LOS OJOS DEL BOSQUE
El aroma a pan recién horneado inundaba las calles del pequeño pueblo.
Era una mañana tranquila. Los comerciantes acomodaban sus puestos, los niños corrían por la plaza y las amas de casa salían a comprar lo necesario para el almuerzo.
Dentro de la panadería más concurrida del pueblo, Akira colocaba cuidadosamente una bandeja de bollos recién hechos sobre el mostrador.
—Creo que ya puedo decir que sobrevives un día entero sin quemar el local —bromeó Ren mientras limpiaba una mesa.
Akira soltó una pequeña risa.
—Solo porque estoy aquí de favor.
—Claro, claro. Sigue diciéndote eso.
Ren negó con la cabeza y continuó trabajando.
Aquella escena era normal para ellos. Desde pequeños habían sido amigos y, aunque Akira no trabajaba regularmente en la panadería, siempre ayudaba cuando Ren se lo pedía.
—Toma, llévale esto a la señora Mabel —dijo Ren entregándole una bolsa de pan.
—¿Y por qué yo?
—Porque si voy yo me pondrá a escuchar historias durante una hora.
—Y a mí también.
—Sí, pero a ti te quiere.
Akira suspiró resignado.
—Todo el pueblo me quiere.
—Porque eres bonito.
—Ren.
—¿Qué? Es verdad.
Akira negó con la cabeza mientras tomaba la bolsa.
Desde que era pequeño había escuchado comentarios similares.
Las mujeres mayores lo encontraban adorable.
Los hombres intentaban llamar su atención.
Las madres suspiraban diciendo que sería un excelente esposo para alguien.
Era algo tan común que había dejado de prestarle atención.
Después de entregar el pan regresó a la panadería.
El día continuó con normalidad.
Hasta que una extraña sensación recorrió su espalda.
Akira se detuvo.
Por un instante tuvo la impresión de que alguien lo observaba.
Giró lentamente la cabeza.
Nada.
Solo la calle.
Los comerciantes.
Los niños.
Las casas.
Sin embargo...
La sensación permanecía.
Como si unos ojos invisibles siguieran cada uno de sus movimientos.
—¿Akira?
La voz de Ren lo sacó de sus pensamientos.
—¿Hm?
—Llevo tres veces llamándote.
—Lo siento.
—¿Te encuentras bien?
Akira volvió a mirar hacia el horizonte.
Más allá del pueblo se encontraba el bosque.
Oscuro.
Antiguo.
Silencioso.
Las historias sobre aquel lugar existían desde antes de que él naciera.
Historias de criaturas extrañas.
De viajeros desaparecidos.
Y, sobre todo...
Del Gran Lobo Feroz.
Akira siempre había pensado que eran simples cuentos para asustar niños.
Aun así, algo en aquel bosque le producía una sensación difícil de explicar.
—Estoy bien —respondió finalmente.
Ren pareció dudarlo, pero decidió no insistir.
Cuando el trabajo terminó, el sol comenzaba a descender.
Akira se despidió de su amigo y emprendió el camino de regreso a casa.
La vivienda de su familia se encontraba cerca de las afueras del pueblo.
Una casa sencilla pero acogedora.
Apenas cruzó la puerta, el aroma de la comida lo recibió.
—Mamá, ya llegué.
—Justo a tiempo —respondió Hana desde la cocina.
Akira sonrió.
Siempre le había gustado volver a casa.
Su madre era cálida.
Su padre era estricto pero amable.
Y sus abuelos ocupaban un lugar especial en su corazón.
Sin embargo, aquella tarde algo parecía diferente.
Hana estaba preocupada.
Podía verlo en sus ojos.
—¿Sucede algo?
La mujer guardó silencio unos segundos.
—Tu abuelo empeoró esta mañana.
La sonrisa de Akira desapareció.
—¿Qué?
—El médico fue a verlo.
—¿Está muy mal?
—No lo sabemos.
Akira apretó los puños.
Su abuelo Daichi siempre había sido fuerte.
Le costaba imaginarlo enfermo.
—Mañana necesito que le lleves algunas cosas —continuó Hana—. Comida, medicinas y unas mantas.
Akira asintió inmediatamente.
—Claro que iré.
Hana sonrió con ternura.
—Sabía que dirías eso.
La conversación terminó allí, pero la preocupación permaneció en el ambiente.
Aquella noche, mientras observaba el cielo desde su ventana, Akira volvió a sentirlo.
Esa presencia.
Esa mirada.
Levantó la vista hacia la línea oscura del bosque.
Por un segundo.
Solo por un segundo.
Juraría haber visto dos ojos brillando entre los árboles.
Unos ojos color ámbar.
El corazón le dio un vuelco.
Parpadeó.
Y desaparecieron.
Muy lejos de allí.
Oculto entre las sombras.
Un enorme lobo negro permanecía inmóvil.
Su pelaje se confundía con la oscuridad.
Sus ojos dorados seguían cada movimiento del joven.
Evander observó cómo la luz de la habitación de Akira permanecía encendida.
Había pasado años contemplándolo desde la distancia.
Años protegiéndolo sin que él lo supiera.
Años reprimiendo el deseo de acercarse.
Pero algo estaba cambiando.
Podía sentirlo.
El destino comenzaba a moverse.
Y muy pronto...
Akira entraría en el bosque.
—Aún no —murmuró Evander.
Entonces se dio la vuelta.
Y desapareció entre los árboles.








