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Summary

Valeria Restrepo tiene un plan perfecto. Santiago Duplat tiene un imperio que heredar. Unidos por una materia y separados por sus clases sociales, ambos se sumergen en un juego de seducción y leyes que desafía toda lógica. Pero detrás de los lujos de Bogotá y las notas perfectas, se esconde una conexión oscura que ninguno vio venir. En esta tormenta de pasión y secretos, solo hay una regla: no dejes que el corazón te atrape.

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

VALERIA

Un gran suspiro se escapa de mis labios cuando la alarma de mi teléfono, un sonido estridente y repetitivo, empieza a sonar sin parar, retumbando en el silencio y colándose por cada rincón de la casa. El ruido parece taladrarme los oídos en esta fría madrugada. Trago saliva, sintiendo la garganta reseca por el ambiente gélido, y estiro el brazo con torpeza entre las cobijas pesadas para apagar el aparato de una vez por todas. El silencio regresa de golpe, denso y casi doloroso, recordándome que la tregua del descanso ha terminado.

Me quedo quieta un par de minutos, bocarriba, mirando el techo. Observo de reojo por la ventana de mi habitación; afuera, todavía se ve la oscuridad cerrada y profunda posándose sobre la enorme, caótica y siempre despierta ciudad de Bogotá. No hay rastro del sol, solo el destello lejano de los postes de luz y el eco apagado de los primeros vehículos que empiezan a transitar por las avenidas principales. Son las cinco de la mañana. Hoy empieza una nueva rutina, una nueva semana, de un semestre que sé que me exigirá hasta el último aliento.

Haciendo un esfuerzo supremo para vencer la flojera y el peso de mis párpados, me levanto de la cama. El piso frío me hace dar un leve respingo en los pies descalzos. Me pongo de pie para estirarme un poco, entrelazando las manos por encima de mi cabeza y moviendo el cuello de un lado a otro hasta escuchar un par de crujidos reconfortantes. Al bajar la mirada, observo con detenimiento mi bolso, el cual ya estaba más que listo desde la noche anterior, reposando sobre la silla de madera junto al escritorio. Está lleno de libros, carpetas y los densos códigos de derecho que tendré que cargar durante todo el día.

El primer día de la semana, para mí, es sin duda el más agotador, pesado y desesperante de todos. Es el día en que la realidad me golpea de frente y me recuerda la enorme distancia que separa mi mundo del lugar al que voy a estudiar. Pero no puedo dejarme vencer, ni puedo llenarme de aquellos pensamientos derrotistas que solo atraen mala energía. No tengo el lujo de dudar ni de quejarme. Necesito terminar mis estudios de Derecho a como dé lugar, mantener mis notas perfectas y graduarme con honores para poder ayudar a mi familia, para devolverles un poquito de todo lo que se han sacrificado por mí. Ese es mi norte, mi ancla y mi motor.

Vuelvo a suspirar, sintiendo el aire helado salir como un vaho sutil de mi boca. Tomo mi toalla limpia junto con la muda de ropa que usaré hoy, abro la puerta con cuidado para no hacer ruido y salgo de mi habitación. Para mi sorpresa, mi hermana menor ya estaba despierta y en movimiento. Al final del pasillo, la pequeña Natalia aparece impecable, vistiendo el uniforme de diario de su colegio: la falda de prenses perfectamente planchada, las medias blancas que llegan hasta las rodillas y el saco azul oscuro sin una sola mota. A sus casi quince años, sigue teniendo esa energía radiante que a mí tanto me cuesta encontrar a estas horas de la madrugada.

Al verme en el pasillo, ella me brinda una sonrisa enorme, genuina, llena de esa luz tan suya, y no duda en dar unos pasos rápidos hacia mí para darme un gran abrazo de buenos días. Acepto su muestra de afecto con algo de somnolencia, hundiéndome en su hombro mientras mantengo los ojos a medio cerrar y me aferro a la toalla.

—Buenos días, Vale —me dice al oído, su voz sonando demasiado despierta para la hora.

—Buenos días, Nati —murmuro arrastrando las palabras, abrazándola un poco más fuerte—. Qué juiciosa madrugando tanto hoy.

Ella se separa sutilmente, me mira con picardía y no duda en decir que ya debe irse porque el tiempo corre y no quiere que la deje el transporte escolar.

—Ya me tengo que ir, juiciosa pues con las leyes hoy —añade con una risita, dándome una palmadita en el brazo.

—Bueno, mi amor, que te rinda mucho en el colegio. Te me cuidas —me despido de ella con cariño.

