Los problemas de ver el amor
Hay personas que nacen con suerte.
Personas que nacen con talento.
Personas que nacen con muy buena suerte
Y luego estoy yo.
Yo nací con la capacidad de perder contra parejas de ancianos.
—¡Mis ojos! ¡Mis pobres ojos!
Me cubrí el rostro mientras me tambaleaba por la acera.
Una mujer que pasaba por ahí aceleró el paso al verme.
No la culpaba.
Desde fuera probablemente parecía un estudiante teniendo una crisis existencial.
La realidad era mucho más ridícula.
A unos metros de distancia, un anciano sostenía la mano de su esposa mientras ambos caminaban tranquilamente por el parque.
Sonreían.
Conversaban.
Parecían felices.
Demasiado felices.
Un enorme hilo rojo los conectaba.
Brillante.
Resplandeciente.
Cegador.
Era como si alguien hubiera decidido colgar una estrella entre ellos.
—¿No podrían quererse un poco menos...? —murmuré.
Por supuesto, no me escucharon.
Nadie podía ver los hilos excepto yo.
Una injusticia absoluta.
Mi nombre es Ren Amamiya.
Tengo dieciséis años.
Me gustan los videojuegos, las vacaciones de verano y cualquier cosa que pueda entretenerme.
Y puedo ver los hilos rojos del destino.
Los famosos hilos que unen a las personas destinadas a enamorarse.
No sé por qué puedo verlos.
No sé cuándo apareció esta habilidad.
Y tampoco sé por qué el universo decidió arruinarme la vista específicamente a mí.
Lo único que sé es que mientras más fuerte sea el amor entre dos personas...
Más brillante es el hilo.
Y más dolor provoca en mis ojos.
Créeme.
Las parejas felices son una amenaza para la salud pública o bueno solo para mi .
Seguí caminando por la calle mientras el dolor desaparecía poco a poco.
Era algo a lo que me había acostumbrado.
Más o menos.
Bueno.
No.
Mentira.
Nunca te acostumbras a que un matrimonio de cincuenta años te ataque con una supernova romántica.
Suspiré.
Mi vida era así.
Ir a la escuela.
Volver a casa.
Evitar el daño ocular provocado por el amor ajeno.
Lo normal.
Aunque había algo más.
Nunca le dije a alguien sobre mi extraña y ridícula habilidad , es un secreto que solo te cuento a ti , a y también esta esto...
Yo podía cortar los hilos.
Bastaba con un ligero corte que podía hacer con cualquier objeto filudo , eran simples hilos después de todo.
Una sola vez.
Un movimiento.
Y desaparecían.
No el hilo.
El amor.
El vínculo.
Los sentimientos.
Todo.
Lo descubrí cuando era niño.
Por accidente.
Luego de despertar una mañana , pude verlos , creí que estaba alucinando o que tenia problemas con los ojos.
Pero entendí que eran reales al ver las acciones que algunas personas hacían con otras , luego cuando jugaba en la calle luego de unos días de haberlo descubierto.
Tropecé con uno que estaba casi cerca del suelo , no se porque pero se rompió casi al instante , no era mi intención se los prometo , supongo que lo que sentía esa pareja era muy débil como el hilo.
Y desde entonces juré que jamás volvería a hacerlo.
Porque algunas cosas no deberían estar en manos de una sola persona.
Porque nadie debería decidir quién merece amar y quién no.
Porque todavía recuerdo las consecuencias.
Aparté ese pensamiento.
No era un recuerdo que quisiera revisitar.
No hoy.
Especialmente no hoy.
Porque hoy es un día importante.
Después de años.
Después de incontables mensajes sin respuesta.
Después de creer que quizás jamás volvería a verla.
Aoi había regresado.
Todavía recordaba el mensaje.
Dos simples palabras.
“He vuelto.”
Eso era todo.
Ni una explicación.
Ni un saludo.
Ni siquiera un emoji.
Muy típico de ella.
Y aun así había sido suficiente para emocionarme durante toda la semana.
Giré por una esquina.
Y finalmente la vi.
La casa Takamura.
Exactamente igual que la recordaba.
La cerca.
El jardín.
El viejo árbol del patio trasero.
Una sonrisa apareció en mi rostro.
—Qué nostalgia... luego de mucho ... por fin .
Cuando éramos niños, Aoi y yo solíamos pasar las tardes enteras jugando allí.
Y cada vez que quería verla, utilizaba la misma ruta.
Obvio en esa época el mundo aun no me había maldecido con esta extraña habilidad.
Por supuesto.
La ruta secreta.
La ruta genial.
La ruta heroica.
La ruta completamente ilegal.
Miré el árbol.
Luego miré la ventana del segundo piso.
Después volví a mirar el árbol.
Y finalmente comprendí algo aterrador.
—...Este árbol era mucho más pequeño.
Cuando tenía diez años parecía una pequeña colina.
Ahora parecía una enorme montaña.
¿Por qué nadie me había advertido que los árboles crecían?
