1.1 Albor
El Ojo de Zarah era la ciudad central del territorio de Amet’ra. Durante los calurosos días, sus habitantes recorrían las avenidas, las tiendas de numerosos mercaderes y a veces buscaban lugares donde el sol no era capaz de llegar. Era una ciudad polarizada, opulenta en los sitios bendecidos con la presencia del Agha, el Emperador; la voz de los dioses del desierto. Durante las noches, el Ojo de Zarah se convertía en un auténtico paraíso, gobernado por los placeres, por los cuales los lugareños y los turistas más osados eran capaces de darlo todo. El emblemático barrio carmesí iluminaba la ciudad y atraía a los hombres en busca de la perdición. Mujeres, bebidas y entretenimiento era la búsqueda habitual, derrochando monedas provenientes del trabajo más honrado o de un saqueo fortuito en altamar. Ese barrio fue su cuna. El incienso, el Anan Kosha y cualquier objeto de perdición con el que se lucrara en el barrio habían sido recurrentes en su infancia. Pocas cosas eran capaces de sorprenderla en aquellos días. A las afueras del barrio, donde estaba la intersección con la avenida, se encontraba el segundo lugar que más frecuentaba.
El Dijinn era el establecimiento más llamativo y famoso de la zona, donde la gente se acercaba a ofrecer y solicitar servicios, a fin de resolver problemas que requirieran un experto. El sistema de El Dijinn operaba con la mayor confidencialidad existente en la zona. Había un espacio para todo pedido y un elemento capaz de cumplirlo por un precio justo. La estructura destacaba sobre todas las demás, con dos portales que daban la bienvenida a los clientes y los elementos por separado. Justo en medio, la estatua de un genio y una placa relucían entre los pilares. Hasta donde sabía, El Dijinn era dirigido por tres Vasijas. Desconocía las apariencias de los demás, ya que siempre era recibida por la Vasija escarlata, quien presentaba los trabajos que la Vasija esmeralda recolectaba. La Vasija ónice actuaba como mediador y era quien evaluaba la veracidad y valor de las recompensas de cada servicio. A pesar de haber recibido numerosas recompensas de servicios completados, nunca lo había visto. Se teorizaba que era quien controlaba el banco, una cámara enorme donde una máquina a vapor recibía códigos por medio de cápsulas. Una vez que el código era verificado, un elevador de carga hacía entrega de la recompensa correspondiente. Desde que tenía catorce años se había dedicado a forjar un nombre dentro del negocio de El Dijinn. Cada elemento recorría un largo camino, puesto que, como novatos, se les encargaban servicios básicos, algunos que rozaban lo ridículo. La cantidad de trabajos finalizados con éxito y su dificultad, que aumentaba de forma progresiva, definían el trabajo que se les permitía y, por lo tanto, el valor de su recompensa. Había trabajado día y noche, a veces semanas sin descanso, con el fin de acceder a servicios que unos pocos eran capaces de obtener.
A comparación de los demás edificios, los suelos de El Dijinn, compuestos por brillantes baldosas, daban un aire de poder y riqueza en cuanto se traspasaba el velo de la entrada. Una zona de espera, provista de mesas y bancos, invitaba a acomodarse, con el fin de socializar con los demás elementos, permitiendo una red de contactos y la formación de alianzas. Siguiendo el largo pasillo, un arco decorado con velos permitía el acceso a la cabina. Un suave crujido resonó cuando empujó la puerta de la cabina. Ahí dentro, una mesa y una silueta con una máscara recibían a los interesados.
—El Dijinn rebosa lujo; sin embargo, tus subordinados parecen incapaces de aceitar una simple puerta, ojo.
El susurro de una risa rebotó en la máscara, haciéndola casi imperceptible, de no ser por el silencio casi absoluto del lugar.
—Apreciaría que la agudeza de tus modales fuera tanta como la de tus ojos y oídos, Jade.
—No son los modales los que me han alimentado.
—En eso tienes razón —Movió su mano para invitarla a sentarse—. No puedo negar que has sido de ayuda. Tus talentos han atraído a una cantidad considerable de clientes en busca de un rastreador hábil. ¿Estás interesado en algo específico, niño?
Jade ladeó la cabeza, simulando pensar en su respuesta.
—¿Qué me recomiendas, rojo?
—Hace unas horas, un mercader vino a Esmeralda. Sonaba desesperado por hallar un cargamento perdido. Su ruta fue esta —Le ofreció un pergamino enrollado, guardado en el cajón de la mesa. Con interés, lo abrió de inmediato sobre la mesa. Rojo indicó la ciudad costera al este del territorio—. Confirmó que fue descargado del barco de Tovas y cargado en su caravana —Deslizó su dedo por la ruta mercante que conectaba Sibas con Zarah—. Dos días después, casi a mitad de ruta, el cargamento y tres de sus subordinados desaparecieron.
—Puedo mirar por su cargamento, pero si tu mercader busca venganza...
—Sus subordinados eran poco más que esclavos. Si desviaron la ruta hacia el norte o hacia el sur...
—Han de estar muertos.
—Rastréalos, si es necesario, pero solo necesitamos el cargamento. Probablemente fue tirado por ahí. Es una caja ordinaria de madera, pero tiene la marca de Tovas en una esquina.