Ella asiente y sale corriendo por las escaleras con esa ligereza juvenil. Suspiro de nuevo, sintiendo un vacío momentáneo en el pecho, y retomo mi camino hacia el baño principal del segundo piso. Cierro la puerta detrás de mí, asegurando el pestillo, y dejo mi ropa limpia y la toalla colgadas en el perchero detrás de la puerta.

Me despojo de mi pijama, pieza por pieza, quedando completamente desnuda frente al espejo empañado por el frío de la mañana. La única ventaja que tengo en este momento, y que agradezco enormemente a la vida, es que la universidad a la que asisto es flexible en cuanto al horario de las clases; no tengo que estar sentada en un aula a las seis de la mañana como en otras instituciones. Todo empieza a las ocho de la mañana. Pero, para mí, debido a las distancias astronómicas de esta ciudad, mi día real empieza obligatoriamente desde las cinco de la mañana si quiero llegar a tiempo y no perder la materia por fallas en el primer bloque.

Entro a la ducha y abro la llave. Dejo que el agua fría caiga sin piedad sobre mi cuerpo, golpeándome la espalda, la cabeza y los hombros, despertándome al instante en una especie de choque térmico brutal. En nuestra casa jamás hemos tenido calentador, así que el agua sale con toda la fuerza del páramo bogotano. Sin pensarlo, mi cuerpo empieza a temblar descontroladamente bajo el chorro. Aprieto los dientes, froto mis brazos con rapidez usando el jabón de avena y dejo que la frialdad me limpie la pereza, obligando a mi mente a ponerse en modo de alerta máxima. Es un suplicio de cinco minutos, pero es el único método efectivo para despertarme por completo.

Después de casi veinte minutos más tarde, tras un proceso minucioso de secado y vestimenta, ya estoy completamente lista. Me miro al espejo y sonrío con un toque de nostalgia al detallar lo que llevo puesto. Mamá me ha hecho algo de ropa tejida, una prenda cálida, abrigada y muy bonita, ideal para soportar el frío implacable y traicionero de Bogotá, especialmente ese viento helado que baja de los cerros orientales. El atuendo consiste en un suéter de lana gruesa, tejido a mano por ella misma, de un color hueso elegante y suave al tacto, con un cuello alto que me cubre perfectamente la garganta para proteger las cuerdas vocales. El tejido forma unas trenzas delicadas que corren verticalmente por todo el torso, dándole un aire artesanal pero estilizado. Lo combiné con unos jeans oscuros de bota recta, cómodos para las largas caminatas por el campus, y mis botas de cuero negro de suela gruesa, ideales para pisar firme en los andenes bogotanos.

Mamá debería ser una gran diseñadora de modas, de verdad que sí. Tiene un talento innato para las agujas, para combinar texturas y para hacer que prendas sencillas se vean de alta costura, pero ese no era su verdadero sueño. Su vida tomó otros rumbos, marcados por las necesidades y el cuidado del hogar la obligaron a priorizar la estabilidad por encima de las pasiones artísticas. Suspiré, sintiendo una mezcla de orgullo y una leve punzada de tristeza por las oportunidades que el mundo le negó a ella, pero que ahora intenta garantizarme a mí con cada puntada de lana.

Terminé de secar mi cabello con la toalla, cepillándolo con cuidado hasta que mis ondas negras cayeron ordenadas sobre mis hombros. Apliqué un poco de maquillaje suave, algo muy básico para no lucir demacrada: un toque de corrector para disimular las ojeras del trasnocho del fin de semana, un poco de rubor en las mejillas para darme algo de vida y un bálsamo hidratante con un ligero brillo en los labios. Nada exagerado, solo lo necesario para el entorno universitario. Salí del cuarto de baño con paso firme, sintiéndome mucho más despierta, y arrojé mi pijama sucia al cesto de ropa que compartía con Natalia en el pasillo.

Caminé de nuevo hasta mi habitación, tomé todas mis cosas del escritorio: mi bolso pesado, mi teléfono que ya marcaba las cinco y cuarenta. Cerré la puerta y bajé con cuidado por las escaleras de la casa.

A medida que descendía, el ambiente cambiaba drásticamente. El primer piso olía delicioso, un aroma reconfortante que inundaba el aire y me hacía agua la boca: era el típico y más delicioso desayuno colombiano, hecho por las hermosas y maravillosas manos de mi madre. Olía a chocolate caliente espumoso preparado con clavo y canela, a queso derretido y al inconfundible aroma del maíz de las arepas tostándose en la parrilla sobre el fogón de la estufa. Ese olor es, para mí, la definición exacta de la palabra "hogar".

