Capítulo 1: El Destierro y la Alianza
Antes de que el tiempo fuera bautizado, el Cielo no conocía la paz, sino una purga geométrica y despiadada. La rebelión de Lucifer chocó contra el orden celestial, trayendo consigo la muerte; una batalla que pareció durar eones hasta que, superado por el número abrumador de las huestes del Creador, fue expulsado al abismo.
<<Lucifer... te rebelaste contra mí y contra el Cielo. Ahora te destierro al Void, donde arderás y sufrirás el resto de tu eternidad >>sentenció Dios, abriendo una grieta hacia un mundo oscuro y carente de vida.
Allí, encadenado en la nada absoluta, el ángel caído fue despojado de su nombre para ser bautizado, por toda la eternidad, como SATANÁS.
Sin embargo, la condena no fue total. En el corazón de ese vacío, una entidad primordial despertó al sentir la inmensa ira del cautivo. De la nada misma, una marea de tentáculos oscuros emergió, desgarrando las cadenas divinas con una facilidad aterradora. Satanás, consciente de que no poseía el poder para someter a aquella oscuridad primitiva, no luchó; le ofreció una alianza. En ese pacto de sombras, el Infierno fue erigido como una fortaleza de dolor y estructuras imposibles.
Consumido por eones de pensamiento, Satanás trazó una única estrategia para destruir a su némesis. Su plan no requería ejércitos, sino una creación: un descendiente gestado en el vientre del abismo mismo. Así, con la frialdad de quien no conoce el tiempo, comenzó la caza de las almas necesarias para el ritual.
Para que el ritual cobrara vida, la oscuridad exigía un tributo macabro: quinientas almas putrefactas, retorcidas por el peso del pecado y ahogadas en una agonía insoportable. Solo con esa materia prima podría forjarse al descendiente perfecto.
Año 7000 a.C.
El tiempo perdió su significado antes de que Satanás lograra su cometido. Frente al altar de sombras, con las quinientas almas orbitando como lamentos atrapados, arrancó una hoja del Árbol Muerto. En ella, comenzó a tallar las directrices del ritual:
«Este ser, tejido desde el corazón del abismo, reclamará el trono del Infierno y aniquilará al Creador. Yo te bautizo como THE VOID. Tu poder eclipsará a todo lo vivo y lo muerto... incluso a mí. Las almas que te forjan te darán el don de devorar el pecado, absorber la agonía y desterrar a cualquier ser a las profundidades de este abismo. Y para tu cruzada, dos apóstoles de ruina te servirán hasta el fin de la eternidad».
Sin dudarlo, Satanás selló el pacto marcando la hoja con su propia lengua y la colocó sobre el altar. Como respuesta, las entidades sin forma del Vacío se arrancaron fragmentos de sus propios núcleos —sus oscuros corazones— y los fusionaron en la piedra de sacrificios. El núcleo palpitante levitó por unos segundos antes de detonar en una explosión de energía caótica que desgarró gravemente el brazo de Satanás. Sin inmutarse por la herida sangrante, el Rey del Infierno asintió lentamente. —Funcionó.
Del humo de la explosión brotó un cordón umbilical de pura oscuridad que salió disparado desde los confines del Infierno hacia el plano terrenal. Lo acompañaba una lluvia de meteoros forjados en metal maldito, que impactaron violentamente contra la corteza terrestre, enterrando su corrupción en el mundo.
En las alturas, el arcángel Miguel sintió la perturbación cósmica, pero en medio de su desconcierto, la ignoró para seguir con sus deberes celestiales. Dios, sin embargo, observó la fisura desde su omnisciencia. Lo sabía todo y lo permitió en silencio, consciente de que los hilos del destino exigían que este mal despertara.
En la Tierra, el cordón oscuro encontró a su primer huésped: un joven que, aunque no era la encarnación absoluta de la agonía, rozaba la perfección que el ritual exigía. Atravesando su pecho, la sombra lo arrastró al plano astral, arrojándolo a los pies de Satanás. —Al fin... —susurró el caído—. Hijo mío. Has sido elegido para un propósito absoluto: gobernar el Infierno y reducir a cenizas al Creador de la Tierra. Ahora posees el potencial para exterminar a cualquiera y liberarme de este encierro. —No te decepcionaré, padre —respondió el joven, aceptando su destino.
Creyendo que la victoria era suya, Satanás se relajó en su trono de tormento esperando que su heredero hiciera el trabajo. Pero el triunfo fue una ilusión. El reinado de este primer Void fue efímero. Desató una guerra colosal contra todos los reinos mortales, y aunque la balanza se inclinaba a su favor, la ambición corrompió a sus propios aliados: sus dos discípulos se rebelaron y lo asesinaron a traición.
Y así, el fracaso se volvió un ciclo. Nuevos elegidos, nuevas guerras y nuevas muertes. El cordón oscuro buscó y falló una y otra vez durante millones y millones de años... hasta que...






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