Rojo le devolvió la mirada, aparentemente sin información nueva para entregarle. —¿Qué hay de la recompensa?
—Hemos trabajado años juntos, niño. Tendrías que saber que no me sacarás información antes de que traigas la caja —dijo con tono molesto—. ¿Entendido?
—Sísí, como quieras.
Se enderezó en su asiento y movió su mano como quien echa a un perro.
—Pídele a Selene un carro, si lo necesitas. Solo recuerda que cualquier daño tendrás que pagarlo.
Jade, sin decir una palabra más, agitó la mano con desinterés y se puso de pie. Una vez cerró la puerta de la cabina, el silencio regresó, precedido por el molesto crujir que hizo estremecer de irritación al enmascarado.
Durante la noche, el barrio carmesí encendía las farolas, enganchaba los velos de las entradas a las columnas y mujeres invitaban a ingresar a los diversos negocios. El más popular, por mucho, era el burdel de madame Cordelia, Canto de Afriet. Ahí se podía encontrar a las mujeres más hermosas, nacidas en Zarah o diversas partes del mundo. Cordelia recibía a cualquier mujer que deseara unirse, incluyendo a esclavas fugitivas o mujeres con deudas; sin distinción les entregaba la protección necesaria, hasta que un día alcanzaran los recursos para regresar a sus hogares, si así lo deseaban. De forma constante, Cordelia había recurrido a El Dijinn para garantizar la seguridad de sus chicas, contratando a elementos capaces de amedrentar a quien fuera necesario. Ella pasaba casi la totalidad de sus días en el lugar. Si había algo tan poderoso como el oro en la ciudad, lo era también la información. Desde joven se había pasado la vida cuidando cada movimiento, cada gesto y cada elección que los demás podían ver, con tal de obtener respeto. Si hubiera acudido a los catorce años a El Dijinn como una joven inexperta, habría sido el perfecto hazmerreír del reclutador, ni siquiera habría alcanzado a llegar a una de las Vasijas. En el Ojo de Zarah, como mujer, todo el respeto y prestigio que se podía obtener era dándole a los hombres todo lo que querían, transformarse en un elemento clave en sus deseos, como había hecho Cordelia. No despreciaba el esfuerzo que Cordelia había puesto para conseguir aquella reputación tan envidiada por algunas, pero quería obtener el mismo respeto por sus habilidades. En su desesperación, había seguido con lo que Cordelia había comenzado con el fin de protegerla, y se había presentado como un hombre más ante la ciudad. Como un hombre más, entraba en El Dijinn, en el Canto de Afriet, caminaba por las calles con confianza y de vez en cuando, se dejaba ver bebiendo en alguna taberna de la avenida. Su apariencia, moldeada para reflejar un aspecto joven y atractivo, le permitía acceder a lugares y obtener cualquier cosa que sus recursos pudieran pagar. Ser hombre era el equivalente a gozar de absoluta libertad y tener una voz con peso.
En cuanto traspasó el velo rojo de la entrada, una joven se le acercó con una sonrisa.
—¡Jade, te estaba esperando!
Narin le tomó el brazo y lo pegó a su busto.
—Hola linda, tenía que visitarte antes de partir.
—¿Ya te vas? Tienes que contármelo todo.
Se dejó guiar hasta una de las mesas, cerca de la barra principal donde otra mujer charlaba animadamente con los hombres sentados frente a ella. Narin la sentó junto a ella, al mismo tiempo en que tomaba dos copas del soporte en el centro de la superficie y luego una botella.
—Sabes que es confidencial...
—Sabes que, por muy confidencial que sea, seguiré intentando —Se acomodó bajo su brazo mientras le ofrecía la pequeña copa. Dirigió la mirada hacia la barra, buscando los ojos que comenzaban a incomodarla. Un hombre, casi de su misma edad y una cicatriz en su ojo la observaba con molestia. Cuando Narin se abrazó a su torso pudo notar que su ceja temblaba un poco.
—Siempre tan audaz —La acercó más a ella con el brazo que la joven había pasado sobre sus hombros descubiertos, y le susurró al oído. Volvió a mirar al hombre, que parecía a punto de explotar de rabia. Se le escapó una sonrisa burlona. Bebió su copa, esa y todas las veces que Narin fue tan amable de llenarla. Todas las chicas de Cordelia eran preciosas, pero Narin se destacaba por ser una de las más encantadoras. Tenía una gran cantidad de admiradores que, muchas veces, solo iban para mirarla; incluso si ya estaba con otro cliente.
Ambas tenían la misma edad, habían crecido juntas y habían prometido que serían las mejores amigas durante toda la vida.
—Partiré temprano, cuando el sol aún no haya salido.
—Hmm —frunció los labios—. Espero que no tardes mucho en regresar a verme.
—Claro que no. Cuando menos lo esperes estaré de vuelta —Le dedicó una amplia sonrisa y besó su mejilla.
—Sabes que es una moneda de oro adicional por cada beso.
Jade soltó una risa, esta vez nerviosa. Narin era muy buena simulando que era su cliente más fiel, al punto en que intentaba sacar provecho económico de manera descarada, como si su arca de oro no dependiera de salir al desierto y quemarse en vida para completar misiones de dudosa génesis.








