Capítulo 1
A veces, un solo estruendo no termina con todo por completo,
Porque si fuera así, habría acabado cuando empezó.
Pero ahí estaba otra vez, sin dar más.
Y es que ese sonido punzante no se detenía...
¿O solo era yo?
Subir el volumen no bastaba.
Y quizás no logré escuchar bien, pero no hace falta oír para saber que hablan de mí.
El murmullo seguía, agotador, y ya no sabía de dónde venía.
Quizás me estaba volviendo loca... o a lo mejor...
No.
Ni siquiera sabía cómo era, ni lo que sentía.
En esa realidad, intentaba seguir el ritmo de los demás.
Anotando rápido, sin pensarlo mucho y aferrándome a cada palabra como si no quisiera perderme.
Pero entonces la profe se movió.
Y su voz se alejó con ella.
El aturdimiento ya no era solo en mi cabeza; era real, casi ahogado.
Las palabras se rompían antes de llegar.
Pero yo estaba más rota que esas palabras.
Dejé de escribir.
Levanté la vista hacia los alrededores intentando comprender cualquier mínima cosa.
Pero todo se veía tan lejos... como si nadie me quisiera ahí
Lo peor... era que sí.
Creo que no encajaba en ningún lugar.
Después de un rato, se alcanzó a escuchar el timbre.
Recreo...
Algunos se levantan arrastrando sus pies, haciendo el suficiente ruido, mientras hablan entre ellos y salen del aula.
Alguien me acercó una hoja a mi cara, para luego dejarla sobre el banco.
—Ya sabes que la profe me lo pide —murmuró Arenovitz, dejando el dictado antes de salir del aula.
—Gracias... —dije despacio.
Esperé unos segundos para levantarme, pero alguien pasó bruscamente.
Casi me caí, pero me sostuve.
Era Lukas...
Tomó la hoja mientras sonreía con ese gesto que yo ya conocía.
—¿No puedes seguirnos el ritmo ni siquiera una vez?
No respondí.
Nunca lo hacía.
Enroscó la hoja entre sus manos, formando una especie de tubo improvisado.
Y antes de poder apartarme, se inclinó hacia mí.
—¿Ahora sí escuchás? —Gritó cerca de mi oído, usando el papel como si fuera una corneta.
El sonido punzante volvió a mi cabeza de golpe, resonando una y otra vez.
Retrocedí tapándome los oídos...
El dolor que causaba ya no lo soportaba ni un segundo más.
Apagué los aparatos mientras intentaba mantenerme estable.
Pero Enzo me empujó justo cuando creía que era suficiente.
Caí al suelo con facilidad.
El silencio era mi tormento, porque con solo ver sus rostros quedaba claro todo.
El piso frío me venció.
Entonces dejé de verlos y de oírlos.
Simplemente me apagué y aun así, el internado siguió de todas formas.
Como siempre lo hacía, no era nada nuevo.
Aquel alboroto parecía inalcanzable.
No acababa en ningún espacio del Internado Nacional Ébano.
Entre la bulla, las voces se mezclaban y el griterío llenaba cada rincón, envolviendo cada movimiento.
Los de primaria corrían por los pasillos mientras algunos profesores intentaban mantener el orden.
Algunos seguían en el comedor y a la vez con el tiempo encima.
Las puertas se abrían y cerraban, mezcladas con las pisadas de las escaleras.
El nombre lo decía. Ébano aquí, ébano allá, aquel árbol destacaba a tal punto que se alcanzaba a ver desde cualquier piso.
Cualquier entrada o incluso ventana. Todo menos aquel patio trasero.
La pelota rebota contra el piso una y otra vez sobre la misma cancha de básquet.
El chirrido de las zapatillas al frenar seco era tenso.
Y aquel sitio era silencioso pero ruidoso al mismo tiempo.
—¡Pero qué haces!
—¡Mierda!
—¡Pasala!
El empate se sentía hasta la nuca, solo 5 minutos.
Bennett, por su parte, recibió la pelota esquivando al otro equipo.
Levanté la vista hacia el aro, pero retrocedí pasándola a mi equipo.
—¡Dos minutos! —gritó un equipo
La pelota descontroló a todos y Bennett la alcanzó.
Me lancé corriendo como nunca, esquivándolos sin dificultad.
El otro equipo quería alcanzarme, pero yo era más rápido.
En eso cuando creí que la tenía ganada...
Salté con todas mis fuerzas, lanzándolo hacia el arco, pero en ese salto alguien más saltó conmigo.
Todo pasó demasiado rápido y ni siquiera me di cuenta.
Mi cuerpo se volvió más pesado, sin estabilidad.
Terminé golpeándome contra la estructura metálica detrás del aro.
Caí seco; todo a mi alrededor retumbó mientras el entrenador corría lo más rápido que podía.
El silbato resonó por toda la cancha.
En eso intenté levantarme, pero la frente ardía como si tuviera clavos. Un dolor que no deseo a nadie.
Aunque yo mismo decía que estaba bien, ni yo ni los que me rodeaban lo creían.
La sangre se dispersaba por mi rostro.
Pero aquel ruido solo provenía del gimnasio.
Porque más a la entrada era otro espectáculo.
Pero no tanto para Ébano.
Este sitio nunca será lo suficiente para que alguien sea importante, aun así lo necesites.








