Prólogo - La mirada Dios
"Lacaro" Lugar desértico de kilimo.
En medio de mucha hambre y muerte un chico con síntomas de intoxicación y cansancio, Caminaba sin rumbo por un desolado desierto. No tenía intención de detenerse; avanzaba únicamente gracias a su fuerza de voluntad. A su alrededor solo existían el sol abrasador, la arena interminable y la muerte que parecía acompañarlo a cada paso.
A lo lejos se alzaban dos gigantescos colosos de piedra. Permanecían inmóviles, como guardianes silenciosos de una tierra olvidada. El muchacho, oculto bajo una capucha desgastada, avanzaba hacia ellos sin apartar la vista de su objetivo. Su rostro permanecía oculto, pero sus pasos revelaban el agotamiento de alguien que llevaba demasiado tiempo caminando.
Pasaron horas. Tal vez días. Los colosos parecían igual de lejanos que cuando los divisó por primera vez.
El muchacho comenzó a preguntarse si alguna vez llegaría.
Entonces, detrás de él, una figura oscura surgió entre la bruma del calor. Tenía largos cuernos y avanzaba lentamente, casi flotando sobre la arena. El chico notó su presencia, pero no le dio importancia. Sus pies pesaban demasiado y su cuerpo estaba tan agotado que apenas podía preocuparse por nada.
—No tengas miedo —susurró la figura—. Morir es hermoso. Está lleno de descanso y libre de los monstruos que habitan estas tierras podridas: los humanos.
El muchacho no respondió. Ni siquiera volteó a mirar. Continuó avanzando hacia los colosos mientras la criatura lo seguía como un carroñero que espera pacientemente la muerte de su presa.
Finalmente, el joven habló con voz débil.
—Creo... que no podré llegar hasta allí. Después de todo, solo soy un simple humano. Estoy cansado... Solo quiero dormir.
Se detuvo.
Lentamente se arrodilló y se quitó la capucha.
Su rostro era el de alguien consumido por el sufrimiento: piel pegada a los huesos, escaso cabello y marcas de quemaduras que cubrían gran parte de su cuerpo.
Levantó los brazos hacia el cielo vacío y gritó con todas sus fuerzas.
—¡K! ¡Y! ¡Michael! Perdónenme, amigos... No puedo seguir. Solo quiero descansar... por favor.
Las palabras se perdieron entre el viento.
El muchacho cayó sobre la arena y dejó escapar un profundo suspiro. Murmuró algo más entre dientes, pero nadie pudo entenderlo.
Dos segundos después, la figura oscura extendió un manto negro sobre él.
El cuerpo desapareció al instante.
—Es hermoso pensar que ahora estará tocando las llamas del infierno —dijo la criatura con una sonrisa enfermiza—. Qué envidia me da. Qué placer imaginarlo.
La figura levantó la vista.
Donde deberían estar sus ojos había púas de alambre incrustadas en la carne. Vestía ropas ajustadas cubiertas por una túnica negra semitransparente y una corona de cuchillas clavadas en su cabeza formaba una grotesca imitación de cuernos.
Comenzó a reír.
Y entonces murió.
Una hoja atravesó el aire y lo decapitó en un instante.
La cabeza rodó por la arena sin perder aquella sonrisa perturbadora hasta detenerse frente a los pies de su asesino.
Era un hombre alto cubierto por ropas desérticas. Llevaba un casco protector y un respirador para soportar las tormentas de arena.
Se arrodilló junto al cadáver.
—Asqueroso Zodomo de mierda.
Mientras examinaba el lugar, encontró una medalla semienterrada. Tenía grabada una estrella y la letra "J", como la insignia de un soldado.
Miró a su alrededor.
No había rastro del muchacho.
Solo quedaba el cadáver del Zodomo.
El hombre recogió la medalla, la guardó entre sus pertenencias y continuó su camino a través del desierto, como si nada hubiera ocurrido.