Sin pensarlo dos veces, me acerqué sigilosamente a la cocina y rodeé la cintura de mi madre por la espalda para darle un fuerte abrazo y un beso en la mejilla, mientras estiraba el cuello buscando a papá por todo el lugar, esperando encontrarlo sentado en la mesa leyendo el periódico o tomando su primer café del día.

—¡Buenos días, mi monita hermosa! —exclamó mi mamá, dándose la vuelta con una espátula en la mano y devolviéndome el abrazo con ternura—. Ya se me estaba haciendo raro que no bajaras. Vea que el desayuno ya está calientico.

—Buenos días, ma. Huele espectacular, como siempre —le dije, soltándola despacio pero manteniendo mis ojos fijos en la silla vacía del comedor—. Ven, ma... ¿y mi papá? ¿Dónde está?

Mamá dejó por un segundo su labor frente a la estufa, me miró con ojos comprensivos y me dijo que ya se había ido hacía unos quince minutos, ya que iba a aprovechar para acompañar a Natalia caminando hasta la esquina donde la recoge la ruta de la escuela, y de ahí se iba derecho para el trabajo, ya que el turno de vigilancia de hoy empezaba más temprano debido a una novedad en la empresa de seguridad. Suspiré de decepción profunda, sintiendo un bajonazo de nota inmediato, ya que de verdad quería verlo, hablar con él aunque fuera cinco minutos antes de arrancar mi semana.

Llevo más de dos semanas sin poder verlo bien, sin sentarme a cruzar más de dos palabras seguidas con él. Ya sea por sus extenuantes horarios rotativos en el trabajo como celador, o por mis interminables responsabilidades, lecturas y trabajos de la universidad, ya no tenemos el tiempo suficiente para pasar un rato agradable en familia. Es frustrante, porque incluso hasta los domingos le toca trabajar turnos de doce o catorce horas para poder cuadrar las horas extras que completan el sustento de la casa y ayudan a pagar los pasajes de mi universidad. Extraño sus consejos, su voz pausada y esa tranquilidad que siempre me transmite.

—Ay, mi amor, no se ponga triste —me consoló mamá, acariciándome el cabello al notar mi expresión decaída—. Usted sabe cómo es el trabajo de su papá. Él también le mandó un beso enorme y me dijo que le recordara que está sumamente orgulloso de la abogada de la casa. Camine, siéntese y coma antes de que se le enfríe la arepa.

Me dejé caer en una de las sillas de madera del comedor, acomodando mi bolso en el suelo junto a mis piernas. Mamá se acercó de inmediato y me sirvió el desayuno: una arepa de maíz blanco perfectamente dorada con una buena tajada de queso doble crema derretido encima, un huevo frito con la yema en su punto y un pocillo grande de chocolate espumoso. Todo se veía increíble. Y justo cuando estoy a punto de llevar un bocado de la comida a mi boca, cortando un pedazo de arepa con el tenedor, una voz conocida, fuerte e irritante se hace presente desde la entrada, rompiendo la paz de la cocina.

Mateo abre la puerta de la casa sin siquiera llegar a golpear, entrando como Pedro por su casa con esa enorme sonrisa de suficiencia, la sonrisa típica del chico que cree que es la última Coca-Cola del desierto y que tiene el mundo entero a sus pies. Viene vestido con sus jeans desgastados, una chaqueta impermeable de color negro y los tenis un poco gastados por el uso de los pedales de la moto.

Mateo es el típico chico del barrio que, porque sabe que es guapo, tiene buen porte, el cabello negro bien cortado y unos ojos expresivos, jura que todas las mujeres de la localidad deben caer rendidas a sus pies sin el menor esfuerzo. Es egocéntrico, un tanto engreído y le encanta llamar la atención, pero tengo que admitir que mis padres lo aman demasiado. Literalmente, para ellos Mateo es el hijo varón que ellos dos nunca pudieron tener, que siempre ayuda a arreglar una gotera, a cargar un bulto pesado o a hacer un mandado cuando papá no está.

—¡Buenas, buenas! —anunció Mateo con su habitual tono entrador. Sin pensarlo dos veces, él se acerca a mi silla, se inclina y me deja un beso rápido en la parte superior de mi cabeza, tomándome por sorpresa mientras me saludaba—. Hola, Valeria. Qué milagro verla despierta tan temprano y tan bonita.

—Hola, Mateo. No fastidie tan temprano, por favor —le respondí rodando los ojos, aunque sin poder evitar que una pequeña sonrisa de resignación se asomara en mis labios por su desparpajo.

—¡Dios me la bendiga, doña Clarita! —gritó él, ignorando mi mala cara, y luego dejó un enorme y sonoro beso en la mejilla de mi mamá, quien venía saliendo de la cocina.

