No miré atrás
Tenía 15 años en aquel momento. Tenía miedo; mi cuerpo entero temblaba, pero yo sabía que si me quedaba ahí nunca saldría adelante.
Tomé los cuatro trapos que usaba como ropa, los dos únicos pares de zapatos que tenía y me fui. No me despedí. No porque no los quisiera, sino porque sabía que si escuchaba una sola vez sus voces, me quedaría. Y yo no podía quedarme.
Mientras iba en el autobús, lloré sin parar. Afuera la lluvia caía y las personas dormían, pero yo estaba destruida.
Mi alma gritaba por dentro.
—No quiero irme.
—No quiero.
—Quiero a mi mamá.
—Quiero a mi papá.
—Quiero mi casa.
—¡No quiero trabajar!
Tenía…
Tenía miedo.
Mucho miedo.
Estaba aterrada.
Por Dios, estaba dejando a mi familia. Estaba dejando todo lo que había conocido durante quince años. Quería correr de vuelta a casa, abrazar a mi mamá y olvidar aquella locura.
Pero ya era demasiado tarde.
Lo único que podía hacer era seguir adelante.
Seguí allí, sentada junto a la maldita ventana, viendo cómo la vida que conocía desaparecía poco a poco bajo la lluvia.
Aun así, no miré atrás ni una sola vez, hasta que llegué a mi futuro.
La ciudad era el lugar donde empezaría mi nueva vida. Poco sabía yo que, en aquel momento, también comenzaría mi sufrimiento. Pero era joven y todavía no sabía lo dura que podía ser la vida, especialmente para una niña de tan solo 15 años.
Tomé mis cosas, bajé del autobús y me dirigí al apartamento de mi prima. Aunque, más que un apartamento, aquello era un pequeño cuartito. No dije nada para no molestarla. Ella apenas era un par de años mayor que yo.
Sin esperar siquiera a que me sentara, me llevó al trabajo que había conseguido para mí. Tampoco protesté; quería empezar a trabajar lo más rápido posible.
Cuando llegué a aquel lugar, casi me desmayé. Me pareció algo hermoso. Bueno, eso era lo que pensaba en mi ignorancia. Ahora sé que aquellas personas no eran más que clase media y que no tenían nada fuera de lo común. Pero aun así estaba emocionadísima por estar allí.
Cuando conocí a mi jefa, fue maravilloso. Parecía la persona más amable del mundo. Sin embargo, en realidad era una completa bruja.
La bruja… perdón, quise decir mi jefa, me explicó las reglas y me mostró mi habitación en la azotea. Pero no me importó. Tenía luz toda la noche, agua caliente y una pequeña mesa donde podía estudiar.
Ah, no les había dicho. Mi plan era estudiar y trabajar, y después conseguir un buen empleo. Soñaba con convertirme en una de esas elegantes mujeres de negocios que aparecen en las películas.
Al menos, eso era lo que yo solía pensar.






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