; solamente Sandra tenía a su papá en el pueblo, pues su madre había fallecido hacía ya tiempo.
Yesenia y Juan tenían un niño de tres años: Jesús. Sandra y José tenían una bebé recién nacida: María. El pequeño Jesús nació con un don especial, algo que llamaba muchísimo la atención de todos. Todos querían verlo, tocarlo; tenía ese no sé qué que atraía a la gente sin remedio.
Yesenia y Juan ya se habían puesto de acuerdo para migrar hacia Estados Unidos, y convencieron a Sandra y José para que los acompañaran. Pero no se querían llevar a los niños; eran muy pequeños para arriesgarlos en ese viaje tan peligroso. Entonces, le pidieron a don Joaquín, el padre de Sandra, que se quedara a cuidarlos por poco tiempo.
Él al principio no quería, pero ellos insistieron tanto que al final aceptaron. Le prometieron que mandarían por ellos en cuanto se establecieran del otro lado. Se fueron, pero pasaron los días, los meses y los años… y don Joaquín no volvió a saber nada de nadie. Simplemente desaparecieron todos.
Don Joaquín crió a los niños con muchas carencias económicas, pero llenos de amor, respeto, valores y mucho cariño. Aunque Jesús no era de su propia sangre, lo trató tal cual como a su nieto. Ellos crecieron entre el monte, aprendiendo a cazar ratas de campo, conejos y aves solo para poder comer.
Joaquín partía leña para vendérsela al terrateniente del lugar: don Mariano, quien también era el jefe de plaza de toda esa zona. Cada vez que Joaquín partía la leña para vendérsela, siempre cargaba a los niños a todos lados con él.
A don Mariano le encantaba Jesús. Cada vez que lo miraba, le decía:
—Niño, ¿quieres venirte a vivir conmigo? Tendrías de todo.
Pero Jesús, tímido, se escondía detrás de don Joaquín para no irse con él.
Para llegar donde don Mariano, tenían que cruzar todo el pueblo, pues él tenía su gran rancho a las afueras, mientras que don Joaquín vivía también a las orillas, pero del lado contrario. Y cada vez que pasaban por el centro, la gente se acercaba para ver al hermoso niño de ojos color verde esmeralda que llevaba don Joaquín.
María también era una niña muy bonita, pero Jesús, por ese don que traía desde que nació, se llevaba siempre todas las miradas y los mimos de la gente.
Cada vez que don Joaquín vendía su leña, con el dinero les compraba algo rico de comer a los niños, y lo que sobraba lo gastaba en vino, pues le gustaba tomar para pasar el rato.
Pasaron los años y los niños crecieron. María ya tenía diez años, y Jesús trece; ya era todo un hombresito, guapo y alto, y tenía a todas las niñas de la escuela enamoradas de él.
Un día, estaba don Joaquín partiendo leña junto a Jesús, cuando María gritó desde adentro de la casita:
—¡Abuelo! ¡Ya no hay agua!
El abuelo le contestó sin dejar de trabajar:
—Espérate un momento, hija. En cuanto termine con esta leña, voy al río a traer.
Pero María contestó con voz de urgencia:
—Abuelo, me estoy muriendo de sed, por favor…
Jesús miró a su abuelo y le dijo decidido:
—Yo voy por el agua.
El abuelo lo miró serio y le advirtió:
—No, hijo. Anoche llovió muy fuerte y el río está muy crecido, va con mucha fuerza. Es muy peligroso, mejor esperamos.
Pero Jesús insistió tanto, tanto, que al final el abuelo terminó aceptando, aunque con miedo:
—Está bien, ve… pero ten muchísimo cuidado, por favor. No te tardes.
—No te preocupes, abuelo, ya verás que ahora mismo regreso —dijo él.
Tomó la olla de barro, se la echó al hombro y se fue caminando hacia el río.
Pasaron los minutos, luego las horas… y Jesús no regresaba.
Preocupados, don Joaquín y María salieron a buscarlo, recorrieron todo el camino, pero no lo encontraban por ningún lado. Ya era tarde y estaba empezando a oscurecer. Fueron hasta el pueblo para avisar lo que había pasado, y todos los vecinos salieron a ayudarlos. Lo buscaron toda la noche y buena parte del día siguiente, gritando su nombre por todos lados.
Pero no encontraron nada… solamente la olla tirada y rota cerca de la orilla del río.
Todos pensaron que la corriente, que iba tan fuerte, se lo había llevado. Lo dieron por muerto.
Don Joaquín no se perdonaba el haberlo dejado ir solo al río. Él y María no querían aceptar lo que había pasado, pero la realidad era dura: a esa pequeña familia les faltaba un integrante, y el vacío que dejaba Jesús era inmenso.