Mamá no para de reír ante las ocurrencias y el carisma de Mateo. Lo mira con adoración materna, mofándose de su entrada triunfal, para luego ir corriendo de regreso hasta la cocina para alistar lo que sé que viene. Mateo no duda ni un segundo en sentarse conmigo en la mesa, acomodándose justo a mi lado, invadiendo mi espacio personal con total confianza, para empezar a preguntarme cosas de la universidad y de cómo me iba a ir en este nuevo semestre.

—¿Y qué? ¿Cómo pinta las clases en la alta sociedad? —me preguntó, apoyando los codos en la mesa y mirándome de frente—. ¿Mucho doctor estirado o qué?

—Pues normal, Mateo. Trabajos, leyes y si...mucho doctor estirado —le respondí, tomando un sorbo de mi chocolate caliente, sintiendo cómo el líquido dulce me devolvía el calor al cuerpo.

A pesar de su forma de ser tan confianzuda y de ese ego que a veces resulta insoportable, algo por lo que ambos tomamos la madura decisión de romper nuestro noviazgo hace unos meses después de darnos cuenta de que funcionábamos mejor como amigos, Mateo es una persona buena, trabajadora y profundamente bondadosa. No puedo ser injusta con él; tiene un corazón de oro detrás de esa fachada de rompecorazones de barrio.

Él cuida con su propia vida la moto pulsar negra que su madre, doña Luz, le ayudó a comprar con mucho esfuerzo el año pasado haciendo rifas y vendiendo empanadas. Literalmente, con esa moto, Mateo se la pasa camellando todo el día, trabajando duro para ayudarle mucho a doña Luz con los gastos de su casa, los servicios y la comida. Es un hijo ejemplar, las cosas como son. Ah, se me había olvidado decir o recalcar que él es mi vecino de toda la vida, la puerta de su casa queda pegada a la nuestra, por lo que nuestras familias han compartido alegrías y tristezas desde que éramos unos niños chiquitos que jugaban en la calle con tapitas de gaseosa.

—Todo va bien, por ahora —sonreí con un toque de ironía, mientras continuaba comiendo el desayuno que mamá había preparado con tanto amor—. Pero este semestre va a estar pesado. Todo está lleno de ensayos escritos, análisis de casos jurídicos, leyes penalistas, laborales y trabajos en grupo que me van a sacar canas verdes.

Solté un agotado suspiro solo de pensar en la carga académica que me esperaba en la Universidad de San Andrés. Pero él no dejaba de verme con esa enorme y sincera sonrisa en su rostro, una mirada que transmitía una fe ciega en mis capacidades que a veces ni yo misma lograba tener.

—Deje de preocuparse tanto, Vale. Usted es la mejor estudiante que he conocido en mi vida. Eso del derecho es pan comido para usted, los va a dejar callados a todos esos riquitos con sus argumentos —su sonrisa creció más, mostrando sus dientes perfectos, justo cuando mamá apareció desde la cocina portando un plato lleno de comida caliente: una arepa idéntica a la mía, huevos revueltos y un pocillo gigante lleno de café. Obviamente era un desayuno completo preparado especialmente para Mateo.

—Ay, doña Clarita, usted me quiere engordar, definitivamente. Dios se lo pague —dijo Mateo con los ojos iluminados, recibiendo el plato con total felicidad.

—Coma, mijo, coma que usted necesita fuerzas para andar en esa moto todo el día —le respondió mi mamá con una sonrisa maternal, dándole una palmadita en la espalda antes de regresar a sus quehaceres.

Solté una risita ahogada por la escena y continué con mi desayuno, disfrutando de la comida y de la charla trivial con Mateo sobre los chismes del barrio y las rutas de la ciudad. Sin embargo, el tiempo vuela cuando uno la pasa bien, y en menos de veinte minutos más, miré de reojo el reloj y sentí un corrientazo de pánico. Ya se me había hecho tarde para tomar el transporte habitual si quería evitar el peor trancón de la mañana.

Me levanté de la mesa de un brinco, recogiendo mis cosas a las carreras. Me despedí con rapidez de mamá, dándole un beso rápido en la mejilla, y le hice un gesto de adiós con la mano a Mateo, quien todavía estaba terminando su comida.

—¡Me voy! Si no salgo ya, el bus intermunicipal me va a dejar y no llego a la primera clase ni en helicóptero —dije con tono de urgencia, colgándome la mochila al hombro.

Pero cuando estaba a punto de cruzar el umbral de la puerta principal para salir corriendo hacia la avenida, la mano firme de Mateo me detuvo suavemente por el brazo, obligándome a frenar en seco. Lo miré confundida.