Agarré una rama.
Intenté subir.
Resbalé.
Volví a intentarlo.
Casi me caí.
Lo intenté una tercera vez.
Logré avanzar unos metros.
—Estoy... demasiado joven... para morir... puedo hacerlo ... ya casi
Después de varios minutos de sufrimiento físico y emocional, finalmente conseguí llegar a la rama que daba a la ventana.
Apoyé una mano sobre el marco.
Recuperé el aliento.
Y sonreí.
Como hacía años.
Como cuando éramos niños.
Y después de mucho , lo hice una vez mas.
—¡Aoi!
La ventana estaba abierta.
Una figura se giró dentro de la habitación.
Cabello oscuro.
Rostro familiar.
Los mismos ojos tranquilos de siempre.
Durante un instante sentí que el tiempo no había pasado.
—¡Aoi! ¡He regresado de mi épica aventura para rescatar a la princesa encerrada en la torre!
Silencio.
—...
—¿No era esa tu señal para decir “qué valiente caballero”?
— Bueno mejor esto antes de que me tiraras por la ventana como en la primera vez que vine a visitarte.
Más silencio.
—...
—O al menos podrías fingir entusiasmo.
Aoi me observó.
Y por primera vez sentí algo extraño.
No estaba sorprendida.
No estaba feliz.
Ni siquiera parecía molesta.
Simplemente...
Parecía cansada.
Muy cansada.
La sonrisa desapareció lentamente de mi rostro, pero no quise que eso sucediera , así que obligue a mi rostro fingir alegría.
—¿Aoi?
Ella tardó unos segundos en responder.
—Hola, Ren, cuanto tiempo.
Aquella voz era la misma.
Pero algo estaba mal.
No sabía qué.
No podía explicarlo.
Solo lo sentía.
Entonces ocurrió.
Mis ojos se dirigieron instintivamente hacia ella.
Observando su meñique izquierdo.
Y mi cuerpo se congeló.
No había hilo.
Ninguno.
Ni uno solo.
Mi corazón dio un vuelco.
Eso era imposible.
Todos tenían un hilo.
Todos.
Sin excepción.
Pero Aoi...
No tenía ninguno.
—¿Ren?
Parpadeé.
Volví a mirarla.
Parpadee muchas veces lo ojos , a ver si estaba viendo mal.
Seguía sin haber nada.
Ni una conexión.
Ni una señal.
Ni un destino.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.
Por primera vez desde que había llegado, olvidé mis bromas.
Olvidé el árbol.
Olvidé la emoción del reencuentro.
Porque frente a mí estaba algo que jamás había visto en toda mi vida.
Y no tenía idea de qué significaba.
Pero por alguna razón... me asalto la duda
¿ Porque alguien como ella no tenia uno ? , ¿ acaso estaba destinada a no tenar a alguien a su lado ? , casi no podía aceptarlo y me moría de la impotencia .
La sensación de alegría por volver a verla seguía ahí.
Pero ahora estaba mezclada con algo más.
Confusión.
Porque no importaba cuántas veces mirara.
Aoi seguía sin tener un hilo.
Era imposible.
Completamente imposible.
Y aun así estaba ocurriendo justo delante de mis ojos.
—¿Ren?
Parpadeé.
—¿Eh?
—Llevas varios segundos mirándome.
—Ah.
Eso.
Buen trabajo, Ren.
Nada sospechoso, como siempre lo hacías .
—Estaba comprobando si seguías siendo real.
Aoi inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Y tu conclusión?
—Todavía estoy investigando, pero se que sigues ahí , siendo lo misma niña pequeña que lloraba por casi todo.
Por primera vez desde que llegué, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
Pequeña.
Muy pequeña.
Pero estaba ahí.
Y eso me tranquilizó un poco.
—Sigues diciendo cosas extrañas.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—Lo tomaré como uno.
Aquella sonrisa desapareció rápidamente.
Aunque esta vez no parecía forzada.
Simplemente parecía... cansada.
Apoyó los brazos sobre el borde de la ventana.
Yo seguía sentado sobre la rama.
Una posición extremadamente incómoda.
Pero ya había sufrido demasiado para subir hasta allí.
No pensaba bajar todavía.
—Entonces...
Sonreí.
—Cuéntamelo todo, ¿Cómo te fue?, durante mucho tiempo no supe nada de ti , incluso te fuiste sin avisar.
—En serio ¿Todo?, ocurrieron muchas cosas , conociéndote de seguro te quejaras de lo aburrido que es escucharme.
—Oh , vamos , eso fue cuando era niño , ya no soy así , enserio todo , no te diré nada malo , de veras.
—Eso es mucho.
—Han pasado años.
—Lo sé.
—Desapareciste.
—Lo sé.
—Ni una llamada.
—Lo sé.
—Ni una carta.
—Lo sé.
—Ni siquiera una postal.
—Lo sé.
—Eso fue bastante cruel.
—Lo sé.
