Ep 1: La chica de las cerezas
La sala de interrogatorios olía a café frío, humedad y desesperación.
El sospechoso llevaba más de tres horas sentado frente a la mesa metálica con las manos esposadas. Tenía ojeras profundas, la camisa manchada de sangre y una expresión vacía que empezaba a irritar a toda la unidad.
—No hablará —gruñó uno de los detectives al salir de la habitación.
Otro lanzó una carpeta sobre el escritorio.
—Tenemos pruebas suficientes y aun así sigue negándolo.
Al otro lado del cristal de observación, Joe Walker permanecía inmóvil.
Traje oscuro impecable.
Mangas perfectamente alineadas.
Mirada fría.
Una pequeña botella de desinfectante descansaba junto a él.
—Entonces hicieron mal el interrogatorio —dijo sin emoción.
Uno de los agentes soltó un suspiro cansado.
—Lleva horas ahí dentro.
Joe observó nuevamente al sospechoso.
Algo no encajaba.
No parecía un hombre ocultando culpa.
Parecía alguien esperando algo horrible.
Antes de que pudiera responder, las puertas de la unidad se abrieron.
Tac.
Tac.
Tac.
Las botas negras resonaron por toda la oficina.
Varias conversaciones se detuvieron.
Los detectives levantaron la mirada lentamente.
Y entonces apareció ella.
Demasiado joven para ese lugar.
Sudadera negra oversized.
Cabello perfectamente arreglado a pesar de la lluvia afuera.
Guantes oscuros sin dedos.
Labios color cereza.
Y una pequeña bolsa de cerezas balanceándose entre sus manos.
La chica observó la oficina completa con calma inquietante.
Como si estuviera entrando a una cafetería y no a una unidad de homicidios.
Uno de los policías frunció el ceño.
—¿Quién dejó entrar a una adolescente?
Ella ignoró completamente el comentario.
Sus ojos recorrieron:
las fotografías de víctimas,
los escritorios desordenados,
las tazas de café,
las manchas diminutas sobre el suelo.
Entonces hizo una pequeña mueca.
—Qué lugar tan deprimente.
Joe la observó desde el cristal.
—¿Ella es Max Long?
El capitán de la unidad apareció detrás de él.
—Max Alix Long. Dieciocho años. Expulsada de dos escuelas. Conducta antisocial. Ayudó a resolver un homicidio hace unos meses.
Joe apartó la mirada del vidrio.
—¿“Ayudó” cómo?
—Descubrió al asesino antes que nosotros.
Joe soltó una pequeña risa seca.
—Claro.
—No estoy bromeando.
Joe volvió a mirar hacia la oficina.
Max seguía parada en medio del lugar comiendo cerezas tranquilamente mientras varios agentes la observaban con desconfianza.
Uno de ellos habló:
—Niña, no puedes estar aquí.
Max sostuvo una cereza entre los dedos.
—El hombre de la sala no mató a su esposa.
Silencio.
Toda la oficina quedó quieta.
El detective frunció el ceño inmediatamente.
—¿Qué dijiste?
—No la mató.
—Tenemos pruebas suficientes.
—Mhm.
—Entonces explícate.
Max miró hacia la sala de interrogatorios.
—Está asustado de ustedes… no de haber matado a alguien.
Varias personas soltaron pequeñas risas incrédulas.
Ella continuó con total tranquilidad:
—Además, el verdadero asesino es alguien cercano a la víctima.
Joe salió finalmente de la sala de observación.
Su presencia hizo que algunos agentes se apartaran automáticamente.
Max levantó lentamente la mirada hacia él.
Y sonrió apenas.
Como si ya lo hubiera analizado completo.
Joe sintió irritación inmediata.
La chica tenía algo incómodo.
Algo que no lograba explicar.
—¿Siempre haces acusaciones sin evidencia? —preguntó él.
—¿Siempre miras a las personas como si fueran errores?
Joe entrecerró los ojos.
Max tomó otra cereza.
—Eres maniático de la limpieza.
Silencio.
Joe no respondió.
—Tus mangas están perfectamente alineadas, usas desinfectante constantemente y nadie toca tu escritorio —continuó ella—. También odias el contacto físico.
Uno de los detectives soltó una risa nerviosa.
Joe clavó la mirada en ella.
—¿Quién demonios eres?
—Max Alix Long.
—Eso no responde mi pregunta.
Ella sonrió apenas.
—Lo sé.
Joe ya empezaba a cansarse de ella.
La chica parecía demasiado cómoda provocando personas.
Max dio un paso más cerca.
Joe retrocedió automáticamente medio paso.
Ella lo notó.
Y claramente le pareció divertido.
—No duermes bien —dijo de repente—. Y controlas demasiado las cosas porque tienes miedo de perder algo otra vez.
Joe se quedó inmóvil.
Silencio.
Max inclinó apenas la cabeza.
—…Oh.
La oficina seguía completamente callada.
Ella parecía genuinamente curiosa.
Como si acabara de resolver un rompecabezas.
Y eso lo hacía peor.
Joe habló con frialdad inmediata:
—Deja de analizarme.
—No puedo evitarlo.
—Pues aprende.
Max lo observó unos segundos.
Luego simplemente tomó otra cereza.
El capitán apareció junto a Joe.
—La traje porque necesito resultados.
Joe frunció el ceño.
—¿Hablas en serio?
—Ella encontró patrones que nadie vio antes.
Joe volvió a mirar a Max.
La chica era extraña.
Incómoda.
Socialmente desastrosa.
Pero algo dentro de él empezaba a sospechar una cosa peligrosa.
Ella tenía razón.
Otra vez.
Joe tomó la carpeta del caso y habló sin apartar la mirada de Max:
—Dices que el sospechoso es inocente.
—Sí.
—Entonces demuéstralo.
Uno de los agentes abrió los ojos sorprendido.
—¿Hablas en serio?
—Diez minutos —dijo Joe.
Max sonrió lentamente.
No una sonrisa amable.
Una peligrosa.
Entonces caminó hacia la sala de interrogatorios.
Tac.
Tac.
Tac.
Pero antes de entrar, se detuvo frente a la puerta.
Y sin girarse completamente dijo:
—Por cierto…
Joe levantó la mirada.
—El asesino volverá a atacar esta noche.
El ambiente cambió inmediatamente.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó Joe.
Max abrió lentamente la puerta de la sala.
Y por primera vez…
su expresión perdió parte de la diversión.
—Porque alguien así no se detiene después de una sola vez.
Entonces entró.
Y Joe, sin entender por qué…
tuvo la sensación de que acababan de dejar entrar algo peligroso a la unidad.