—Espere un momento, Vale. No se vaya a ir a sufrir a ese TransMilenio hoy. Yo puedo llevarla en la moto hasta la universidad, y después me quedo por allá arriba por el norte trabajando como domiciliario en las aplicaciones de reparto. Así le saco provecho al viaje hasta allá —me propuso, mirándome con seriedad mientras dejaba el plato vacío en la mesa.

Lo miré sumamente sorprendida, parpadeando un par de veces para procesar la oferta. Luego, giré la cabeza y observé con detenimiento la hora exacta en el reloj de pared que mis padres tenían colgado en una de las paredes de cemento. Marcaba las seis y diez de la mañana. A pesar de no ir demasiado tarde en términos estrictos, aquella propuesta era una bendición caída del cielo, una excelente alternativa, ya que aceptarla significaba que no debía perder valioso tiempo esperando en el paradero a que el bus colectivo apareciera, ni tendría que someterme al suplicio de ir apretujada, de pie y soportando los empujones en el sistema de transporte público masivo que a esta hora ya debía estar colapsado e intransitable.

—¿De verdad, Mateo? No quiero ser una molestia ni desviarlo de sus vueltas —le dije, midiendo mis palabras.

—Que no es molestia, boba. Camine que el tiempo corre —insistió él, mostrando una madurez que a veces ocultaba detrás de sus chistes.

Acepté la oferta con un leve suspiro de alivio, y Mateo le dio un gran y último sorbo al café negro que mamá le había servido para terminar de despertarse. Me acerqué una vez más a ella para despedirme formalmente, por lo que ella no dudó en alzar su mano derecha y hacer con devoción la señal de la cruz en el aire frente a mí, tocando levemente mi frente, mi pecho y mis hombros. Ella es una mujer sumamente católica, de las que creen que la bendición de una madre es el mejor escudo contra los peligros de la calle.

—Dios los bendiga, los guíe y los acompañe a ambos en el camino. Mucho cuidado con los carros grandes en esa autopista, Mateo, por favor —dijo mi mamá con tono protector, acompañándonos con la mirada mientras salíamos por la puerta de la casa hacia la acera fría.

—Tranquila, doña Clarita, yo se la cuido como a un tesoro —respondió Mateo guiñándole un ojo mientras cerraba la puerta detrás de nosotros.

Ya afuera en la calle, el aire helado de las seis de la mañana me golpeó la cara, haciéndome agradecer internamente el suéter que llevaba puesto. Mateo me miró y me indicó el camino con la cabeza.

—Espéreme acá un segundo, Vale, saco la consentida y vengo —me dijo, y se fue corriendo a paso veloz hasta la puerta del garaje que estaba justo al lado de mi casa, donde vivía con doña Luz.

Mientras esperaba de pie en el andén, observando cómo los vecinos empezaban a salir de sus casas con las bufandas subidas hasta la nariz para dirigirse a sus respectivos trabajos, no dudé en meter la mano en el bolsillo de mi bolso para sacar mis audífonos. Los conecté con rapidez a mi teléfono, me los acomodé en los oídos y busqué mi lista de reproducción favorita. Necesitaba música para aislarme un poco del ruido del entorno. Seleccioné a Morat, una banda bogotana cuyas letras románticas y ritmos nostálgicos me encantan y me sirven para concentrarme en mis propios pensamientos. Empezó a sonar "A dónde vamos" en mis oídos, y justo en ese instante, Mateo apareció doblando la esquina de la acera sobre su impecable moto negra, la cual rugía con fuerza en la cuadra.

Él frenó justo frente a mí, apoyando un pie en el asfalto. Estiró el brazo y me entregó el casco de protección de color negro que llevaba en el manubrio. Sonreí agradecida, acomodándome los audífonos para que no se cayeran, y lo acepté con amabilidad, asegurando la correa debajo de mi mentón hasta escuchar el clic de seguridad.

—Listo, abogada. Súbase pues con cuidado y sosténgase duro —me indicó Mateo, acomodándose el suyo propio.

Luego, ambos nos subimos a su moto. Acomodé mi mochila en la espalda de forma que no incomodara, pasé una pierna por encima del sillín y me ubiqué detrás de él. El sol ya estaba saliendo sin piedad en el horizonte oriental, tiñendo las nubes bogotanas de unos tonos naranjas y rosados preciosos pero fríos, y sin más preámbulos, él embragó, aceleró y se colocó en marcha, acelerando por las calles pavimentadas de San Antonio de la Sabana hacia las avenidas principales que nos llevarían directos al norte de la sabana.

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