Fruncí el ceño.
—¿Tienes alguna respuesta aparte de “lo sé“?
Aoi pareció pensarlo unos segundos.
—Sí.
—¿Cuál?
—Perdón.
—Aceptable, pero no contesta todas mis dudas.
Volví a sonreír.
Y esta vez ella soltó una pequeña risa.
Una de verdad.
Por un instante volvió a parecer la Aoi que recordaba.
La niña que corría conmigo por el parque.
La que se reía cuando inventábamos aventuras absurdas.
La que siempre terminaba regañándome después de que mis ideas salieran mal.
Aunque ahora...
Había algo diferente.
Sus ojos.
No parecían los ojos de alguien de nuestra edad.
Parecían los de alguien que llevaba mucho tiempo preocupándose por cosas demasiado grandes que no logro comprender.
—Entonces, ¿ dónde estuviste?
Aoi desvió la mirada.
—Mi familia se mudó varias veces.
—¿Por trabajo?
—Algo así.
— Bien sigue , quiero saber mas.
—Lo sé.
—Otra vez no.
La comisura de sus labios se elevó ligeramente.
—Lo siento.
—¿Te fue bien?
—Sí.
—¿Hiciste amigos?
—No, recuerda que el único tonto que venia a verme por un árbol en vez de entrar por la puerta eras tu.
—¿Y ninguno logró reemplazarme? , ¿ no hubo otro tonto que trepara por el árbol de tu patio para verte ?.
—No.
—Excelente.
—Nunca cambias.
—Es uno de mis muchos talentos, siempre seré el mismo.
—¿Cuáles son los otros?
—Todavía los estoy buscando.
Esta vez la risa de Aoi fue un poco más clara.
Y escucharla me hizo sentir extrañamente feliz.
Porque durante unos segundos parecía olvidarse de aquello que la estaba atormentando.
Sin embargo...
Cuando la observé con atención.
Lo noté otra vez.
Esa tristeza.
Oculta detrás de cada sonrisa.
Como si constantemente estuviera pensando en algo.
Algo que no quería compartir.
Algo que la estaba consumiendo por dentro.
Mi sonrisa se volvió más suave.
—Oye.
—¿Sí?
—¿Estás bien?
La pregunta escapó antes de que pudiera detenerla.
Los ojos de Aoi se abrieron ligeramente.
Por un instante pareció sorprendida.
Como si no esperara que alguien lo notara.
—Claro que sí.
Mentira.
No sabía qué estaba ocultando.
Pero definitivamente era mentira.
—Aoi...
—Estoy bien.
Su voz fue amable.
Pero firme.
Una señal clara de que no quería seguir hablando del tema.
Y decidí no insistir.
Todavía no.
Si algo había aprendido de ella cuando éramos niños era que presionarla solo conseguía que se encerrara más.
—Bueno.
Me estiré.
—Entonces tendré que hacer mi trabajo.
—¿Tu trabajo?
—Sí.
—¿Y cuál es?
—Hacerte sonreír otra vez.
Aoi me miró.
Confundida.
—¿Eso es un trabajo?
—Uno muy importante.
—Nadie te contrató.
—Soy voluntario.
—Eso explica por qué no te pagan.
—Exactamente.
Su sonrisa volvió a aparecer.
Más pequeña esta vez.
Pero seguía siendo una victoria.
Y yo estaba dispuesto a aceptarla.
Entonces ocurrió.
Una voz llegó desde el interior de la habitación.
Una voz fría.
Calmada.
Peligrosa.
—¿Por qué hay un chico sentado en nuestro árbol?
Mi cuerpo entero se congeló.
No.
No podía ser.
Giré lentamente la cabeza.
Y allí estaba.
De pie junto a la puerta.
Con los brazos cruzados.
Observándome como si fuera una plaga particularmente molesta.
Setsuna Takamura.
La hermana mayor de Aoi.
El terror de mi infancia.
Todavía recordaba nuestras primeras interacciones.
Yo intentaba jugar con Aoi.
Setsuna aparecía.
Yo terminaba huyendo.
Era una especie de tradición familiar.
—Oh no...
Setsuna entrecerró los ojos.
—Sigues entrando por la ventana.
—Técnicamente sigo fuera de la ventana.
—¿Quieres que te empuje?
—Preferiría que no.
—Entonces baja.
—Eso también preferiría evitarlo.
Setsuna miró hacia abajo.
Luego volvió a mirarme.
—¿Tienes miedo?
—Muchísimo.
—Bien.
—¿Bien?
—Es la reacción correcta.
Nada había cambiado.
Absolutamente nada.
Aoi se cubrió la boca para ocultar una risa.
Y por primera vez desde que había llegado...
Vi una expresión genuina en su rostro.
Una que no estaba cargada de tristeza.
Una que no parecía fingida.
Y aunque Setsuna acababa de reducir mi esperanza de vida varios años...
Ver a Aoi reír de nuevo hizo que valiera la pena.








